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Textos políticos

Llenando el mundo de otras palabras

ANA MAÑERU MÉNDEZ

Los nombramientos del nuevo gobierno

El nombramiento de la ministra de defensa

Tania R. Manglano me ha pedido para el V Encuentro de “La Escuela de lo que está pasando”, donde un grupo de mujeres relacionadas con la educación tratamos de descifrar nuestro presente, que escribiera sobre una noticia que se está comentando mucho estos días en los medios de comunicación y en la calle y sobre la que también hemos hablado nosotras: los cambios y nombramientos del nuevo gobierno, después de que el partido socialista ganara las elecciones generales de 11 de marzo de 2008. Entre ellos me han llamado la atención el nombramiento de Carmen Chacón, que está embarazada en este momento de siete meses, como ministra de defensa y la creación de un ministerio de igualdad, con una ministra muy joven al frente, a quien la prensa enseguida ha ridiculizado, invitando a ponerse a favor o en contra sin saber muy bien de qué: si de la igualdad, de que sea joven, de que sea denostado por los medios conservadores o de su curriculum. También me ha llamado la atención que haya sido nombrado un hombre para luchar (sic) contra la violencia de género (de género masculino, como el suyo), de quien espero que sea capaz de hacer evidente que este es un problema masculino que necesitan plantearse y solucionar entre ellos.

De todo esto, elijo hablar de lo primero porque me parece importante: cuando supe el nombramiento de la ministra de defensa, sentí un escalofrío y la imagen que me vino a la cabeza y que no podía rechazar fue la de Lynndie England, la jovencísima soldada norteamericana que salió en todas las portadas de la prensa mundial por aparecer vestida con ropa militar, mostrando un embarazo avanzado y sometiendo a torturas y vejaciones a un preso iraquí en la cárcel, también tristemente famosa, de Abu Ghraib. Una imagen que me gustaría no haber visto nunca y que, en todo caso, me niego a interpretar en términos simplistas del estilo: “es que las mujeres puestas a ser malas somos las peores”, porque me parece un insulto a la evidencia de lo que vivo día a día.

Sé que no son lo mismo una cosa y la otra, pero la asociación me vino por algo y el cuerpo me decía que no dejara de registrar lo que estaba sintiendo. En parte era miedo a confirmar que este nombramiento me parecía simplemente una perversión, un oportunismo de las llamadas políticas de igualdad cuando estas se convierten en políticas de homologación y además que este hecho lo protagonizaba una parte de la izquierda. Por lo cual todo lo que dijera en contra me clasificaba automáticamente como de derechas, conservadora, facha o retrógrada.

Cuando fui a trabajar y empecé a oír los primeros comentarios de mis compañeras, unas feministas y otras no, me di cuenta de que coincidían la mayoría, también las de derechas e izquierdas con un espíritu compartido, o que parecía haber calado en muchas de ellas, lleno de ardor guerrero: un espíritu vengativo, ahora de mujeres contra hombres, lo cual ya me espantaba por sí mismo. Los comentarios eran del estilo: “Ya era hora de que una mujer les ponga firmes”, “Ahora van a saber lo que es tener que tragar y recibir órdenes de una mujer”, “Se la van a tener que envainar” y otras cosas duras y groseras que nacen del resentimiento, y de ponerse como meta la igualdad con lo que hacen ellos, no la libertad y el deseo de ser por una misma sin tener que estar en contra o en comparación con nadie.

Me costaba decir lo que no estaba previsto oír en medio de aquella aparente unanimidad que yo interpretaba como falta de profundización en algo que nos atañe mucho y que nos lleva a aceptar algo antes de pensarlo, porque ya nos lo dan interpretado como bueno o malo.

La verdad es que en cada ocasión, aunque me ha costado, he dicho lo que pensaba. Me ha costado porque tiendo a la empatía con quien hablo, sobre todo si alguien se acerca felicitándome y diciendo ¡Estarás contenta! A la vez, me deprime pensar la imagen que debo dar cuando veo que esperan de mí que me alegre por esto. En cualquier caso lo he vivido como ocasiones para ponerme en juego y decir la verdad, y así he tratado de hacerlo con resultados desiguales. En algunos casos he sentido que provocaba rechazo, como el que produce una que viene a aguar la fiesta, pero también se han abierto diálogos en los que yo he podido entender algo más de lo que se nos mueve dentro en la aceptación de lo dado y de la facilidad con la que nos deslizamos, mujeres y hombres, hacia la homologación con lo masculino estereotipado, como si esta fuera nuestra meta final y ya estuviéramos alcanzándola.

Lo que pienso y digo, por si sirve a otras y para que haya verdad en las relaciones que mantengo, vale para cualquier contexto, pero en especial para la educación, donde veo cada vez más claro que el papel de la maestra es como dice María Zambrano, ser ese alguien ante quien preguntarse una y otra vez. Por eso es tan importante decir la verdad y tratar de hilar fino en la lectura de la realidad, ante la cual cada vez hay más “traductores automáticos” que lo hacen todo ininteligible y que cierran cualquier atisbo de pensamiento sensato, libre, fresco y nuevo.

Creo que lo que ha ocurrido es una usurpación grave de simbólico. Aunque me fastidie que lo haya hecho este gobierno en el que me convenía confiar y al que he votado, aunque en parte fuera por miedo a los otros y a falta de otra cosa mejor. Me fastidia porque le tengo que retirar el poco apoyo que le daba y es muy incómodo no tener ni siquiera una esquinita donde apoyarte, como busca tener casi todo el mundo. Se hace cuesta arriba a veces no ceder interiormente, pero lo veo así y quiero decirlo.

En los años ochenta, muchas feministas, al menos algunas como yo, dijimos que no queríamos tener derecho a estar en el ejército, porque no queríamos ejércitos, lo dijimos entonces y lo mantenemos hoy, así de claro y así de simple. Durante este tiempo los ejércitos se han maquillado pero cumplen las mismas funciones de siempre, de modo que las guerras no se acaban sino que se multlipican. Mientras, en el simbólico común se van introduciendo palabras del vocabulario militar (combatir, luchar, eliminar); se normalizan conceptos cotradictorios ( fuerzas armadas que velan por la paz); se disfrazan violencias (guerra humanitaria, fuego amigo); se utilizan imágenes (moda de ropa militar, desfiles, películas, videojuegos, portadas de prensa ensangretadas) que nos van acostumbrando al espíritu belicoso y a la violencia.

Esta semana, he leído cómo la nueva ministra ordenaba que se pusieran firmes los soldados. Y he visto las fotografías en las que ellos pretendían representar su acatamiento con un gesto de cabeza y una postura corporal forzadas y casi imposibles, tanto que rayan con lo ridículo cuando podemos despojarnos de la terrible seducción que pueden producir las imagenes que escenifican el poder, un poder que se impone con violencia y que desplaza a la autoridad. Esa autoridad que no se impone con la fuerza, como hace el poder, sino que la reconocemos en quienes la van generando con su manera de hacer y de estar en el mundo, con su sabiduría, con su amor a lo vivo. Una autoridad que buscamos, porque la necesitamos para vivir, pero que confundimos tan a menudo con el poder, dejándonos fascinar por él.

Por eso el nombramiento de la ministra de defensa es toda una contradicción. Es querer mezclar el orden del padre patriarcal, que destruye las vidas con sus ejércitos, con el orden de la madre, representada a través de la imagen de una mujer embarazada que parece legitimar con su presencia lo que está ocurriendo allí. Su cuerpo de mujer que crea vida y la sostiene, colocado allí en medio, parece confirmar que los ejércitos son necesarios y buenos, y abre una falsa ilusión de que pueden ser más humanos si es una mujer quien los dirige. Pero no es verdad: el orden de la fuerza y el orden del amor son dos órdenes distintos y no se pueden mezclar sin que se produzca un gran desorden y mucha confusión en el ser.

De esto es de lo que hay que hablar en clase ahora, señalando que además de algo (que las mujeres estemos fuera de los ejercitos y sometidas a ellos) y de su contrario (que estemos dentro de ellos, incluso liderándolos), existen otras posibilidades. Como dice Christa Wolf en su libro Casandra: entre morir y matar se puede elegir otra salida, que es vivir. En este caso, entre participar o no en las ceremonias y entramados de los ejércitos, podemos optar por que no haya ejércitos. Podemos empezar a pensar que no son necesarios y que pueden dejar de existir. Basta desearlo así para abrir la posibilidad de que esto ocurra.

No tengo la respuesta final y solo puedo hablar de lo que yo he vivido. Nací en una familia de hombres militares, más o menos belicosos, y de mujeres que en general eran menos belicosas que ellos, aunque alguna también lo era. En mi entorno aprendí de manera acrítica a vibrar con los himnos y las hazañas bélicas masculinas, a dar por necesarios los ejércitos, las armas y las guerras para mantener un orden que algún enemigo amenazaba desbaratar siempre. Era un marco que decía proteger a las mujeres dando una falsa sensación de seguridad frente a la fragilidad real de cada existencia humana. Fragilidad que, en el caso de las mujeres, está agrandada y deformada, de modo que nos hace sentir necesidad de protección por parte de quienes precisamente nos generan la inseguridad.

Todo esto es algo de lo que cuesta despojarse cuando ha arraigado en ti, pero de lo que muchas sabemos que se puede salir apoyada en una comunidad femenina fuerte, que no quiere decir violenta, ni armada, ni legitimadora de las guerras. Una comunidad femenina que no está exenta de conflictos y donde lo negativo también está presente, pero donde sabemos por experiencia que se practican relaciones de reconocimiento de autoridad femenina. Una comunidad donde se preserva y se cultiva un orden amoroso, aprendido de cada madre, que crea y sostiene vida y que cultiva la confianza, la belleza y la palabra. Un orden del que tienen mucho que aprender casi todos los hombres.

Es una libertad y un descubrimiento, aunque cuesta llegar a saber y aceptar que estás expuesta a la vida sin más y que todo eso que parece asegurarte frente a lo otro, los ejércitos, las armas, los himnos, las banderas, es lo que no te deja vivir en paz, porque te va llenando de miedos de los que necesitas defenderte con violencia a cambio de una falsa oferta de seguridad. Por eso, aunque me avergüence un poco, confieso que he necesitado un buen rato de trabajo interior y también buscar medida en otras en las que confío, para no alegrarme, como si fuera un triunfo de las mujeres, cuando he oído pronunciar por la radio a la recién estrenada ministra de defensa, esas frases imperativas y de adhesión que forman parte del ritual de los actos militares y que no quiero reproducir aquí porque ya se repiten demasiado, cada día, en todos los cuarteles del mundo. Son frases, tonos y gestos que nos acostumbran a perpetuar y acatar cada día la violencia masculina imperante. Afortunadamente no he visto la escena en televisión, pues creo que el peligro de seducción del poder se multiplica con la presencia corporal de quien lo ejerce, y pienso que la visión del cuerpo femenino fértil en ese entorno es una fuente de desorden incalculable.


Madrid, 31 de mayo de 2008

Releo lo que escribí hace un mes y medio. Ya ha nacido el hijo de la ministra de defensa y, después de hablar con otras mujeres con las que hago política, quiero mantener abierta todavía una esperanza de que ella haga algún gesto verdaderamente transformador. Por ejemplo, como ha sugerido alguna entre nosotras, ir reduciendo progresivamente el presupuesto de su ministerio, mostrando así que su nombramiento no es más de lo mismo, protagonizado en esta ocasión por una mujer que se amolda a lo que le viene dado, sino que algo está cambiando de verdad. Muchas mujeres, también algunos hombres, sabemos que los caminos para vivir en paz no pasan por las guerras. Las guerras destruyen los cuerpos, destruyen la obra de cada madre, que trae una criatura al mundo y la cuida con amor. Espero que la ministra sepa ver esto también.

Texto presentado en: V Encuentro “La Escuela de lo que está pasando”. “Fundación Entredós, Madrid, 19 de abril de 2008.

Universidad de Barcelona
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