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Clarice Lispector |
... ¡Pero la lámpara! Estaba la lámpara. La gran lámpara de lágrimas refulgía. La miraba inmóvil, inquieta, parecía sentir una vida terrible. Aquella existencia de hielo. ¡Una vez!, una vez ante su mirada de lámpara se esparció en crisantemos y alegría, otra vez -mientras ella corría atravesando el salón- era una casta semilla. La lámpara de lágrimas. Salió corriendo sin mirar hacia atrás. | |||
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La lámpara
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Traducción del portugués de
Elena Losada 1ª edición
| O Lustre, 1946
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narrativa |
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| |biografía | ||||
| Consúltala aquí | ||||
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| |sinopsis | ||||
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Virginia y Daniel son dos hermanos criados
en Granja Quieta, situada en el pueblo de Brejo Alto, que, en compañía
de sus padres y su hermana Esmeralda, viven una infancia de soledad y
llena de confidencias. Varios son los acontecimientos cruciales de su
infancia que determinarán en su juventud la actitud que tomará
Virginia para enfrentarse con la realidad, retratados en varios pasajes
de la obra como: la visión de un aparente ahogado, la picadura
de una araña venenosa de la colección de Daniel en el ojo
de Virginia, hasta la creación de la Sociedad de las Sombras, que
más que un juego, coloca a Virginia bajo el control total de su
hermano y la lleva a delatar a su hermana Esmeralda. Ese es el suceso
detonante para trasladarse a la ciudad, a continuar con sus estudios junto
con Daniel, quien se casa poco tiempo después, dejando a Virginia
en plena soledad. De ahí parte la máxima aventura introspectiva.
Conoce a Vicente, quien es su amante hasta que su padre le avisa de la
muerte de la abuela y le pide que vuelva a Granja Quieta. El regreso a
su pueblo natal le provoca tal incertidumbre de existencia, que decide,
después de un tiempo, volver a la ciudad y antes de que esta le
abra sus puertas es atropellada y víctima de los rumores de la
gente.
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| |reseña | ||||
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El uso del monólogo interior, pese a estar presente en todas las obras de Clarice Lispector, es en La lámpara donde toma especial cuerpo y forma en la voz de su personaje Virginia. Conserva además las constantes que caracterizan la obra de Lispector: el flanêurismo de la mujer que se traslada a la ciudad y lo único que tiene que hacer es contemplar en su vagabundeo; la náusea derivada de ello; la búsqueda del lenguaje, la impotencia para nombrar las cosas; el silencio como la consecuencia de la soledad; el instante como definición de su existencia; hasta la tremenda abyección de sus personajes, que no son capaces de reconocer su existencia ni siquiera en un espejo. La relación marcada entre Virginia y Daniel en su infancia será crucial para la actitud permanente de Virginia, una niña inocente con pequeños toques de malicia, que vuelca su alma a ser una desgraciada por pertenecer a la Sociedad de las Sombras. "Un nuevo elemento hasta ahora extraño había penetrado en su cuerpo desde que existía la Sociedad de las Sombras. Ahora ella sabía que era buena pero que su bondad no impedía su maldad […] Salir de los límites de la vida […] Yo podría matarlos a todos…" Expulsada así de su propia moralidad, busca en la ciudad, tras el abandono de Daniel, el permanente estado de vigilia, de un ser dormido que solo se dedica a contemplar, tras el aburrimiento insertado en su cuerpo y que ha tocado su alma. Lispector publicó La lámpara
en 1946, poco tiempo después de Cerca del corazón salvaje
y, pese a ser su segunda novela, en ella encontramos ya los elementos
que formarán el resto de sus obras, la gestación de sus
pasajes favoritos de la vida: la señora ciega con la que se encuentra,
que recuerda al cuento "Amor": "Su compartimiento estaba
sobre el de una ciega. Un rostro sonriente escrutador que parecía
extraordinariamente vivo, inteligente. Le ofreció ayuda tibiamente
sin conseguir sentir compasión de la mujer". La imagen de
la borracha inadaptada dispuesta a ser receptáculo de todo acontecimiento
humano, de "Devaneo y embriaguez de una muchacha": "Borracha,
borracha, se decía con una vergüenza cálida, ya sonriendo.
Se sorprendía de que no tuviese ganas de hacer tonterías,
lo que más deseaba era decir en tono bajo y misterioso, casi con
furia, a todas las partículas de aquel aire templado, íntimo
y brillante: adiós, adiós. Y en eso había una angustia
presa, una mancha oscura y opaca". Hasta el sentirse escarabajo,
casi cucaracha, como bien lo definirá en La pasión según
G.H. (1964), "era un insecto duro, un escarabajo, volaba en repentinas
líneas, golpeaba contra las vidrieras cantando con estridencia".
Encontramos también en La lámpara el permanente diálogo
con la materia inerte, por ejemplo, con las piedras, como Martín
hace en La manzana en la oscuridad (1961): "Por un instante,
en un leve torbellino silencioso, toda su vida la había pasado
sentándose sobre las piedras... notando la mirada de otra persona,
encontrando a un ciego, oyendo solo ciertas palabras...". Incluso
el mismo final de la novela reaparecerá después: el atropello
sufrido por Virginia precede al de Macabea en La hora de la estrella
(1977), ambos previstos por una vidente, en este caso, la vidente Cecilia,
que en su infancia predestina a Virginia a morir; nada mejor podía
esperar de la vida, en ese transcurrir patético de su existencia. | ||||
| ...Carolina Hernández | ||||
| 2007 © Carolina Hernández © Centre Dona i Literatura Para citar esta reseña: | ||||