La casa de la fuerza

  • Liddell, Angélica

    La casa de la fuerza

Ed. cit.

La casa de la fuerza

Segovia, La Uña Rota, 2011

978-84-95291-19-6

Viviréis, follaréis, moriréis. Y nada de lo que hagáis cambiará la idea del hombre. La idea del hombre persistirá con independencia de vuestras vidas y de vuestra muerte. La naturaleza os ignora. (…) A la lluvia no le conmueven vuestras jodidas alegrías, ni vuestras jodidas fatigas, ni vuestros jodidos dolores.

biografía

Angélica Liddell (Figueres, 1966) es la directora de la compañía Atra Bilis Teatro, con la que ha representado obras como Y cómo se pudrió Blancanieves (2005), El año de Ricardo (2005) o Yo no soy bonita (2007). Comparada con Artaud o Pasolini y traducida a varios idiomas, Liddell ha obtenido numerosos premios, por una dramaturgia crítica y desgarrada, que muestra los aspectos más sórdidos de la condición humana. La casa de la fuerza, una de las obras más aclamadas, se estrenó el 16 de octubre de 2009 en el Teatro de la Laboral de Gijón y, en el año 2001, la Editorial La Uña Rota la publica junto a Anfaegtelse (2008) y Te haré invencible con mi derrota (2009).

sinopsis 

Frente al profundo dolor (y miedo) que provocan la soledad y el paso del tiempo, Liddell escribe sobre la pasión de amar y ser amado, como un alivio que consuela del vacío que acompaña siempre al ser humano. Con la violencia del narcotráfico y los feminicidios de Ciudad Juárez como telón de fondo, en un México lindo (y herido), Liddell manifiesta su repugnancia hacia una masculinidad amenazante y violenta, en un mundo donde las mujeres siguen siendo víctimas incluso después de muertas.

reseña 

En ese mundo del Pink Panther Show, donde el horror queda sublimado por el color de la mentira, el ser humano sufre por los grandes acontecimientos históricos (los conflictos armados, la pila de muertos en los campos de exterminio o la guerra de Iraq), pero se desentiende del dolor individual y concreto, que atraviesa y perfora a cada uno de los seres humanos en su día a día. El sufrimiento espiritual, signo de debilidad y flaqueza, es desterrado en un mundo que identifica la perfección con la fuerza bruta, sin poder aceptar un dolor vivo y descarnado, que queda más allá del cuerpo. Ahora, dice Liddell, se sufre por la Humanidad (en general), pero ese dolor abstracto se transforma en una apatía sumisa o un necio conformismo, que convierte al individuo en un ser egoísta —preocupado únicamente por su situación personal incapaz de reconocerse en ese dolor ajeno, que acaba mordiendo las esquinas de las mesas para aplacar el sufrimiento espiritual que provoca la soledad. En ese mundo, donde el amor que prevalece es el amor del lobo por el cordero, Liddell desobediente y llena de rabia— proclama su asco contra la fuerza bruta y transforma el odio en justicia para los más débiles. Cuando la tristeza es tan grande que puede dar sombra a un bosque o el dolor tan grande como una frontera, el ser humano empieza a temer la vida y comienza a hacer tratos con la muerte, convirtiendo la desconfianza en defensa y la ira en resistencia. En ese mundo hipócrita, escandalizado por el sexo y no por la guerra, Liddell ya sin miedo proclama el incesto como herramienta de ataque contra la violencia ciega de los más fuertes: su finalidad es engendrar hijos débiles y copular con ellos, para perpetuar una especie de seres frágiles y rotos que, incapaces de ejercer más violencia que la se requiere para respirar, consigan hacer frente a la disciplina, la ambición y las normas erigidas en beneficio de los más fuertes. Así, cuando (tantas veces) el amor y la sumisión se confunden, Liddell lucha contra la brutalidad de los seres perfectos y poderosos, porque quiere arrancarle lágrimas al hierro. 

Exigente y de gran complejidad estructural, La casa de la fuerza entrelaza las canciones populares mexicanas con la lista estremecedora de crímenes en Ciudad Juárez y con una serie de confesiones aterradoras, en un mosaico de gritos y voces que tratan de plasmar el miedo a la soledad y la muerte. Ahora, el agotamiento espiritual y el agotamiento físico se dan la mano, en un espectáculo desgarrador y extenuante que durante cinco horas y media busca suplir el dolor de la soledad con las promesas del amor y el sexo. Sin embargo, la desconfianza se apodera de cualquier vestigio de esperanza depositado en la capacidad de amar que tiene el ser humano. Al final, ya sólo queda el pesimismo triste y doloroso de Liddell: "Amar tanto para morir tan solos, amar tanto para morir tan solos, amar tanto para morir tan solos".

Edita: Centre Dona i Literatura

Tornos Urzainki, Maider

Tornos Urzainki, Maider (2013), "Angélica Liddel. La casa de la fuerza", Lletra de Dona in Centre Dona i Literatura, Barcelona, Centre Dona i Literatura / Universitat de Barcelona, fecha de consulta.

http://www.ub.edu/cdona/lletradedona/la-casa-la-fuerza
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