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Luisa Cavaliere. Lia Cigarini. Hay una buena diferencia. Un diálogo.

Luisa Cavaliere. Lia Cigarini.
Hay una buena diferencia. Un diálogo.

Nota introductoria


El desafío de la libertad femenina. María-Milagros Rivera Garretas

Este librito concentra en pocas páginas la obra, en mi opinión, más original e interesante de la política occidental contemporánea. Nadie como Lia Cigarini ahorra a quien lee tópicos y repeticiones, dándole, en cambio, simbólico para entender y entenderse en un mundo que la revolución de las mujeres y la informática han vuelto irreconocible. Luisa Cavaliere, por su parte, consigue que Lia diga todavía con más precisión lo esencial del pensamiento que ha ido elaborando desde finales de la década de 1960 hasta hoy. En este libro, Lia Cigarini dice sobre la libertad femenina (su gran invención simbólica) las palabras más bellas que ha dicho nunca. Por ejemplo: “la libertad es, en su esencia, una experiencia relacional. Mi libertad no depende de la soberanía ni de mí personalmente. En ciertos momentos de mi vida noto que hay libertad, y luego la pierdo; siento que se cuela la repetición. Esto quiere decir que el acontecimiento de mi libertad sigue siendo un campo de batalla, algo no adquirido para siempre.”

Mirado desde la libertad femenina, nuestro mundo cede en complicación y se vuelve inteligible para una mujer. Desde la libertad femenina, las preguntas del presente empiezan a tener respuesta, también esas ante las que una se siente tan pequeña que se queda muda. Lia Cigarini enseña desde hace mucho que la libertad a una mujer le pertenece por su ser mujer, no a pesar de su sexo, como dicen, pesadísimas, las constituciones de muchos países y el derecho en general. Con su libertad propia y relacional, una mujer se ve capaz de opinar porque ya no tiene miedo, ya no teme decir cosas que alguien pueda rebatir por indemostrables. Ella muestra lo que es, esquivando la demostración y sus leyes más o menos masculinas. Su experiencia resulta inexpugnable.

De las preguntas del presente que Lia Cigarini contesta en este libro, entresaco algunas. En primer lugar, la pregunta sobre la vitalidad del feminismo. Dice sobre esto al principio del Diálogo, hablando del contexto del encuentro feminista de Paestum 2012:

“pienso que en esta situación cambiada que ve a las mujeres entrar en masa en el trabajo y en los lugares de decisión (me refiero, más que al parlamento, a los ganglios vitales de la sociedad o, más bien, del mundo), la lectura de la realidad que cambia pide una mirada nueva. Pide un sentido como de grandeza. No creo que sea demasiado presuntuoso el subrayar lo importante que la práctica política de las mujeres puede ser para el presente. Un presente que exige no solo un cambio de gobierno, no solo un cambio de cultura, sino que impone, incluso, un cambio de civilización que, quizás, ya se esté dando. Hace falta una política que tenga elementos más avanzados que los que tiene la de los hombres. Hace falta sobre todo un lenguaje que no haga añicos lo que las mujeres (empezando por nosotras mismas) han conseguido hasta ahora mantener unido (vida y trabajo, carrera y afectos, por ejemplo) y restituya, así, su signo al hacer femenino, volviéndolo ejemplar para todas y para todos.”

Una segunda y sombría pregunta que sale una y otra vez en los encuentros feministas, es la del valor y el sentido de la presencia cada vez mayor de mujeres en los sitios en los que se ejerce el poder. Muchas nos hemos cansado de que la presencia de mujeres no se note, absorbida por los remolinos de las tradiciones masculinas que arrastran desde su fundación los partidos políticos, que nacieron a finales del siglo XVIII en contra de los Salones de las Preciosas, salones que habían sido una invención política femenina que supo acoger a mujeres y hombres en su disparidad. Al mismo tiempo, las mujeres no nos oponemos, por lo general, a que haya mujeres con poder, como si esperáramos a que la inspiración les llegue. Dice Lia: “¿cómo nos medimos con las ganas de cada vez más mujeres de estar y contar en los sitios en los que se decide? En estas ganas se muestra un movimiento dinámico del deseo femenino que nos obliga a interrogarnos, pero también, arriesgo, nos pide una orientación. Y además, me pregunto, y ¿por qué ha de ser imposible ‘llevar verdad y cambio’ a una escala más vasta que la seguida hasta aquí sin dejar de seguir siendo fieles a nuestra práctica política?”

Para no dejar de ser fieles a nuestra práctica política, propone "discutir de política primera y segunda1, de libertad y democracia con el mismo riesgo con el que nos hemos movido en el trabajo, en la filosofía, en el psicoanálisis, en el arte, etc., sin tener miedo de superar los límites puestos por la Constitución o de contradecir algún postulado de la política considerado intocable, como, por ejemplo, la democracia representativa que, repito, no es la única forma de democracia. Hoy se habla de democracia participativa. Me parece entender que significa dar más poder de decisión a organismos y asociaciones intermedias que operan en la sociedad. No basta; más bien, despista: repite en pequeño el mecanismo de la representación. Y además ¿en qué se participa? En una democracia agonizante. Es la libertad relacional (somos sujetos interdependientes) lo que puede movilizar pasiones, no tanto en la carrera electoral por el poder como en la búsqueda de una existencia libre garantizada por la calidad de las relaciones."

Su apuesta sobre el presente y sus contradicciones es esta: “Cuando las mujeres que tienen más en la cabeza el paradigma político masculino nos preguntan: ‘pero vosotras, siempre sentadas en corro a hablar ¿qué hacéis en concreto?’ me apetece contestar casi son irritación: yo (y como yo otras muchas) me propongo una empresa cognoscitiva ambiciosa para mi sexo: subvertir las coordenadas del saber mediante el relato de la experiencia de cada una (y, espero, de cada vez más hombres). Trabajo político indispensable para crear un orden de relaciones distinto de los condicionados por el contexto económico, para generar otros cambios.”

Hay un hilo de oro que enlaza la obra de Lia Cigarini con la de otras genias de la política de las mujeres, cuya genealogía ella reanuda y enriquece. En primer lugar, con las Preciosas del siglo XVII y con las grandes narradoras de los siglos XIX y XX, como Jane Austen, George Elliot o Ivy Compton-Burnett. Pero también con otras cuyas creencias y formas de vida fueron muy distintas de las suyas, por ejemplo Teresa de Jesús. Son todas ellas escritoras y políticas que saben que la independencia simbólica, tanto si se le llama así como si se le llama castillo interior, Persuasion, Romola o Clemence, es mucho mejor para vivir bien que las correlaciones de fuerzas.


Para no correr en paralelo hasta lo infinito sobre nuestras palabras. Luisa Cavaliere

Para Giancarlo C.

Querría que este librito sirviese para poner en orden y dar a entender el pensamiento que impregna las distintas prácticas del feminismo italiano.

Querría que aparecieran: el hilo que las une; los conflictos que lo atraviesan; las palabras que escogen para narrar la experiencia, las diversas experiencias; sus contradicciones; sus debilidades.

Sin censurar; más bien dando a entender desde la introducción y, luego, también en la filigrana misma de las preguntas, mis inquietudes y mis incertidumbres, esas inquietudes y esas incertidumbres que me han impulsado a pensar en este escrito. Una pequeña guía útil para captar el sentido de ese extraordinario protagonista de nuestra historia, de la de cada una y de cada uno, de la de todas y de todos, que ha sido y es el movimiento de las mujeres de nuestro país.

En la introducción a una reedición reciente de escritos de la norteamericana Catherine A. MacKinnon 2, Antonella Besussi escribe: “… del feminismo y de lo que tiene que decir sobre las mujeres y a las mujeres, se tiene la impresión de saberlo todo, incluso demasiado. Las vicisitudes de este saber teórico y político están tan estratificadas que parece ya consumado”.

Fulminante premisa que lleva a la investigadora a definir los puntos de llegada, los fines actuales del feminismo como “…flojos, desenfocados, incapaces de conquistar la atención de la que no los conoce desde siempre, ajenos a todas los demás”.

En la celebración de este (fraudulento) de profundis parece manifestarse más un deseo inconfesado que el resultado de estudios en profundidad o de trabajos de campo orientados por esa mirada sin prejuicios que debería tener quien estudia.

Ese deseo inconfesado está bastante difundido entre las mujeres y entre los hombres y, por eso, al poner orden, es necesario tenerlo en cuenta o, mejor, hay que partir de él para no imaginarse una capacidad de persuasión que, quizás, no existe.

Es necesario partir de las palabras que usa el deseo, de la representación del mundo que lo genera. De la complicidad que muestra. Están en juego la medida de la eficacia de una acción política y su visibilidad. La capacidad de implicar y de hablar a otros y a otras. Pero para mí y para las que, como yo, experimentamos todos los días la vitalidad del feminismo y su capacidad de guiar la existencia, de despejar la opresiva presencia de asfixiantes estereotipos, está también en juego la necesidad de liberarse de la posible y desagradable sensación de evocar algo inexorablemente desaparecido, anticuado.

De no ser actuales. Incapaces de captar los cambios acaecidos a nuestro alrededor. Inadecuadas ponentes de cosas superfluas. Desconocedoras de los verdaderos problemas, de las injusticias. De los derechos negados. Nostálgicas de un conflicto ya resuelto.

La liquidación sumaria de la mirada, del saber, del pensamiento y de la política de las mujeres, dice que al desmoronamiento de todos los sistemas interpretativos al que asistimos a diario, no se le da respuesta femenina. O, si se da, es solo para reivindicar una redistribución paritaria de los derechos, de los recursos, de los puestos en las instituciones.

Hay algo que no enseña a ver y sentir lo que sucede y que, al mismo tiempo, vuelve incomprensible lo que se dice y se muestra dentro de una lengua, a ratos, “desconocida”. Una parte del feminismo parece tener poca ambición hegemónica. Poca atención al discurso público habitual del que percibe su agotada, ya exangüe, capacidad de seducción.

Es también de este doble impedimento, del deseo de investigarlo y descomponerlo, de la necesidad de explicitar y aclarar las metas teóricas (sin sacrificarlas a una jerga) y de describir el sentido de las prácticas del feminismo, de donde nace “deliciosa como un canto y fría como un helado” la conversación con Lia Cigarini.

Mi interlocutora tiene una biografía que vuelve particularmente interesante su pensamiento. Testiga y protagonista del movimiento de las mujeres desde finales de los años sesenta, fundadora (“… con otras”. Lia recuerda casi obsesivamente el origen plural de todo lo que ha escrito, pensado y hecho. Explicita sus “deudas simbólicas” quizás precisamente para mostrar la raíz de su pensamiento) de la Librería de mujeres de Milán y del Agorà del lavoro 3.

Avara escritora (es de los años noventa su único libro, La política del deseo), confía a descarnados escritos en la revista “Via Dogana” sus análisis del presente. Oradora esencial nunca locuaz. Trato gentil, huella de un origen burgués que marca su estilo y modos. Pensamiento riguroso y, a la vez, sabio, alimentado por la pasión política (hija de un afiliado al Partido comunista italiano desde 1921 , fue, poco más que adolescente, secretaria de la Federación juvenil de ese partido en Milán). Amante del cine, la literatura, el derecho (es abogada de profesión), los viajes. Amiga sin ser nunca confidente. Atenta sin volverse nunca consoladora. Intransigente, escucha y, después, desmonta los razonamientos. Desplaza y puja. Solidaria sin ser jamás cómplice de debilidades y contradicciones que no censura sino que precinta, intentando captar lo que tengan de esencial. Entra en conflicto solo si vale la pena. Solo si el conflicto se puede transformar en ocasión de redefinir las cuestiones que lo generan. La conozco y me confronto con ella desde hace más de treinta años en un diálogo que la distancia geográfica (ella en Milán, yo en Nápoles) y las diferencias de perspectiva, que tal vez, en parte, nacen de nuestros distintos contextos ambientales (de las distintas maneras que usamos para trascenderlos sin perder su significado), no han puesto nunca en un compromiso. No hay empresa que yo haya puesto en marcha, tropiezo de pensamiento con el que me haya topado, dolor que haya padecido, deseo que haya expresado, que no se haya confrontado con su opinión.

De ella he tenido el relato constante y cautivador de los rasgos destacados de su compromiso en la Librería primero y en el Ágora después. De ella ha tenido siempre necesidad mi difícil compromiso napolitano que se mueve en la divisoria que separa las instituciones públicas del resto del mundo, intentando una recíproca (y, quizá, imposible) traducción.

Al salir de Paestum 4, que ella (“con otras” entre las que me cuento) había pensado y querido, hablamos largamente en su estudio milanés de ventanas asomadas a las líneas austeras del Palacio de Justicia. Deslizándonos por varios planos conectados pero distintos: el pasado, con la elección separatista inaugural, el cambio radical que esto produjo, la práctica que generó, la fuerza que desencadenó. El presente con las urgencias de una crisis de civilización que golpea nuestras vidas y que merece y espera respuestas que, quizás, solo el feminismo puede dar, podría saber dar, si fuera capaz de imponer confrontación e intercambio. Sobre lo que ha obtenido. Sobre lo que ha ganado del pensamiento también de la exclusión y de la discriminación. Sobre la escisión que ha mostrado entre saber y poder. Sobre la estructura íntimamente relacional de la subjetividad que sale al encuentro del límite del otro/otra en carne y hueso. Sobre la consciente responsabilidad de la propia parcialidad esencial para pensarse y para pensar el mundo. Sobre la urgencia de pensamientos, palabras y valores que el deshacerse del patriarcado impone a las mujeres y a los hombres (de buena voluntad). Sobre la necesidad de restituir al mercado su “descarnado” papel de distribuidor de mercancías excedentes, de respuesta a las necesidades y los deseos de las mujeres y de los hombres, desnudándolo de su asfixiante tendencia a invadir que lo ha transformado en una divinidad omnívora, abstracta y negadora. Sobre la naturaleza, que no es un fondo indiferente de nuestra rapiña sino parte esencial de nuestra humanidad.

Ciertamente, si considero las condiciones materiales que, a ratos, invaden mi vida obligándola a una confrontación sin respiro, condiciones hechas de prácticas y modelos de convivencia llenos de violencia, a menudo carentes de toda huella de belleza y de solidaridad, o las soledades desesperadas de quienes viven “sin destino ”, en los márgenes de la despiadada trama urbana, se vuelve dificilísimo imaginar recorridos capaces de trascenderlas sin olvidarlas.

Así que si doy con la belleza encarnada en la luz de los paisajes, en el mar, en los colores del cielo, en los palacios que se asoman a plazas suntuosas y decadentes, en los patios inundados de rosas amarillas y cándidos jazmines “donde anidan los gérmenes improductivos de la contemplación ”, me cuesta resistir la tentación de abandonarme.

O si miro la política, eso en lo que se ha convertido “esta parodia cruenta de la vida ” donde “la palabra es remitida al grito ”, en la callada y, por ello, subalterna presencia de las mujeres en la escena institucional, engatusadas por el poder (o por sus simulacros) y eternamente empeñadas en una solicitud de reconocimiento que confían a las leyes, a los derechos, sustrayéndola de su territorio natural que es el tejido simbólico, corro el riesgo de quedarme atrapada en las seducciones de la impotencia que en el Sur tienen una antigua y, a ratos, incluso noble historia.

O bien si, sin complacencia, registro el antagonismo y la radicalidad de las respuestas feministas aquí donde vivo, me doy de bruces con una fragilidad que parece un destino, con una labilidad de la memoria que nos condena casi a empezar siempre de nuevo, en un pensamiento capaz de grandes abstracciones pero incapaz de crear relaciones, tejido conjuntivo, mirada compartida y, por tanto, fuerza, historia. Choco con un hábito de entrar en conflicto casi siempre solo para aniquilar, burlarse, ignorar, debilitar.

Y además, si me topo todos los días con las huellas de un patriarcado moribundo y vital al mismo tiempo, debilitado pero, también, capaz de hipócrita condescendencia y de feroz violencia, puedo dar por perdida la concreta y cotidiana (porque colocada en el presente y no confiada a un futuro improbable) esperanza.

Yo, ciertamente, sé muy bien que los derechos negados connotan el tono de la democracia volviéndola débil (cuando no engañosa) en sus pretensiones universalistas pero no comprometen recorridos de libertad que encuentran en otro sitio la verificación de su fuerza. Pero sé también que las discriminaciones, la misoginia, la violencia, pueden tener el efecto perverso de pretender tiempos cortos, resarcimientos inmediatos. Corremos el riesgo de hacer que parezcan ineficaces o intelectualistas también las prácticas que hieren en el corazón lo simbólico masculino desvelando su origen prevaricador y que señalan la posibilidad de otros criterios de juicio, otros criterios para ser también felices sin la obsesión de reducirlo todo a un pobre yo.

Sé que el lenguaje usado para decir lo que se pone en juego y para medir las ventajas y las insidias de una acción, es tan esencial como el actuar (si no más); por eso las palabras serán vigiladas una a una, incluso corriendo el riesgo de no darse a entender por todos y por todas.

También esta doble mirada, que se mueve inquieta, conscientemente abierta a la duda y que caracteriza mi modo de incidir, la he confiado a Lia, a su inteligencia sutil, a la conciencia que se transparenta en su pensamiento político de lo urgente que es, para construir lo “inédito”, el “nuevo orden”, el no saber dar respuestas a todo sino construir relaciones (y, por tanto, lugares) donde buscar respuestas.

Un diálogo

Es muy complicado el restituir el sentido de un diálogo. Habría que ser capaces de conservar en las palabras escritas el tono de las voces, los gestos, las sonrisas o las pausas, las vacilaciones y las ironías. Todavía es más difícil la empresa si una de las dos que dialogan usa las palabras, como hace Lia, destilándolas con extremo cuidado. Haciendo que cada una de ellas diga lo que tiene que decir, sin desvíos, casi sin emociones. Yo he elegido retirarme, esconderme, para no entorpecer el descarnado, esencial proceder de mi interlocutora. Me parece, no obstante, que nada de lo que yo quería que se dijese ha quedado sin decir. Mucho habrá todavía, sin duda, que hacer, decir y escribir. Por eso considero este escrito como la primera entrega de una reflexión que seguirá y nos llevará, juntas, a recorrer la experiencia que sucede y que por ello es necesaria.

LUISA CAVALIERE – Partamos de una valoración de la asamblea de Paestum para entender las razones que la generaron y, al mismo tiempo, contar lo que ha supuesto. Adjuntaremos a esta charla nuestra el texto de la carta de invitación que señala los temas propuestos a debate por las promotoras. Aquí me interesa tu opinión.

LIA CIGARINI – Yo estaba entre las que querían desde hace tiempo un encuentro nacional del feminismo que tuviera el estilo de los de antes, donde nos juntábamos todas durante al menos tres días, y el modo de tomar la palabra, aunque fuéramos muchísimas, era el del grupo de autoconciencia: partir de sí en relación intensa con las presentes. No pensaba en las maneras propias de los congresos y de los seminarios, con ponencias por temas y apuntarse para hablar. Pensaba en intervenciones breves y que dialogaran entre sí. Con espacios para la conversación durante las pausas, en las cenas, en los paseos.

Quería un encuentro así, sobre todo porque pienso que en esta situación cambiada que ve a las mujeres entrar en masa en el trabajo y en los lugares de decisión (me refiero, más que al parlamento, a los ganglios vitales de la sociedad o, más bien, del mundo), la lectura de la realidad que cambia pide una mirada nueva. Pide un sentido como de grandeza. No creo que sea demasiado presuntuoso el subrayar lo importante que la práctica política de las mujeres puede ser para el presente. Un presente que exige no solo un cambio de gobierno, no solo un cambio de cultura, sino que impone, incluso, un cambio de civilización que, quizás, ya se esté dando.

Hace falta una política que tenga elementos más avanzados que los que tiene la de los hombres. Hace falta sobre todo un lenguaje que no haga añicos lo que las mujeres (empezando por nosotras mismas) han conseguido hasta ahora mantener unido (vida y trabajo, carrera y afectos, por ejemplo) y restituya, así, su signo al hacer femenino, volviéndolo ejemplar para todas y para todos.

Nosotras mismas, partiendo de ti y de mí, tenemos dificultades con respecto al deseo de estar ahí y de contar que se da mucho entre las mujeres. Somos (hemos sido) testigas y, en cierta medida, protagonistas de un cambio de las relaciones entre los sexos que está arrancando a la humanidad femenina entera del haber soportado e interiorizado, durante siglos y milenios, papeles subordinados y estereotipos empequeñecedores.

Es algo enorme que ha cambiado ya la faz de la tierra. Pero parece que esto nos dé miedo, nos dé miedo también a nosotras, por las dimensiones que puede llegar a tener. Es como si nos tentara o el seguir el sentido común que tiende a reducirlo a los términos de una igualdad ya obtenida, o el retirarnos a nuestros cómodos lugares fuera de la pugna actual. Pero yo no me veo, no consigo imaginarme como profetisa y encima ¡de desdichas!

LUISA CAVALIERE – De aquí, de esta doble tentación, del riesgo que supone ¿nace también Paestum?

LIA CIGARINI – Sí, pero yo quería un encuentro nacional también por otro motivo. Las neofeministas (así se han definido) de Se non ora quando [Si no ahora cuándo] iban diciendo que el feminismo de finales de los años sesenta había muerto hace tiempo. Así contribuían, más o menos conscientemente, a borrar la existencia y la presencia política de muchísimos grupos, relaciones, lugares, librerías, centros de documentación, casas de mujeres, cooperativas, asociaciones, editoriales y demás cosas, de lo más diverso, que se desarrollaron en continuidad con el feminismo produciendo saber y cambio. No se trata solo de un desliz histórico. Está en juego la perspectiva política.

Con ese juicio, en realidad, no se reconocía y no se reconoce la cualidad política de la práctica del partir de sí y de la relación, que es precisamente lo que ha cambiado la relación mujer/hombre minando en su raíz el pensamiento y el mundo patriarcales. Con esa liquidación sumaria nos entregamos al paradigma político masculino: un movimiento existe si saca a mucha gente a la calle, si presenta una lista de reivindicaciones que ofrecer a los partidos.

Yo encuentro ineficaz este paradigma; me lo demuestra la experiencia.

Como ejemplo (uno entre muchos posibles) basta pensar en las grandísimas manifestaciones en contra que se hicieron en todo el mundo (solo en Roma, dos millones de personas) y que no impidieron la guerra de Iraq, con el desaliento consiguiente y la desilusión por la política.

En mi opinión, habría sido mucho más eficaz el trabajar para ensanchar la toma de conciencia, el saber que la guerra ha de ser evitada siempre.

LUISA CAVALIERE – Además la política, los partidos, parecen totalmente incapaces de recoger las demandas que la sociedad expresa y les plantea.

LIA CIGARINI – Efectivamente, esta concepción cuantitativa de los movimientos presupone y requiere que el sistema de partidos a los que dirigir la lista de reivindicaciones con la esperanza de que las traduzcan en leyes, quede intacto, tal y como está. Es una práctica que no hace mella en sus formas y estilos, procedimientos y modos de tomar decisiones. Y entonces ¿adónde va a parar la subjetividad femenina? Y también ¿la masculina? Se disipa. Desaparece.

Añado que la fuerza de las mujeres demostrada por su gran participación en la manifestación convocada por Se non ora quando el 13 de febrero de 2011 iba mucho más allá de las consignas y los objetivos indicados después.

Ese intento de cancelación de la subjetividad femenina es lo que fue puesto en jaque por el encuentro de Paestum.

LUISA CAVALIERE – También las napolitanas de Se non ora quando acudieron a Paestum y hablaron.

LIA CIGARINI – Me sentí feliz y aliviada cuando vi que en Paestum estaban también las que habían participado en la manifestación de febrero de 2011. Vinieron, y muchas, y no solo de Nápoles. Sobre todo las jóvenes atraídas por la radicalidad de la carta de convocatoria al encuentro.

Mi miedo de que no participaran estaba justificado por la historia de las mujeres y por los ejemplos que daba. En realidad, después del gran movimiento feminista (las sufragistas) que estalló entre finales del siglo XIX y principios del siglo pasado, la palabra feminismo había estado prohibida, casi maldecida, sustituida por emancipación , movilizada y preferida sobre todo por los partidos socialistas y comunistas.

Mary McCarthy cuenta en su libro El grupo un matricidio logrado5: de una madre, animadora del feminismo de los primeros años del siglo pasado, que mira horrorizada a su hija, seguidora de Roosevelt, que se deja imponer por el marido médico las modalidades sacrificiales del parto y de la lactancia. Desaparecía así el conflicto entre hombre y mujer que había sido central para las feministas de finales del siglo XIX y principios del XX.

Yo, sin embargo, a pesar de esta tentación recurrente de negar, a pesar de este miedo a la ocultación, pienso que ha habido siempre un hilo fino de continuidad, precioso en mi historia personal, entre las sufragistas y nosotras, las feministas de los años setenta.

Libros como Tres guineas de Virginia Woolf, El Grupo de Mary McCarthy, El segundo sexo de Simone de Beauvoir, La mística de la feminidad de Betty Friedan 6, presuponen y demuestran (también con la cantidad de ejemplares vendidos y de repetidas ediciones) la existencia de un gran número de mujeres libres y pensadoras, las que escribían estos textos y las que estos textos leían. Son textos leídos con avidez por muchísimas mujeres también antes de la revolución de finales de los años sesenta.

LUISA CAVALIERE - ¿Por qué ha sido elegido este sitio, que es casi un no-lugar lleno de historia pero también escaso de presente, en el sentido de que es poco más que una localidad turística en torno a uno de los yacimientos arqueológicos más bellos del mundo?

LIA CIGARINI – Había habido ya un encuentro en Paestum en 1975 . Tú dices que Paestum es poco más que un pueblo y, sin embargo, también ahí hay una asociación de mujeres, Artemide. Cuatro de ellas (que desde hace tiempo estaban en relación con Lea Melandri): Gabriella Paolucci, Sabina Izzo, Maria Bellelli y Rosalba Sorrentino, una vez obtenido el sí entusiasta de Lea, pensaron y prepararon el encuentro.

Si Paestum 1975 fue un caos porque había sido organizado desde fuera (Milán), en Paestum 2012, en cambio, todo funcionó a la perfección, garantizando a todas un bienestar insólito en este tipo de encuentros tan masivos y compartidos.

LUISA CAVALIERE – Un buen desmentido de las presuntas incapacidades organizativas del Sur.

LIA CIGARINI – Una de ellas, Gabriella Paolucci, contó en la reunión preparatoria de Bolonia que en 1975 tenía 15 años y vivía en Salerno. Demasiado pronto para saber del feminismo.

Le hablaría más tarde de aquel encuentro su suegra Giuseppina Lebano, que había simpatizado con las feministas hospedadas en su hotel. De aquí el deseo de Gabriella de repetirlo en el pueblecito con el maravilloso yacimiento arqueológico.

El relato de Gabriella es importante porque revela que esta vez la genealogía –que para mí es una estructura simbólica necesaria del pensar y del poder actuar de las mujeres– ha resistido a lo grande. Se ha mostrado concretamente en su eficacia.

Estas tres mujeres, junto con Lea, hablaron las primeras. Sus intervenciones, concretas y interesantes, con la energía generada por su hacer, transmitieron entusiasmo a la asamblea de las mil mujeres presentes. Pero ya en la reunión de Bolonia su determinación había convencido a las indecisas.

LUISA CAVALIERE – ¿Cuál ha sido el rasgo destacado de esta experiencia?

LIA CIGARINI – En Paestum nos quedamos sorprendidas, agradablemente sorprendidas, de ser tantísimas y de distintas generaciones. Tuvimos el placer de encontrarnos libremente sin sentirnos nunca aplastadas por la rigidez de la organización típica de los congresos. Sorprendidas y felices de constatar que las cosas fluían sin esfuerzo. La asamblea que "las de Milán" habían peleado hasta la noche antes para que fuera concebida como un gran grupo de autoconciencia (por tanto, sin mesa presidencial, sin ponencias introductorias, con intervenciones de cinco minutos sin la liturgia de apuntarse para hablar) funcionó estupendamente.

Salió tan bien porque –gracias a cuarenta años de práctica del partir de sí en el intercambio con otras que tienes delante– se confió en la capacidad o, incluso, el placer de autogestionarse.

LUISA CAVALIERE – Compareció activamente otra política.

LIA CIGARINI – Así es. Uno de los resultados principales (imposible que ocurra en un encuentro tradicional) fue que cada una, con su experiencia personal y su historia política, generó bienestar y creatividad para todas las presentes. Se expresó, materializada en toda su potencia, la fuerza de las mujeres, y por el modo libre de hablarse, con ligereza.

Se creó así (y no se podía dar por supuesta) una situación de generatividad femenina. Los juristas la definirían como constituyente. Una generatividad que sentí actuar cuando una mujer joven, Eleonora, dijo en la asamblea con fuerza exenta de retórica “Somos todas feministas históricas”: es como si hubiera señalado el inicio de la constituyente, mostrando un intento común a todas también en los contrastes y en las diferencias. Contrastes que existen, por ejemplo, en lo que a mí respecta, sobre la decisión de anteponer la identidad de precaria a la libertad femenina (que para mí es una prioridad absoluta) con la consiguiente reivindicación del rédito de ciudadanía.

LUISA CAVALIERE – Sin duda ese “somos todas feministas históricas”, dicho con fuerza por una mujer joven, rompía eficazmente las separaciones y permitía la comunicación sin falsas y ficticias divisiones generacionales.

LIA CIGARINI – Después de esa fuerte exclamación me pareció que en la sala se difundía una cierta euforia. Chiara Zamboni captó de inmediato su importancia: el tiempo presente, dijo sin énfasis ni retórica, es de todas las generaciones vivas; si, en cambio, cada generación se queda cristalizada en su tiempo, entonces no muestra que está en el presente y, así, evita contradicciones vitales y no entiende la realidad que cambia.

Pero en Paestum pasó otra cosa que creó armonía a pesar de la presencia de prácticas e ideas muy distintas entre sí: circulaba autoridad femenina. Cada mujer que intervenía daba valor a lo que había realizado a lo largo de los años, a sus proyectos futuros, a lo que pensaba y deseaba. Y prestaba atención a lo que decían las otras, a sus deseos, a sus relatos.

LUISA CAVALIERE – La cuestión de la relación y del nexo entre autoridad y poder me parece crucial. Un nexo que en nuestra historia ha sido y sigue siendo muy muy problemático.

LIA CIGARINI – Sé que cuando la Librería de mujeres de Milán habló de autoridad, iba contra corriente. Porque la autoridad ha sido asociada al poder, que es algo completamente distinto. Para mí el poder está cuando un hombre (o una mujer) dicta la ley sobre un conjunto de relaciones. La autoridad se basa en la confianza, en la certeza de que una mujer o algunas mujeres o un grupo de mujeres podrán medir, calibrar y sostener nuestros deseos.

No por casualidad hoy, en la crisis de civilización en la que nos encontramos, circula desconfianza en todo y en todos, y el deseo masculino, que está tan concentrado en el poder, está como petrificado.

LUISA CAVALIERE – Detente un poco en este punto, que no me resulta del todo comprensible.

LIA CIGARINI – Hay que aclarar que estamos hablando de estructuras simbólicas y no de mujeres autorizadas. Es decir, en Paestum circulaba autoridad porque había riqueza, armonía de algunos momentos de la experiencia de tantas juntas que se reverberaban en la experiencia individual mía y de cada una.

Resumiendo, me sentí recargada de fuerza y de confianza en mis semejantas.

LUISA CAVALIERE – Paestum nace también de la estrategia del relanzar que habéis adoptado en Milán desde siempre: trabajar (material y simbólicamente) los acontecimientos significativos relanzando incesantemente sus implicaciones.

LIA CIGARINI – Tú atribuyes a Milán lo que es una necesidad del feminismo radical: el relanzar. Si no la persigue, corre el riesgo de ser arrojado a los márgenes o aislado. Para oponerse a este resultado hay que relanzar, y esto se hace en el momento y en el lugar de los acontecimientos más significativos que suceden hoy. Por eso el empujón para que Paestum sucediera. La apuesta era definir el desafío del feminismo radical en el corazón de la política.

Me parece, finalmente, que en Paestum algunas intervenciones afrontaron directamente la pregunta que planteaba al principio: ¿cómo nos medimos con las ganas de cada vez más mujeres de estar y contar en los sitios en los que se decide? En estas ganas se muestra un movimiento dinámico del deseo femenino que nos obliga a interrogarnos, pero también, arriesgo, nos pide una orientación. Y además, me pregunto, y ¿por qué ha de ser imposible "llevar verdad y cambio" a una escala más vasta que la seguida hasta aquí sin dejar de seguir siendo fieles a nuestra práctica política?

LUISA CAVALIERE – La relación entre mujeres y poder me parece hoy más decisiva que nunca, cuando se registra una entrada considerable de las mujeres en muchos espacios sociales, políticos y culturales.

LIA CIGARINI – Antje Schrupp (en un artículo publicado en "Via Dogana" en diciembre de 2011)7, apuntando a las muchas que, en Alemania, en los últimos diez años, han ocupado puestos influyentes en sedes institucionales como ministerios, tribunales, universidades, iglesias, empresas, se pregunta: “¿Qué experiencia tienen las mujeres en su intento de vivir y anclar su política en los puestos de poder? ¿Cuáles son los conflictos que surgen cuando, por ejemplo, ignoran las reglas tradicionales del juego del poder porque quieren hacer otra política y no están interesadas en el poder en cuanto tal? ¿Qué límites se han saltado? Si no queremos abandonarlas al juicio masculino, dejándolo en su papel de única medida pública, tenemos que encontrar otra medida de juicio ”.

Pienso que este es un buen desafío para la radicalidad del feminismo.

LUISA CAVALIERE – Un desafío que en Paestum fue descuidado o menospreciado.

LIA CIGARINI – Es cierto que en Paestum de esto se discutió poco y un poco abstractamente.

Pero en cambio, después de Paestum, se volvió sobre este debate, por ejemplo en muchas intervenciones publicadas en el blog8 y en las reuniones que siguieron en toda Italia. Significativa la asamblea del 9 de febrero pasado en Bolonia donde –en un clima menos caliente que el de Paestum y también más sanamente conflictivo porque implicadas en el presente: listas y campaña electoral, pero es precisamente esta la característica positiva de una fase constituyente– muchas de las trescientas presentes compartieron las razones y las preguntas que Antje Schrupp había adelantado en su artículo.

LUISA CAVALIERE – Volvamos a Milán y a la preparación del encuentro de octubre. El Ágora del trabajo ¿ha tenido un papel en el camino que llevó a Paestum? ¿Cuál? O sea ¿cómo os preparasteis?

LIA CIGARINI – Te doy primero algunos datos sobre el Ágora. El Grupo Trabajo de la Librería de mujeres, como sabes, después de la publicación del manifiesto Imagínate que el trabajo , propuso abrir una confrontación, lo más pública posible, entre y con quienes, mujeres u hombres, estaban reflexionando sobre el trabajo para cambiarlo.

Queríamos una plaza pensante en el centro de la ciudad. Abierta a mujeres y hombres. Donde se pudiera escuchar y narrar la experiencia personal pero, también, sostener una tensión constante para encontrar un modo de romper el aislamiento del saber de las mujeres, acumulado y en acción, tanto en el trabajo como en la política.

El Ágora del trabajo es ya una acción política en sí, pero no es toda la política.

Los resultados del Ágora del trabajo podríamos verlos después; ahora, aquí, me interesa contestar a tu pregunta. El Ágora de Milán ha sido el resultado de una contratación entre mujeres y grupos de mujeres que no se confrontaban desde hace años. Una contratación veloz porque se dio a través de algunas relaciones duales que no se habían desgarrado nunca a pesar de las persistentes diferencias y conflictos, y que hicieron de núcleo impulsor y aglutinante.

Porque el feminismo, como sabes, no ha adoptado nunca una organización de tipo partido político (comités nacionales y ciudadanos, dirigentes, listas electorales, etc.). Ha sostenido, en cambio, la necesidad de la mediación femenina. Y lo hizo primero con la autoconciencia y, luego, con la práctica de la relación. Es un modo de partir de sí que sustrae la experiencia femenina de la regla masculina y que genera una interpretación autónoma y libre del ser mujer.

El Ágora de Milán ha hecho que aflore con fuerza cada vez mayor la necesidad de verse para reflexionar juntas.

Otra etapa significativa de la contratación entre mujeres en singular y grupos diversos fue el encuentro que se celebró en Milán en febrero de 2012 9 para discutir sobre el cuidado a partir de un texto escrito por el grupo de Roma. Participaron mujeres de toda Italia. Después, continuando y con una cadencia que expresaba cuánto se había difundido la conciencia de la necesidad de encontrarse, el Archivio delle Donne in Piemonte organizó con los grupos milaneses un debate sobre el trabajo. Una ocasión feliz y positiva después de treinta años de no hablarnos. Y finalmente en Bolonia, donde decidimos el encuentro de Paestum.

LUISA CAVALIERE – Pero ¿de dónde nace este impulso repentino al debate entre mujeres que en el pasado habían disentido entre sí incluso radicalmente? ¿De dónde sale unidad?

LIA CIGARINI – Nuestra práctica nos acerca al sentir de las mujeres. Todas las que proyectaron o participaron en los acontecimientos de 2012 que te acabo de reconstruir notaron la aceleración del deseo femenino de estar ahí y contar. Así nos reencontramos, habiendo entendido lo indispensable que es también para nosotras mismas el proyectarse en un horizonte más vasto. Por ejemplo, yo pienso que son necesarias acciones de ruptura y de rebelión en el trabajo igual que en la política.

En la contratación que preparó Paestum hubo, sin embargo, algo más. Yo he llegado a la conclusión de que se trata de un proceso factual: si se establece un acuerdo entre dos o más mujeres o entre grupos, se ve, por una parte, lo importante que es el proceso que ha llevado a ese acuerdo pero, por otra, también que el acuerdo produce un más de fuerza que vincula a las dos partes contrayentes. Este más remite al orden simbólico.

Para explicarme mejor usaré, como hago siempre, las palabras de Carolyn G. Heilbrun 10 (las norteamericanas hablan de modo más sencillo que nosotras). Ella dice que hace falta un modelo que cualquier mujer pueda hacer suyo y utilizar sin que tenga que redescubrirlo todo sola o empezar siempre de nuevo como si no hubiera historia y pensamiento. Un modelo en el que situar su ambición y sus impulsos o encontrar los criterios para contratar entre mujeres o entre mujeres y hombres.

LUISA CAVALIERE – Te llevo otra vez a Paestum: Primum vivere es una hermosa expresión. Tiene la potencia descriptiva de las palabras adheridas a lo que nombran y a lo que sucede o querríamos que sucediese. ¿De dónde ha sido tomada y qué indica? ¿Qué propone y qué teme?

LIA CIGARINI – La crisis merece un pensamiento eficaz. Primum vivere pone en el centro y señala como imprescindible la irrupción material de la subjetividad, de las historias y de las vidas.

También Ina Praetorius 11, teóloga y economista de lengua alemana, resalta la prioridad de la subjetividad en la economía.

Es una necesidad política, una prioridad que viene de lejos en la historia de las mujeres.

La práctica/teoría de la autoconciencia y del partir de sí ha desplazado (y desplaza) radicalmente la mirada, la ha apartado de la objetividad (que se autorrepresentaba como síntesis universal de las diversidades) y la ha obligado a concentrarse en los cuerpos que piensan, en las experiencias, también las más íntimas. En el vivir, precisamente.

En el Grupo Trabajo de la Librería de mujeres de Milán y, después, en el Ágora, hemos hablado y discutido mucho la crisis y pensamos que el "cambio del trabajo y del mundo saldrá, si sale, de dentro de la vida de cada cual más que de la ciencia económica". Por eso procedimos empezando desde nuestra experiencia de vida y trabajo, encontrando enseguida para nuestra reflexión un título: Primum vivere, (Lo primero, vivir).

El PIB, los parámetros de Maastricht y otros indicadores económicos resultan ser con frecuencia una jaula que trae pobreza e infelicidad. Esto lo dicen también muchos economistas críticos con el sistema capitalista. Voces que no son escuchadas y que resultan ineficaces porque denuncian pero no ponen en juego la subjetividad de quien trabaja. Primum vivere. Mi propuesta es, por tanto, decir y ratificar públicamente lo que sabemos sobre cómo queremos vivir y sobre el trabajo necesario para vivir, a partir de la crítica de la evidente unilateralidad de la economía masculina, sea la dominante o sea la de oposición. Con la conciencia de que lo que se dice y se hace tiene un valor universal: no solo vale para nosotras, no solo para las mujeres.

Se trata, pues, una vez obtenido un punto de vista concordante con la experiencia de cada mujer y de cada hombre, de escribir el libro de las subjetividades, o sea, de las vidas implicadas y comprometidas con el trabajo y con la economía. Es decir, de poner la experiencia femenina en rumbo de colisión con las instituciones y lo simbólico masculino.

LUISA CAVALIERE – Aquí queda, sin embargo, el problema de la difusión de este “método”, de esta “ concepción del mundo”, que será más eficaz si es capaz de implicar a más mujeres y hombres.

LIA CIGARINI – Además de los grupos de mujeres y de hombres que reflexionan desde hace años sobre el trabajo, yo espero que este tema, con sus implicaciones, que son de naturaleza política pero también científica, coincida con el interés de otras y de otros. Esto está pasando ya: pienso en Ina Praetorius, en Antonella PicchioAntonella Picchio, en economistas críticos, en sindicalistas, juristas del trabajo, asociaciones como la de los asesores del terciario avanzado (ACTA).

También, y no es mas que un ejemplo, Piero Di Siena, un economista y político de izquierdas que, al presentar en Roma nuestro manifiesto Immagina che il lavoro, sostuvo que la teoría marxiana según la cual el trabajo es una mercancía, resulta ahora insuficiente, y que nuestro planteamiento le parece un buen punto de partida para superarla. Otros y otras estudiosas del trabajo que han comentado nuestro texto se han expresado en el mismo sentido.

LUISA CAVALIERE – En Paestum y luego en Bolonia se habló de la representación, para muchas un modo recurrente de referirse al deseo de estar en las instituciones representativas. ¿Es deseo de poder o de otra cosa?

LIA CIGARINI – En realidad, hace tanto, tantísimo tiempo que se habla de esto.

En un congreso nacional que se celebró en Milán hace más de veintiséis años sobre el tema de la diferencia sexual, una dijo que entendía la representación como capacidad de “hacer presente” la potencia de la diferencia sexual. Ella, una filósofa inteligente, pensaba que como la democracia clásica no había ni incluido ni previsto la diferencia sexual entre lo que hay que representar, el representarla habría, automáticamente, provocado desconcierto y desorden. Me asombró que no tuviera en cuenta hasta qué punto el ser mujer es algo totalmente cualitativo y, por tanto, intrínsecamente no representable con los modos (cuantitativos) de la democracia clásica. Me asombró que esa mujer, que era inteligente, no tuviese en cuenta ni viera cuántas mediaciones habrían tenido que aceptar las pobres representantes de la diferencia: desde la mediación con el partido elector, pasando por los dispositivos simbólicos del parlamento, hasta las que exige, una y otra vez, la actividad legislativa, el promulgar leyes. Todo menos destrucción del parlamento. Las representantes llegarían a la meta como sombras de sí mismas. Y así ha sido.

El debate terminó ahí porque en las elecciones de 1987 , celebradas todavía con el sistema proporcional, las mujeres no votaron preferentemente a las candidatas, rechazando de hecho la representación de sexo. Después, sin embargo, primero un grupo de la UDI (Unione Donne Italiane), luego, más recientemente, el grupo Se non ora quando, han planteado una petición más cercana al modo masculino de entender la política, o sea, como lucha por el poder. Dicen en sustancia: si los sexos son dos, deben repartirse por igual (cincuenta por ciento) los puestos de representación o de mando en todos los organismos colegiados electivos. Por tanto, además de en las instituciones representativas, también en los consejos de administración de las sociedades por acciones, en los colegios profesionales, etc.

Pero por responder a tu pregunta: sí, la petición de Si no ahora cuándo parece quedarse toda ella dentro de la lógica masculina que entiende la política como lucha por el poder. Pienso, en cambio, que la mayoría de las mujeres, si se las escuchara, revelarían que hay algo más.

Te cuento dos episodios relacionados con el sindicato CGIL que confirman mi convicción.

Este sindicato tiene un modo de seleccionar sus dirigentes locales y nacionales que es complicadísimo. Votan tanto las Camere del Lavoro (que son estructuras horizontales) como las categorías (que son estructuras verticales). Al final de este procedimiento llegaban al comité directivo de la CGIL poquísimas mujeres. Bruno Trentin, durante muchos años secretario general de ese sindicato, decidió autoritariamente, como haría un príncipe ilustrado, introducir cuarenta mujeres en ese organismo. Después de algún tiempo, muchas abandonaron el puesto porque no soportaban y, por tanto, no compartían, el modo de discutir y decidir por bandos, además del tiempo desmesurado dedicado a las reuniones.

El otro episodio: el Grupo Trabajo de la Librería de mujeres se formó en 1994 también por iniciativa de muchas sindicalistas que contribuyeron a escribir un número completo de "Via Dogana", hoy agotado, titulado Libertà nel lavoro y debatido, después, en la Casa de la Cultura de Milán con Trentin e Ingrao y otros y otras sindicalistas.

Pero, desafortunadamente, esas sindicalistas, animadoras y promotoras de la iniciativa, no consiguieron mover el sindicato de su posición y lo abandonaron, junto con su cargo de dirigente.

También aquí, en este segundo episodio, me parece que no prevaleció el apego a la carrera sino más bien la fidelidad a sí mismas y al proyecto feminista común.

Cuando llegó la cuota por la representación de género en los grupos dirigentes, según la fórmula del 40/60 por ciento, el conflicto con los hombres se adormiló, y con él también la reflexión autónoma y la auto-organización de las sindicalistas. Hoy la reflexión parece reanudarse.

LUISA CAVALIERE – Con las últimas elecciones políticas, el número de mujeres elegidas ha aumentado.

LIA CIGARINI – Pero de ninguna de ellas se sabe si ha planteado conflictos sobre las reglas del sistema de partidos, sobre cómo se toman las decisiones, sobre el sentido de la mayor presencia femenina.

Yo a estas mujeres no las conozco. Pienso que hay que conocer sus historias antes de opinar sobre su deseo de poder. Tiendo a pensar que se trata de una de las muchas expresiones del protagonismo femenino a las que no querría renunciar.

Positivo, en este caso, al no haber cuota fija, es que ninguna podrá decir que representa al sexo femenino o al feminismo. Se tratará de deseos y proyectos personales. Y es mejor así, porque del eventual contraste entre el propio proyecto y el del partido al que se pertenece podrá nacer una contradicción vital.

Solo la implicación en primera persona da vida a la política como yo la concibo, no las cuotas ni la representación, que son dispositivos para el reparto del poder y poco tienen que ver con la democracia.

Nunca he estado de acuerdo con esa parte del feminismo que considera útil el meter contenidos feministas en las estructuras institucionales o simbólicas masculinas; pienso, más bien, que el trabajo ha de ser el de arrancar la experiencia femenina de estas interpretaciones.

No creo que haya que esforzarse y atormentarse en la búsqueda de la mediación: la práctica del partir de sí me ha enseñado que no puedes hacer lo que te angustia hacer.

Por tanto, es esencial el seguir ocupándose del nacimiento y crecimiento de la subjetividad que el poder tiende a cancelar, de razonar sobre cómo abrir conflicto en una época de sujetos tan complejos y difíciles de conectar entre sí. Mi perspectiva, desde Paestum, se ha radicalizado. Ahora veo la subjetividad como palanca de un compromiso constituyente, lo cual quiere decir traducir al lenguaje, a los saberes y a las potencialidades que las mujeres están expresando, las cuestiones que complican el presente. Y viceversa: traducir (que quiere decir desplazar, llevar más allá), traducirnos a nosotras mismas sobre los temas que más presionan.

LUISA CAVALIERE – La relación entre democracia y libertad hoy se ha complicado sobre todo por el debilitamiento (querido y dolosamente perseguido por quien detenta los diversos “poderes”) del espacio de la subjetividad. Un sujeto evanescente, comprimido, reducido a solo algunas funciones, no plantea problemas de libertad. No tiene la fuerza de rebelarse.

LIA CIGARINI – Creo que la relación entre democracia y libertad es conflictiva. Creo que hoy el conflicto más fecundo es el que se da entre democracia y libertad relacional, o sea, la libertad como ha sido pensada por el feminismo autónomo. La discusión, ya plurisecular, sobre la relación entre libertad y democracia apasionó mucho a los hombres, los cuales, finalmente, llegaron a la formulación que considera libre solo al ciudadano de un Estado libre. La libertad personal de una o de uno es reemplazada, como exigencia fundamental, por la soberanía popular o el Estado libre.

A mí esta concepción no me gusta. Me parece claro que así la libertad se va a freír espárragos. Perdura, ciertamente, como experiencia íntima, pero en lo simbólico ha retrocedido, con toda seguridad.

En esta historia que hace coincidir la libertad con la soberanía popular, las mujeres no entramos para nada. Pienso, por ejemplo, en el irrisorio número de elegidas a la Asamblea Constituyente italiana. De ella salió una Constitución que es bella desde el punto de vista social y de la construcción democrática (al menos mientras tuvimos una ley electoral digna de este nombre) pero débil en el plano de la libertad de cada mujer y cada hombre. Hoy entre los políticos y los constitucionalistas se habla poco de libertad. Las únicas críticas al respecto vienen de la derecha y están inspiradas en el liberalismo. La idea de libertad relacional sigue siendo un no pensado y, en consecuencia, sigue abierta la cuestión de la libertad femenina.

LUISA CAVALIERE – La meta de la libertad me parece el resultado más significativo obtenido por el feminismo. Poderse pensar sin atenerse a los valores y símbolos que han sido pensados para nosotras, me parece una experiencia vertiginosa. Si tuviera que decir el sentido de lo que he me ha dado esta historia, me detendría precisamente en la libertad.

LIA CIGARINI – El feminismo puso la libertad en el centro de su reflexión. Pensamos que la cuestión prioritaria era el encontrar un sentido libre al ser mujer. A una mujer, la libertad le pertenece a causa de su ser mujer, no prescindiendo de su sexo, como recita en cambio la Constitución. Pero la libertad es, en su esencia, una experiencia relacional. Mi libertad no depende de la soberanía ni de mí personalmente. En ciertos momentos de mi vida noto que hay libertad, y luego la pierdo; siento que se cuela la repetición. Esto quiere decir que el acontecimiento de mi libertad sigue siendo un campo de batalla, algo no adquirido para siempre.

Ha llegado el momento de un trabajo político y teórico de todas y de todos sobre este tema, capaz de generar también un esfuerzo de formalización con los consiguientes cambios de la propia Constitución. Pienso que es importante poner en el centro de este trabajo el nexo libertad/democracia; de hecho, están en juego las dos, y no tendría sentido afrontarlas por separado.

Hoy, con la crisis de la democracia representativa y con la consiguiente transferencia del poder de decidir a organismos supranacionales no electos, con los partidos reducidos a mínimos, exangües, quizá muertos en su forma tradicional y que para que el electorado los reconozca tienen que poner el nombre del jefe encima del símbolo, con el descalabro de todos los paradigmas políticos conocidos, nos preguntamos ¿qué es la política? ¿Dónde está?

¿No crees también tú que el movimiento de las mujeres está muy implicado en esto y tiene mucho que decir?

LUISA CAVALIERE – Sí, pero se retrae y a veces es como si tuviera miedo.

LIA CIGARINI – Hay una parte de las feministas que duda, que parece aislarse para disfrutar del bienestar del entre-mujeres y, en su caso, animar blandamente a las que quieran entrar en las instituciones.

La saltadora de trampolín (alusión a la imagen del saltador de trampolín retratado en una maravillosa lápida mortuoria expuesta en el pequeño museo de Paestum), dijo Giovanna Piano, es algo muy distinto: es el desafío feminista en el corazón de la política. Se trata de acabar con ese feminismo, incluido el radical, que se deja implicar poco con lo que sucede en Italia y en el mundo.

Desde hace años se dice que la política, toda la política, es la política de las mujeres. Un concepto bien resumido por Clarice Lispector que, en La pasión según G. H., escribe: “el mundo entero se tendrá que transformar para que yo pueda ser incluida en él” 12.

Por eso propongo discutir de política primera y segunda13, de libertad y democracia con el mismo riesgo con el que nos hemos movido en el trabajo, en la filosofía, en el psicoanálisis, en el arte, etc., sin tener miedo de superar los límites puestos por la Constitución o de contradecir algún postulado de la política considerado intocable, como, por ejemplo, la democracia representativa que, repito, no es la única forma de democracia. Hoy se habla de democracia participativa. Me parece entender que significa dar más poder de decisión a organismos y asociaciones intermedias que operan en la sociedad. No basta; más bien, despista: repite en pequeño el mecanismo de la representación. Y además ¿en qué se participa? En una democracia agonizante.

Es la libertad relacional (somos sujetos interdependientes) lo que puede movilizar pasiones, no tanto en la carrera electoral por el poder como en la búsqueda de una existencia libre garantizada por la calidad de las relaciones.

A mí me parece, por lo demás, que este es el único modo de superar la escisión entre el actual protagonismo social de las mujeres y los proyectos “feministas” de supervivencia femenina. Piensa –por hablar de recintos que nos construimos alrededor– que en Milán (ciudad en la que muchas son las mujeres en los puestos de decisión, ciudad de un feminismo vivaz, que piensa y está articulado) algunas feministas han querido abrir una Casa de las mujeres.

Este proceder por escisiones dentro de sí y entre sí y la política tradicional disminuye en vez de aumentar la fuerza de las mujeres.

LUISA CAVALIERE – Tú propones la relación de diferencia con los hombres como respuesta a la exigencia de un cambio de civilización. No es una propuesta fácil de entender. ¿Quieres intentar explicarla?

LIA CIGARINI – Sobre los grandes temas de los que hablaba antes, y sobre la crisis que es política y económica al mismo tiempo, pienso que hay que discutir y tomar decisiones también con los hombres, sobre todo con esos con los que nos confrontamos desde hace años en los encuentros organizados por los grupos Identità e differenza y Maschile e plurale.

Estos hombres, con algunas mujeres, han trabajado mucho sobre la correspondencia entre política y política de las mujeres. Lo han hecho para cambiar la política de los hombres, que resulta cada vez más pobre, autocomplaciente y sin ideas. Esta falta de ideas lleva puntualmente a la derrota de todas/os aquellas que querrían el cambio.

Me doy cuenta de que la pretensión es ambiciosa. Pero estoy convencida de que, si no va por este camino, se niega la fuerza de subversión de la diferencia sexual misma, en tanto que esta, con el separatismo, pretendió deshacer y rehacer la política y, conjuntamente, lo simbólico y el modo de relacionarse entre mujeres y hombres.

Aquel gesto imprevisto, que yo prefiero llamar separación más que separatismo para quitarle cualquier escoria ideológica, estuvo determinado por la necesidad. Estábamos, realmente, muy mal paradas: teníamos, en nombre de la emancipación, que hacer todas las cosas que hacían los hombres, de modo que estos se convertían en un referente irrenunciable. Más que antes.

La práctica/teoría de la autoconciencia y del partir de sí desplazó radicalmente, como te he dicho ya, la mirada y la obligó a concentrarse en los cuerpos pensantes y en las experiencias.

LUISA CAVALIERE - ¿Asumiendo la parcialidad como punto de vista esencial para entender el mundo?

LIA CIGARINI – Ciertamente, en el sentido de que entonces se despedazaba la monosexuación compacta y se afirmaba, en la práctica, una subjetividad que ofrecía la conciencia de su parcialidad como categoría política.

Esta separación, esta crítica de la universalidad ficticia, cuya incapacidad de decir el mundo en su estar habitado por mujeres y hombres y no por sujetos abastractos quedaba demostrada, hizo posible la definición libre del ser mujer. Libre porque ya no estaba enjaulada en el oscuro e indefinido territorio de la alteridad con frecuencia domesticada y especular, sino concretamente capaz de hablar de sí. Esa parcialidad asumida como consecuencia del partir de sí (obviamente los procesos fueron complejos y no lineales y esquemáticos como los cuenta la descripción póstuma) hizo que emergiera la conciencia de la doble diferencia.

La potencia subversiva de esta conciencia ha descompuesto (y descompone); ha facilitado (y facilita) la posibilidad de que las mujeres digan un saber y una práctica que vale para mujeres y hombres (¿universal?) y de trazar el perfil de otra civilización. La conciencia de la parcialidad se vuelve así ambición (y posibilidad) de mostrar y decir en el trabajo, en la política, en la crisis económica, ideas y prácticas que tienen valor para las mujeres y los hombres.

Intento ser más clara poniéndote el ejemplo del Ágora de Milán. La abrimos a los hombres porque estamos convencidas de que el trabajo que hoy piden las mujeres es el trabajo que pedirán todos dentro de unos años. Y estamos convencidas también de que para salir de las relaciones de fuerza es necesario ser fuertes. Sin perder tiempo ni energía con cuestiones de igualdad y poder (este tema lo tratamos en el número 94 de "Via Dogana" de septiembre 2010).

Por tanto ¿por qué no ampliar a los hombres esta práctica que ya se está haciendo no solo en nuestra Ágora sino también en tantos otros sitios?

Si se vuelve la mirada a los hombres, se ve que muchas cosas se están moviendo. No, ciertamente, entre los que se dan codazos por los puestos en las listas electorales sino entre los que, cada vez más numerosos, buscan perspectivas de transformación en el actual deterioro del hacer político.

Vivimos en un contexto en el que pesan la guerra globalizada, la crisis económica y la crisis del trabajo. La democracia representativa está, como ya te he dicho, en crisis, sometida a la acción de una subjetividad difusa. Los famosos individuos, tan queridos por el liberalismo, o actúan en primera persona o se eclipsan, para comparecer de vez en cuando como revoltosos. Han dejado de ser funcionales a la creación de ese vacío que requiere la formación de un poder político regulado por el mecanismo de la representación.

Sé que para muchas el obstáculo principal para relacionarse con hombres es la costumbre no poco molesta que estos tienen, en toda reunión de cualquier tamaño y relevancia, de describir escenarios grandiosos, de hacer análisis macroeconómicos, de hablar en nombre del pensamiento crítico o de las masas, cuando no de todo el género humano (!) y así sucesivamente.

También yo preferiría que hablasen con más sencillez, “a partir de sí”. Pero el presente nos ofrece esto y de esto tenemos que partir…

Ahora se trata, en sustancia, de admitir una traducción masculina de la política de las mujeres contando con su capacidad de hacer mundo.

Luisa Muraro me ha contado que hace años Chiara Zamboni y ella, junto con dos profesores, congregaron en torno a la idea de una autorreforma de la universidad a más de doscientos entre mujeres y hombres (la mayor parte docentes y una minoría de estudiantes y administrativos) de toda Italia. La iniciativa no tuvo la continuidad que parecía prometer, también porque Chiara y ella no cedieron nada a la modalidad masculina del hacer político. En sustancia, no se fiaron de la traducción masculina de la política de las mujeres.

Hoy es sabido que los hombres tienen cada vez más necesidad de nuestras reflexiones originales y de nuestras prácticas. Se trata, pues, de entablar una relación de confianza con los que se mueven hacia el pensamiento y la política de las mujeres.

Nos abriremos así a nuevos encuentros y nuevos conflictos. Pero yo estoy cada vez más convencida de que el conflicto relanza, abre nuevos caminos.

LUISA CAVALIERE – Pero en el debate de Paestum no se afrontó este tema. Es raro, visto que todas nos referimos a los hombres.

LIA CIGARINI – Hubo una mediación tácita, esquivada en la carta de invitación a Paestum, en la que no se decía ni que el encuentro estaba abierto a los hombres ni que les estuviera cerrado.

No por casualidad algunos grupos ultraseparatistas no participaron, mientras que estaban presentes seis valientes que no intervinieron, silenciosos y atentos.

En las dos reuniones preparatorias de Bolonia y Roma, sin embargo, se había abierto un conflicto vivaz entre quien no los quería (la mayor parte de las presentes) y quien, en cambio, con una práctica larga de relación de diferencia a sus espaldas, quería discutir con ellos los cuatro puntos de la carta de invitación. Curiosamente eran contrarias también (y quizá sobre todo) las mujeres inscritas en los partidos que, sin embargo, trabajan políticamente con los hombres. El tema se afrontó, de todos modos, en "Via Dogana" (número 102, septiembre 2012) en el artículo titulado Questioni inevitabili, de Giordana Masotto y Giovanna Pezzuoli.

Se optó, pues, por no abrir el conflicto en Paestum, donde prevaleció la fuerza y la emoción tal vez tranquilizadora del "entre mujeres", como decíamos al principio.

Nuestra generación, la de la autoconciencia, aun practicando la relación de diferencia con los hombres, no renuncia (y no es casualidad) a las relaciones duales más significativas construidas con las mujeres. Ni abandona el grupito de solo mujeres: ese cuarto de tejer que evoca Ina Praetorius y en el que se entrelazan los hilos de las diversas prácticas. Para hacer teoría.

Me alegro mucho, no obstante, cuando algunas jóvenes, en las reuniones de la Librería, declaran "yo estoy con él" porque juntos "hacemos" la política de las mujeres en los espacios mixtos; estoy contenta porque testimonian un ramificarse del pensamiento y de la práctica de la diferencia en momentos de contradicción y de invención política. Por ejemplo, ha ocurrido y ocurre en las varias ocupaciones de Macao, que es un grupo de trabajadores del arte que luchan por otra idea de la ciudad y experimentan formas de trabajo creativo en común.

LUISA CAVALIERE – Quizás el arte y la literatura muestran con más inmediatez la libertad femenina. Anna Maria Ortese escribió: “si os importan la libertad y la sociedad en esta rapidísima estrella fugaz que es el vivir, en el cuadro de todo el no-vivir (si no el duro soportar) que parece el Universo … introducid la Estética – y sus leyes – en el obtuso y encadenado vivir humano. Habréis introducido libertad, suspensión del dolor, elegancia, dulzura.”

LIA CIGARINI – Leer una novela, especialmente de mujeres, observar una nueva arquitectura o una obra de arte, ver una película, son todas para mí experiencias de libertad y felicidad. Como si el entrar en la libertad que esas obras muestran y dicen, excitara mi libertad.

Ciertamente siento la misma sensación leyendo las novelas de grandes autores, pero desde hace ya décadas leo preferiblemente escritos de mujeres y contemplo con más atención las obras femeninas de arte y de arquitectura. Para descifrar palabras y signos de la diferencia sexual y de la libertad femenina. Y también para rastrear el posible nexo entre el declive del patriarcado y la aparición de un número enorme de mujeres artistas y de escritoras. Sí, ha llegado una auténtica explosión de vitalidad que caracteriza nuestros días y es un dato factual importante y significativo por su calidad y cantidad. Señalado también por el afirmarse de muchas artistas y de muchas escritoras.

Corrado Levi, un amigo artista y arquitecto que sabe mucho de arte y con el que tengo desde hace tiempo una relación de diferencia, me sugiere una interpretación y una explicación del fenómeno. Según él, existe en las mujeres una posibilidad mayor de significar la libertad en el arte, y me señala el ejemplo de dos artistas contemporáneas que empezaron a trabajar antes del feminismo: Carol Rama y Carla Accardi.

La primera, Carol Rama, representa sin incertezas ni pudores el sexo tanto femenino como masculino. Un hombre, según Corrado Levi, tendría miedo de hacerlo porque está más cohibido.

La segunda, Carla Accardi (que fue una de las fundadoras de Rivolta Femminile con Carla Lonzi, grupo feminista donde conocí también a Valentina Berardinone, otra gran artista que hoy está activa en la Librería de mujeres de Milán), que hace obras sin centro ni periferia. Ningún hombre lo ha hecho.

Hay como una mirada nueva. A mí me viene a la cabeza la arquitecta chino-norteamericana Jeanne Gang que, en Chicago, construyó un rascacielos cortado horizontalmente con un movimiento de los balcones. Privándolo de la alusión al falo.

Pero pienso también en Elena del Rivero, una artista española de la que he visto la obra Carta a la madre . María-Milagros Rivera relata así, en el número de otoño de 2012 de la revista "DWF" las emociones que esa obra suscitó en ella: “Esta obra la vi en 1998 , en la primera exposición de Elena del Rivero a la que fui, incitada por Assumpta Bassas, en el Espacio Uno del Centro Nacional Museo de Arte Reina Sofía de Madrid. La exposición se titulaba Cinco cartas retenidas, una sexta inacabada, una séptima enviada, más una carta recibida ”.

La obra está compuesta por miles de agujas de coser, de acero brillante, enhebradas entre sí y adheridas o cosidas a una superficie blanca pautada. Las puntas de las agujas se dirigen a la espectadora en una masa espesa y aguda de sensaciones enervantes. El mirarla un rato me impactó intensamente, porque conectó con lo más profundo y doloroso de mi relación con mi madre. Y empezó a redimirlo en un instante".

Podría poner otros muchos ejemplos.

Aquí me interesa adelantar una hipótesis para comprender esta explosión de arte y literatura femenina.

Es como si las escritoras y las artistas se interrogasen más a sí mismas, se pensasen más, poniendo en juego más directamente su subjetividad como ocurre de modo similar en todos los demás campos, en un vínculo misterioso con la práctica del partir de sí y de la relación, y crearan un arte más impregnado y rico de libertad, que es lo contrario del arte que te captura en su ámbito y te tira adentro apoyándose en la emotividad, en los sentimientos patriarcales.

Me sorprendió y me alegró que Corrado concluyera nuestra conversación afirmando que existe entre las artistas una posibilidad mayor de libertad en el arte. Sus palabras me confirmaban que esta sensación no era una ilusión mía.

LUISA CAVALIERE – Quizás para la escritura sea un poco distinto, hay un amor más antiguo. Hay más confianza de las mujeres.

LIA CIGARINI – La escritura de las mujeres tiene un pasado secular. Es cierto que no había el extraordinairo número de escritoras que hay hoy, pero una genealogía hay o ha sido reconstruida. Esta existencia no era posible en la arquitectura, en la pintura, y menos en la dirección de cine, sectores creativos en los que está en juego mucho dinero. Imposibles de hacer con sus propios recursos económicos o en casa.

Con papel y pluma se puede escribir música y literatura en cualquier sitio, incluso a escondidas. Recuerdo a la compositora Maria Rosa Coccia que en 1778 escribía “no siguiendo el metro del común empleo de mi sexo”. Y para las mujeres ha sido furtiva incluso la lectura. Esto me ha traído siempre amargura: por la masacre de talentos que comportó y el inaudito sufrimiento impuesto a las mujeres por el patriarcado.

Luisa Muraro me hace notar que en la pintura antigua María está leyendo cuando llega el ángel. En otras pinturas es Ana la que enseña a leer a María. Y esto testimonia lo antiguo que es el amor femenino de la lectura y de los estudios.

LUISA CAVALIERE – Cuando escoges un libro ¿qué es lo que te guía?

LIA CIGARINI – Leo muchas novelas y poco ensayo; sobre todo de mujeres, porque haciendo un turno semanal en la Librería las tengo muy a mano. Para mí esta lectura es un alimento constante de ideas y de imaginación, de escenarios y realidades inéditas. E, insisto, de placer.

La vida, en el fondo, es relato y poco más. La narración es la forma política elegida por el feminismo autónomo (como ocurre a menudo, la palabra ha sido robada por algunos políticos que de ellos nada han narrado ni narran).

Cuando las mujeres que tienen más en la cabeza el paradigma político masculino nos preguntan: “pero vosotras, siempre sentadas en corro a hablar ¿qué hacéis en concreto?” me apetece contestar casi son irritación: yo (y como yo otras muchas) me propongo una empresa cognoscitiva ambiciosa para mi sexo: subvertir las coordenadas del saber mediante el relato de la experiencia de cada una (y, espero, de cada vez más hombres). Trabajo político indispensable para crear un orden de relaciones distinto de los condicionados por el contexto económico, para generar otros cambios. Estoy convencida, además, de que esta palabra, “concreción”, es tan ambigua que convendría abandonarla en política.

Las escritoras y las poetas de los siglos pasados y de hoy son muchísimas, muy leídas y conocidas. Por tanto, no voy a enumerar ni siquiera mis favoritas. Vale lo que he dicho para las artistas: ponen en juego la subjetividad y la diferencia, se piensan. Me vienen a la memoria las grandes poetas-filósofas, como Emily Dickinson, o Wislawa Szymborska, o Antonia Pozzi. Irónicas y despiadadas. A las mujeres se les atribuye, habitualmente, el ser sentimentales. Las grandes escritoras y poetas, en cambio, miran y narran la familia, su pueblo y el mundo con ojo cruel. El arte, la escritura, la arquitectura pueden decir, hacer visible e indicar, gracias también a la eficacia fulminante que las connota, a los sentimientos que suscitan, a la implicación que producen, los desplazamientos simbólicos que necesitamos. Y esto las vuelve esenciales para quien, como yo, considera políticamente prioritario precisamente el compromiso con la estructura simbólica (origen y causa del modo de estar en el mundo de todas y de todos).

Documentos y artículos de un nuevo vocabulario


Primum vivere también en la crisis: la revolución necesaria. El desafío feminista en el corazón de la política

[Encuentro nacional: Paestum, 5, 6, 7 octubre 2012]

¿Hay un camino para mirar la crisis de la política, de la economía, del trabajo, de la democracia –todas ellas fundadas en el orden masculino– con la fuerza y la conciencia del feminismo? Nosotras estamos convencidas de que sí. Ante el desafío de la libertad femenina, la política oficial y la de los movimientos responden intentando hacer sitio a las mujeres, un poco de sitio en sus condiciones, que son cada vez menos libres y menos significativas. No. Muchas cosas han cambiado, pero las instancias radicales del feminismo siguen bien vivas. Y hay que volverlas a poner en juego, sobre todo hoy, ante los efectos de una crisis que parece no tener vía de salida y una política cada vez más sometida a la economía.

En el encuentro de Paestum, abierto al debate con grupos, asociaciones (también institucionales) y mujeres, querríamos comprobar, discutiendo y viviendo juntas durante tres días, si la política femenina que se apoya en la experiencia, la palabra y las ideas puede, en un momento de crisis, aturdimiento y confusión, restituir a la política corriente una orientación sensata.


La feminización del espacio público –se interprete como se interprete: oportunidades, conquista de las mujeres o riesgo de convertirse solo en "valor añadido", "recurso salvífico" de un sistema en crisis– ha hecho que para algunas (¿muchas?) resulte inaplazable el deseo de "contar", visto como presencia en los lugares donde se decide, representación equitativa en las instituciones políticas, administrativas, partidos, sindicatos, y en las empresas.

Nosotras entendemos que el protagonismo en primera persona de cada mujer es un muelle dinámico importante.

Lo que nos interesa es discutir con quien se compromete con los partidos, en las instituciones y en el gobierno de las empresas: qué experiencia tienen de ello, qué quieren, qué consiguen hacer y cambiar. Y valoramos que hoy este debate puede tener resultados interesantes para todas.

Por otra parte, el feminismsdo, criticado por no haber impregnado de su impulso transformador las instituciones de la vida pública, cuenta hoy con una larga elaboración de autonomía para repensar el sentido de conceptos como "género", "democracia participativa", "sujeto político", "organización". Procede de la práctica de la autoconciencia, del "partir de sí", la crítica más radical de la idea de un sujeto político homogéneo (clase, género, etc.), de representación y de delegación. Pensamos que un colectivo solo se construye a través de la relación en singular. Y hoy queremos investigar el nexo entre esta práctica política y la modificación evidente del trabajo, de la economía y, más en general, del contrato social.

En este contexto, también la elección de Paestum como lugar del encuentro no es casual sino que quiere ser una llamada a la necesidad de articular subjetividades y relatos en los contextos en los que se vive y actúa. Queremos así acrecentar una red de relaciones entre mujeres y grupos de mujeres ya rica e intensa. En particular, sabemos que algunas características del Sur – sea lo bueno, sea lo malo – tienen una injerencia en la vida y el pensamiento de quienes ahí habitan que no puede ser ignorada ni por quien vive en otros lugares ni sobre todo por las propias meridionales.


Mucho es el pensamiento de las mujeres sobre los temas del trabajo y de la economía a partir de su experiencia. Que tiene esto de peculiar: que ellas han sacado a la luz y sometido a debate la división sexual del trabajo (el trabajo hecho para el mercado –pagado– y el informal y esencial de cuidado y relación – gratuito); además, saben que el cuidado no es reducible solo al trabajo doméstico y de asistencia sino que expresa una responsabilidad en las relaciones humanas que afecta a todos.

A partir de este punto de vista, y estimuladas también por una crisis que desvela cada vez más la insensatez (además de la injusticia) de los discursos y de las políticas corrientes, podemos delinear una perspectiva inédita: la de liberar todo el trabajo de todas y todos, redefiniendo sus prioridades, tiempos, modos, objetos y valor/renta, y volviendo a poner en el centro a las personas, en su vital, necesaria y variable interdependencia a lo largo de todo el arco de la existencia; y amando mucho, con el planeta, a las personas que vendrán.

Querríamos articular este discurso valorando juntas las experiencias recientes de prácticas políticas y analizando las contradicciones que encontramos (en primer lugar, las consecuencias de la rápida degradación del mercado del trabajo), de modo que nuestro hacer resulte más eficaz.


En el atolladero de la crisis, los ciudadanos ya no tienen libertad política; la política se ha reducido a nada; todo lo deciden la economía y las finanzas. En una situación en la que todo parece prejuzgado a nivel económico-financiero, la práctica y el pensamiento de las mujeres tienen una carta más para encontrar caminos nuevos.

Nuestra democracia está amenazada por pulsiones e impulsos extremistas; sus instituciones electas despotenciadas o incluso desautorizadas. La representación está en crisis y hoy vemos sus límites.

Para que una persona se pueda orientar, tiene que tener una imagen de sí, de lo que desea y de lo que le pasa. El feminismo que conocemos ha trabajado siempre para que cada una, en el intercambio con las otras, se pudiera hacer una idea de sí: una autorrepresentación que es la condición mínima de la libertad. En cambio, la democracia corriente ha superpuesto hasta ahora la representación a grupos sociales vistos como un todo homogéneo. El camino que abrimos en la búsqueda de libertad femenina, con sus prácticas, puede llegar a ser general: en las escuelas, en las periferias, en el trabajo, en los lugares donde se decide, etc.

Que la gente se encuentre y hable de sí en el intercambio con otras/os hasta encontrar su singularidad, es la condición necesaria para repensar hoy la democracia.

Querríamos declinar estos pensamiento en nuestros contextos, debatiendo tanto sobre las prácticas sujeto/colectivo como sobre los modos de valorizar el deseo de protagonismo de las mujeres. Y por tanto, nos preguntamos ¿cómo evitar que en algunas la conciencia se baste a sí misma y se rinda ante la exigencia de imponer signos de cambio y ante la tarea del conflicto? Y, en otras ¿el impulso por contar las aleje de las prácticas de relación?


"Es ya política" (se sobreentiende: la experiencia personal): el feminismo empezó ahí su recorrido. Descubrió la politicidad del cuerpo y de la sexualidad, de la maternidad, del poder patriarcal en casa, del trabajo doméstico. Sostuvo que la violencia masculina contra las mujeres en todas sus formas, invisibles y manifiestas, es un hecho político. Radical fue el tomar el control del propio cuerpo y simultáneamente rebelarse contra un femenino identificado con el cuerpo: rol materno, obligación de procrear y sexualidad al servicio del hombre. Hoy el desafío es más complejo; se exhibe el intercambio sexo/dinero/carrera/poder/éxito ocultando el nexo sexualidad/política; se exalta el sexo mientras muere el deseo; se idolatra el cuerpo pero se le sustrae a las personas poniéndolo en manos de los especialistas y de los negocios; se erotiza todo, del trabajo a los consumos, pero se borra la necesidad y el placer de los cuerpos en relación.

Síntomas extremos de esta fase son el rencor masculino hacia la autonomía y la fuerza femenina, y la agudización de la violencia, del uso de la brutalidad.

Pero algo se mueve. No solo los grupos (Maschile/Plurale) y los hombres en singular que desde hace ya años se comprometen con la búsqueda de una nueva identidad masculina, con frecuencia en relación con las feministas. Sino también las muchísimas blogueras feministas (y los blogueros "desertores del patriarcado") que tratan del deseo y la sexualidad y están comprometidos contra la cultura sexista y autoritaria.

Sobre todo, las relaciones entre mujeres y hombres han cambiado. Pero no lo suficiente. En la escena pública este cambio no comparece, porque la relación hombre-mujer no es asumida como una cuestión política de primer orden. Y sin embargo, solo así pueden surgir prácticas políticas radicalmente distintas, producciones simbólicas y propuestas para una nueva organización del vivir.


Las promotoras: Pinuccia Barbieri, Maria Bellelli, Maria Luisa Boccia, Ornella Bolzani, Paola Bottoni, Maria Grazia Campari, Luisa Cavaliere, Patrizia Celotto, Lia Cigarini, Laura Cima, Silvia Curcio, Maria Rosa Cutrufelli, Elettra Deiana, Donatella Franchi, Sabina Izzo, Raffaella Lamberti, Giordana Masotto, Lea Melandri, Jacinthe Michaud, Clelia Mori, Letizia Paolozzi, Gabriella Paolucci, Antonella Picchio, Biancamaria Pomeranzi, Carla Quaglino, Floriana Raggi, Bia Sarasini, Rosalba Sorrentino, Mariolina Tentoni.


Nota

El pensamiento de Lia no parece necesitar integraciones ni explicaciones. Ha contado la experiencia del feminismo italiano rescatando su fuerza y su debilidad, ambiciones y derrotas, y dejando que se transparente su historia, sus pasiones, sus intereses. Será quien lo lea y quien (yo espero) lo usará para pensar el presente, quien profundice o amplíe sus implicaciones, quien lo descomponga con otras preguntas concretas, quien experimente su eficacia.

Los artículos aquí recogidos quieren, por tanto, ser (y por ello los hemos escogido) solo el testimonio del trayecto de algunas prácticas y de algunas palabras, además de la íntima, fuerte coherencia de un pensamiento político que se mide con nuestro tiempo partiendo de la concreta y, por ello, inaudita fuerza del sujeto parcial (y por ello dominado por la ambición de valer como ejemplo para todos y para todas), que lo piensa.


Dos sexos, un mundo. Lia Cigarini

["Via Dogana" 56-57, septiembre 2001, 5-6; "DUODA. Revista de Estudios Feministas" 28 (2005) 77-82]

Escribo este artículo sobre las relaciones de diferencia –término con el que nombro las relaciones de intercambio, políticas y afectivas, con hombres– en un contexto político en el que se ha hecho visible un movimiento que protesta contra las formas actuales de desarrollo del capitalismo.

Naomi Klein (autora de No Logo) llama a esta lucha "el movimiento de los movimientos", destacando de él la gran presencia de mujeres: tanto en los países ricos, donde la protesta ha hecho suya la práctica del movimiento de las mujeres (pequeños grupos autónomos enlazados en red y decisiones colectivas), como en los países pobres, donde son muy luchadoras las mujeres jóvenes de las fábricas que trabajan para las marcas occidentales. Klein dice, pues, que la verdadera alma del movimiento son las mujeres y sus prácticas. De esto, según ella, son conscientes todos los demás movimientos tanto en los Estados Unidos como en Canadá.

En cambio, en Italia me parece que no se tiene en cuenta la deuda que el "movimiento de los movimientos" tiene con el saber político de las mujeres. Esto es todavía más extraño (y remite, por tanto, a una dificultad política nuestra) si se piensa que la política de las mujeres y, en particular, la práctica de la diferencia, precisamente en Italia ha insistido en poner en el centro, como dice C. Marazzi en el último número de Via Dogana, “el cuerpo, la relación intersubjetiva, la parte por el todo, lo inconmensurable, la desproporción entre saber y poder". Y prosigue: "mientras el capital se revolucionaba haciendo suyo el hacer comunicativo-relacional con modelos nuevos de organización empresarial y relaciones nuevas entre producción y mercado y entre local y global, vuestra búsqueda se orientaba hacia la construcción de itinerarios de lucha metonímica dentro del lenguaje simbólico-metafórico, dentro de su falsa universalidad.”

¿Por qué entonces la ausencia (que ciertamente no es cuantitativa, pues en las más de 500 asociaciones que, por ejemplo, apoyaron la protesta de Génova, había muchas mujeres) de una palabra política de mujeres que destaque las formas políticas originales de las asociaciones (política primera) no incorporables ni representables en el binomio poder / contrapoder?

Pienso que es porque en los Estados Unidos y en Canadá una parte grande de las feministas ha aceptado o, incluso, contribuido a formular la teoría de los derechos humanos universales que todo lo incluyen hasta cancelar el conflicto entre los sexos, mientras que en Italia se ha intentado contrarrestarla poniendo en el centro la modificación de sí y la relación con los demás, o sea, con una práctica política, no con objetivos ni enemigos externos. De manera que, por lo que a mí respecta cuando se da un acontecimiento como el de Génova, me alegro porque no me gusta el modo burgués de vivir, pero, al mismo tiempo, siento como una desproporción entre la radicalidad de nuestra práctica y el acontecimiento político en el que los hombres, que prefieren orientarse hacia el poder, están en primera fila, lo cual hace que se me quiten las ganas de intervenir.

La propia Naomi Klein, que ha escrito un buen libro para decir que las multinacionales son esencialmente "productoras de significados", acaba luego a favor de la lucha por derechos humanos universales. Parece que no entienda que las marcas ofrecen una respuesta ficticia a la necesidad de existencia simbólica, que es necesidad de ser para sí y para los demás, fieles a nuestra experiencia. Si no se triunfa en este terreno, triunfa la política de las multinacionales, por más grandiosas manifestaciones de protesta que se hagan.

El hecho es que yo me encuentro en este momento destacando el potencial, precisamente en el presente, de la teoría y práctica de la diferencia, pero incierta sobre cómo seguir caminando. Las mediaciones políticas probadas en estos años, tanto con mujeres comprometidas en prácticas distintas o interesadas en la política institucional, como con hombres disconformes con el modo tradicional de hacer política, han sido relativamente estériles.

Por eso querría relatar mi experiencia de relación con algunos hombres implicados en la indagación y en el cambio de las formas de la política. He buscado estos intercambios públicos para dar sustancia a una idea que tengo desde siempre: que las prácticas de las mujeres tienen una fuerza de modificación de lo real que vale para mujeres y hombres. Siempre he intentado tener a la vista la realidad en cuanto tal. Resumiendo, he intentado siempre hacer de la relación entre los sexos, también de la conflictiva, una palanca para cambiar la realidad.

Por eso, desde el lugar de autoridad femenina en el que me encontraba, la Librería de mujeres de Milán, y como acto de libertad, nombré la necesidad que tenemos de hombres implicados en nuestra práctica política. Otras muchas mujeres empezaron estos intercambios para realizar su propio proyecto de modificación de la realidad mediante la práctica de la relación (escuela, trabajo, formas de la política, etc.).

Sin embargo, de las discusiones recientes (entre ellas el debate sobre Via Dogana "Donne dell’altro mondo") resulta drásticamente redimensionada la confianza en la confrontación-intercambio con los hombres.

Una complicación dañina la hemos introducido nosotras mismas, pidiendo el reconocimiento previo de autoridad femenina para que hubiera relación. He reflexionado sobre este punto y he llegado a la conclusión de que solo el gesto inicial de apertura a lo otro (amor, diría Luisa Muraro) contiene esa dosis de fuerza y de libertad femenina que es necesaria para el intercambio. El resto hay que jugarlo día a día en el hacer político y afectivo.

Quitada de en medio esta impostación simplista que acababa mordiéndose la cola, quedan dificultades reales atribuibles a la diferencia masculina. La primera, la separación que hacen entre niveles, entre campos de discurso y de indagación, entre ámbitos, entre lugares, entre el pensamiento y la vida. De modo que cuando discuten sobre la diferencia (o afrontan el pensamiento y la política de las mujeres) usan un cierto lenguaje y parece que la diferencia sea el eje central de su pasión y de su razonar, mientras que cuando actúan en la política masculina usan otro lenguaje y otro centro. Un comportamiento esquizofrénico que anula precisamente la premisa de la relación de diferencia, que es la de partir de la existencia de un mundo habitado por hombres y mujeres.

Además –y es algo que podría cuestionar en su raíz la posibilidad de relaciones de diferencia– ellos tienden a hacer desaparecer el conflicto entre los sexos en la relación en la que se han implicado, evitando así el jugársela en primera persona. Es decir, hay una tendencia masculina a atribuir a la sociedad en general la eventual cancelación de la diferencia femenina (o, para muchos, la discriminación política de las mujeres). En sustancia, precisamente en nombre de su atención al saber femenino, se apartan del conflicto entre los sexos y, por tanto –yo digo– de la relación.

Es difícil convencerles de que puede haber conflicto sin lucha en contra. Por eso, solo hacen práctica política con mujeres cuando hay un interés contingente común. Personalmente, no puedo decir que tenga una relación con un hombre que pueda ser definida como una relación por sí misma. O sea, productora de un saber verdadero de la diferencia masculina y femenina.

Tengo con frecuencia la impresión de que el pensamiento de la diferencia es tomado en consideración porque, en un momento de vacío de teoría, permite poner al día la lucha anticapitalista o responder a otras preocupaciones dominantes. No hay de por sí en esto nada malo, si no fuera que también en este caso se tiende a cancelar el conflicto entre los sexos y la diferencia.

Hay, pues, que discutir sobre esta experiencia contradictoria. Pienso que no se puede dejar pasar la posibilidad que ofrece una práctica de relaciones mujeres-hombres que tengan un sentido de su diferencia. Hay necesidad de acción política, y me he dado cuenta de que en el hacer político que no pone en juego todas las posibilidades que se tienen, se está destinada a perder algo (o incluso mucho).

Sé que algunas piensan disfrutar la libertad femenina entre mujeres, en sintonía entre ellas. Las mismas y otras piensan que la fuerza indiscutible conquistada por las mujeres en el mundo proseguirá en cualquier caso, sin que ellas se esfuercen por entender cómo. Pero yo no estoy de acuerdo. Estoy convencida de que, en este momento, la relación de diferencia es indispensable para la acción política. También para evitar depender de las mediaciones de las representantes –oficiales o espontáneas– de las mujeres, que hacen mediación a la baja y dan una imagen modesta de la diferencia femenina.

Discutiendo con Luisa, he visto que estábamos de acuerdo sobre la necesidad de la acción política y sobre el hecho de que la puerta por la que pasa lo posible (del cambio de una relación mujer-hombre con aumento de libertad femenina) es lo real. La práctica se vive realmente, no es pensamiento puro. Con palabras filosóficas, Luisa lo expresa así: lo pensable puro, la posibilidad de esto o de aquello, aunque contenga todas las condiciones para realizarse, como sucede con los proyectos políticos de despacho, es inerte y suele quedarse en su estado de inerte posible. En cambio, la práctica de la relación despierta el potencial de lo existente, porque despierta el deseo.


Libertad relacional. Lia Cigarini

[Ponencia presentada en la Asamblea Internacional de las Filósofas (IAPh). Barcelona, 2 de octubre de 2002]

Querría partir de esta premisa: pienso que la libertad es una experiencia y una idea no reducible a un conjunto de derechos constitucionales, civiles y políticos otorgados a una individua y a un individuo.

Pienso, más bien, que la cristalización en derechos acaba siendo un obstáculo para la experiencia y el proceso infinito de la libertad, para la infinitud de la libertad.

Para mí, materialista y atea, libertad es el único nombre que me da la emoción de lo infinito, como el mar y el desierto.

Por eso, creo que es necesario explicar qué es lo que yo entiendo por libertad femenina.

He pensado, con otras, que la cuestión principal a plantearse es la de encontrarle sentido a mi ser mujer. Esta fue la ruptura (hecha por los primeros grupos feministas) con la política anterior, más o menos atormentada, de asimilación al mundo masculino, política que tenía un nombre y un estatuto muy precisos: la emancipación de las mujeres.

Planteando desde el principio la cuestión del ser mujer, empezamos a luchar en el terreno de la libertad femenina porque, a una mujer, la libertad le corresponde a causa de su ser una mujer, y no a pesar de su sexo, como recitan las diversas Constituciones y todas las leyes de igualdad que les han seguido.

Si yo digo: soy una mujer y, partiendo de este dato material, afirmo mi libertad, lo que digo es distinto de: los principios de igualdad y de libertad elaborados por el mundo masculino tienen que valer para hombres y mujeres.

De estas premisas creo que se deduce claramente que yo y otras muchas nos hemos colocado en un lugar de prácticas de relación entre mujeres. Considerando, por tanto, la relación como vía y modalidad de la libertad.

Se configura así un "lugar" (de relaciones y de prácticas) que precede o supera el orden de las leyes, y del que depende, en mi opinión, que se genere libertad femenina.

La libertad es una experiencia en común. Prefiero usar esta expresión –en común– más que decir, como hace H. Arendt, que la libertad y la política coinciden, o que la política es inseparable de la libertad. Para mí, la relación dual o más relaciones duales son ya política, porque, en política, la cuestión esencial son las mediaciones que se hacen, no las formas finales (Parlamentos, etc.).

El problema es, pues, la relación; o mejor, la relación de diferencia como mediación para el hacer de las mujeres. La relación de diferencia hay que entenderla como relación con lo otro, sin llegar a un nosotras/nosotros: sin llegar a un sujeto colectivo.

El por encima de la ley es, desde esta perspectiva, el lugar de la existencia simbólica, de la experiencia, puesta en palabras, de la relación con el otro o la otra.

Esta figura del por encima de la ley y las prácticas de relación que hemos creado, me parece que es coherente con la política de la diferencia en su conjunto: ha sido eficaz en lo que respecta a la oposición a la política de igualdad.

En realidad, las propias sostenedoras y los propios sostenedores de la política de igualdad han presentado las leyes de igualdad como una mediación a la baja entre diferencia e igualdad con los hombres.

Esto le deja un espacio vacío al obrar de la libertad femenina.

Querría volver sobre la ruptura de la que hablaba antes entre la política de la emancipación, que se arrastraba cansinamente desde hace casi cien años, y la aparición imprevista o, mejor, la experiencia entre algunas –luego muchas– de la libertad femenina.

Reflexionando sobre ese momento imprevisto –estamos en 1967 –, puedo decir que mi yo político de joven comunista que, con la obrera, quería la liberación de las mujeres, se desvaneció, saliendo de mí en poquísimo tiempo. He reflexionado mucho sobre esta transformación radical.

No hubo un trauma particular sino una suma de coincidencias: había decidido empezar un psicoanálisis porque me sentía aturdida, esencialmente sin palabra, muda, también ante acontecimientos políticos en los que hasta entonces me había implicado mucho y la amistad fraternal con tantos hombres asiduos a la política comunista; por la misma época, conocí a una mujer que frecuentaba como yo las más diversas reuniones del pre-68 milanés, también ella sin hablar pero llevando un documento un poco enrevesado en el que se hablaba de trascendencia femenina.

El hecho es que mi decisión, después de aquel encuentro, de fundar un grupo de mujeres para hablar y reflexionar sobre nosotras, fue repentina.

Esto significa –y en esto estoy de acuerdo con el texto de Luisa Vita passiva en el que Luisa resalta que en la capacidad de hacer hay siempre una parte de pasividad y acepta la coincidencia de la libertad con el poder hacer con tal de que se tenga en cuenta el no poder hacer– que yo ya estaba pasivamente donde me colocó más tarde la toma de conciencia. Y significa, además, que la experiencia de mi emancipación juvenil, o sea, de hacer todo lo que los hombres hacían –que ahora recuerdo como una pesadilla fálica, – era, en realidad, una verdadera, aunque contradictoria, experiencia femenina en la que la falta de sentido en este mundo de la diferencia sexual hacía fracasar silenciosa aunque positivamente mis más osados proyectos.

Y significa, por último, que la conflictiva tensión entre libertad y emancipación estará siempre en la experiencia de las mujeres, cuando menos de las occidentales.

La libertad, por lo demás, no sigue un orden cronológico: cuando hay libertad, la noto y, luego, poco después, siento que la repetición o la ley prevalecen. Las vicisitudes de la libertad femenina no, pueden ser pensadas como algo acabado o progresivo. No pueden ser historizadas.

Así pues, la separación de la política masculina y, en muchos casos, de los hombres de carne y hueso –con los grupos de solo mujeres– fue una acción a través de la cual habló la libertad femenina.

Un gesto rompedor: un amigo psicoanalista, agudo observador de la realidad que cambia, dijo que las mujeres, las que él conocía, se habían ido de repente a la clandestinidad. No sabía qué era lo que sucedía en esos grupos. No podía observarlas. Y esto le daba ansiedad.

A través de sus pacientes mujeres y hombres, había caído en la cuenta de que ese hecho había afectado el inconsciente, pero no podía interpretarlo porque estaba atacado por su propia angustia.

Relato esta anécdota para decir –y resalto que es una ironía de la libertad y de la asimetría de los sexos– que entonces dio comienzo el silencio masculino, su incapacidad de entender y su huida del conflicto entre los sexos. Desde entonces, ya desde los años setenta (y sé que voy contra-corriente) pienso que la política de los hombres se ha ido restringiendo, se ha ido reduciendo a la economía y a la guerra, que es lo que tenemos delante de nuestros ojos.

Con la separación, las mujeres se tomaron una gran libertad. Por ejemplo, el tiempo de narrar su experiencia más íntima, nunca dicha antes.

El lugar. La relación sentida y nombrada, también la dual, como pública, hizo que mediante las relaciones entre mujeres –cada vez mejor articuladas y más amplias –, mediante la narración, la filosofía, la historia, el arte –o sea, mediante el lenguaje–, y mediante las relaciones de diferencia con algunos hombres, se formara otro ágora (del que también este encuentro es una prueba), constituido por muchas mujeres y poquísimos hombres. Se quebró así la "escena pública".

Yo, en estos treinta años, me he movido, he pensado y hablado principalmente en esta otra ágora, de la que intuyo muchas características. Por ejemplo, su forma no-finita, el privilegio de la proximidad... En mi opinión, no hay que vacilar en decir que la polis, la escena pública, el hacer político, está roto. Esas figuras ya no pueden ser usadas como figuras significativas en presencia de la política de las mujeres.

No obstante, lo simbólico que estamos creando y que a su vez nos crea, se basa en la experiencia de la alteridad (también esta reflexión es, sobre todo, de Luisa Muraro). Esto nos ha impedido, afortunadamente, identificarnos con las mujeres. Manteniendo vivas, con la conciencia de la diferencia sexual y el conflicto entre los sexos, también las diferencias entre nosotras y el sentido de la singularidad.

Un ágora abierta, pues, también a los hombres, porque está constituida por relacion es, intercambio, pensamiento, arte, saberes, lenguaje, cuyo significado también un hombre puede captar y compartir.

Por otra parte, el pensamiento masculino más crítico ha subrayado que la libertad no es reducible a la democracia que conocemos, al sistema electoral, al dominio de la mayoría; ni siquiera a los derechos, a la política de los partidos y de los Estados.

Pongo un ejemplo. Un jurista-filósofo de la escuela de Viena que yo aprecio, Kelsen, que intentó hace ya más de ochenta años superar el conflicto entre libertad y democracia formulando la "libertad democrática", escribió: “la democracia es una sociedad sin padre. Quiere ser una sociedad de equivalentes, preferiblemente sin jefes. Su principio es la coordinación, y la fraternidad matriarcal su forma primitiva”.

Así pues, para este pensador, la libertad democrática no la custodiaban las reglas ni el aparato de la democracia representativa. Su posición se acerca a la práctica política de la diferencia, que se niega a reducir el conjunto de las relaciones del ágora de la que hablaba antes, a lo político.

Naturalmente, Kelsen, que era un jurista genial, encontró en el formalismo jurídico, en el derecho, una especie de solución, descuidando así la cuestión que había planteado.

Hoy día, cuando la democracia se derrumba en las dictaduras de las mayorías obtenidas por pocos votos de electores trastornados por los medios de comunicación, o ilegalmente como en los Estados Unidos, y en las decisiones de entidades bancarias internacionales, por definición no elegidas por nadie, se abre ante todas y todos un vacío teórico-práctico enorme. El ágora en la que nos movemos es frágil pero extensa, incluye países muy lejanos (pienso en la relación especial que tengo con las artistas y, en general, las mujeres de Irán) y tiene ya un gran pensamiento y potencialidad futura. Donde no pueden actuar, las mujeres pueden pensar y entrenarse a hacerlo en común.

La libertad la custodia, en la perspectiva que yo propongo aquí, la fuerza de las prácticas políticas. Y antes aún, las coincidencias y la infinitud del deseo de libertad de cada una y de cada uno.


El trozo de tarta. Lia Cigarini

["Via Dogana" 82, septiembre 2007]

Preguntada por su suegra Claire Lalone sobre el movimiento de las mujeres, cómo era, qué quería, etc., a todas las preguntas contestó Grace Paley, gran escritora norteamericana y feminista, que sí, que habría mujeres abogadas, que sí, que las mujeres trabajarían con sueldos iguales que los de los hombres y se liberarían finalmente de los hombres que las dominaban, que sí, que la gente amaría a sus hijas tanto como a sus hijos. Pero hay más que decir, añadió, y es que “la mayor parte del movimiento no quería un trozo de la tarta del hombre. Pensaban que esta era una tarta más bien venenosa, tóxica, llena de armas, gases venenosos y todo tipo de innoble porquería; no querían ni siquiera un trozo de esa tarta”. Es muchísimo, comentó entonces Claire Lalone.

Yo digo que la petición del 50/50 es un trozo o, mejor, un trocito de tarta envenenada, y querría explicar por qué.

En todas las propuestas de igualdad y representación de sexo hay un núcleo perverso que hay que desvelar. Y es que esas políticas tienen por finalidad el ocultar la diferencia femenina y, sobre todo, sus prácticas, que constituyen un lugar otro o un de otro modo respecto a los lugares y a las formas de la política masculina. Se oculta regularmente el hecho de que las eventuales candidatas tendrán, en cualquier caso, que ser seleccionadas por los partidos y pasar, por tanto, por las reglas de carrera que estos imponen. Y se pasa por alto, en este caso, el hecho de que se trata de meras candidaturas y no de una efectiva igualdad entre elegidos.

Aparte de esto, lo primero que hay que aclarar es que la representación en el parlamento y en todas las demás asambleas electas no tiene nada que ver con el principio de igualdad entre los sexos, ya sancionado por la Constitución, sino estrictamente con el poder. Se trata de una petición de reparto del poder entre los dos sexos, poder que en la democracia representativa es ejercido principalmente por los partidos. Y las carreras en los partidos, como en el parlamento y en el gobierno, se juegan por el poder. Las candidatas, para llegar a sentarse en los escaños de las asambleas electas y en los puestos de decisión, tienen que aceptar, por tanto, muchas y potentes mediaciones: las del partido que hará que las elijan, las de una inevitable adhesión a y legitimación del poder masculino que allí se expresa, y todas las mediaciones que requiere el legislar y reglamentar.

Otro hecho incontestable es que la gran mayoría de las mujeres, hasta ahora, no se ha movido con fuerza, ni dentro ni fuera de los partidos, por el objetivo de una igual presencia femenina en los diversos parlamentos nacionales, regionales, comunales, etc. Algo nada desdeñable porque, cuando se trata de reparto del poder, se trata de correlaciones de fuerzas, de presión, de lucha y determinación para obtenerlo. En estos treinta años, repito, cuando algunas han vuelto a proponer el objetivo de la paridad en el reparto del poder, a mí no me parece que haya habido una respuesta de adhesión femenina sentida. He visto, en cambio, compromiso político de mujeres para obtener libertad en las relaciones con los hombres, en el trabajo, etc.; he visto manifestaciones y vigilancia continua para defender la autodeterminación de las mujeres en el aborto. Pero no he visto una presión eficaz para obtener el reequilibrio de la representación. Hace veinte años, vigente el sistema proporcional con amplia posibilidad de preferencia, las mujeres comunistas presentaron muchas candidatas en sus listas: no se notó una orientación clara del electorado femenino por dar preferencia a las mujeres. No solo del electorado ni tampoco, y me refiero al presente, de las elegidas. Cuando Rosy Bindi presentó su candidatura a las primarias para la secretaría del Partido Democrático, la mayoría de las dirigentes y de las diputadas de DS, excepto alguna como Franca Chiaromonte, se habían pronunciado ya por Veltroni o, mejor, por el llamado ticket Veltroni-Franceschini, o sea, por dos hombres. A pesar de que muchas de ellas se habían pronunciado ya a favor de una ley por la paridad de las candidatas. Una insensatez lógica y política. O, quizás, la finalmente sincera declaración: el partido es mi patria y las mujeres que se vayan a tomar viento. Y ¿por qué, pregunto, la lucha de las mujeres juntas debería ponerse al servicio de los partidos?

De los hechos resulta, sin duda alguna, una ambigüedad de las mujeres que hay que indagar, no censurar: votan, por tanto no dicen no a la ciuadanía, pero no dicen sí a la representación de sexo. De esto se quejan algunas políticas y comentaristas, que interpretan este comportamiento como una derrota del feminismo. Ni siquiera Chiara Sarraceno resuelve, y cree ver como único remedio el no ir a votar, acabando no obstante y contradictoriamente por hablar de cuotas ("Corriere della Sera" 15 julio 2007). Estas borran así de un solo golpe la originalidad (internacionalmente reconocida) de una parte consistente del feminismo italiano, que ha permanecido fiel a la práctica del partir de sí y de las relaciones, por la sencilla y fundamental razón de las ventajas obtenidas. La vacilación de las mujeres en la búsqueda de la igualdad no es indagada, como tampoco se indaga ni la crisis de la democracia representativa ni las propias contradicciones al respecto.

En realidad, las mujeres, como cualquier votante, saben que las elecciones están hechas para escoger un partido u otro, una coalición u otra, y es un puro corolario que dentro de esa opción, que es la verdaderamente significativa a nivel de política institucional, se vaya después a pescar una mujer en la lista.

Por otra parte, son muchas las mujeres, y yo me pongo entre ellas, que no quieren estar en todas las instituciones creadas a la medida de los hombres: parlamentos, ejércitos, iglesias, etc. Algunas sí que lo quieren, pero mientras la que entra en el ejército o en la iglesia entra ahí claramente solo por sí misma, la que entra en el parlamento, institución de la representación, y encima entra ahí con la idea de una posible representación de sexo, tapa la voluntad de las que se mantienen fuera, más bien, que quieren destacar su ausencia de ahí.

Quede claro que ni pienso ni hablo contra las que van abiertamente al parlamento por un deseo propio, con una competencia y una ambición que hacer valer. Hablo contra la representación de sexo, contra las que querrían representar también mis deseos e intereses.

Contra todo discurso de representación de sexo está, finalmente, el pensamiento, probablemente compartido por muchas, de que el sentido de la diferencia femenina exige que se razone con la fuerza de su necesidad interna y no con la fuerza de la necesidad del derecho y de las formas de la política masculina, entre las que hay que incluir la política de la igualdad. Cuando hablo de necesidad interna, me refiero tanto al gesto inicial del feminismo, cuando algunas decidieron reunirse en pequeños grupos de autoconciencia de solo mujeres, como al trabajo político para hacerla existir, la diferencia, sin pretender representarla: una práctica política que se puede, por tanto, definir, sin medias tintas, antiparitaria.

La polis de las mujeres es un extenso movimiento de sitios, espacios y relaciones nacionales e internacionales, que tiene una cualidad política, en mi opinión, mayor que el parlamento y que otras instituciones similares, aunque solo sea porque no se basa en la separación entre público y privado, política y vida sino, por el contrario, está íntimamente vinculada con las formas de vida. Es, en sustancia, un conjunto de relaciones que vive en los vínculos efectivos que tienen las personas. Esta concepción de la polis no está circunscrita solo al movimiento de las mujeres. Alain Touraine ve en el empeño de las mujeres por mantener unidos lo privado y lo público un camino para salir de la crisis de civilización que estamos viviendo. Hace poco, en "il manifesto" del 28 de junio de 2007, Marco Bascetta, hablando de los movimientos políticos, afirmaba que estos "no son demandas, reivindicaciones, controversias, sino fuerzas que tienden a afirmar estados de hecho". Y añadía: "hacen democracia en contra de la representación". Yo pienso que se refiere principalmente al movimiento de las mujeres. Sergio Bologna ha afirmado: si el trabajo femenino hoy es el trabajo sin más, las acciones de autotutela, las estrategias de libertad, los modos de convivir con la precarización, en resumen, el modo de no dejarse aplastar por la organización del mercado del trabajo, es el de las prácticas femeninas, este –y no otros– es el modo de coalición cualitativamente general con el que los hombres deben compararse".

Por eso enfurezco cuando veo que se presentan propuestas de cuotas con que garantizar que haya mujeres en las listas, porque, haciendo esto, no se hace mas que restringirlas políticamente a una categoría, un sector, mientras ellas están ganando o pueden ganar el centro de la política.

Desde una perspectiva más general, notemos que esta petición de reparto paritario del poder se plantea en un momento histórico en el que la democracia representativa está moribunda, porque la primera exigencia de la globalización capitalista es la de poder decidir lo más rápidamente posible, por lo que se tiende a reconocer más poder personal a los primeros ministros, a los presidentes de la república, al gobierno. Pregunta: esta variación decisionista y liberalista ¿conviene a las sostenedoras de la presencia paritaria de mujeres y hombres en todos los lugares electos y de decisión? Parece que sí. Ellas llegan a escribir que el objetivo es el de la igual presencia, sea cual sea la ley electoral. Ellas, luego, aplauden indiscriminadamente a Aznar o a Zapatero o a Sarkozy, los cuales, con el poder personal que les llega de sus cargos y sobre todo del liderismo imperante, han nombrado gobiernos constituidos en su mitad por mujeres. Por tanto, se quiere una presencia numérica de mujeres en los parlamentos y en las asambleas electivas, abstrayéndola del contexto político e institucional del país. No se plantea siquiera la pregunta de qué han hecho para modificar el orden masculino de gestión del poder las ministras de Aznar o de Zapatero.

Además, si se discute de democracia paritaria, me parece, como mínimo, que se deba decir qué idea de democracia se tiene en la cabeza, qué ley electoral refuerza la democracia y cuál no. No estaría de acuerdo, y conmigo muchas otras, creo, con una reforma que, por ejemplo, previera una amplia cuota de presencia femenina en las listas, y simultáneamente asignase más poder de decisión al presidente del gobierno o al presidente de la república.

La democracia paritaria, para las sostenedoras del 50/50, sería la culminación de la democracia tal y como ha sido pensada por los hombres. ¿Y la pensada por las mujeres? Se hablará después, contestan algunas. Este es el objetivo, responden otras, la diferencia es un arcaísmo que nos hace retroceder. Otras piensan que este objetivo, tan simplificado que es casi un eslogan, sirve al menos para agitar las aguas.

A mí me parece, muchas veces, que choco contra un límite teórico y práctico sin salida. No obstante, hay ya intuiciones afortunadas. Considero de suma importancia el decir que las subjetividades desbordan las reglas de la representación y de los partidos. Algunas de nosotras lo han dicho y escrito. Otras, pienso en Marisa Forcina y en Bruna Peyrot (es una turinesa que vive en Brasil; ha escrito La democrazia nel paese di Lula y La cittadinanza interiore), han empezado ya a reflexionar sobre la democracia a partir del pensamiento y de la práctica de la diferencia. El pensamiento de Peyrot gira en torno a una idea central: no hay ciudadanía democrática creíble sin lo que ella llama ciudadanía interior, o sea, no hay derecho que venga de fuera sin una movilización de la subjetividad, que viene de dentro. Ella propone, resumiendo, un decálogo de concienciaciones: la primera concienciación que no por casualidad propone para la ciudadanía interior es la de la diferencia sexual; es decir, la capacidad de reconstruir la relación entre mujeres y hombres después del feminismo, porque esta relación ha sido sometida a debate desde su raíz y es necesario repensarla; ella luego señala otras: el derecho a la autobiografía, etc. A mí me parece que algo se está moviendo seriamente en el sentido indicado por ella, y encuentro que "ciudadanía interior" es una expresión muy bella y eficaz. Marisa Forcina, a su vez, dice explícitamente que la autoconciencia, o sea, la forma política de las mujeres, es una forma de ciudadanía, porque la ciudadanía es en primer lugar las relaciones que entablas.

Sé que el camino es largo. Pero me parece que algún arranque afortunado para resignificar la democracia manteniendo firme la barra de la diferencia, lo tenemos.

Texos citados: Grace Paley, L’importanza di non capire tutto, Turín, Einaudi, 2007; Alain Touraine, Le Monde des femmes, París, Fayard, 2006; Sergio Bologna, Ceti medi senza futuro? Scritti, appunti sul lavoro e altro, Roma, Derive Approdi, 2007; Bruna Peyrot, La cittadinanza interiore, Troina, Città Aperta Edizioni, 2006; Marisa Forcina, Donne, lavoro e cittadinanza, "Critica marxista" 6 (noviembre-diciembre 2006).


Pero ¿qué crisis es esta?. Lia Cigarini

["Via Dogana" 84 (marzo 2008). "DUODA. Estudios de la Diferencia Sexual" 35 (2008) 37-41]

Es algo conocido y muy sabido por todos que la política, en Occidente y en Oriente, está en una crisis gravísima. Guerras, mercado global incontrolable, endurecimiento de las formas de la democracia representativa. Este estado de cosas es denunciado por muchos, al menos en Italia, donde se habla de degradación, decadencia, sociedad reducida a papilla, etc. Muchos sostienen que existen prácticas políticas alternativas, pero que el teatro de los partidos, a pesar de no controlar ya la realidad que cambia, ocupa todo el espacio visible, televisión, prensa, etc. Y tapa los movimientos que luchan para modificar las cosas, los de la paz, del ambiente, del trabajo, de las mujeres, etc.

Hay verdad ahí pero a mí me interesa otro acercamiento, contiguo al de los discursos frontales y generales sobre la crisis de la política, fórmula esta última que acaba por ser una escapatoria. En la decadencia de la política y en la degradación de la sociedad italiana se empieza a transparentar –yo pienso– una cuestión masculina reprimida y no resuelta. Que tiene como consecuencia ulterior que los paradigmas interpretativos de la realidad que se siguen usando, ya no sirven.

El feminismo los criticó en primer lugar y sigue criticándolos. Lo cual significa que parte de la humanidad esos paradigmas no los usa o los usa sin pasión intelectual. Es evidente que también otras realidades los han minado en su raíz: la revolución tecnológica que ha cambiado la comunicación y el trabajo, China y otras cosas más. Sin embargo, en mi opinión, ha sido la lucha de las mujeres contra el patriarcado lo que ha relativizado el simbólico masculino y sus en otro tiempo suntuosas instituciones. El movimiento de las mujeres, que partió del deseo de libertad, deshizo algunas mallas significativas del tejido sociosimbólico: la relación entre hombre y mujer, la relación entre madre e hija, entre padres e hijos. Y ello con una práctica y una reflexión que, esquivando el camino ya diseñado de la emancipación y de la competición con los hombres, ha acabado con el monopolio masculino de lo simbólico. Se trata de gestos y de valores parciales que, sin embargo, traen una modificación imparable. Luisa Muraro me sugiere la figura de la sinécdoque (la parte por el todo) y habla de una "sinécdoque feminista". Efectúan desplazamientos que rompen los límites de lo que era el significado establecido. No ha sido una revolución con muertos y heridos, pero para la sociedad tal y como era, algo ha cambiado irremediablemente.

Ni el Papa ni Marcello Cini [físico italiano, profesor de la Universidad de Roma La Sapienza y colaborador de il manifesto], por citar a los protagonistas de un suceso no olvidado, son ya padres con autoridad. Y sin este crédito, cada movimiento suyo ha caído en un juego pobre en sentido. De lo cual, también la religión y la ciencia salen esquilmadas, más de lo que se querría creer.

El punto está en que la sociedad masculina en su conjunto no ha tomado conciencia del final de los padres ni de la necesidad de medirse con la subjetividad política de las mujeres, aunque algunos sí, y quizá sea el comienzo de un cambio.

Indirectamente, desde los inicios mismos del feminismo se habla de una cuestión masculina no resuelta. Estos tipos –decíamos– se han inventado una cuestión femenina que resolver, dejando sin cuestionar el modo en el que tratan ellos a las mujeres. No solo en lo referido a la violencia sexual y familiar, o a la prostitución, sino también a la presuntuosa idea de que su política y su pensamiento sean ipso facto universales. Nos decían "sois autocomplacientes". Y ¿por qué? Porque hablábamos como mujeres (la mitad de la humanidad).

Hoy, en cualquier caso, de la pérdida de sentido de lo que significa ser un hombre, hay muchísimos síntomas, desde los más evidentes y burdos hasta los más sofisticados. El narcisismo desenfrenado de los políticos y los intelectuales me parece el más evidente, y no estoy pensando solo en Italia. Francia tiene a Sarkozy.

Uno de nuestros narcisos de turno ha propuesto la suspensión de los abortos, acusando así implícitamente a las mujeres de ser asesinas impunes. Toda una serie de mujeres de buena voluntad, feministas, sociólogas, políticas y periodistas han argumentado serenamente contra la propuesta. Y sin embargo, ni el narciso, ni los obispos, ni los cardenales, ni los muchos políticos que se meten bajo las alas de la más rigurosamente masculina de las instituciones, la jerarquía católica, han respondido a sus objeciones, antes bien no han pensado siquiera en consultar a las mujeres, de las que, con o sin ley, depende la decisión.

Así que todos estos hablan de otra cosa o de nada o si acaso de muerte. Otros son más sofisticados. Giuseppe De Rita, de profesión observador de la realidad que cambia, ha dicho: los hombres más que las mujeres han interrumpido el ciclo de los nacimientos porque han perdido "el papel simbólico de la transmisión" (La Repubblica 24.1.2008). Pensé: bien, aquí hay uno que se entera de dónde está el problema. Pero enseguida recordé que el mismo Giuseppe De Rita, hablando con Valentino Parlato (en il manifesto de 5.1.2008) del informe CENSIS titulado "papilla, mucílago e ignomimia, a la pregunta de este último sobre si quedaba alguna esperanza, respondió que sí, que están la asociación Nessuno tocchi Caino, la galaxia religiosa como los pentecostalistas, los catecúmenos, los parroquianos, el F.A.I, Civita y los big players como el banquero Profumo... Y así sucesivamente, pero ni una palabra sobre la red de asociaciones femeninas activa en centros grandes y pequeños. Y Valentino Parlato, en cuyo periódico la política de las mujeres está presente, también él parecía atacado por la amnesia.

Una de dos: o no ven y no leen, como si estuvieran decididos a ignorar lo que dicen y hacen las feministas o, a pesar de la ruina, consideran que la política es en todo caso asunto suyo y todas les tienen que ir detrás.

No hay, pues, conciencia de que la ineficacia de la política hay que atribuirla al deshacerse de la genealogía masculina y de su lenguaje, y a su fallido medirse con la otra y con su saber político.

Aldo Tortorella (Critica marxista 6, 2007) parece acercarse al punto. Pues subraya: "si escribo o digo alternativa de sociedad siento que también el lector o el oyente mejor dispuesto se pregunta de qué estoy hablando exactamente". Pero también él, que por el feminismo se interesa seriamente, concluye según el esquema clásico de la izquierda crítica: es necesario "seguir trabajando práctica y teóricamente". Como antes, como siempre.

Por eso hablo de cuestión y no de conflicto entre los sexos. El conflicto es vital y, en su contexto, productor de sentido; la cuestión, sin un estallido de conciencia, no hace mas que obstaculizar la política y puede hacerlo por cien años.

Como siempre, es el cine norteamericano el que lo dice sin ambages. En la película El valle de Elah de Paul Haggis, un padre, excombatiente de Vietnam con la certeza del honor del ejército, descubre que su hijo, de permiso de Irak, es un soldado desorientado, drogado e irresponsable. Y lo mismo sus compañeros de armas. Lo interesante de la película es que, según va descubriendo el padre que no le ha transmitido a su hijo nada suyo, ni siquiera un poco de honor, su identidad de soldado y ciudadano se resquebraja, junto con la de los Estados Unidos, como bien dice el episodio final.

Estando de acuerdo con el análisis que lleva a hablar de una cuestión masculina no resuelta, alguna, sin embargo, me objeta y me emplaza: si él está a la desbandada, dime dónde está ella, por qué no da un paso adelante. Lo entiendo, porque la discusión no ha hecho mas que empezar y yo tendría otras cosas que decir, pero espero a que otros den un paso. Necesito interlocución.


Cambiar el imaginario del cambio. Lia Cigarini

["Via Dogana" 92 (marzo 2010)]

Estoy atenta desde hace mucho a lo que sucede en los Estados Unidos, país en el que sigue habiendo hoy un fuerte e inteligente movimiento de las mujeres. Al comienzo del feminismo, en los años sesenta y setenta, la atención a los Estados Unidos fue vivísima; de ese país vino la sugerencia de hacer los grupos de autoconciencia, de solo mujeres: una auténtica creación política casi artística porque produjo relatos, literatura, cine, artes originales, una lengua otra y articulada del saber humano implicando a muchas mujeres de todas las partes del mundo.

Hoy me interesa el hecho de que ahí algunas mujeres, feministas o no, se dan la autoridad de dirigir el hacer político de los grandes movimientos (pacifista, medioambiental y antiglobalización, etc.) en los que están activas. Son sus textos, en los que está el eco profundo de la otra narración, me refiero a la de las historias "otras" contadas por el feminismo, lo que constituye la teoría de los movimientos de hoy.

Basta pensar en Naomi Klein, autora de No logo, activa con muchísimas mujeres en el movimiento antiglobalización norteamericano, convenciéndolo de que los actos simbólicos y culturales tienen un verdadero poder político –y el capitalismo lo sabe y la izquierda no–, evitando así la deriva a la pura contraposición que lleva al choque en las calles, como en el movimiento antiglobalización europeo. O Sara Horowitz, que ha creado una asociación de trabajadores autónomos de segunda generación, visto que el sindicato no se ocupaba de ello, con más de cincuenta mil inscritos solo en Nueva York, para "ponerse a su escucha". Otra palabra bien conocida por nuestra práctica. O a Susan Sontag, que inmediatamente después del 11 de septiembre fue la única que sostuvo que era necesario, en cualquier caso, sostener un conflicto relacional con lo otro, en vez de intentar destruirlo con la guerra. Se podría seguir con Elinor Ostrom, premio Nobel de Economía, y otras, filósofas, sociólogas, economistas, etc.

Es verdad que las norteamericanas tienen una ventaja: están acostumbradas / acostumbrados a actuar sin el apoyo y sin contar con los partidos, porque tanto el partido democrático como el republicano son desde siempre más comités electorales que partidos entendidos a la manera italiana. En Italia, los partidos eran organismos, trozos de sociedad, y por ahí había que pasar porque si no, todo lo que se hacía era definido como cultura, no política, según un esquema que sobrevive en la cabeza de muchos. Están habituadas, las norteamericanas, a una política directa, o sea, a una política que no ve su necesario cumplimiento en la constitución de un partido o en la representación parlamentaria, y se echarían a reír si alguien les dijera que hacen solo cultura y no política.

En cambio, en Italia, el esquema del partido y de la representación está tan asimilado que incluso una joven trabajadora que participa con entusiasmo en el intento de transformar, con la práctica de la diferencia, las relaciones laborales en una fábrica de Carrara, ha dicho: pero yo he entrado también en política como concejala de mi pueblo. Quién sabe qué será lo que piensa que es lo que hace en su fábrica.

Estamos, efectivamente, ante una paradoja: los partidos italianos se han convertido en puras siglas para elegir diputados y senadores, como en los Estados Unidos, pero en el imaginario de muchísimos militantes y electores siguen siendo el quicio de la política y de la democracia. Esta falta de conciencia pone en los márgenes de la política lo que sucede en las áreas creativas, que deberían ser, en cambio, su centro. En cada vuelta electoral la parte del país que se considera mejor se cree que su voto podrá cambiar las cosas. Luego viene la desilusión. La izquierda italiana se ha especializado en desilusión (y para mí en insoportables conversaciones sobre la degeneración italiana). La desesperación de la izquierda puede también estar justificada, pero decir que todo se va a pique no es ciertamente una visión alternativa de las cosas. Los desilusionados/desilusionadas se quedan así fijados en el objeto de su desengaño y no se les ocurre la idea de volverse hacia las áreas creativas que ya hay, y muchas, y en primer lugar la de las mujeres. Por otra parte, también quienes no creen que el voto puede cambiar las cosas, piensan en una acción política reactiva, de pura contraposición con los movimientos del adversario, acción que me parece un mísero resto del conflicto de clase del siglo XX.

En Italia hay muchas mujeres que caminan en la política y hacen teoría, por ejemplo: la autorreforma de la escuela, el Sottosopra sobre el trabajo, el movimiento No Dal Molin que lucha contra una nueva base militar en Vicenza, las emprendedoras y trabajadoras que intentan cambiar las relaciones de fuerza en cuatro fábricas de Carrara. Y habrá otras que no conozco. Son experiencias notables que van acompañadas de riqueza de pensamiento político, y sin embargo no puedo decir que todo esto tenga la fuerza de cambiar el modo de hacer política y el imaginario con él conectado, en la mayoría de quienes quieren, precisamente, el cambio.

Me pregunto cómo así. Quizás porque otras y yo hemos insistido demasiado en ir con los pasos y el tiempo de la práctica del partir de sí y de la relación entre mujeres, que ha sido siempre y sigue siendo nuestra práctica fundamental, convencidas de que era necesario en primer lugar poner el foco precisamente en eso. Con esta actitud obstaculizamos sin querer la fluidez de los relatos y, por tanto, el abrirse a horizontes nuevos, nuevos también para nosotras.

Estoy convencida, hoy, de que los relatos ya circulan, mientras la prioritaria afirmación de que sin práctica de la relación no se va a ninguna parte, nos confina. Es como un equipaje pesado que no todas/os están dispuestos a llevar. Me comprometo, pues, a afrontar en los demás textos que escriba los nudos, contradicciones y problemas de la política y del trabajo sin hacer referencia explícita a la práctica de la relación.

Todo esto no resuelve la paradoja que mencionaba antes, pero quizás dé más fuerza a las personas que tienen pasión política para verla y eliminarla.

De momento me limito a señalar una colección de ensayos breves publicada en 2005 en plena época Bush, autora Rebecca Solnit, escritora, crítica de arte feminista, activa en los movimientos más vitales de su país, los Estados Unidos. La colección se titula Speranza nel buio. Guida per cambiare il mondo (Roma, Fandango, 2005) y en ella yo reconozco un punto de vista muy cercano a mi práctica política. Por ejemplo, leo este pensamiento, que está en la base del movimiento de las mujeres: "En el corazón del proceso está la restitución a las personas de su capacidad creativa y la reactivación de su potencial de intervención en el mundo". Pero en el libro no hay referencias concretas a esta o aquella práctica, sino a la creatividad que tienen los pequeños grupos afines, como los llama ella.

Lo que Solnit declara es su deseo: "Quiero proponer una nueva visión del mundo en el que se dan las transformaciones… quiero recomenzar, con una imaginación adecuada a las posibilidades y a las singularidades y a los peligros que están en esta tierra en este momento".

De ella me ha llamado la atención sobre todo la síntesis en tres palabras de lo que la práctica de la diferencia, por aproximación, se propone desde hace años: el problema hoy, dice ella, está en cambiar el imaginario del cambio.

Solnit critica la "visión mecanicista del cambio" que tienen los activistas tanto de la izquierda marxista como los de la izquierda radical y liberal, los cuales esperan siempre resultados finales y definitivos desde simples relaciones de causa/efecto con rentabilidad inmediata. A esta manera de ver, ella contrapone "el tiempo con sus humores, su lentitud, su prontitud".

Pienso en mí, en mi imaginario de chica joven llenísimo de revolución, toma del poder, etc., y pienso en su repentino vuelco, llegado con la toma de conciencia de que mis deseos eran otros y que aquel imaginario en realidad tapaba idealísticamente mi sufrimiento de mujer. Y desde allí volver a empezar con las otras. Y, sí, también la lentitud de otras modificaciones. Y lo repentino de otras intuiciones.

Según Solnit, el cambio primero y más difícil de dar a entender es el darse cuenta de "que la política nace de la difusión de las ideas y de la imaginación que toma forma… y significa que los cambios que cuentan no se escenifican simplemente en forma de acción sino en las mentes de quienes son descritos como ‘el público’." La revolución que cuenta es la que ocurre en la imaginación, lo cual equivale a afirmar que la revolución no se presenta necesariamente como una revolución".

Solnit añade que no está de acuerdo con concebir el compromiso político como algo que sirve para las urgencias sino más bien como una parte, parte alegre, de la vida cotidiana, y lanza un desafío a las certezas de la política tradicional de izquierda, no sustituyéndolas sino disolviéndolas "como hace el agua, no para crear algo en el futuro sino para construir en el presente la política del aquí y ahora, poniendo el contexto más que la ideología".

Con mucha valentía, Solnit invita de hecho a la izquierda a dar la espalda al futuro citando la frase de Virginia Woolf: "el futuro es oscuro, lo cual, resumiendo, es lo mejor que puede ser el futuro, creo". Para la política, concluye Solnit, no es importante tomar el control del futuro sino "dejar correr", que es lo más potente que se puede hacer: abandonar el poder y encontrar la libertad.


Negociaciones fuertes, negociaciones débiles. Lia Cigarini

["Via Dogana" 101 (junio 2012)]

El manifiesto Imagínate que el trabajo se abre con una auténtica propuesta: Primum vivere anche in tempo di crisi ("Lo primero vivir, también en tiempo de crisis].

La prueba de que ese enunciado se corresponde con la experiencia femenina, se ha tenido después en muchísimos encuentros para discutir el texto.

Las preguntas, sin embargo, se plantearon inmediatamente: ¿cómo estar a la altura de la apuesta simbólica que está en juego? ¿Cómo mantener vivo y multiplicar un intercambio político entre experiencias distintas lo suficientemente intenso como para producir cambios en el trabajo?

Se vio enseguida la necesidad de que el lenguaje incorporara una desviación simbólica. Un buen ejemplo de desviación simbólica fue en los años setenta y ochenta la sustracción física y simbólica de las mujeres de la política mixta. Fue en aquellos años cuando empezamos a crear relaciones entre mujeres.

Hoy, en la realidad social hay muchísimas relaciones de intercambio entre mujeres y entre mujeres y hombres. Hoy se trata de nombrarlas como tales y de hacer que respondan mejor a las exigencias femeninas. Todos los días intercambiamos algo con las mujeres con las que hacemos política, con las médicas, las abogadas, las sindicalistas, las empleadas, etc. Y con todos los hombres que pueblan el mundo del trabajo. La riqueza de los intercambios es también cualitativa, creada por su variedad y por su dinamismo.

Por eso, hace mucho que valorizamos las figuras del intercambio. ¿Qué quiero decir? Que no dejamos correr las cosas según las sensaciones del momento. Que reconocemos (o inventamos) una economía relacional que cuidar y enriquecer si es posible o, cuando menos, salvar. Que difundimos este saber. Gracias al Ágora del trabajo hemos descubierto, sin embargo, una dificultad persistente en la contratación o negociación, tanto en la individual como en la colectiva.

Yo pienso que esto ocurre porque no tenemos todavía síntesis lingüísticas, que pueden nacer solo de una atención especial al flujo lingüístico, palabras más intensas y más recurrentes a las que las personas acuden más al referirse a las ganancias y a las derrotas padecidas en el trabajo. El feminismo ha trabajado mucho con las palabras, operando el rescate simbólico de la experiencia y de la práctica de las mujeres. Y ha creado figuras que sirven en los intercambios entre mujeres: diferencia, autoridad contra-poder, relación, cuidado, affidamento, doble sí, etc.

Pero en el trabajo y en la economía vencen: el dinero, la competitividad, la carrera, la productividad, el beneficio.

Con el doble sí ha aparecido y se está imponiendo una novedad positiva que funciona como figura del intercambio entre mujer y hombre y con la sociedad: las mujeres-madres, negociando tanto en singular como en grupo los tiempos de trabajo, están poniendo en circulación la diferencia sexual. He aquí un ejemplo positivo.

En cambio, la autoridad de la práctica y de la palabra de las mujeres, indispensable, a mi parecer, en la negociación y, por tanto, en la política, es un medio fracaso: los hombres desaparecieron pronto del Ágora; los mismos hombres que quieren cambiar todo el ordenamiento existente, y muchas mujeres vinculadas con la política segunda, se limitan a perorar la inclusión de las mujeres en el orden existente.

El paso difícil es el de meternos en la negociación con las otras/os con lo que somos y tenemos de más vivo, teniendo como fin el ganar autoridad, tiempo para ti, dinero, vida social y profesional.


Hacia Paestum. Lia Cigarini

[octubre 2012]

Escribí este breve texo, que incluyo entre los apéndices adjuntos, para el blog preparado para la inciativa de Paestum.

En Paestum no se habló de Paestum. No se habló de diferencias territoriales. No se habló de lo distinto que es materialmente (y quizás también simbólicamente) el vivir en Capaccio o en Mantua, en Casal di Principe o en Cremona.

Tal vez las meridionales, aunque significativamente presentes, no hablaron de esto por miedo de volver a caer en la trampa de la identidad que se define en manidas categorías que nada dicen de la realidad. O quizá porque piensan, pensamos, que los contextos, como los objetivos, son ajenos a la fuerza y que esta se manifiesta eficaz y, a veces, también indiferente a las condiciones materiales.

Me he preguntado y me pregunto sobre esta "insidiosa latitud" que puede casi obligar a estrategias cuantitativas, resarcidoras de derechos negados. Sé que solo el saber de los sitios generado por relaciones (con mujeres y hombres) que en esos sitios se estructuran y se alimentan, puede cambiar de raíz también las situaciones más agrias.


Ayer estuve en Paestum. No me equivocaba de fecha. Quería, como me suele pasar, mirar la belleza que exhiben las líneas de los tres templos dóricos, atravesar las salas del museo dirigido por mi amiga Marina Cipriani, irritarme por la presencia arrogante de souvenirs insensatos, encontrar un hilo capaz de transformar el conocimento que tengo de los sitios (nací y vivo en Castellabate) en una guía breve para todas las que vendrán el 5, 6 y 7 de octubre. Una guía que ayude a quien venga, quizás por primera vez, a uno de los sitios más "silenciosos" y, por tanto, más sugestivos del Mediterráneo. Casi nulas las huellas escritas de la experiencia de una ciudad que confía su memoria a los vasos, a las joyas, a los restos arqueológicos que siguen y testimonian el incidir de los siglos y el sucederse de los vencedores en el gobierno y en las costumbres, a la extraordinaria intensidad de las lápidas funerarias ordenadas en una vehemente pinacoteca que muestra esculpida en las lajas de piedra la antigua diferencia originaria entre hombres y mujeres. La frontera entre lo doméstico y lo público. El poder y la ternura. Detrás de los templos, en el confín de una montaña que los envuelve y protege, la iglesia dedicada a la Virgen del Granado. Heredera directa de Hera, de sus símbolos y de sus tareas protectoras. Al sur Agropoli, quizás la primera etapa de aquellos griegos que, fascinados, descubrieron lugares, colores, perfumes que parecían repetir lugares, colores y perfumes de las tierras que habían dejado devorados por el deseo de potencia. Después el Cilento, dividido entre costa e interior. Entre un mar extraordinario, a pesar de las agresiones, a pesar de la humillación cotidiana que sufre, y los pueblos que siguen a los ríos, conservan (cada vez menos) tradiciones, connotan el gran parque nacional. Una tierra antigua, democrática y reaccionaria, reserva pobre durante años (hasta la segunda mitad del siglo XX) de emigrantes que seguían a hermanos, tíos, amigos, primero a América y luego al Norte de Europa. Braceros y pastores que aprendían lenguas extranjeras, olvidando a menudo a quienes habían dejado (esposas, hijos, progenitores). Mujeres guapísimas y longevas (el número de las que superan los cien años connota esta área) cultivaban afectos y huertos, educaban, sostenían. Aprendían y transmitían usos y culturas con frecuencia pensadas para excluirlas y mentenerlas a raya. Pobreza y modernidad, dignidad y sufrimiento se entrelazaron en una edición que ha visto afirmarse insidiosa la era de los geómetras, del aluminio anodizado, de antiguos edificios abandonados por una pequeña burguesía con pretensiones nobiliarias depravada y cómplice de un desarrollo que envilece con sus efectos perversos la belleza y la historia. Esto es el Cilento que Paestum introduce. Sur lleno de contradicciones, similar y distinto de otros muchos sitios. Sur que acoge a las mujeres de Primum vivere ofreciéndoles ejemplos de estilos de vida, costumbres, declinaciones políticas, conciencia, silencios homologados, deseos de cambios radicales. Quizá no haya tiempo para un intercambio real con quien habita esta tierra, pero ciertamente no hay que perder la ocasión de una mirada que no olvide o no vea los claroscuros en sus síntesis precarias. Claroscuros. Como la vida.

1 La primera es la política de las mujeres, la inventada por el feminismo de los orígenes, que se estructura sobre el partir de sí y sobre la práctica de la relación, a diferencia de la tradicional, la segunda, dolosamente desencarnada.

2 Catherine A. MacKinnon, Le donne sono umane? (2006), Roma-Bari, Laterza, 2012.

3 El Ágora es un lugar de mujeres y de hombres que afronta en Milán prácticas y teorías sobre el tema del trabajo.

4 Un encuentro celebrado en octubre de 2012, preparado por reuniones primero, en febrero, en Bolonia y luego, en junio, en Roma. Un acontecimiento que trató las urgencias y contó muchas, muchísimas experiencias. Chicas, jóvenes precarias, feministas de todas las edades, discutieron, discutimos, durante dos días, en un juego de referencias cruzadas que volvieron el diálogo especialmente fructífero. Mil mujeres llamadas a debatir un documento que asumía la existencia material, el sucederse concreto de la vida de cada una, como necesario e ineludible inicio de toda reflexión, de toda acción, de todo pensamiento.

5 Mary McCarthy, El grupo, trad. de Pilar Vázquez Álvarez, Barcelona, Tusquets, 2009.

6 Virginia Woolf, Tres guineas, trad. de Andrés Bosch Vilalta, Barcelona, Lumen, 1983; Simone de Beauvoir, El segundo sexo, trad. de Alicia Martorell Linares, Madrid, Cátedra, 2005; Betty Friedan, La mística de la feminidad, trad. de Carlos R. de Dampierre, Barcelona, Sagitario, 1975.

7 Antje Schrupp, Donne al potere nel paese di Angela Merkel: che cosa c’è da festeggiare? "Via Dogana" 99 (diciembre 2011).

8 www.paestum2012.wordpress.com

9 Cura/lavoro: piacere e responsabilità del vivere, 28 febrero 2012 , encuentro convocado por la Libera Università delle donne, la Libreria delle donne di Milano y el Gruppo del mercoledì de Roma.

10 Carolyn G. Heilbrun, Escribir la vida de una mujer , trad. de Ángel G. Loureiro, Málaga, Megazul, 1994.

11 Ina Praetorius, Penelope a Davos. Idee femministe per un’economia globale, Milán, Libreria delle donne, 2011 (Quaderni Via Dogana).

12 Clarice Lispector, La pasión según G. H. (1964), trad. de Alberto Villalba, Barcelona, Península, 1988.

13 La primera es la política de las mujeres, la inventada por el feminismo de los orígenes, que se estructura sobre el partir de sí y sobre la práctica de la relación, a diferencia de la tradicional, la segunda, dolosamente desencarnada.

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