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Textos políticos

La violencia de tantos hombres contra las mujeres

La violencia contra las mujeres no es una lacra social

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.MARÍA-MILAGROS RIVERA GARRETAS

La violencia contra las mujeres no es una lacra social

La niña Alicia

La violencia contra las mujeres no es una lacra social

Este texto querría ser un pequeño homenaje a Alicia y a su madre. Alicia es la niñita de meses violada y asesinada (tirándola por una ventana) la semana pasada por el hombre que debería de haberle hecho de padre. Fue enterrada el 29 de enero de 2016 en Hontoria del Pinar (Burgos), el pueblo donde vive la familia de la madre.

Por las mismas fechas, el violador y asesino de otra niña, Eva Blanco, se suicidó ahorcándose en la cárcel en la que por fin estaba preso después de años de impunidad y fuga.

En los medios de comunicación se oye decir que estos delitos nauseabundos son una lacra social. Pero no lo son. No lo son porque la parte más significativa de la sociedad somos las mujeres, y no los cometemos, ni estos delitos ni casi ninguno (entre el 8 y el 10 por ciento de la población reclusa en España es mujer). No lo son porque la sociedad no comete delitos sino que los sufre; los sufre como comunidad de hablantes que se queda sin palabras y sin respiración cada vez que es cometido un delito contra una mujer o una niña, depositarias de la lengua materna y del aliento de esa comunidad de hablantes.

El cuerpo de mujer es portador y dador de vida y de palabra. Es un cuerpo sagrado. Lo es porque está consagrado por su propia naturaleza a la vida y a la palabra, también cuando no se decide o no puede dar a luz. Lo prueba el hecho de que, en los últimos años, algunos violadores y asesinos de mujeres o niñas se suiciden. No pueden soportar el peso de su delito contra este sagrado. Su sexualidad, utilizada como arma contra la creación y no como instrumento de la creación femenina, es la que los sentencia y condena al suicidio.

Cuando uno de ellos se suicida, entre las mujeres se siente alivio pero no reposo. Alivio porque no creemos en la posibilidad de su reinserción en la sociedad. Inquietud porque sabemos por experiencia que la violencia no se acaba con la violencia. E inquietud, también, porque si prestamos atención al orden simbólico, que no es otra cosa que la lengua materna u orden simbólico de la madre, las mujeres sabemos que en ese suicida hay un grito desesperado a su madre y al orden simbólico que ella enseña.

El final del patriarcado ha dejado a la sexualidad masculina, en particular a la heterosexual, sin ley y, por tanto, sin límite, sin límite sagrado. Y el orden simbólico de la madre, recuperado para nuestra filosofía hace ahora veinticinco años por Luisa Muraro y la comunidad filosófica femenina Diótima de la Universidad de Verona (www.diotimafilosofe.it/), no acaba de acertar a orientar la sexualidad masculina adulta en el aprendizaje de su límite sagrado, su límite verdadero, el humano femenino.

Me pregunto si las mujeres recordamos suficientemente a nuestros hombres que el cuerpo de mujer y el de niña son sagrados y, por tanto, inviolables e intocables. Me pregunto si pudo hacerlo la madre de Alicia. Me alivia el decir que algunas o muchas sí se lo recuerdan. Por ejemplo, la madre de una de las niñas violadas y asesinadas hace unos años en Alcàsser, la cual, cuando se empezó a discutir sobre los derechos penitenciarios de los condenados, rompió el compadreo y dijo públicamente: “los derechos eran de las niñas”.

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