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Textos políticos

Llenando el mundo de otras palabras

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NOELIA PÉREZ MARTÍN

Cuando lo externo nos mata: el atentado de Las Ramblas de Barcelona, 17/08/2017

Decía Simone Weil que “La necesidad de verdad es más sagrada que cualquier otra”, y es muy difícil no acercarse a lo sucedido el 17 de agosto de 2017 en la ciudad de Barcelona sin sentir esta sed de verdad. Al acercarme en busca de un pensar sobre lo sucedido, todo lo que he encontrado está muy alejado de la búsqueda de verdad. Por una lado, opiniones políticas enzarzadas en una confrontación dialéctica. Por otro, mensajes públicos que hablan de Las Ramblas poniendo el énfasis en lo simbólico y significativo del espacio, donde sus autores parecen exponer su maestría sobre la Historia de Barcelona obligándonos a fijar la mirada en un punto concreto y aislando cualquier posibilidad de pregunta acerca de lo acontecido.
Otros mensajes más intuitivos hablan del amor pero lo sitúan no como acción sino como respuesta. Y es que estamos, recordando lo que aprendí de Emmanuel Lévinas, en la comodidad de los discursos que sustentan una realidad inmanente y que se apoyan en lo ya dicho. Y me pregunto ¿cuándo dejaremos de estar a la espera de respuestas tan ajenas y crearemos un decir propio? ¿Por qué ponemos la palabra verdadera en unos medios de opinión, con sus estallidos de mediocridad, que pretenden afianzar la pereza en lo que el liberalismo político llamó clase media? Qué distinto habría sido si no nos hubiesen clasificado en clases y la humanidad viva fuera lo central. De ese modo, viviríamos en la imposibilidad de presencia de ese movimiento binario ascendente-descendente, y lo humano no estaría ensombrecido por la esperanza de una  cima a alcanzar ni sepultado por su promesa. No estaríamos preocupadas y preocupados por vivir entre medidas o proporciones, y jamás seríamos el vaso medio lleno o medio vacío sino torrente de agua viva que se derrama como lo hace el vientre materno cuando da paso al nacer.
María Zambrano nos reveló que es el propio centro la guía del saber humano. Un saber que no se conoce entero, que no se mide ni se puede ordenar sino que guarda (y aguarda) un misterio que a la mente en su tarea de discernimiento se le escapa y que la palabra debe aprender a decir.
Emmanuel Lévinas llamaba a este misterio “hay”. Y es precisamente en ese “hay”, en ese misterioso “algo hay” que aguarda junto al sinsentido, donde aparece mi pregunta ¿Cómo son posibles estos actos de violencia en nuestros espacios de convivencia?
Estuve en La Rambla a los dos días del terrible suceso. La encontré adornada con centenares de flores, dedicatorias y velas en recuerdo de los fallecidos y de la barbarie que supone el horror en el que nos deja todo acto violento. En ese cara a cara con el sitio, fui sorprendida por un sentimiento de ajenidad que me obligó a abandonarlo muy deprisa.
Decidí volver a pie hacia el barrio de Gracia. Volteé un poco las calles de subida desde el centro de la ciudad y fui a parar enfrente de la Parroquia de la Purísima Concepción de María en la calle Aragón. Desde muy pequeña me he sentido atraída por la iluminación, el aroma y la serenidad de los edificios de culto, y siempre que me topo con alguno hago un alto en mi camino y accedo a su interior. Al encontrarme allí, siento que puedo respirar a pleno pulmón y, en cierto modo, trae a mi memoria el juego de infancia del “pilla pilla” con aquellas casas imaginarias que creábamos al sentir que alguien nos atrapaba.
Mientras paseaba y observaba el interior de la parroquia, una de sus publicaciones llamó mi atención. Era la Hoja dominical del 13 de agosto, con un titular en la primera página que decía así “Toda la creación en el corazón de María”. Era una publicación centrada en la festividad del 15 de agosto, dos días antes del atentado, conocida como la Asunción de la Virgen María. En su portada aparecía un artículo del arzobispo de Barcelona, el cardenal Joan Josep Omella Omella, donde aparecían unas reflexiones del papa Pablo VI en el Concilio Vaticano II; “la iglesia tiene una necesidad de Madre”; y el arzobispo añadía: “el mundo tiene una necesidad de madre”.
Con ese llamamiento, que gracias al pensamiento de la diferencia sexual aprehendí como una verdadera y urgente necesidad, salí del recinto eclesiástico y proseguí mi camino, intentando encontrar palabras que nombraran la relación entre el sentimiento de ajenidad que sentía ante el atentado y la frase del arzobispo.
Gracias a la historiadora María Milagros Rivera Garretas supe reconocer que en la teorización para la convivencia en el sistema político socialdemócrata, heredada directamente de las tradiciones politicistas grecorromanas, conocida como contrato social y escrita por Jean Jacques Rosseau en 1762, lo que se llevó a cabo fue la imposición y ordenación de la existencia humana a través de un monólogo que tenía y tiene como eje vertebrador la lucha violenta por el poder. Y este monólogo, aunque no protagonizado por todos los hombres, sí fue estrictamente masculino.
Hoy en día, algunos hombres y mujeres, aunque parecen no haber aceptado el monólogo y claman por la necesidad de un diálogo como posible solución, caen bajo el engaño de contraposiciones dialécticas en el juego de a favor y en contra, sin reparar que no se puede construir nada nuevo desde las luchas de poder. A mí, estas argumentaciones me traen a la memoria una frase de Harriet Ann Jacobs, una madre que vivió la esclavitud norteamericana, y que decía algo así: “Las armas del amo nunca acabarán con él”.
¿Y qué es lo que debe acabar? La violencia por luchas de poder y la construcción de un vivir humano que no tiene en cuenta lo vivo y que deja fuera el saber de la experiencia, el saber de la vida y, por tanto, el único saber verdadero y central porque mana del centro originario de todo lo humano y que sé que es la madre. Pero ¿qué madre? ¿María?
Para el catolicismo, María es la mediadora entre el hombre y Dios, y es la madre, concreta y personal, la que media entre el más allá y el más acá de la vida. Es en ella donde acontece en primera persona el inicio del vivenciar humano aunque, para mí, también hay sentimiento de ajenidad hacia la madre porque pertenezco a una generación en la que apenas nos reconocemos o sabemos qué es ser madre. Hemos crecido en el sistema de la igualdad, que hoy sigue vigente aunque con remiendos, y lo que aprecio es una insistencia del poder en la uniformidad como única vía de desarrollo del devenir humano.
Los hombres ni se pronuncian. Están en silencio. Muy pocos hablan y la mayoría de los que lo hacen no tratan sobre su masculinidad sino que defienden posturas feministas en muchas ocasiones vinculadas con el feminismo de género que sigue enzarzado en el “en contra” y que da paso a una nueva pregunta ¿en contra de qué? De un sistema en crisis, como nos anunciaron hace algunos años, al que no se renuncia.
Pienso que hay una urgencia de dar voz a la madre; pero se debe saber cuál es la propia y con quién debe intercambiarla. Para ello, se debe experimentar una renuncia de la abundancia y dar paso a un decir verdadero desde la carencia que permita un sufrir que tal y como nos recuerda su etimología, es dar paso a lo que está por debajo. ¿Por debajo de qué? De la máscara. Aunque esta máscara ya no es la de persona sino que se ha despersonalizado para digitalizarse y virtualizarse. Hace unos años hice un trabajo para una asignatura universitaria que titulé “deslocalización de las conciencias”. En él analizaba la relación entre el neoliberalismo y la conciencia social deslocalizada. Es decir, la relación entre la mundialización del trabajo y la ayuda al prójimo con la aparición de diversas ong's. Lo que me interesaba era cómo los gobiernos demócratas habían acaparado el trabajo social que hacía la iglesia y le habían privado de toda fe. Es decir, de mirada interior. Se cambia la conciencia religiosa por conciencia social. No se puede excluir que también la iglesia como institución, la católica en concreto que es la que más conozco, no haya querido ser mediadora y controladora entre quien cree y su fe, pero la diferencia está en que se permite la fe. Es decir, se nos permitía interiorizar. En cambio, la conciencia social es siempre externa, es un hacia fuera, ya sea en referencia a otro país, a la estratificación en clases o en Otro/a. Para mí, es un modo de operar masculinizado ya que las creaciones masculinas dominantes siempre se manifiestan fuera de su cuerpo. En cambio, en las mujeres esa posibilidad de creación es dual, ya que se puede manifestar tanto en su interior-cuerpo como en su exterior. Sé que a lo que se nos fuerza es a la creación hacia el exterior y esto lo enlazo con lo que he afirmado anteriormente sobre la virtualidad de hoy en día de la relación de hombres y mujeres y de estos y estas consigo mismos-as. Las redes sociales se explican perfectamente si las vemos como un paso más en la imposibilidad de una relación con el interior. En ellas, lo que actúa es un yo-imagen, un ego que ha escapado del cuerpo a cuerpo y de la mirada del Otro/a, para vivir en una realidad inmaterial. Este entrar y salir, de realidad en realidad, pienso que nos ha traído un sentimiento de ajenidad muy profundo hacia los Otros/as. El poder tenía como objetivo borrar la interioridad porque de ahí nace la libertad humana y eso no se puede ordenar ni controlar; en realidad, sospecho que vivo en una generación que se ha externalizado de tal modo que está enajenada en la construcción ficticia de un sí-misma-o. Se suma además que, aunque noto un deseo de conexión con el ser interno, con el centro del que hablaba María Zambrano, esto se sigue buscando en lo externo y, así, aparecen muchas corrientes espirituales orientales en las que buscamos esa conexión. Pero ¿es que acaso en Europa, o en el caso concreto de la ciudad de Barcelona, no ha habido una espiritualidad propia?
María Zambrano decía que la ciudad es “ lugar de acogida y de envío, un espacio abierto e íntimo donde quien en él habita se siente al par afuera y dentro, cuya imagen deja ver la heterogeneidad de su estructura: espacio cualitativo, sacralizado, dotado de figura, rostro, fisonomía. Es por tanto, centro que une y enlaza, porque atrae y hospeda, aunque también tiene algo de camino, de vía porque proyecta y lleva a transitar, es, pues fronteriza siempre, transmisora, en ningún caso extraña o circunstancial al despliegue de nuestra existencia: puerto y puerta ante la cual hay que depositar una ofrenda”
Barcelona no recibe ofrenda, no es un espacio sacralizado, y es extraña a la existencia de quien la habita porque se ha convertido en un teatro de máscaras capitalistas donde el ser libre no tiene cabida. Y no hay ofrenda porque, como en todas las construcciones democráticas, no hay sitio para lo interno, que no es otra cosa que el misterio, misterio de la existencia humana. Las ciudades como Barcelona están expuestas, exteriorizadas y por tanto, exentas de misterio.
Hace unos meses leí un libro de un periodista de guerra estadounidense, llamado Sebastian Junger, cuya experiencia le había enseñado que las situaciones violentas producían en los hombres un sentimiento de pertenencia a un grupo. Es decir, él como hombre supo ver lo que tiene de invención masculina la guerra o todo acto armamentístico de violencia, es decir, externo. Y es en este punto donde encuentra lugar la violencia en nuestras ciudades. Hay una necesidad interior en los hombres que está silenciada y se expresa en lo desmedido, ya que la violencia explícita está penalizada desde la ordenación liberal de la convivencia. Como he afirmado antes, en nuestras ciudades está negado el desarrollo de la interioridad. Y es que no podía ser de otro modo cuando lo que se construye es la convivencia humana con el silencio de las madres. Ellas, que son la manifestación viva de la creación en la interioridad. De este modo, a las ciudades, centros neurálgicos de esta convivencia, los que habitan le son ajenos, ya que vivimos en nuestra propia ajenidad de lo que es ser hoy mujer u hombre interiormente y, por tanto, libremente, en esta o en cualquier otra ciudad occidental.
Hay que dar voz a la madre, pero primero al qué es ser mujer hoy en día. Hay que mostrar esa potencia amorosa dadora de vida y de palabra, para que los hombres salgan del silencio y, así, enseñarles lo valioso de la relación amorosa. En los antiguos mitos de creación egipcios se nos muestra a los dioses masculinos con una figura antropomórfica pero con rostro de animal y en algunas lecturas no misóginas hablan de Nun como principio femenino. Se nos recuerda que el papel de lo femenino es humanizar lo masculino desligándolo de sus instintos animales mediante la potencia vivificadora del amor. Porque ¿cómo es posible que la dadora del don de la palabra por amor no pueda recibirla? Considero que las mujeres debemos pensar la renuncia y hacer simbólico nuevo a partir de esta porque el silencio masculino trae sospecha y en algunos casos, como el del atentado del día 17 de agosto, trae violencia desmedida. Sin pensar en ella, seguiremos viviendo en este estado de abundancia de lo externo que ciega.

08/09/2017

Universidad de Barcelona
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