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TRADICIONES, MEMORIAS Y EXILIOS:
la literatura anglófona de África Oriental
Felicity HAND
Hace ya algunos años, el escritor keniano, Ngugi wa Thiong'o, tomó
la decisión de dejar de escribir sus obras creativas en inglés,
el idioma de sus antiguos colonizadores, porque quería escribir en una
lengua que pudieran entender sus propios compatriotas. Su anhelo marxista de
escribir en la lengua del pueblo fue muy aplaudido en su tiempo al significar
que Ngugi había abandonado el camino fácil de utilizar una lengua
universal que abre mercados internacionales para dedicarse plenamente a instruir
a su pueblo, muchos de los cuales son analfabetos, en su propia lengua, el gikuyu.
El hecho de que Ngugi traduce sus propias obras al inglés después
de escribirlas en gikuyu no quita valor a este gesto claramente político
y un tanto desafiador hacia el gran imperio anglosajón de las letras.
Ngugi sigue gozando de una fama merecida y las circunstancias políticas
que le obligaron a exiliarse de su país natal, Kenia, para refugiarse
en los Estados Unidos, donde imparte clases en la Universidad de New Jersey,
ponen de relieve la enorme importancia que tiene la elección de una u
otra lengua para la literatura africana. Este artículo pretende esbozar
algunas características de los escritores y escritoras más destacados
de esta parte del continente africano que han elegido la lengua inglesa para
su obra creativa.
Ngugi wa Thiong'o sobresale como el escritor más conocido y tal vez más
representativo de las letras africano-orientales, pero por esta misma razón
preferimos mencionar a otras figuras literarias que no han llegado a consagrarse
en nombres universales. Los autores que analizaremos proceden de las antiguas
colonias británicas de la zona oriental del continente africano, lo cual
obviamente explica sus prefencias lingüísticas por el idioma inglés.
Queremos destacar a tres hombres y una mujer: Nuruddin Farah de Somalia; Moyez
Vassanji de Tanzania; Abdulrazak de Zanzíbar (Tanzania) y Grace Ogot
de Kenia. De los cuatro escritores mencionados sólo una, Grace Ogot,
vive en su Kenia natal; los otros tres han optado por vivir en el mundo occidental,
bien por voluntad propia, bien por cuestiones políticas. Moyez Vassanji
emigró a Canadá cuando la vida empezó a hacerse sofocante
para los africanos de origen indio en Tanzania, Nuruddin Farah se vio obligado
a exiliarse de su patria durante la dictadura de Siyad Barre y ha vivido en
numerosos países desde entonces. Abdulrazak Gurnah quiso probar suerte
en Gran Bretaña, país donde ha podido ejercer como escritor y
profesor universitario.
Cabe hacer hincapié en esta circunstancia un tanto curiosa, que cuando
hablamos de la literatura africana oriental anglófona estamos hablando
de una literatura de emigrantes casi por definición, con la notable excepción
de Grace Ogot, cuyas obras son prácticamente desconocidas fuera de su
país, y por consiguiente, de difícil acceso, mientras que las
obras de los tres escritores citados se encuentran con mayor facilidad, aunque
las primeras obras de Farah y Gurnah ya están agotadas. Con tantos obstáculos
uno se pregunta si vale la pena esforzarse tanto para leer estas obras, si la
lectura a menudo es el resultado de recorrer varias bibliotecas o librerías
de segunda mano. La respuesta es un sí rotundo y claro.
Las obras de estos escritores africano-orientales nos abren una ventana a un
mundo de culturas entremezcladas, la musulmana, la swahili, la asiática-africana;
la perseverancia de unas tradiciones autóctonas a pesar del paso de los
colonizadores europeos; los valores espirituales y humanos de unos pueblos;
y el dolor y la pérdida de un experimento político fracasado que
desemboca en un exilio forzoso. Por otro lado, son obras dotadas de una gran
sensibilidad hacia la problemática de los marginados y los oprimidos,
que casi siempre son mujeres oprimidas. Son obras políticamente comprometidas,
como son las de Ngugi, pero, al mismo tiempo, son obras poéticas, estéticamente
poderosas, dignas de ser estudiadas por su valor literario, sin tener en cuenta
su interés postcolonial o antropológico como documentos sobre
las vivencias de otras culturas.
Nuruddin Farah es el autor de siete novelas hasta la fecha, aunque sólo
una de estas novelas se puede comprar en su país natal, Somalia. Sus
obras no ocultan su crítica por la dictadura militar a que fue sometida
Somalia a mano de Siyad Barre durante la década de los 80 pero Farah
no es menos duro con los poderes neocolonizadores. Su novela más reciente
Gifts (regalos) publicada en 1993, cuestiona la política occidental de
ayudar a los países del tercer mundo mientras, al mismo tiempo, los utiliza
como vertederos de basuras y terrenos de experimentación para mejorar
sus propias existencias.
A primera vista, parece extraño que un novelista somalí escogiera
el inglés para sus obras creativas, cuando Somalilandia (así se
denominaba) estuvo relativamente poco tiempo bajo soberanía británica,
y una persona culta como Farah podría haber elegido cualquiera de cuatro
otras lenguas, el árabe, el italiano, el amharic, e incluso el somalí,
que desde 1972 posee un alfabeto propio. La elección del inglés
por parte de Farah se debe, sin duda, a razones políticas y prácticas.
La censura de su país hubiera sido una barrera imposible de franquear,
prueba de lo cual es el exilio forzoso de Farah y la prohibición de sus
novelas a pesar de estar escritas en una lengua que apenas un diez por ciento
de la población puede leer, y porque Farah aspira a ser un escritor universal
quien adopta una lengua casi universal que sirva únicamente como vehículo
para llegar a más lectores y no para establecer unas raíces occidentales
o antinacionalistas.
Lo más interesante de Farah es su uso del inglés para crear una
ficción claramente arraigada en África Oriental con personajes
y situaciones propias del Cuerno de África. Una de las críticas
dirigidas a él es su insistencia en centrarse únicamente en una
clase determinada de personas: clase media-alta, adinerada, anglófona,
culta y urbana, aunque toca temas que afectan a toda la población somalí.
¿Hasta qué punto está escribiendo para occidente con estos
retratos de yuppies africanos?
Posiblemente se le ha hecho esta crítica después de comprobar
que su novela más reciente, Regalos (la traducción castellana
será publicada por Anagrama en 1998), narra las peripecias de una familia
de estas mismas características, aunque paralelamente al argumento principal
Farah arremete duramente contra la política neocolonialista del mundo
occidental. Dicha crítica parece válida sobre todo teniendo en
cuenta que menos de un diez por ciento de la población vive en las ciudades,
el nivel de analfabetismo es muy elevado, y la pobreza ya ha alcanzado cuotas
preocupantes, si bien es cierto que el país empieza a salirse del caos
provocado por la guerra civil del principio de los años noventa. Ahora
bien, las novelas de Nuruddin Farah han de leerse como alegorías de la
situación de la misma Somalia y de tantos otros países sumergidos
en un postcolonialismo caótico.
En sus siete novelas publicadas hasta la fecha, la conciencia central a menudo
pertenece a una persona marginada de la sociedad, bien una mujer: From a Crooked
Rib, (De una costilla torcida, 1970), Sardines, (Sardinas, 1981) y Gifts (Regalos,
1993), un niño abandonado, desde los primeros días de vida hasta
su adolescencia Maps (Mapas, 1987), y un anciano Close Sesame (Cierra Sésamo,
1983). Farah trata la problemática de la mujer con una sensibilidad que
induce a más de un lector poco conocedor de nombres africanos a creer
que se trata de una autora.
Está claro que entre los múltiples proyectos de Farah está
el poner en relieve la evolución del papel de la mujer en una sociedad
patriarcal que se mantiene unida, a pesar de unas divisiones étnicas
y clanistas, por la estructura familiar, que, paradójicamente es la institución
que relega a las mujeres a una categoría secundaria. Quizás por
esta misma razón Farah traza una especie de saga familiar en sus novelas,
y los personajes secundarios de una historia se convierten en los protagonistas
principales de otra, y vice versa, lo cual ocurre, por ejemplo con Ebla que
figura como protagonista de From a Crooked Rib y personaje secundario de Sardines.
La reaparición de personajes recalca el hecho de que el círculo
de intelectuales de un país como Somalia es reducido, sólo hace
falta recordar que solamente un veinticinco por ciento de la población
sabe leer y escribir. En segundo lugar, la familia extendida, que incluye la
red de amigos y miembros del clan, actúa como un microcosmos del país.
La filosofía de Farah es que el país prosperará si la unidad
familiar se mantiene y se respeta. Por último, y quizás éste
sea el motivo más importante del reciclaje de personas, la utilización
de un número reducido de personajes bajo el microscopio del autor representa
el ambiente claustrofóbico en que se vive en esta sociedad, donde opciones
individuales son limitadas, reforzado, además, por el título de
la novela Sardines.
Una de las mayores preocupaciones de Farah en su obra creativa es la situación
de aquellas personas, hombres y mujeres, que se ven privadas de la única
cosa sin la cual se ven incapaces de sobrevivir; la libertad. En las tres novelas
situadas durante la dictadura de Siyad Barre, Sweet and Sour Milk (Leche agridulce,
1980), Sardines y Close Sesame, Farah analiza el régimen totalitario
que niega cualquier forma de libertad, pero no simplemente la libertad de desplazarse
o de expresarse en contra del régimen, sino también una libertad
mucho más fundamental, la libertad de existir como una persona individual
y no solamente como un peón más en la gran partida de ajedrez
del dictador. Medina, la protagonista de Sardines, al final de la novela resume
en pocas palabras el triunfo de sentirse una persona libre:
Ya no era una invitada. Ya era una participante plena y activa en la historia
de su país. (p. 263)
En esta misma novela encontramos un análisis de la discrepancia entre
la posición privilegiada de clase media de los personajes femininos y
su papel subordinado como mujeres en una sociedad islámica tradicional.
Medina dista mucho de encarnar el tópico de la mujer somalí, más
un bien que un ser humano, al trabajar como directora de un periódico
nacional, vigilada por el régimen dictatorial. No obstante, su nivel
cultural y su clase social no impiden la lucha interna de la familia, ya que
Medina es presionada tanto en casa como en el despacho de redacción.
La hija de Medina, Ubax de ocho años, se encuentra en el centro de esta
lucha de poder doméstico. La suegra de Medina, Idil, defiende a ultranza
la tradición islámica, y de esta manera choca violentamente con
las creencias más progresistas de su nuera. Las mujeres como Idil que
se aferran ciegamente a las tradiciones se muestran como las peores enemigas
de las mujeres que buscan una renovación y una evolución de su
situación familiar. Medina es víctima del chantaje social que
alimenta la perpetuación de la subordinación de la mujer dentro
del seno de la familia al negarse a someter a su hija a la excisión e
infibulación según la tradición somalí.
Farah ha dicho en alguna ocasión que sólo cuando las mujeres somalíes
sean libres se podrá hablar de una Somalia libre (Kitchener, 1981), y,
por eso, utiliza la mujer como símbolo del país. Para Farah, la
mutilación forzosa de las mujeres debe entenderse como otra demostración
de la usurpación de las libertades personales e incluso, sexuales y físicas
por parte de la dictadura. Hoy en día, el dictador Siyad Barre ya no
manda en Somalia, pero la opresión sexual de la mujer sigue practicándose.
Nuruddin Farah se preocupa por el papel cambiante de la mujer africana y el
futuro poco claro de su país, Somalia. En cambio, el gran sentido de
la pérdida y la fragmentación del pasado figuran como temas latentes
en la primera novela de Moyez Vassanji, The Gunny Sack [el saco de las memorias].
Este saco, herencia de la tía abuela del narrador, Salim, se convierte
en la metáfora principal de la novela al contener todos los recuerdos
de la familia, con la ayuda de los cuales Salim puede reconstruir la historia
de esta familia india que, igual que otras muchas, se trasladó varias
generaciones atrás a África Oriental. Los objetos escondidos dentro
del saco, al descubrirse, desencadenan un sinfín de recuerdos.
El pasado se encuentra justo fuera de tu alcance. Sólo se puede reconstruir
mediante esta parafernalia que deja atrás en tu saco de recuerdos ...
y entonces quién negaría que lo que fabricas es sólo un
modelo ... (p.127)1
Vassanji ha sentido el deber de plasmar la historia colectiva de su comunidad
asiática de África Oriental que, poco a poco, se va desapareciendo
al emigrar muchos asiáticos africanos a países occidentales, bien
por necesidad económica, bien por cuestiones políticas. Gran parte
de estos ciudadanos se vieron obligados a abandonar lo que había sido
su país cuando durante la década de los setenta países
como Kenia y Tanzania decidieron africanizarse por completo. Los ciudadanos
de origen asiático, que habían nacido allí y que no conocían
otra patria que no fuera África Oriental, tuvieron que recoger sus bártulos
y buscar refugio en India, Gran Bretaña, Canadá o Estados Unidos.
Hubieran podido permanecer en África, cosa que algunos hicieron, pero
el clima político les era poco favorable y la mayoría optaron
por el exilio. Los asiáticos ugandeses, por el contrario, ni siquiera
tuvieron esta opción, siendo despiadamente expulsados en 1974 por Idi
Amin sin poder llevarse sus ahorros y sin ninguna garantía de poder recuperar
sus propiedades. La película Mississippi Masala, dirigida por Mira Nair
en 1992, refleja la incertidumbre y la incomprensión de esta dramática
decisión política. Por otra parte, es imprescindible recordar
el aislamiento de los mafuta mingis [clase adinerada] asiáticos que rehusaban
integrarse plenamente en la sociedad negra mayoritaria, manteniéndose
apartados de cualquier trato con ésta si no fuera estrictamente comercial
y siempre de superior a inferior.
La obra creativa de Vassanji consta, hasta la fecha, de dos novelas, The Gunny
Sack (1989); No New Land [Ninguna Tierra Nueva] (1991) y una colección
de narraciones cortas, Uhuru Street (1991) [La calle de la independencia] que
trazan la fortuna de los descendientes de aquellos trabajadores indios contratados
por las autoridades coloniales británicas para trabajar en los ferrocarriles
de África oriental, o bien en puestos administrativos menores.
La primera novela profundiza en la historia y analiza las tradiciones de esta
comunidad asiática de África oriental; las narraciones cortas
describen la vida cotidiana de los asiáticos africanos despúes
de la independencia de Tanzania, y finalmente, la última novela retrata
la situación de estos emigrantes en un país occidental, Canadá,
donde son emigrantes por partida doble. De esta manera Vassanji deja constancia
del paso por tierras africanas de un pueblo que, en su manera particular, ha
contribuido a forjar una nueva identidad nacional a partir de la fragmentación
heredada de la época colonial.
El título de la colección de narraciones, La calle de la independencia
(Uhuru significa independencia en swahili), no deja de ser un tanto irónico,
teniendo en cuenta el exilio forzoso de los asiáticos por no encajar
dentro de la categoría de "africanos". La raza y la cultura
finalmente determinan la identidad más que el lugar de nacimiento, y
los asiáticos sólo podían gozar de la libertad postcolonial
de abandonar su patria en calidad de exiliados políticos.
Es fácil leer una excesiva nostalgia e idealización de los asiáticos
por parte del escritor, hijo de esta misma comunidad, pero no creo que se pueda
acusar a Vassanji de parcialidad o perjuicio a favor de unos o de otros. No
intenta ocultar la hostilidad existente entre las diferentes etnias y, al mismo
tiempo, da testimonio de las normas que rigen las relaciones sociales entre
ricos y pobres, musulmanes y cristianos, africanos y asiáticos. El narrador
se encuentra a cierta distancia de sus personajes y de su escenario, la calle,
y ironiza sobre la falta de comunicación y de tolerancia de unos hacia
los otros.
Tanto en la novela, The Gunny Sack, como el la colección de narraciones
cortas, Uhuru Street, Vassanji llama la atención a la situación
de la mujer oprimida por las normas patriarcales que rigen su destino. La cadena
de opresión se podría romper si los códigos culturales
se revisaran, y situados en un extremo de esta opresión están
los africanos autóctonos, víctimas muchas veces del desprecio
y animosidad por parte de los asiáticos. Con la crítica de Vassanji
hacia el papel subordinado que desempeña la mujer en la familia asiática
se establece una correlación con la reprobación de la actitud
etnocéntrica de los asiáticos, hombres y mujeres, que niega reconocer
a los negros como co-participantes en la nueva historia de su país. Dos
de las narraciones de Uhuru Street muestran los dos cantos de la moneda de esta
convivencia étnica en Tanzania, el fracaso y el logro, What Good Times
We Had [Que buenos tiempos aquéllos] y Breaking Loose [Soltándose].
La primera narra el trágico fin de una chica india acomodada que es violada
y asesinada por un hombre negro en vísperas de su viaje a Canadá,
donde pensaba instalarse definitivamente. El hombre la traiciona y la mata por
venganza o quizás, por simple avaricia. Ella recuerda, antes de morir,
que nunca se había fijado en los africanos que le rodeaban, eran criados,
vendedores, personas anónimas que no formaban parte de su mundo. Demasiado
tarde para evitar su muerte, ella descubre el odio que siente el africano invisible
hacia ella y hacia los de su clase y etnia. En cambio, en la narración
Breaking Loose se vislumbra un rayo de esperanza cuando una joven india rompe
los lazos de tradición y comienza una relación sentimental con
un africano contra los deseos de su entorno familiar.
El autor nos muestra el temor por el otro y el culto, casi patológico,
a la endogamia de la comunidad asiática. Bien es sabido que los grupos
étnicos se aferran a sus costumbres y a sus gentes cuando emigran y se
encuentran rodeados por señales de hostilidad y de rechazo, pero Vassanji,
sin caer en la reducción de todas las diferencias culturales de los grupos
de origen asiático a una sola esencia, parece sugerir que su falta de
integración en la población negra mayoritaria no sólo se
debe a razones de índole histórica y colonial. Durante la época
colonial, los británicos habían establecido una clara jerarquía
racial, colocándose ellos mismos en la cúspide de la pirámide
social. La llegada de los asiáticos añadió un elemento
más a la composición étnica de las colonias africanas orientales,
y la rápida ocupación de éstos del escalón intermedio
de la pirámide por encima de los africanos no sólo no fue desaprobada
por los amos coloniales, sino que fue alentada para que así la minoría
blanca pudiera subyugar mejor a los negros que dirigirían sus odios y
sus envidias hacia esta clase de intrusos privilegiados, cuya piel no era mucho
más clara que la suya. Vassanji da a entender que la política
británica de dividir y dominar funcionó de maravilla mientras
duraba su mandato, pero que en la nueva época postcolonial ya va siendo
hora de inventar una identidad tanzana o keniana.
Los personajes principales de Breaking Loose, Yasmin Rajan y Daniel Akoto, encuentran
el coraje de romper con el tribalismo, que tanto daño ha causado a familias
y pueblos enteros no solamente de África sino de todo el mundo. La juxtaposición
de estas dos narraciones en la colección, que representan los dos extremos
de la tolerancia étnica, es un tanto curiosa. Si sumamos a esto el hecho
de que el autor ha centrado su tercera obra de ficción en una familia
de tanzanos asiáticos que se traslada a Canadá, es inevitable
deducir que la realidad de What Good Times We Had se acerca más a la
única opción válida de esta comunidad: huir o morir. No
obstante, la experiencia canadiense no deja de ser conflictiva, como suele ser
todas las experiencias de emigrantes de color a países con mayoría
blanca.
El tema de la inmigración resuena en las cinco novelas que ha publicado
Abdulrazak Gurnah, zanzibareño de nacimiento y británico de adopción,
la última Admiring Silences (Silencios de Admiración) en 1996.
Las tres primeras ya están agotadas, pero la cuarta Paradise (Paraíso)
fue finalista del prestigioso premio Booker de las letras británicas
en 1994. Gurnah describió la vida de los negros, africanos o caribeños,
en la Inglaterra de los 60 y 70 en sus primeros libros, pero su cuarta novela,
que le ganó el reconocimiento del establishment literario, trata de África
oriental a principios de siglo, justamente cuando los británicos tomarían
el relevo de los alemanes en aquella parte del mundo despúes de la primera
guerra mundial. Su novela más reciente, Admiring Silences, se centra
en las memorias de un zanzibareño como el mismo Gurnah, que vuelve a
su país después de un exilio forzoso, y que ve truncadas sus ilusiones
hacia este país y hacia su propia persona. De esta forma, el ciclo empieza
en África, se traslada a Gran Bretaña para volver después
a África, habiendo efectuado antes una revisión de la historia
colonial.
La primera obra de Gurnah, que además de escritor es crítico y
profesor de la universidad de Kent, cuenta la historia de un hombre que viaja
de pueblo a pueblo para luego acabar en la ciudad de Nairobi sin realizar sus
ambiciones de marchar de África. El sueño de ir a la antigua metrópolis,
Londres, no se cumple nunca, pero, en cambio, el viaje del protagonista, Hassan
Omar, recorre la historia de sus antepasados musulmanes que viajaron de norte
a sur, de la antigua Persia a las costas africanas para crear lo que sería
la cultura swahili. De esta forma la novela recrea, así, el esplendor
del islam y su aportación, a menudo no reconocida, a la cultura universal.
La emigración se realiza, por fin, en la segunda novela de Gurnah, que
lleva por título, Pilgrim's Way [el camino del peregrino], en la cual
Gurnah traza una analogía entre el viaje de Daud, el protagonista, de
Tanzania a Canterbury, donde trabaja de enfermero en un hospital, y los viajes
de los colonizadores de Occidente a los rincones más oscuros de África
para llevar la Biblia, el arma de fuego y la lengua inglesa, los tres pilares
del imperialismo británico. La identidad a menudo ambigua de los británicos
negros, personas de origen africano o caribeño nacidas en Gran Bretaña,
se ve reflejada en la tercera de las novelas de Gurnah, Dottie, en la cual la
protagonista epónima lucha por establecer una vida digna para sí
misma y para sus hermanos a pesar de su precaria situación económica
y familiar. Incluso en esta novela, situada únicamente en Inglaterra,
se le invita al lector a viajar al pasado y hurgar en la historia para descubrir
el porqué del presente.
Es en su cuarta y más conocida novela, Paradise [paraíso] que
Gurnah vuelve a su África natal y reescribe la historia de los pueblos
de la costa oriental africana. Junto con el protagonista, el niño Yusuf,
el lector hace tres viajes en la otra historia africana, la que no contaron
los textos coloniales. El padre de Yusuf lo "vende" a un hombre acaudalado
para liquidar sus deudas y el niño, ya convertido en un bien de compraventa,
entra en el mundo de la esclavitud bajo en dominio de un hombre, "tío"
Aziz, que es tan civilizado como refinado. El segundo viaje de Yusuf lo lleva
al interior del país, donde, en el seno de una familia piadosa, aprenderá
a ser un buen musulmán. Es aquí donde Yusuf construirá
su propia indentitad, fragmentada despúes del desarraigo familiar sufrido
a tan corta edad. El tercer viaje, igual que los dos anteriores, tiene una dimensión
tan psicológica y espiritual como geográfica. Yusuf, junto con
las caravanas de mercancías del tío Aziz, adentra en el corazón
del continente africano, haciendo caso omiso de las fronteras coloniales, y,
al mismo tiempo, toma conciencia de su condición de esclavo y ve como
su paraíso se le escapa cada vez que él cree haberlo alcanzado.
Es indudable que esta novela está impregnada con ecos literarios entre
los cuales cabe destacar la famosa novela de Joseph Conrad Heart of Darkness
[el corazón de las tinieblas] publicada ya hace un siglo. Se podría
decir que Gurnah ha reescrito el argumento de aquella novela, invirtiendo los
papeles. Los europeos de la obra africana son personajes tenues, insignificantes,
pero amenazadores e inquietantes, mientras que el protagonista, el joven Yusuf,
es el que ahonda en las tinieblas de su interior oculto en busca de la verdad.
La verdad sobre el paraíso elude a Yusuf que lo buscaba detrás
de los muros del jardín de vegetación exuberante del seyyid Aziz
entre los brazos de la criada Amina.
La búsqueda de una tierra lozana y fértil también atormenta
al protagonista masculino de la novela de Grace Ogot, The Promised Land [la
tierra prometida], publicada por primera vez hace ya treinta años pero
que no ha dejado de publicarse de forma regular desde entonces. El matrimonio
protagonista de esta novela, Nyapol y Ochola, abandona su pueblo para emigrar
a Tanzania (entonces Tanganyika) en un intento de hacerse ricos y prósperos.
Nyapol se opone a la emigración a una tierra ajena, pero como esposa
no le queda otro remedio sino seguir a su marido. Después de una serie
de peripecias, el hombre fracasa en su sueño de volver triunfante a Kenia
ya que contrae una enfermedad misteriosa que ninguna medicina, ni siquiera la
potente medicina de los blancos, puede curar. La tierra prometida se esfuma
y la novela acaba con el regreso del matrimonio a su tierra natal, pero con
una inversión clara de los papeles de cada uno. Ogot disfruta invirtiendo
los tópicos asignados a los sexos y el hombre de The Promised Land vuelve
afeminizado y debilitado tanto física como mentalmente. Hay un cierto
paralelismo entre la historia de gente como Ochola que quiso arrebatarles las
tierras fértiles a los indígenas del lugar y la acción
colonizadora de los europeos que se apoderaron de las zonas más privilegiadas
sin respetar el derecho de los propietarios autóctonos.
Grace Ogot no goza de la popularidad que se merece en Europa debido a la dificultad
de encontrar sus obras, todas publicadas en Nairobi. No obstante, en círculos
postcoloniales, es harto conocida y creo en la necesidad de mencionarla para
que deje de ser un simple nombre en una lista de autores y autoras africanos.
La frecuente omisión de esta autora en muchos libros y artículos
sobre la literatura postcolonial y sobre todo la africana es muy curiosa. Igual
que Ngugi, Ogot optó por escribir en su lengua materna, en su caso el
luo, aunque sigue publicando algunas obras en inglés.
Tal como apunta la crítica Florence Stratton, esta decisión política
de escribir tanto en inglés como en luo nunca ha suscitado el interés
que provocó en su día y sigue provocando la elección del
gikuyu por parte de Ngugi como lengua de creación literaria (Stratton,
1994). No pretendo quitarle importancia a Ngugi, pero creo que la decisión
de escribir en una lengua africana no es patrimonio de un solo escritor, aunque
éste sea toda una figura universal. Ogot fue nombrada diputada en 1983
por el presidente Moi y siempre ha intentado utilizar su posición para
ayudar a mejorar la condición de la mujer keniana, más de la mitad
de las cuales son analfabetas. Cree firmemente en la necesidad de involucrar
a la mujer en las decisiones políticas, a grande y a pequeña escala,
y su obra creativa refleja sus ansiedades en este ámbito.
Es interesante leer a Ogot y contrastar sus personajes femeninos con los de
los escritores masculinos más conocidos. Las mujeres de Ogot son personas
con una identidad propia y una individualidad marcada. Ya no son objetos pasivos
pendientes de los caprichos y humores de un padre, marido o hijo. Establecen
su identidad ellas solas y no a partir de su relación con algún
hombre. A diferencia de las mujeres de Achebe o el mismo Ngugi, han dejado de
ser la mujer de alguien, o la hija de alguien, para convertirse simplemente
en ellas mismas. Obviamente, esto no significa que Ogot llena sus libros con
viragos empolladas de teorías feministas occidentales. Al contrario,
las mujeres de Ogot sufren en carne propia los abusos políticos, económicos
y, frecuentemente, sexuales de los hombres que las rodean.
Lo que destaca de los personajes femeninos de esta escritora es la actitud de
éstas y su desafío a las normas establecidas de conducta. Ya he
mencionado a Nyapol, una mujer del ámbito rural a principios de siglo,
pero quisiera poner como ejemplo un personaje de una de sus narraciones cortas
para demostrar como Ogot representa los conflictos actuales de la mujer africana
urbana y culta.
En Elizabeth (de la colección Land Without Thunder) la protagonista parece
poseer todas las cualidades de éxito y felicidad personal. Elizabeth
es una joven guapa y culta, a punto de casarse por amor, recién llegada
de Estados Unidos donde había cursado estudios y está dispuesta
a darlo todo para ayudar a levantar su país, Kenia. Confía en
que sería maravilloso trabajar con otros africanos en este gran proyecto
postcolonial, sobre todo después de sufrir varios intentos de acoso sexual
por parte de jefes occidentales. Su nuevo jefe, el africano Mr. Jimbo, en el
departamento de aviación parece compartir estos ideales y juntos aportan
su pequeño grano de arena al desarrollo de la nueva Kenia. Demasiado
tarde, Elizabeth descubre el juego de Jimbo cuando éste, lejos de respetarla
por sus capacidades y su formación, la viola brutalmente en su propio
despacho. La chica, desesperada, busca otro empleo con unas mínimas garantías,
pero en la oficina de colocación le dicen que cada día les cuentan
experiencias de vejaciones y abusos y lo mejor que le pueden ofrecer es un trabajo
de monitora en un orfanato. Elizabeth no tiene ninguna posibilidad de denunciar
a su jefe, ni siquiera cuando descubre que está embarazada. Además
este último descubrimiento la coloca en una situación extrema,
sin trabajo, humillada y desdeñada por todos.
Es en este momento que Ogot da su toque maestro al negarse a terminar una historia
tristemente repetida día tras día con el hundimiento de la mujer
como sujeto pasivo. Elizabeth se quita la vida pero elige el cuarto del lavadero
de la casa del señor Jimbo para el suicidio, habiendo entregado su diario
a la monja encargada del orfanato, quien asegurará que haya una investigación
policial.
La experiencia de la mujer sometida a las leyes patriarcales es penosa pero
Ogot muestra una arma contra el poder que ayuda a tomar conciencia de la explotación
sexual de la mujer. Se podría acusar a Ogot de reducir a sus personajes
masculinos a un pene, ya que los hombres de sus relatos no existen fuera de
sus impulsos sexuales y su deseo de someter a la mujer de forma agresiva y prepotente.
Bien es cierto que Ogot tiene pocos personajes masculinos "sanos",
de hecho sólo los hombres muertos parecen escaparse de su crítica
acérrima, pero su mensaje es claro, sólo cuando a la mujer africana
se le reconozca su papel como agente activa en la construcción de la
sociedad actual, es decir, sólo cuando se deje de considerarla únicamente
como objeto y posesión del hombre, se podrá hablar de una sociedad
justa e igualitaria. Puesto que existen abusos de poder, muchas veces basados
en las relaciones sexuales, Ogot se limita a plasmar la realidad por muy desagradable
que ésta sea.
Conclusión
Este artículo no pretende resumir los temas de la literatura africana
oriental anglófona ni siquiera dar una visión panorámica
de toda la producción literaria de esta zona del continente. No voy a
caer en la trampa eurocéntrica de pensar que se puede clasificar una
literatura ajena por países y representar lo que significa en pocas palabras.
Este artículo no ha hecho más que presentar a grandes rasgos algunas
de las tendencias de cuatro escritores de la zona en cuestión.
Se han omitido muchos nombres, y la selección se debe a la disponibilidad
de los libros citados o, en el caso de Grace Ogot, de la influencia que ella
ha ejercido en las obras de mujeres africanas posteriores. Así estos
cuatro escritores transmiten, cada uno a su manera, las inquietudes surgidas
de las sociedades africano-orientales, unidas éstas por un pasado colonial
y por su herencia común.
M. G. Vassanji inmortaliza la huella de los asiáticos que contribuyeron
con su labor a levantar Kenia, Uganda y Tanzania.
Abdulrazak Gurnah encarna el nuevo colonizador, esta vez cultural, que aporta
su visión al mundo occidental y quien construye la historia colonial
desde otra perspectiva.
Nuruddin Farah es la voz crítica del neocolonialismo. Acabada una época
de dominio político, resurge otra de dominio económico con otras
restricciones, y no olvida como las estructuras de poder aún ejercen
una fuerte presión sobre la mujer en el seno de la propia familia.
Grace Ogot no es menos contundente en sus críticas a la sociedad actual
que perpetúa unas injusticias basadas en el papel sexual que debe desempeñar
el individuo.
Todos estos escritores denuncian el abuso de poder, sea éste político,
económico o sexual, y todos buscan una nueva vía de diálogo
entre las personas. La emigración y el viaje frecuentan sus obras e,
incluso, la tristeza del exilio cuando el viaje se tiene que emprender por fuerza
dejando atrás las memorias de una tierra querida. La elección
del inglés para escribir sus obras puede entenderse como un fracaso de
producir una literatura africana autóctona pero no voy a entrar en esta
polémica aquí. Es no menos cierto que la historia no se puede
borrar, aunque sí se puede recontar y revisar.
Existe una clase de africanos literatos en el idioma inglés que están
creando obras de ficción que no tienen nada que envidiar a la literatura
occidental. Creo que sería un error descartar esta literatura africana
por el mero hecho de estar escrita en inglés, aunque no niego que la
mayor parte de los lectores sean occidentales y un porcentaje muy reducido de
africanos la pueden leer y disfrutar.
1. "The past is just this much beyond reach, you can reconstruct it only
through the paraphernalia it leaves behind in your gunny sack ... and then who
would deny that what you manufacture is only a model ..."
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