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Luisa Muraro

Non è da tutti. L’indicibile fortuna di nascere donna. La indecible suerte de nacer mujer

Barcelona,
Pròleg, 3 de abril, 2014, 19h.
Presentación del libro La indecible suerte de nacer mujer por Elizabeth Uribe Pinillos

Buenas noches
Quiero agradecer en primer lugar, tener la palabra en el día de hoy para presentar el libro de Luisa Muraro, “La indecible suerte de nacer mujer”. Luisa Muraro es una de las mujeres más significativas en la vida de muchas de nosotras. Ese agradecimiento tiene nombres: la propia Luisa, Milagros Rivera y Elisa Varela y, las integrantes de DUODA.
A Angels Grasses y Núria Monrós les agradezco el acogernos en este espacio de Pròleg y, por supuesto, agradezco cada una de vosotras el estar hoy aquí.
Invoco en esta presentación a la niña que habita en nosotras. A quienes estamos aquí y a quienes no también, hasta ahora ha sido así, una mujer nos dio a luz, y con ella nos dio la vida y la lengua. A muchas de nosotras, quizás a la mayoría, esa mujer o “quien por ella” nos contó cuentos. Algunos leídos, otros inventados por ella como hacía Mayla, mi madre cuando yo era una niña.
Esta noche quiero relatar a modo de cuento una historia que otra mujer, en este caso, Luisa Muraro no sólo nos ha ido contando sino también con ella hemos ido transformando nuestra vida y relación con lo real.
Muchos de esos cuentos que mamá contaba se me han olvidado. Lo que no he olvidado es la sensación de placer, de felicidad, de hormigueo en las tripitas, en el corazón y la creencia inmensa, infinita de que todo era posible en y con sus palabras, salidas de su mente, su imaginación y que luego haría y serían también el punto de partida de las mías.
Leyendo a Luisa, he ido, en paralelo, viviendo su relato, saltando por dentro y con ganas de hacerlo por fuera de alegría, sintiendo que el círculo virtuoso de su saber encontraba más y más disponibilidad en mí, y se adentraba más y más en mí. Sigo sus indicaciones: “A quien me pida un balance final de tanta aportación, le sugiero que mire a su alrededor y reconsidere su vida hasta aquí.”
“Pienso,…en la manera verdaderamente lujosa en la que, excepto en casos desafortunados, las mujeres que son madres gestan y traen al mundo a sus criaturas, con pensamientos, proyectos, sueños y, luego besos, abrazos, vestiditos, gorritos, palabras, nanas. Y más aún pienso en el resto, es decir, en lo que no es procreación. Que es tanto que, sin ello, los más lúcidos piensan que el mundo se habría quedado reducido a una puerta desquiciada sobre el vacío”.
A medida que fui creciendo tomé conciencia de la aventura, el reto y la dificultad de ser mujer. Dice la autora: “Que haya mujeres es una suerte para la humanidad, pero ser mujeres no es fácil”.
Cada una de estas situaciones las fui reconociendo, particularmente la dificultad de ser mujer cuando por primera vez la mujer a quien más admiraba intelectualmente en Colombia Rocío Londoño me habló de una brecha que, según ella y los estudiosos, existía entre los hombres y las mujeres en muchos terrenos. En mí, la conciencia de esa brecha, no existía o por lo menos no era consciente de ella ni de las dificultades de ser mujer. A veces, alguien se encargaba de hacérmela vivir y notar su existencia. Mi tía Helga trató de amargarme la existencia lanzando ideas de impureza femenina encarnadas, según ella, en mi madre y mi abuela.
De esas ideas y la proyección de sus sombras me escapaba con el apoyo de mis amigas Magnolia y Elizabeth que fueron las y los hermanos con los que Luisa bordeó la potencia de la relación con la madre . Esas amigas se ampliarían con muchas otras en el feminismo al configurar esa sociedad femenina en la que hemos sido felices, en la que hemos soñado, creado y luchado.
Con mis amigas, Elizabeth y Magnolia compartí momentos donde desde La cultura de la conversación reflexionábamos sobre el mundo y nuestro futuro, nos acompañábamos, escuchábamos el sonido de nuestras voces, la música clásica, teníamos el contacto y el sonido de la naturaleza, de las cascadas, su contacto en nuestra piel, los baños de barro, de lodos y por supuesto, el contacto entre nosotras mismas cuando después de preparar lo que queríamos comer nos poníamos a conversar en camas de a dos en dos como fue nuestra costumbre de hacerlo con las otras amigas del Grupo Salvatoriano.
Más adelante adquiriríamos esa conciencia de la dificultad de ser mujer. Lo hicimos aprendiendo cuando al querer cambiar muchas cosas fuimos testiga/os junto a mujeres y hombres de todo el planeta y, en mi caso concreto, viví en primera persona el naufragio del movimiento comunista, en particular del colombiano. Quizás “¿por no haber sabido medir la fortuna que las mujeres son para la humanidad, o sea, por haber suscitado energías femeninas que desbordaron sus confines, y no haberlas seguido en su ir más allá?” Yo creo que sí. De adultas muchas mujeres en mi país, nos atrevimos a ir más allá de lo dado y nos aproximamos, a nuestra manera al borde del fondo de lo imposible, desde lo posible.
Desde pequeña fui observando la superioridad y excelencia femenina, esa que mi abuela me mostró en el ejemplo en la manera de encarar la vida desde dentro hacia fuera de su casa, de su amor por el trabajo gratuito y remunerado . Mi amiga Magnolia me sorprendió no sólo con la excelencia de su capacidad de estudiar, de trabajar, de encarar su vida, de ser madre sino también de la excelencia en sus respuestas vitales cuando al ser preguntada sobre ¿Quién era la mujer que más admiraba? Dijo: mi madre. Eso, en aquel momento reveló y fue para mí algo inaudito. Me dio un zarandeo importante y necesario. Elizabeth me llevaba al universo cada que ponía palabras de excelencia al escribir sus poemas.
Más adelante las mujeres que he conocido de muchos lugares de y en el mundo en viajes, en Barcelona, las de mi propio país, hacen que emerja en mí la admiración y sienta un infinito reconocimiento que me impregnan mi corazón y mi ser de humildad.
Hace poco, hará quince días fui invitada a participar en un intercambio de experiencias mediadoras con mujeres y hombres africanos, del Magreb y del Africa Sudsahariana. Después de escucharles receptivamente tanto a ellas como a los hombres hablar desde el corazón y el alma, en narración florecía la cultura pacífica y mediadora que han interiorizado de la mano de su madre, de su abuela, del forjar la paciencia a punta de madejas de hilo en ejercicios con los cuales preparaban a estas criaturas para ayudar a los demás… después de escuchar y ver cuánta estulticia y soberbia se ha tenido en transmitir técnicas y categorías no cercanas a su experiencia, sentí vergüenza ajena e incluso me incluí en la presentación de disculpas por pretender y querer enseñar que el agua moja, incluida la que habla que he sido su docente durante muchos años …ironías y paradojas de la vida con las cuales algunas verdades necesitan ser dichas así para abrir lugar a la comprensión al iniciar el periplo por poder ser escuchadas.
Al llegar a Barcelona en el curso del Doctorado de Antropología e Historia, de nuevo otra mujer, Milagros Rivera me pone en contacto con algo que estaba buscando: juntar mi vida y la Universidad, buscar en el conocimiento de y con las mujeres las respuestas a las preguntas básicas de mi vida. Esas preguntas que, de la mano de mis amigas de infancia, adolescencia y las de adulta en el feminismo, de autoras como Virginia Gutiérrez de Pineda, María Cano, Alejandra Pizarnik, Virginia Woolf, las hermanas Bronte, Marguerite Yourcenar, entre otras, había empezado a indagar en Colombia cuando era joven y adulta y que continuo ahora indagando como mujer de mediana edad.
Así tuve la ocasión de nuevo de ser muy feliz. Buscaba y prefería la luz en medio de los claroscuros de la vida que la política del poder en mi país pretendía para resolver la contradicción de diversos conflictos entre otros, el de lo llamado social, el de la injusticia en el reparto de los recursos, de las reivindicaciones cuando desde las mujeres queríamos otras cosas: ser felices, construir, sostener, mantener la vida, dialogar, reírnos, bailar y amar…es decir manejar y transformar los conflictos desde una cultura pacífica, mediadora.
Escuché y vi por primera vez en directo a Luisa Muraro en la Universidad de Barcelona. Mi cuerpo se alteró, le pedía a su cuerpo que se dijera más allá de las palabras. Lo que acontecía en mí, era mi dificultad de y para reconocer a mujeres fuertes, de autoridad que me evocaban a mi abuela y me ponían en contradicción con la figura en apariencia débil de mi madre y que se contraponía a la figura aparente fuerte de la abuela.
En los años 2000 volví a ver a Luisa con alguna relativa frecuencia cuando tuve el privilegio de ser su profesora de castellano. Además de decir que es una alumna avezada he de decir que encarna de maravilla lo de la autoridad. La relación de profesora-alumna la viví dejándome guiar por mí y por ella en la relación, su trato, la manera de recibirte y acogerte en su celda frente a Santa María del Mar, los cuidados, las atenciones, las reflexiones, el compartir mesa y palabra es un privilegio que de la mano de las mujeres de DUODA en general y, en particular de Milagros y hoy de Elisa, mantengo y sostengo.
Para Luisa la escasa presencia femenina en la historia escrita no se modifica pese a la calidad de las investigaciones y no lo hará hasta que “se haya dado la vuelta a la cosa”. Además del androcentrismo está el que a la historiografía “le faltan los documentos principales de una historia de las mujeres, que son los cuerpos vivientes…”. “Son dos presupuestos a revisar, los dos, el primero porque separa naturaleza y cultura, el segundo porque implica una noción demasiado restringida de lo que se entiende por documento.”.
Desde algunos años de manera más constante y consciente a ese documento de la historia viviente que es mi cuerpo y los cuerpos de las criaturas humanas, en primer lugar de las mujeres…le he dedicado buena parte de mi cuidado y atención. Para ello me han guiado muchas manos y palabras, la de ti, Luisa, la de Lía y de otras mujeres de DUODA, las de la librería de Milán y, en el último período las de Andrea con el reiki y las de mi pareja de chamanes catalanes hasta encontrar, teniéndolo delante de mí, la huella, los indicios del amor femenino de la madre. No fue hasta ya no sólo ver sino también sentir y reconocer que yo era su obra viviente , esa obra que se mantiene en el continuum materno. De esto hablas también en este libro.
Me costó mucho ver su obra en mí. Uno de los hilos de filigrana que me han permitido recuperar y hacer la travesía final de ese pasadizo fue el evocar, recordar su palabra: la voz, el lenguaje, la belleza de su tono de voz de mujer del pacífico colombiano, pausado, lento, sereno, que por las noches me enseñaba a soñar, a apoyarme en la imaginación. Lo he aprendido observando cómo reitero en mí su amor por los adornos y las joyas en el cuerpo, en los trajes cuando hacía adquisiciones de ellas, al contrario de lo que Mayla hacía: cambiarlas por bisutería. Esto junto a la dicción de su palabra que ponía en juego en esos sus maravillosos cuentos a los que con tanta ilusión esperaba yo por las noches. Ese amor sin mesura a las cosas bellas se volvió adicción durante un tiempo y ahora me ha quedado en varias cosas, eso sí, con medida. Durante un tiempo estuve apegada a la radio. El amor al cine inculcado por la abuela me ha quedado también y lo práctico, habitualmente con medida. Si, esa historia porosa es la que ahora recupero de nuevo también de tu mano…
Cuántas cosas he, hemos recorrido a través de ese tu pensar con la escritura…
”Lo que de hecho ocurrió fue que yo necesitaba escribir. ...yo tenía una necesidad simbólica de escritura que era casi una necesidad fisiológica. Ellas, (Lía, el grupo DEMAU, la práctica de la autoconciencia y el movimiento feminista) literalmente, me dieron de escribir, como se suele decir: dar de comer. Yo no pienso independientemente de la escritura, Fuera de la escritura, tengo intuiciones: estas intuiciones son ricas, luminosas, intensas, emotivas, pero luego, escribiendo, se articula el pensamiento…Para mí, la escritura –y de la escritura, la sintaxis- es una especie de molde, en el que voy. ¿Por qué voy con esta necesidad, cuando todavía no tengo nada que decir? Esto es algo que desconozco.” .
Si, en esa historia porosa, esa historia viviente que es la historia que no tiene la pretensión de durar y que al tiempo se mantiene perenne. En el rescate de esa historia viviente, es cuando reaparece Virginia Woolf, y aparece una pensadora, discípula de Freud, Helen von Druskowitz a quien internaron en un manicomio. Las dos autoras critican el patriarcado y se dirigen en sus textos, como bien dice Luisa a las mujeres.
Poco a poco nos vas introduciendo en los matices que tú misma descubres en tus escritos: que si diferencia masculina, autoridad femenina. Mencionas la experiencia cuando en un encuentro con trabajadores sindicalizados un hombre joven plantea sorprendido y altanero, diría yo que debería ser diferencia femenina, autoridad masculina. Después hablas de diferencia masculina, superioridad femenina y más adelante afinas más y, hablas de la excelencia femenina.
En el capítulo de El Ángel de la realidad me es significativo como esencia la imagen de las mujeres. Ellas evocan en mí, hacen que emerjan recuerdos de contacto con mi madre, los pocos que tuvimos a partir de cierta edad, imágenes que han quedado atrapadas en fotos tomadas por mi padre y como bien sugieres, lo inaudito se escuchó, lo invisible, se vio. Sobre todo cuando en muchas ocasiones al presentársenos la realidad sin captar su significado se nos hace irreal y nos con-fundimos.
De la grandeza femenina de la cual nos hablas que es un don y simplemente se tiene o no se tiene, no hay méritos para tenerla. De esto las mujeres sabemos desde la experiencia, desde las entrañas. La sentimos, la captamos, la vemos, nos circunda cada día y cada instante de la vida tanto en los momentos de felicidad como en los momentos duros, adversos. Rodea el planeta y permite que la vida siga siendo civilizada pese a la gestión del poder masculino.
Si, “…las grandes mujeres son legión, un número inmenso, y de poquísimas conocemos el nombre; están también aquí entre nosotras y no las conocemos por su nombre”…De nuevo eres tu: “Es una paradoja, ciertamente, pero hay verdades que no se logra decir sino de modo paradójico, o sea, que lo que se dice no parece en absoluto verdadero pero de algún modo se siente que lo es: la paradoja es como el fruto seco que esconde lo bueno en una cáscara dura”.
Cuando leo que se trata de salir de la paradoja femenina y continuar por la pista que hemos abierto y de la cual hemos obtenido más que de la competición, la dinámica relacional del reconocimiento de la disparidad y de la transformación de una, de lo que se siente y de la realidad que nos envuelve no puedo más que concordar contigo. Lo estoy viviendo en propia carne.
Hemos ido aprendiendo a partir de vivencias y experiencias propias que “el enterarse de contar menos que otros o, incluso, de no contar nada a los ojos de los otros puede matar a una persona. “ Cuando re-leo estas palabras pienso cuánto hemos tenido que trabajar con las experiencias negativas las mujeres o en todo caso puede que eso haga de muchas de nosotras gente de la resiliencia, sobrevivientes natas que ahora aspiramos ya no sólo a sobrevivir sino también y sobre todo a vivir, primium viviré.
“El origen como el bien de verse reconocida/os en la propia existencia singular y no en función de otro o de otros, este bien se produce en la relación materna.” En ella encontramos dices más adelante la autoridad y la confianza aunque luego entre en la vida social y circule y se transforme al orden simbólico sea orden o desorden.
Más adelante recuerdas el momento en que Italia se motorizo y la frase “Mujer al volante, peligro constante” y mencionas cuando “…llegaron las compañías de seguros a desmentirlo por completo; las mujeres provocan menos accidentes que los hombres. Y entonces me digo, irónicamente: ¡qué pena que no haya agencias como las de seguros de automóviles que demuestren que, sin mujeres, una religión cristiana digna de ese nombre no habría existido nunca o incluso si, pero se habría convertido en algo impracticable…! ¿Cómo lo sé, me preguntáis? Pero el problema es precisamente el de llegar a saber: si hay personas y métodos para verificar cómo van realmente ciertas cosas ¿cómo es que no los hay para verificar la presencia femenina en la obra de civilización? Con seguridad, además de una calculadora, serviría el mirar hacia ese lado; más allá de las estadísticas, ensanchar el horizonte.”
Ahí entonces al circular, al entrar en lo nombrado como social es donde hemos vivido una injusticia que, salvo a las mujeres y, más concretamente en los últimos tiempos, a las feministas a nadie más les ha preocupado. Tanto que, en los años sesenta, unas mujeres decidieron abandonar los sitios donde no contaban ni eran escuchadas y así se inicia un cambio potente que recorrió el mundo, no, no era un fantasma como el que invocaba el manifiesto comunista. Éramos, fuimos y somos mujeres de carne y hueso, vivitas y coleando se dice en mi tierra de nacimiento.
Ahí tomamos la palabra, estuvieron presentes nuestros cuerpos, nuestras experiencias, vivencias, hablamos entre nosotras…más adelante la llamarías vosotras predecesoras, las amigas de Milán, política primera.
Por eso cuando relatas la conversación con uno de tus nietos al repasar un manual de historia medieval y ante la pregunta que él te formula “¿por qué no os rebelasteis”, contestas, previo rodeo por la tragedia de Medea que “…era necesario encontrar el modo de rebelarse sin matar ni ser asesinadas .” O como hasta ahora lo habían hecho los hombres y por ello es dice mi hija viendo la experiencia colombiana “sin ser belicosos”.
Cuando nuestra autora aquí invitada indaga sobre la comunicación futura piensa “en un deshacerse de las construcciones, rehacerse de las combinaciones y aflojarse de la irreversibilidad del tiempo donde ella ve que nosotras, las mujeres no procedemos en una sola dirección y cómo la diferencia sexual es un hecho que la historia multiplica por mil y las cuentas no salen nunca” “…las mujeres tenían otras cosas que hacer, entre ellas el sacar adelante la partida abierta ya en los albores de la humanidad, que era emplearse en los seres vivos y buscar la propia recompensa en el amor. Sí, tenían otras cosas que hacer y podemos desequilibrarnos para decir que tenían algo mejor que hacer”.
En el camino del saber amar a la madre, miramos nuestras genealogías y lo hicimos energéticamente y en primera persona. Trabajamos las constelaciones familiares y fuimos descubriendo “como a fuerza de querer encajarlo todo en el esquema de lo social, una parte sustancial de la experiencia femenina se quedó en esa época fuera de la historia y fuera de la política…”
Si, en el camino del aprender a amar a la madre, Luisa haces una lectura muy sugerente de Mujercitas y la ves como novela de iniciación, dices “Visto únicamente como novela de formación estoy de acuerdo en que Mujercitas resulta anticuada. No es así si la consideramos en clave de un avanzar hacia la edad adulta y el conocimiento interior, en cuyo centro brilla un amor a la vida que custodiar y disfrutar”.
Volviendo a la noción de historia te preguntas y nos llevas a indagar: “¿Cómo se consigue distinguir en la realidad histórica lo que entra verdaderamente por sus bordes porosos y la enriquece, de lo que es, en cambio, producido desde su interior por los dispositivos de un poder que quiere durar y reproducirse?”. Respondes: se consigue en la práctica y sólo desde ahí, es posible también en la teoría.
En el recorrido final del libro se abre un interrogante ¿para qué sirve la independencia de las mujeres? E indicas una serie de cambios que se presentan: maternidad independiente en ritmos crecientes. En ese sentido el planteamiento urge de la necesidad de estar en ese punto batiente para no caer entre las categorías de autonomía, independencia. Utilizas El retorno del soldado de Rebeca West que, a mí se presenta y remite como fuente del libro La Sra. Dalloway de Virginia Woolf donde uno de los personajes Septimus, constraste del de la Sra. Dalloway, retornó quebrado y rasgado interiormente, al volver de la guerra.
En El retorno del soldado Rebeca West plantea que a las mujeres no les interesa la independencia, les interesa un amor a la vida, a su cuidado, al amor, a la relación y a los vínculos en ella inmersos y, donde con el transcurso de los años tal como ella cita “todo es historia pero la historia no lo es todo”. Esta, la historia tal como la conocemos es una construcción masculina donde no está todo y donde como ya lo recogía anteriormente, faltan los documentos más importantes: los cuerpos, los documentos vivientes que somos los seres humanos, las mujeres y los hombres. En esa manera de escribir la historia aparece una manera de no durar, de no organizarse, de no ir por el poder que es la forma en que las mujeres se mueven, nos movemos en la vida.
Quería finalmente agradecer a Clara Jourdan por la excelente conversación biográfica del libro Luisa Muraro (1940) , en su relectura encontré de cuerpo entero a Luisa, su amor por la mística del que también da cuenta en este libro, y de su necesidad de la escritura y su amor a las mujeres.
Este texto si bien está dedicado a mi abuela Clota, a mi madre Mariela y mi hija Carolina rinde tributo a Luisa Muraro, Milagros Rivera y Lía Cigarini. A mis amiga/os Elizabeth Quiñónes, Magnolia Aristrizábal, Imelda Arana, Mireia Bofill, Luisa Fortes-Yiya, Andrea S, María Luisa, Héctor, Luisa, Clara Romero, Olga Uribe, Remei Sipi, Genisa Prats, Mercè Zegrí, Gloria Rendón, Elisa Varela, Marta Leonor Rivera, Luz Marina Gil, Ligia Cáceres y Salwa Elgharbi. A mis amigas de Duoda, de la Tertulia de Pròleg y las mujeres de Horta. Sin ellas, sin ustedes no hubiera podido escribirlo en estos días.
Muchas gracias a ti, Luisa, con todo mi amor,
Elizabeth Uribe Pinillos

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