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Textos políticos

Presentación de la Revista DUODA

La revista DUODA 2-40 (1991-2011)

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MARÍA MILAGROS RIVERA GARRETAS

La revista DUODA 2-40 (1991-2011)

Presentación del núm. 40 y Celebración de los 40 números de la Revista (1991-2011). 16 de septiembre de 2011. Centre de Cultura de Dones Francesca Bonnemaison

La revista DUODA nació en 1991, en un centro de investigación de mujeres de la Universidad de Barcelona que se llama también Duoda. El centro lo habíamos fundado en 1982 unas pocas mujeres que éramos entonces, unas, profesoras no numerarias, otras, estudiantes y, otras, recién licenciadas en Historia. El primer nombre del grupo fue Centre d’Investigació Històrica de la Dona; este nombre se fue transformando como sin querer en Duoda precisamente a raíz del nacimiento de la revista y del impulso de un grupo de investigación fundado en 1988 que se llamaba Projecte Duoda.
El nombre de Duoda lo tomamos de una escritora que la historiografía feminista había redescubierto algunos años antes con sorpresa, porque de ella no habíamos oído hablar en la universidad. Duoda o Dhuoda fue una noble franca muy culta, de lengua materna germánica, nacida hacia el año 803. Se casó en la capilla palatina de Aquisgrán con Bernat de Septimania, un sobrino segundo de Carlomagno, pasando al casarse a ser marquesa de Septimania y condesa de Barcelona, Girona, Ampurias y Rosellón. Vivió en Uzès, donde nació, el 29 de noviembre del 826, su “deseadísimo” hijo Guillermo; casi quince años más tarde, el 22 de marzo del 841, nació su hijo Bernat. Poco después, el marido se llevó a los dos niños, con el fin de usarlos como prenda de sus intereses y luchas de poder. Para aliviar su dolor y contribuir a que sus hijos pensaran en ella y se educasen según su deseo, Dhuoda les escribió entonces, en latín, un Libro manual –o sea, un libro que llevar y tener a mano–. Lo empezó el 30 de noviembre del 841 y lo terminó el 2 de febrero del 843, sin saber todavía qué nombre le habían puesto a su hijo pequeño. En la Biblioteca de Cataluña, se conserva uno de los manuscritos de su obra (BC 569).
La figura de la escritora Duoda fue una luz para las fundadoras de la revista. Porque nos indicó un horizonte simbólico –o sea, un horizonte de sentido– que no se cerraba en la insignificancia o en la miseria femenina, sino que estaba abierto infinitamente a la libertad, a una libertad propia de mujer porque orientada por la fecundidad, la fecundidad en todos los sentidos de la palabra. Descubrimos que Duoda no había respondido a la violencia de su marido con más violencia, es decir, no había sucumbido a los términos que él imponía, ni se había quedado tampoco ni paralizada ni ahogada en el lamento. Sino que había inventado una mediación extraordinaria: un libro con el que ella procuró educar a sus hijos para la felicidad y para la vida, guiada por el amor que sentía hacia ellos. El deseo que le movió a escribir fue –según ella misma dice– el hacer lo posible para que sus hijos vivieran y fueran felices: algo así de simple y así de difícil. De esta manera, ella alcanzó algo esencial para una mujer, algo que es la independencia simbólica.
La mediación inventada por Dhuoda para obtener la independencia simbólica –mediación que fue el libro vivo, el libro que propicia la vida enseñando la competencia de saber estar aquí en el mundo– es la única que ha perdurado en el tiempo con fecundidad, inspirando a mujeres que vivimos más de once siglos después de ella; no quedando, en cambio, de su marido mas que su condición de padre y la memoria de luchas nobiliarias de poder en la corte carolingia, luchas terribles que le costarían la vida, pues fue decapitado en Toulouse por orden del emperador Carlos el Calvo meses después de que Dhuoda terminara la escritura de su libro.
La revista Duoda tiene desde que nació un rasgo original. Es su ser camino de transmisión y de creación de política y de pensamiento de la diferencia sexual. En ella se han publicado muchos artículos dedicados a distintos aspectos de la política de las mujeres; por ejemplo, a la autoridad femenina, la libertad femenina, el orden simbólico de la madre, la práctica de la paz, la disparidad entre mujeres, la escritura femenina, el final del patriarcado, las expresiones libres del ser mujer en la historia, la excelencia femenina..., etc.
“La diferencia sexual es uno de los problemas o el problema que nuestra época tiene que pensar”, escribió Luce Irigaray a principios de los años ochenta del siglo XX. Porque el sexo femenino –decía Irigaray– “no tiene nada que ver”: no tiene nada que ver en el doble sentido de que está oculto y de que no tiene nada que ver con el sexo masculino. Hoy ya no es un problema la diferencia sexual, sino una riqueza para la convivencia política. Pero la seguimos pensando y, sobre todo, practicando, porque cuesta ponerla en juego en el conocimiento y en la política, ya que el poder social se empeña y se esfuerza de mil maneras en ocupar él solo todo el espacio de la política y del conocimiento. La diferencia sexual es el hecho de ser mujer u hombre, interpretado y dicho por cada mujer u hombre en lengua materna, es decir, libremente, sin sumisión a ideologías, aunque las conozca y, algunas, las admire.
En cuanto al número 40 de la revista, voy a conectarlo primero con un artículo del 39 titulado La herencia de las trovadoras: de las trovadoras a las preciosas, de Marirì Martinengo y Marie-Thérèse Giraud, porque tiene un vínculo de sentido con el Tema monográfico del 40, dedicado a La historia viviente.
El artículo sobre La herencia de las trovadoras dice algo que me parece importante sobre la memoria histórica de las mujeres. La memoria histórica es una cuestión que preocupa hoy a los hombres y a las mujeres de maneras distintas. A las mujeres, lo que hoy se entiende por memoria histórica, que son principalmente hechos traumáticos, guerras y terrorismos, nos interesa para encontrar mediaciones con las que rescatar y redimir esa memoria, de modo que no pese tanto sobre el presente que aborte su creatividad, la creatividad propia del presente. Pero las autoras de este artículo nos traen la memoria de la belleza, del amor, de la poesía, de la conversación y de la práctica de la relación: es decir, nos traen la memoria de otro simbólico, un simbólico que no tiene nada que ver. Y traen también a la cabeza otra cuestión que interesa mucho a quien quiere adentrarse más en la historia, en su utilidad para la vida hoy. Es la cuestión de la continuidad del relato, de las historias, y su manera de enlazarse en el tiempo. La historia masculinamente entendida es continua, encadenada; las filósofas de Diótima han asociado la historia de las mujeres con la discontinuidad. En el artículo de DUODA 39 que comento se documenta la discontinuidad, sí, de nuestra historia, pero entrelazada siempre con una continuidad subterránea, la continuidad de la genealogía y de la lengua maternas; una historia oscura, que a temporadas “no tiene nada que ver”, como pasa con el ciclo de vida de muchas plantas, y que sale para darse a conocer cuando llega el tiempo en el que las mujeres con independencia simbólica tienen algo, algo propio, que decir. Así ha ocurrido con la memoria de las trovadoras, que es historia de la política de las mujeres hecha poesía, historia que las preciosas del siglo XVII conocieron y rebrotaron con muchísima creatividad, y que nosotras perdimos de pequeñas y hemos reencontrado de mayores, de nuevo con una potencia creativa especial.
Sobre el monográfico de DUODA 40, La historia viviente, puedo decir que tiene la importancia que una le pueda o le quiera dar a un cambio radical de camino, de camino de comprensión de la historia, y de horizonte de sentido del lenguaje de la historia. Este camino deja de lado por completo el método tradicional, un método, el tradicional, consistente en escuchar la memoria y mirar la vida apuntándose a la hilera de lo ya pensado y dicho. Lo deja atrás para poner en medio, entre pasado y presente, a la historiadora que está escribiendo y explicando la historia. Esta revolución la están haciendo las que forman la Comunità di storia vivente de la Librería de mujeres de Milán. Cinco de los seis artículos del Tema monográfico del número 40 están escritos por ellas: por Marirì Martinengo, Laura Minguzzi, Luciana Tavernini y Marina Santini, y uno, breve, en común. La historia viviente es una práctica en la que la escritura de la historia se mezcla y combina con el desciframiento de los nudos íntimos de la historiadora o del historiador, esos nudos que no le dejan hablar o actuar políticamente con soltura y originalidad.
Marirì Martinengo escribió de ello en el libro, de 2005, titulado La voce del silenzio. Memoria e storia di Maria Massone, donna “sottratta”. Parte de este libro está traducido en el Monográfico de Duoda 40. En ese libro, Marirì Martinengo escribió que “Hay una historia viviente anidada en cada una y cada uno de nosotros, formada por memorias, por afectos, por signos en el inconsciente; no creo que solo tenga valor histórico lo que está afuera, lo que otro ha certificado, la famosa historia objetiva. Yo narro una historia viviente que no rechaza la imaginación, una imaginación que hunde sus raíces en la experiencia personal, historia más verdadera porque no borra las razones del amor, no expulsa las relaciones de su proceso cognitivo”. Su historia viviente era la memoria de su abuela, Maria Massone, recluida en una casa de reposo desde algo después de dar a luz a su quinto hijo hasta su muerte muchos años después. Del desciframiento y el relato de esta historia, vivida en su inconsciente y en sus síntomas, ella hizo la tela de araña de su obra de historia, de su libro concreto, y, también, de su propia transformación personal para vivir más libre y con más gusto por las cosas, las relaciones y la felicidad disponible, felicidad que muchas veces está ahí pero algo la estorba y una no alcanza a disfrutar. A esto se le puede llamar “liberación de la objetividad”. No solo sin renunciar a la verdad, sino mostrándola o, mejor, atreviéndose a “abrazar lo verdadero”, como dicen las autoras de la Comunità di storia vivente en su conjunto, en el breve texto común titulado Premisa esencial.
Laura Minguzzi, en su artículo La historia rechazada, historia como vida significante, trabaja el nudo, quizá el más difícil, de la vida de una mujer, que es la muerte violenta de la madre cuando la hija es una chica joven. Y logra escribir, desde la observación (cuando esta llega a ser posible) de los síntomas de ese nudo, la historia del proceso de transformación violenta de una zona del norte de Italia, de rural a industrializada durante la segunda mitad del siglo XX. Hasta ser incluso capaz de asociar la obcecación masculina por la industria química de esos años con el agujero de ozono y, este, con el agujero irremediable que dejaron en sus entrañas la muerte de la madre y los acontecimientos (depresión, destructividad de cierta medicina, etc.) que la precedieron durante años. Puedo decir que costará olvidar la clase de historia de la industrialización de Europa en la segunda mitad del siglo XX después de leer este texto o escuchar su explicación en un aula.
Luciana Tavernini en Los grumos oscuros del desorden simbólico explica su práctica de la historia viviente narrando, entre otras cosas, experiencias vinculadas con la sexualidad que están en el origen de una dificultad bastante femenina que es el hablar en público, o sea el tomar la palabra para decir lo que es. Habla, por ejemplo, partiendo de sí, de las consecuencias que puede tener la dificultad de la madre para encontrar las palabras con que contar a su hija la concepción y el nacimiento; esta dificultad de la madre oscurece la relación de la hija con la heterosexualidad y, en su experiencia, resulta o puede resultar creadora de falsas vivencias, de esa tendencia femenina a fantasear, a desrealizar.
Marina Santini, en El rostro ambiguo de la preferencia, descifra su experiencia infantil de alumna preferida de la maestra y de la contradicción entre las ideas políticas de la maestra y las de su madre y su padre; y lleva esta experiencia a la historia de la necesidad y de la dificultad para formular juicios u opiniones propias en su vida adulta; y la lleva, también, a la historia de su profesión de maestra, una profesión ejercida por ella durante los últimos veinte años, años en los que la pedagogía de la diferencia ha apostado precisamente por la preferencia en el trato entre profesora y alumnas concretas, preferencia que impida que el principio de igualdad de los sexos allane la riqueza de la diferencia de ser mujer, y que a Marina, a consecuencia del grumo suyo infantil, le costó ver en lo que tenía de posible fuente de libertad femenina hasta que lo trabajó en la comunidad de historia viviente.
En alguno de estos artículos sale la experiencia que dice que, a veces, la práctica de la historia viviente se libera más cuando la madre ya no está. Esto es así, no porque ella fuera un obstáculo insuperable para esta práctica, sino porque la hija toma entonces conciencia de que la madre tiene un límite, un límite que indica que no se le puede pedir todo, es decir, que los grumos que ha dejado la relación con ella son, precisamente, limitados, superables, y que hay una parte sustancial que pertenece a la hija en el trabajo de lo negativo de la relación con la madre.

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