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Textos políticos

La violencia de tantos hombres contra las mujeres

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Asun López Carretero

Queridos hermanos

Carta abierta a los hombres

Queridos hermanos:

Os escribo a vosotros, a los que conmigo rechazáis tanta violencia contra las mujeres de vuestros hermanos –hombres- y que sentís también un gran malestar por todo lo que está sucediendo. No puedo ni quiero ponerme en vuestra piel, pero me gustaría intentar compartir con vosotros algunas reflexiones que atraviesan mi cuerpo. Siento un dolor que se apodera de las entrañas. Las noticias de este verano han sido estremecedoras.

¿Qué pensáis de esos hombres que confunden amor con violencia? Hombres incapaces de establecer vínculos. Que hacen de la violencia su forma de relacionarse. Que confunden sexo con posesión. Hombres que tienen una mirada tan destructiva que prefieren asesinar la vida antes que aceptar sus propios límites.

Hace años muchas mujeres dijimos NO a tanta violencia consentida y aceptada en un mundo dominado por el patriarcado. Muchas dejaron a sus parejas haciendo de este gesto un gesto político de una trascendencia revolucionaria. No más hipocresía. No más sufrimiento. No más dominio de los cuerpos.
Más adelante la libertad ganada la nombramos como “El final del patriarcado”. Quisimos significar con ello que las mujeres hemos dejado de dar crédito a un orden simbólico basado en la fuerza y en el dominio de los cuerpos. Origen de todas las violencias que vivimos cotidianamente. Y hemos puesto en palabras otro orden de sentido que sostenemos las mujeres nombrado magistralmente por Luisa Muraro como: “El orden simbólico de la madre”. Un orden que apuesta por la vida.
Sin embargo, muchos hombres -como algunos de vosotros habéis reconocido- no se han desplazado del orden patriarcal ni han sabido ni querido reconocer la libertad y la autoridad de las mujeres. Socialmente perdura el orden de la fuerza y la palabra de las mujeres muchas veces es puesta en causa o no escuchada como una verdad inapelable. Esto sucede cuando una mujer, por ejemplo, denuncia un maltrato. He tenido este verano testimonios directos de mujeres que han sufrido y sufren una violencia extrema cuando tratan de finalizar una relación de pareja.
Las violencias se han manifestado no solo en el maltrato directo físico o psicológico a las mujeres, sino también en los casos de que la mujer dice basta y se produce la separación; en el uso de esta violencia con los hijos/as directamente o amparados en las leyes de la supuesta igualdad. Utilizando así a los hijos como moneda de cambio para ejercer toda clase de estrategias de venganza y domino. Llegando incluso al asesinato.
¿Por qué digo supuesta igualdad? La igualdad, en principio un valor ético deseable, se ha convertido en un boomerang en una sociedad dónde no se acepta la diferencia, donde siguen dominando las relaciones de poder y, como consecuencia, muchos hombres se acogen a un simbólico en el que no tiene cabida la frustración y la pérdida. Donde los conflictos se siguen resolviendo por la fuerza.
Todo ello enmarcado en un momento de neoliberalismo atroz en dónde el poder económico ha favorecido unas subjetividades guiadas por la codicia y el individualismo y, como consecuencia, ha generado unas desigualdades extremas.
Muchas de las ganancias de la libertad femenina han quedado subsumidas en una libertad banal sin un calado político. La diversidad de orientaciones sexuales y de formas familiares se tolera junto a una precariedad de los vínculos porque no ha desplazado profundamente las relaciones de poder. Una de las caras más oscuras de la globalización es la disolución de las singularidades y del valor de las relaciones. Y creo que esta disolución es fruto de la negación del valor simbólico y político de la diferencia sexual.
La paternidad, por ejemplo, se ha convertido en un derecho “biológico” y las más de las veces también económico. No hay un trabajo simbólico que garantice una paternidad deseada y sostenida. Estos hombres no han reconocido en sus madres y en sus parejas ese trabajo simbólico que desarrollamos las mujeres. Es verdad que nuestro cuerpo tiene la capacidad de dar vida, pero la vida humana no es solo un hecho biológico, sino del orden simbólico. El orden que garantiza la humanización del ser. Que se sostiene en el deseo de la madre de acompañar a esa criatura para luego dejarla volar.
Curiosamente esa relación primigenia -que, por supuesto, no está exenta de dificultades-, pero que garantiza la viabilidad del ser, solamente ha sido criticada o idealizada por el patriarcado. Dos modos de no reconocerla.
El trabajo que comporta la relación (el encuentro con otro distinto de mí) se ha convertido de un modo u otro en mercancía. En nombre de la igualdad se ejerce violencia sobre mujeres y criaturas. La venganza está a la orden del día. La libertad es la libertad neoliberal en la que no hay límites y tal como veo en mis alumnas y en algunos alumnos causa de mucho sufrimiento innecesario.
También es cierto que la libertad ganada por las mujeres ha dado sus frutos, pero ahora focalizo la cuestión de la violencia que sigue invadiendo nuestras vidas. Preocupa también que algunas mujeres jóvenes no quieran compartir la maternidad con un hombre. Cuestión que abre un laberinto de ambigüedades, porque finalmente fenómenos como la reproducción asistida también están en manos de los hombres.
Desde mi experiencia y la de otras mujeres sé que existen muchos hombres distintos que están buscando un lugar en el mundo lejos del simbólico patriarcal. Pero con todo lo que sucede a nuestro alrededor: divorcios con amenazas, dolor, asesinatos, etc… ¿cómo os posicionáis ante esta igualdad interpretada como derecho?
Algunas mujeres pensamos que no se puede regular algo que es de otro orden, del orden del amor y del deseo. ¿Qué pensáis de todo este trabajo simbólico que comporta la relación con las criaturas, con la pareja?
La relación entre mujeres nos ha dado oxígeno y libertad relacional, algo muy distinto de la libertad solipsística. Y con ella hemos creado formas políticas genuinas. Pero resulta difícil que estas ganancias fructifiquen en un mundo mejor para todas y todos.

Ante todo este panorama me surgen otras preguntas: ¿Por qué no escucho declaraciones firmes de estos hombres no violentos en este terreno, como por ejemplo se hace con la corrupción económica? ¿Hasta qué punto vuestro compromiso toca el hueso duro de la violencia? ¿Hasta qué punto la sexualidad masculina está siendo cuestionada? Y, con ella, la violencia en las relaciones.

Esta carta no es una crítica a vosotros que rechazáis la violencia, sino una invitación a profundizar en las ambigüedades de nuestro tiempo. Todavía perdura la dicotomía privado-público en muchas mentes masculinas. Y sobre todo en la política institucional de muchos hombres. Pero las relaciones de poder son trasversales a todos los ámbitos y, como consecuencia, se admite la tolerancia de la violencia de distintas formas.
¿Qué gestos políticos están en la mano de cada una y cada uno? Creo que en cuanto a la violencia la pelota está de vuestro lado.
Que urge dar un paso adelante.

Esta carta también es una invitación a buscar espacios de intercambio en que hombres y mujeres podamos poner en palabras nuestras experiencias dispares, partiendo de ellas para acabar con la explotación y la violencia.

Asun López Carretero

Barcelona noviembre 2015

Universidad de Barcelona
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