Si repasamos la historia de los estudios filosóficos en nuestra Universidad, en los más de 150 años que nos separan de su reanudación moderna, no es que lo hagamos por noble y seca erudición. Tampoco para congratularnos de un pasado que todos sabemos que está lleno de limitaciones exteriores y de unos cuantos déficits interiores.
Queremos recordar, un momento más, los que nos han precedido en este mismo lugar y en esta misma actividad como se supone que lo debe hacer el filósofo, por puro respeto, pero también interesadamente, para extraer de este diálogo con el pasado alguna señal orientativa que nos pueda servir aún para el presente.
Es evidente que el estudio de la filosofía ha cambiado mucho en este siglo y medio de desarrollo en nuestra Universidad. A partir de una asignatura rutinariamente impartida en todas las facultades, se ha convertido, tal y como hoy podemos constatar, en una Facultad entera que tiene más de un millar de alumnos. En esta evolución se han sucedido una serie de etapas que marcan el estilo de la obra realizada a cada paso.
Una primera época, y una de las más prósperas, ha sido la Renaixença, que coincide, entre los años 30 y 60 del siglo XIX, con la restauración de la Universidad y con una cierta reactualización de la enseñanza de la Filosofía después del largo ostracismo intelectual de los siglos XVII y XVIII. El iniciador de la nueva orientación fue Ramon Martí d'Eixalà, que ya había sido profesor de la activa Escuela de la Junta de Comercio, institución que a principios del siglo XIX cubría en Barcelona el vacío creado por el destierro de su Universidad. Martí, un liberal y un empirista moderado, si se permite la expresión, se aparta de la escolástica dominante en la Universidad de Cervera, y se abre a las moderadas versiones académicas de la filosofía ilustrada que Royer-Collard y Cousin estaban dando en Francia. El eclecticismo era también la tónica que se imponía en la primera filosofía universitaria moderna de nuestro país. Una señal de este desapego, que quería marcar sobre todo distancias con la teología, es que la filosofía comenzó a enseñarse en la Universidad de Barcelona con la denominación de “Ideología”, expresión sacada por Martí del francés Destutt de Tracy, aprendiz de Condillac. Esto contrasta notablemente con el pensamiento católico imperante entonces en la península, el cual tenía en Balmes, condiscípulo de Martí en Cervera, su principal exponente.
En la misma época cultural de la Renaixença, pero coincidiendo ahora con el reinado de Isabel II y la formación de la mentalidad positivista de la burguesía catalana, Xavier Llorens i Barba se hace continuador de la exposición de una filosofía que, tal como postulaba Martí d'Eixalà, se inicia con el estudio psicológico de la conciencia. Llorens va más allá e insiste en la correlación de ésta con unas supuestas determinaciones de la realidad espiritual: el sentido común y el herderiano espíritu nacional, para acabar adjudicando a la filosofía una función más propedéutica que puramente especulativa, de análisis de los fundamentos del pensar más que de los principios y objetos del pensamiento. La metafísica de raíz aristotélica comienza a ser puesta en cuestión. En este sentido, es muy revelador que después de exponer su filosofía teorética, inspirada en la escuela escocesa del common sense (Reid, Hamilton), que también tuvo una cierta fortuna en Francia, Llorens comience su exposición de una filosofía práctica con un elogio de Kant y una parcial aceptación de su racionalismo ético. Esto parece, de entrada, suficientemente sorprendente en relación con un medio cultural y universitario tan tradicionalista como el del la Renaixença catalana. Pero no nos extraña tanto si pensamos que es también el momento de afirmación de la burguesía industrial catalana, y por tanto, subsidiariamente, de la moral de la autonomía del sujeto.
Contra el idealismo moderno, Llorens otorga un crédito favorable a la psicología empírica. Contra el dogmatismo ético da un voto de confianza a la razón individual. En buena medida es esto lo que se desprende de la metafísica de Llorens, aunque éste no se pusiera totalmente, por temor propio y por falta de soportes exteriores, a la altura de la oportunidad histórica que se le presentaba.
Al desaparecer este profesor, los estudios de filosofía, hasta entonces suficientemente discretos por si mismos, entraron en un prolongado letargo. Se cierra un período de relativo progreso para abrirse otro de franca decadencia por lo que respecta a esta enseñanza. Coincide con la reacción conservadora de la primera experiencia republicana, reacción donde entró, naturalmente, el cambio tradicionalista del catalanismo. Y, en particular, la enésima reanudación del tomismo escolar. La crisis de los estudios filosóficos estaba agravada por el incremento del centralismo de la Universidad española, que ya se inició con la Ley Moyano, hacia los años 60 del siglo XIX. Poco a poco, la filosofía universitaria caía en el amodorramiento y la rutina. La atonía era tan grande que se tuvo que crear, por este y por otros motivos, una universidad paralela: los Estudis Universitaris Catalans, inaugurados en 1903. Eugeni d'Ors se encarga de la Filosofía y en concreto de la Lógica y Metodología de las Ciencias, en la línea de difusión del nuevo pensamiento científico y filosófico que encontraremos después en su Seminario de Filosofía, al margen de la Universidad. En contraste con ello, cuando la Facultad de Filosofía y Letras estrenó su Sección de Filosofía, en 1912, el primer catedrático que fue nombrado, Cosme Parpal, era un religioso que contaba entre sus méritos con la redacción de un libro sobre la pereza infantil y otro trabajo sobre “Santa Teresa de Jesús ante la psicología”. No obstante, todo no era así. Pronto Jaume Serra Húnter ocupaba la cátedra de Historia de la Filosofía, y Tomàs Carreras i Artau, la de Ética. Por otro lado, Pere Font i Puig, quizás más destacable filosóficamente que los anteriores, substituía a Parpal en la Psicología después de la muerte de su titular.
Los estudios de los que hablamos experimentan un fuerte aumento de nivel y de interés con la entrada hacia finales de los años 20 del nuevo catedrático de Lógica Joaquim Xirau, quien dirigió la Facultad de Filosofía y Letras después de ser declarada autónoma, como la de Madrid, en 1931.
En la época de la república, Xirau promovió un estilo de enseñanza y de convivencia del cual él mismo era buen ejemplo. Por otro lado, sus traducciones y obras originales son abundantes y esmeradas. Seguía fundamentalmente a Husserl, pero establecía un diálogo experto y constante con los clásicos del pensamiento, como han hecho casi todos sus discípulos. Algunos de éstos han sido profesores en nuestras aulas y son hoy el testimonio vivo de la gran valía intelectual y humana de su maestro. Poco antes de la Guerra Civil, Xirau llamó a profesores como García Bacca, que enseñó Lógica formal, entonces una gran novedad, y al alemán Landsberg, que explicó Scheler y Nietzsche. En esa época eran alumnos de la Sección de Filosofía, entre otros: Ferrater Mora, Nicol, Roura i Parella, Mirabent, Calsamiglia, Gomà.
Pero el régimen que se impuso después de la Guerra Civil no hizo posible la continuidad de este momento de esplendor de los estudios de filosofía en nuestra Universidad, pasado un siglo después, prácticamente, de la labor inicial y puede que iniciadora de Martí d'Eixalà. En el año 1939 se exiliaron Xirau, Serra Húnter, Nicol, Casanovas, Roura i Parella. Otros, como Calsamiglia, fueron relevados de la docencia. Entramos, así, en una nueva etapa de represión y censura y, por tanto, de empobrecimiento académico. Hubo excepciones, como la presencia de Zubiri, en los años 40, y el digno papel de respeto a la función del profesorado que ejercieron en esos años de posguerra Joaquim Carreras i Artau , catedrático de Historia, Jaime Bofill, de Metafísica, y Francesc Mirabent, que lo era de Estética.
Ya no podríamos hablar de ninguna otra etapa global de nuestros estudios, que de aquella que se abre paso en los años 60, coincidiendo con la transformación demográfica, política y cultural de la Universidad de Barcelona. Describir en este sentido lo que fueron las décadas de los 60 y 70 entre nosotros nos obligaría ahora a una relación demasiado larga y de no fácil conclusión. Digamos, al menos, que en el plano teórico es el tiempo de la recuperación de las corrientes del psicoanálisis, y el de la introducción de tendencias contemporáneas, como la llamada filosofía analítica y el estructuralismo. En el plano docente esta época de los años 60 es la de la consolidación del magisterio de profesores como los Drs. Gomà, Siguan, Sanvisens, Canals, Valverde, Lledó, Sacristán, sobre el telón de fondo del movimiento estudiantil antifranquista.
En este tiempo, se constituye la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación (1973), separadas las Secciones de Filología y de Historia, y pronto esta facultad se traslada al nuevo centro, en el año 1975, en el barrio de Les Corts de Barcelona. La historia que viene después es el inmediato pasado. En el año 1987 empieza a funcionar la Facultad de Filosofía, y el Departamento de Filosofía Teorética y Práctica se crea aquel mismo año.
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