Eusquera y castellano:¿Conflicto lingüístico en el País Vasco?

Fernando Polanco Martínez (polanc@fil.ub.es)
Universitat de Barcelona


 
 
 
   
  

"Hizkuntza bat ez da galtzen ez dakitenek ikasten ez
  dutelako, dakitenek hitzegiten ez dutelako baizik"
(*)

Es innegable la curiosidad e, incluso, la fascinación que ha despertado siempre la lengua y la cultura vascas entre propios y extraños -basta con navegar por la Internet, por ejemplo, para darse cuenta del caudal de información de todo tipo, elaborada en distintos puntos del globo, que puede encontrarse acerca del País Vasco. En parte, esa curiosidad o esa fascinación están motivadas por asuntos estrictamente culturales: la lengua, la historia... o, simplemente, el turismo. Pero también esa curiosidad tiene que ver con otros asuntos menos "culturales": Euskadi, además, despierta interés mundialmente por la violencia política. De esa curiosidad tan dispar, uno de los temas que llama la atención de muchos estudiantes extranjeros es la situación lingüística que vive el país, no tanto por la clara situación de contacto lingüístico (que en la mayoría de los casos, no sorprende), como por la conflictividad (¿política, lingüística?) de esa situación. Y precisamente de esa conflictividad es de la que intentaremos hablar a partir de ahora, dejando bien claro desde el principio que este trabajo es solo un acercamiento superficial a la situación que se presenta, cuya intención es proporcionar una ligera idea (y cierto material bibliográfico y virtual para que pueda reforzarse esa idea) de cuál es el ambiente lingüístico e ideológico de cuantos participan, directa o indirectamente, de dicha situación. Y a eso vamos.

Que se pueda hablar de conflicto lingüístico implica, en cualquier caso, hablar primero de convivencia de lenguas o, por mejor decir, de ¿convivencia? de comunidades que hablan en lenguas diferentes, puesto que las lenguas, como tales, no plantean problemas en términos de conflicto; no luchan entre ellas si no es a partir de esa relación metonímica, que muchos se empeñan en materializar, entre la lengua en que algunos hablan y las aspiraciones de algunos que hablan en una determinada lengua. En el caso que nos ocupa, el del País Vasco, las lenguas que conviven ¾o que coexisten, según se mire¾ sí que parecen plantear un problema, más político que lingüístico, para la convivencia de las comunidades que la poseen como primera lengua o lengua materna.

Puede hablarse de un problema político, y no lingüístico, desde el momento en que la recuperación de una de ellas, el eusquera, se ha identificado con la consecución de un ideario político-cultural concreto y se ha subordinado a él: el proyecto de construcción nacional vasco-euskaldun, que no representa la voluntad de todos los vascos, sino la del sector nacionalista, para el que la lengua no es sólo el medio de comunicación ideal y propio del País Vasco (aunque la realidad sociolingüística lo desmienta a las claras), sino el símbolo principal de diferenciación entre lo euskaldun y lo erdeldun (lo no vasco). [1] Y es esta identificación, precisamente, la que hace percibir a la comunidad no nacionalista, vascohablante o castellanohablante, que la inmersión lingüística y la recuperación del eusquera no responde tanto a la necesidad de recuperar y de mantener viva, activa, una lengua y una cultura excepcionales por su antigüedad y por su rareza, como al intento de compensar lo que para el nacionalismo vasco ha sido una situación histórica desfavorable para el ámbito euskaldun dentro de su propio mundo. Esa estrecha identidad es la que provoca el conflicto: para algunos, porque la inmersión cultural auspiciada por el movimiento nacionalista (desde la legalidad, mediante leyes; desde la ilegalidad y la coacción, mediante el terrorismo) representa una violación de los derechos individuales y colectivos de los vascos no euskaldunes; para otros, porque la lengua castellana ¾y, por ende, quienes la hablan¾, fruto de la larga ocupación cultural (y de otros tipos) española sobre Euskalerría, está usurpando el lugar que le correspondería al eusquera y a los euskaldunes por derecho.

La historia de la convivencia del eusquera y del castellano es la historia de la relación proporcionalmente inversa que se establece entre estas dos lenguas desde la Baja Edad Media: el aumento del espacio de uso y del prestigio del romance castellano (después español), y el retroceso espacial y el desprestigio del eusquera. Sin embargo, el aumento de los ámbitos de uso del castellano no solo ha ido ligado, entre otros condicionantes, a los distintos movimientos migratorios de población no vascófona hacia el País Vasco a lo largo, sobre todo, de los siglos xix y xx y a períodos de intransigencia política españolista (la dictadura franquista, por ejemplo) [2]; responde también al abandono progresivo del eusquera por los propios vascos a lo largo de los siglos a favor del castellano, que ha pasado a constituirse en la lengua materna de buena parte de la población autóctona del país. Este fenómeno de abandono ha tenido que ver con consideraciones subjetivas respecto de la propia lengua, el eusquera, como lengua menor, de poco prestigio cultural y social, actitudes que han propiciado no solo el abandono individual, sino también la pérdida de interés por dignificar la lengua propia y recuperarla, mediante una política cultural adecuada, para la expresión de los ámbitos ocupados por la otra lengua de mayor prestigio [3]. Y puede haber tenido que ver con otro tipo de consideraciones, también subjetivas, por parte de esa misma población autóctona que no ha visto en la lengua castellana una lengua extraña, una lengua invasora, sino una lengua tan propia del territorio como la vasca; es decir, que ha visto en la lengua castellana la otra lengua en que se expresa buena parte de los vascos desde hace muchos siglos.

Paralelamente, la recuperación del patrimonio lingüístico considerado propiamente vasco -y, por lo tanto, euskaldun- es el fruto de un largo proceso de concienciación que se inicia con la producción literaria y cultural de los apologistas vascos, defensores y divulgadores al tiempo de la riqueza, histórica por su antigüedad y lingüística por su excepcionalidad, del eusquera -entre los que destacan, como precursores, Joanes Etxeberri y Larramendi [4]. A partir de ahí, el interés por la recuperación cultural vasca irá en aumento hasta llegar, a finales del XIX, a la necesidad de acompañar la recuperación cultural de una reivindicación política que consiga los medios adecuados para asegurar dicha recuperación. Así lo explica Luis Michelena: "De fines del siglo XIX a comienzos del XX se plantea el problema de los vascos. No es sólo cuestión de lengua, también lo político interesa. En todos los campos literarios, tanto entre los bertsolaris como en la pastoral, en los poetas y escritores, está latente la «vasquitud». El vasco tiene derecho a crear su obra literaria en la medida en que no debe someterse a una censura , tal como acontecía aún no hace mucho, y lo hace por medio del libro y la prensa, por medio de la imprenta en general. Pero todavía no es dueño por completo de su enseñanza a pesar de la espléndida aventura de las Ikastolas y se dispone, dentro de la comunidad autónoma de Euskadi, a dominar los medios de comunicación de masas, como el cine, la radio y la televisión. Resulta normal, para quien sea capaz de llegar hasta el fondo de su creación, que reclame semejante derecho a la cultura plena en su propia lengua." [5] 

La convivencia lingüística en el País Vasco no se ha planteado siempre como un problema. Puede decirse que la expresión de dicha convivencia en términos de conflicto toma fuerza a finales del siglo XIX, como resultado de la simbolización nacional del eusquera como expresión lingüística diferencial del ser nacional y racial vasco. Esta simbolización nacional del eusquera, cuyo principal artífice es Sabino Arana Goiri, fundador del Partido Nacionalista Vasco, se inscribe en el contexto ideológico surgido de la escuela historiográfica alemana. [6] Para este personaje, la lengua vasca ¾que, por otro lado, no ocupa un lugar preeminente dentro de su imaginario nacionalista¾ no era tan solo una más de las lenguas que se hablaban dentro de España: "No es el euskera uno de tantos idiomas españoles como lo son el gallego, el catalán, el castellano, etc. (...) Los idiomas españoles son lenguas regionales de la nación de España; el euskera es lengua nacional de Euskalerria". [7] Antes al contrario, el eusquera era, entre las lenguas del mundo, lo que los vascos entre las "razas" del mundo: "Sólo el euskera permanece aislado en medio de todos los idiomas; como la raza que lo habla, entre todas las razas".[8] Sin embargo, las ideas lingüísticas derivadas de su purismo exacerbado, paradójicamente, van a prestar un flaco favor a la lengua vasca, no ya solo por su afán de limpiar la lengua vasca de toda "impureza", presente o pretérita, con el que la lengua se vería forzada a un artificialismo impracticable. También por su falta de realismo lingüístico, por no decir de su completa ignorancia sobre qué sea una lengua, ya que al primar la comunión entre raza y lengua condenaba al eusquera a un ámbito de uso restringido y a su inevitable desaparición: "Tanto están obligados los bizkainos a hablar su lengua nacional, como a no enseñársela a los maketos o españoles (...) la diferencia del lenguaje es el gran medio de preservarnos del contagio de los españoles y evitar el cruzamiento de las dos razas. Si nuestros invasores aprendieran el euskera, tendríamos que abandonar éste (...) y dedicarnos a hablar el ruso, el noruego o cualquier otro idioma desconocido para ellos, mientras estuviésemos sujetos a su dominio". [9]

Las ideas políticas de Sabino Arana, sujetas a su concepto racial de nación vasca, suponen, en definitiva, la exaltación del eusquera como la única lengua de los vascos o euskaldunes ('los que poseen el eusquera') y del País Vasco o Euskadi (nombre de su invención, tomado de la raíz eusk-, más el sufijo colectivizador -ti/di). A partir de él, la lengua vasca va a ir ligada a un ideario político-simbólico concreto, determinado por la concepción nacionalista de una nación, una lengua. Esta identificación entre nación y lengua ha experimentado cambios a lo largo de la historia del nacionalismo vasco, según se concediera mayor importancia a la vasquidad (o euskaldunidad) por la raza o por la lengua. En el primer caso, la vasquidad es una condición de orden biologista determinada por la etnicidad, por la pertenencia a la raza vasca, condición que aun estando ligada a la posesión de la lengua vasca como lengua propia, la supera y la subordina al mismo tiempo (el eusquera, como cualquier lengua, puede aprenderse, mientras que la etnia vasca se posee por herencia, no se puede adquirir). En el segundo, el nacionalismo se plantea la vasquidad en términos más lingüísticos (aparte de otras consideraciones políticas y culturales), convirtiendo la lengua (vasca) en el vehículo de nacionalización del individuo, bien entendido que es la lengua la que condiciona la visión del mundo del hablante. De esta manera, la nacionalización del individuo ¾del individuo no euskaldun¾ no pasa por la etnicidad intrínseca de este, sino por la adquisición de la lengua nacional, que lo redime y lo asimila dentro del grupo. [10] 

A partir de la concepción de la lengua vasca como lengua propia del País Vasco, el nacionalismo democrático ¾el nacionalismo radical continúa manteniendo los mismos presupuestos de unificación nacional y lingüística en torno a su programa político exclusivamente euskaldun (ver nota 10)¾ sigue defendiendo, aunque desde unos presupuestos formales distintos, esa exclusividad y procura poner todos los medios políticos y culturales necesarios para recuperar y asegurar la vitalidad del eusquera como lengua de uso en todos los ámbitos. Esto no debería significar, en principio, una discriminación de la otra lengua con la que convive el eusquera, puesto que el Estatuto de Autonomía vasco reconoce la diversidad sociolingüística del País Vasco (aunque solo reconoce al eusquera como lengua propia del país, mientras que el castellano tiene el reconocimiento de lengua cooficial [11]) y establece las bases para el cumplimiento, por parte de los poderes públicos, del deber de salvaguardar la libertad y la igualdad del individuo, independientemente de cuál sea su lengua. [12]

Sin embargo, la realidad sociolingüística vasca (si nos atenemos a los datos estadísticos sobre el conocimiento y el uso de ambas lenguas en la actualidad) parece desmentir esa consideración exclusivista del eusquera como lengua propia del País Vasco. Lo cierto es que el conocimiento del eusquera ha aumentado entre la población no vascohablante, con lo que el número de euskaldunberris ('nuevos hablantes de eusquera') ha crecido bastante en los últimos años; igualmente, los ámbitos de uso, o de posible uso, también se han extendido: la escuela, la administración, los medios de comunicación (estos en menor medida), etc. No obstante, este aumento de euskaldunes potenciales y de ámbitos de uso no se corresponde con un aumento de la presencia del eusquera en la vida pública, en su uso real. La lengua castellana sigue siendo, con mucho, la más utilizada en todos los aspectos de la vida pública en el País Vasco, entre otras cosas porque la mayor parte de la población la tiene como lengua principal (aunque no sea necesariamente su lengua materna) en el intercambio comunicativo cotidiano.

Las consideraciones lingüísticas del nacionalismo respecto de ambas lenguas: eusquera como lengua propia y castellano como lengua cooficial, sumadas a su compromiso político por la recuperación y la ampliación del eusquera como lengua nacional y común entre los vascos, despiertan ciertos recelos entre los vascos y los inmigrantes castellanohablantes no nacionalistas. Puede decirse que esta política lingüística de recuperación cultural está más o menos bien vista y es aceptada por la población castellanohablante [13], al entender que el eusquera, como lengua del país que es, debe ser conocida y utilizada en igualdad de condiciones que el castellano, tal como establece el estatuto de autonomía y tal como lo dicta el sentido común. Sin embargo, ese mismo sentido común que establece el bilingüismo como una solución lingüística aceptable y que se funda en la aceptación del derecho individual del hablante a utilizar su lengua entra en contradicción con la realidad sociolingüística aludida, mayoritariamente monolingüe en lengua castellana. En consecuencia, el derecho individual puede entrar en conflicto con el derecho colectivo (también individual) de uno de los grupos, el vascohablante, que se ve impelido a conocer y a utilizar las dos lenguas del país, mientras que el otro grupo, el castellanohablante, puede funcionar perfectamente en una lengua. Y este es, de hecho, uno de los argumentos más utilizados por aquellos que justifican la necesidad de implantar la inmersión lingüística en eusquera: la necesidad de que la lengua vasca ocupe los mismos ámbitos de uso que la lengua castellana y, consecuentemente, la obligación de que todos los vascos conozcan y usen el eusquera, lengua propia del País Vasco.

Precisamente en esa necesidad y obligación de conocer y utilizar el eusquera reside el temor a que, en igualdad de condiciones, la lengua símbolo del grupo dominante acabe por eliminar o, cuando menos, por menoscabar los derechos del grupo dominado. En este sentido, Benjamín Tejerina establece en su estudio que la necesidad de saber eusquera o su valoración, como un mérito más, para acceder a ciertos puestos de trabajo, ha supuesto que la lengua vasca se convierta en un nuevo motivo de conflicto. Según este autor, el idioma se convierte en el responsable del fracaso o del éxito en la carrera profesional, por lo que se transforma en "un mecanismo ilegítimo que introduce distorsiones en una hipotética situación natural de igualdad de oportunidades". [14]

Sobre la necesidad y obligación de conocer y usar la lengua vasca como vehículo de comunicación habitual y natural en el País Vasco se ha escrito mucho. Pero sobre el peligro que entraña la pretensión nacionalista de arrogarse la exclusividad lingüística y la legitimidad de la obligación política (¿moral?) de instaurar la cultura euskaldun como la única cultura propia del País Vasco, también se ha escrito largo y tendido desde distintas perspectivas.

Julio Caro Baroja, a propósito de la pretendida identificación entre lengua y nación, escribe: "Cuando el país cuenta con una población que en su mayoría no es vasca de habla, ni rural, y, en gran parte, es de origen foráneo, especular sobre la posibilidad de imponer un criterio de unidad por la lengua resulta cosa inimaginable para muchos (e insoportable también)". [15] También Pello Salaburu, miembro de Euskaltzaindia (Academia de la Lengua Vasca), escribía en El Correo Español acerca de la necesidad de tener en cuenta la realidad sociocultural del País Vasco a la hora de establecer los criterios de construcción nacional, señalando que "(...) los nacionalistas debemos ser conscientes de que no tenemos la exclusiva de nada: la realidad social es pluriforme y el mismo problema puede ser abordado desde perspectivas tan legítimas como distintas". [16]

Hay también autores, como José Antonio Villarroel López, que han realizado algún estudio sobre la implantación de la política lingüística en el País Vasco. Así como en el estudio ya mencionado de Benjamín Tejerina, la atención del autor está dirigida a las actitudes de los hablantes respecto de la situación actual de la lengua vasca y de la labor de las instituciones por su recuperación, en el trabajo de Villarroel López se pone en tela de juicio precisamente la política lingüística que está implantando el Gobierno vasco. Para este autor, la imposición del bilingüismo en la comunidad vasca encubre la intención nacionalista de desplazar el castellano en favor del eusquera, al amparo de la legalidad estatutaria, pero socavando sutilmente los derechos fundamentales del castellanohablante en materia lingüística. El conflicto lingüístico existente "tiende a agravarse por la actitud cerril de los actuales gobernantes, que se niegan a aceptar la realidad e intentan imponer, como sea, sus principios fundamentales", [17] a modo de revanchismo histórico. Denuncia que la actitud de los dirigentes nacionalistas no se ha alejado en lo esencial, aunque no lo demuestren formalmente, de los postulados del nacionalismo clásico arriba reseñados. Para el nacionalismo, la lengua castellana es una lengua auxiliar, una lengua extranjera, por lo que no resulta extraño que todos los esfuerzos de este grupo político estén encaminados a cambiar la situación lingüística, dominada por lo castellano. Para Villarroel, las intervenciones públicas de los dirigentes nacionalistas suponen una provocación constante para una parte de la comunidad vasca, al tiempo que dejan entrever una solución poco satisfactoria para el conjunto de la sociedad. [18] En conclusión, Villarroel apela a la diversidad sociolingüística como base para la elaboración de una política de recuperación cultural de lo vasco, respetando siempre la libertad individual y colectiva de las comunidades que conforman la realidad social de Euskadi actualmente: "La protección de la diversidad lingüística ha de realizarse por razones culturales, y nunca por inspiración de programas políticos nacionalistas en los que ¾como hemos comprobado con el euskera¾ se produce una instrumentalización de la lengua, en beneficio de determinados grupos." [19]

De lo que hemos visto hasta aquí, las motivaciones que han dado en el posible conflicto lingüístico (y no lingüístico, desgraciadamente) que enfrenta hoy a las dos leguas y, en cierto modo, a las dos comunidades que las hablan, son, principalmente, de orden político, con todas las desviaciones, simbolismos y diatribas que se le quieran añadir. La cosa parece clara ¾aunque, ni muchísimo menos, tenga una solución sencilla: hay dos comunidades lingüísticas que, amén de las divergencias políticas e ideológicas en que se muevan, reclaman sus respectivos derechos lingüísticos, tanto individuales como colectivos. Ahora bien, la balanza sociolingüística en el País Vasco, como hemos visto, está muy descompensada en favor de la lengua castellana, que es la lengua mayoritaria. Sin embargo, esta decompensación no es fruto de este siglo, ni producto de maquinaciones externas, solamente; hay que remontarse en el tiempo para entender que el proceso de deseuskaldunización empieza, sobre todo, a partir del siglo XVI, y no precisamente debido al influjo de la inmigración, sino al abandono progresivo del eusquera como lengua de cultura.

Pero, ¿es la lengua castellana realmente una lengua extraña, no autóctona, en el País Vasco? Para el nacionalismo, la respuesta es bien sencilla: lo es, y así lo recoge, de hecho, el estatuto, al conferirle el grado de lengua cooficial, y no propia, cuya exclusividad ostenta el eusquera. Esta es la lengua originaria, ancestral de los vascos, cuya antigüedad se desconoce y que no ha podido ser emparentada, de momento, con ninguna familia lingüística conocida. Este es un hecho lingüístico irrefutable, a nuestro entender, en el que no vamos a abundar. Sin embargo, desde una perspectiva también lingüística, hay quienes sostienen que esa supuesta antigüedad del eusquera sobre el castellano es, cuando menos, discutible. Discutible porque, dependiendo del enfoque que se le quiera dar al estudio histórico de la evolución de la lengua vasca, esta no es estrictamente más antigua que la castellana.

Una de las claves que delimitan esa antigüedad la encontramos en las dos glosas escritas, hacia finales del siglo X o principios del siglo XI, en lengua éuscara (término introducido por Martinet para denominar el tronco lingüístico del que deriva el vasco actual) de los manuscritos del códice 60 Emilianense. [20] Hablamos de lengua éuscara y no de vasco propiamente al referirnos a estas glosas por la sencilla razón de que no se ha podido interpretar desde ninguna de las variedades de la lengua vasca actual. Se sabe que formalmente es vasco, y se conoce su significado porque es traducción, pero nada más. Esta imposibilidad de interpretación implica, obviamente, que estamos ante un estado de lengua anterior y distinto del vasco actual; es decir, ante una muestra de protovasco, del que nada se sabe y nada puede saberse debido a la falta de documentación gráfica. La existencia de un protovasco, que en nada debería sorprendernos, responde a la innegable transformación que sufren las lenguas con el uso y el tiempo. De igual manera, tenemos un protorrománico de las lenguas románicas, el latín, bien conocido, y un protoindoeuropeo, del que no hay registros escritos fuera de la reconstrucción lingüística, del que han tenido que derivar las lenguas de origen indoeuropeo.

A partir de ese protovasco (éuscaro para Martinet), la interpretación de la antigüedad de la lengua vasca va a depender del criterio lingüístico que se adopte. Si se opta por considerar que el eusquera actual ¾por mejor decir, las variedades dialectales del eusquera¾ es un estado de lengua del eusquera ancestral, igual que el castellano actual lo es del castellano medieval y este, a su vez, lo es del latín, la antigüedad del eusquera sigue siendo una incógnita, puesto que, en puridad, estaríamos hablando de una misma lengua en su decurso histórico. Ahora bien, si se acepta que la delimitación de una lengua, como tal lengua, no depende de su proceso histórico, sino del criterio de inteligibilidad, la cosa puede cambiar considerablemente. Entonces, el eusquera actual no es solo un estado de lengua, sino una lengua distinta, puesto que el protovasco es ininteligible para el vasco actual.

Este es, por ejemplo, el punto de vista del lingüista Gregorio Salvador, para quien el castellano podría considerarse más antiguo que el eusquera dentro del territorio vasco. A propósito del autor de las glosas vascas del códice emilianense, juega este autor con la ficción al considerar que si el fraile del monasterio riojano (San Millán de la Cogolla) resucitara ahora y tuviera que entenderse con un vasco-euskaldun, podrían entenderse recurriendo al castellano, pero difícilmente podrían hacerlo si cada uno de ellos utilizara su eusquera: "O sea, que hace ya diez siglos existía ya el castellano, al lado de una lengua vasca que era todavía protovasco, ininteligible desde la actual. Si el francés de aquellas fechas no es todavía francés, en el sentido de que es incomprensible, sin estudio, para un simple conocedor de la lengua francesa actual y eso con todo el peso de la escritura y del latín que gravita sobre él pero que no ha impedido su vertiginosa evolución, a una lengua como ese vasco originario o protovasco, sin apoyatura escrita, sin norma unitaria, no es aventurado, sino perfectamente lógico, suponerle una más acelerada evolución. Hasta cinco o seis siglos más tarde, precisamente cuando empiezan a aparecer testimonios escritos más sólidos y una cierta normalización literaria, particularmente en el labortano, no se puede hablar de una lengua vasca realmente interpretable desde su estado actual". [21]

De la antigüedad de la lengua vasca y de cómo fuera ese protovasco, poco puede decirse con un mínimo de rigor. Sin embargo, al criterio de inteligibilidad se opone otro criterio lingüístico, establecido por la lingüística histórica del siglo XIX, que presupone la imposibilidad de determinar cuándo, a lo largo del contínuum lingüístico, un estado de lengua constituye una lengua distinta respecto del estado anterior; es decir, cuándo se puede hablar de lenguas distintas. Así, por ejemplo, Pello Salaburu y Endrike Knörr, miembros de la Academia de la Lengua Vasca, consideran, a propósito de la antigüedad relativa de ambas lenguas defendida por Gregorio Salvador, que la lingüística admite ya hace tiempo la inexistencia de lenguas más viejas que otras, puesto que todo estado de lengua proviene de otro estado de lengua anterior. Con este punto de vista, el eusquera actual es un estado de lengua de una misma lengua (protovasco), igual que las lenguas románicas lo son del latín, sin que pueda establecerse cuál de ellas es más antigua y a partir de cuándo empiezan a hablarse.

Cierto es que en el transcurso histórico de una lengua resulta difícil establecer una barrera a partir de la cual se pueda empezar a hablar de lenguas distintas, puesto que los hablantes utilizan una lengua que permite la comunicación intergeneracional al mismo tiempo que se van produciendo innovaciones en esa misma lengua que hablan, sin que estas dificulten la inteligibilidad de un estado de lengua generacional posterior respecto de otro anterior. Eso es lo que ocurre con las lenguas románicas respecto del protorrománico, el latín, hasta la reforma carolingia en el siglo VIII, que suponía una vuelta al latín clásico. Mientras el latín se leyó según la pronunciación romance, no hubo conciencia de diferenciación lingüística, porque no había habido una ruptura en la inteligibilidad de la lengua transmitida de padres a hijos. Pero la irrupción del criterio latinoclásico en la lectura de los textos latinos evidenció el abismo que separaba a ambas lenguas: la latina y la romance, y supuso la toma de conciencia del pueblo respecto de su propia lengua, ya muy distinta del latín. Pero esa toma de conciencia, íntimamente relacionada con el criterio de inteligibilidad, no invalida la imposibilidad de determinar en qué momento el latín deja de serlo para convertirse en romance.

Grosso modo, puede establecerse una analogía entre el supuesto latinorromance y el caso que nos interesa, el protovasco. Como no disponemos de más testimonios de ese estado de lengua que la información legada por las glosas emilianenses, establecer comparaciones mil años después no resuelve gran cosa. De todos modos, el caso es similar: hoy los vascohablantes son ¾o deben serlo¾ conscientes de que la lengua del monje riojano no es la lengua que ellos hablan, aunque no pueda decirse si se trata de un estado de lengua o de una variedad (difícil saberlo) de un mismo tronco lingüístico, el éuscaro. En cualquier caso, el éuscaro ha estado ahí desde antes de que los romanos llegaran a Vasconia, período hasta el que podemos remontarnos con la seguridad testimonial que nos ofrecen las crónicas romanas. Otra cosa, sin embargo, es preguntarse por la antigüedad del castellano en el solar vasco.

La cuna del castellano comprende parte del extremo occidental de Vizcaya y parte del sudoeste de Álava, la vecina Cantabria y el norte de Burgos. Nace, pues, en zona de contacto lingüístico vascolatino. Por ello, la lengua castellana, dentro del contexto general de las lenguas románicas y del contexto particular de los romances peninsulares, presenta ciertas características atribuibles a su génesis en zona de contacto con lenguas éuscaras que lo convierten en un romance de filiación vascorrománica (así como el francés puede considerarse galorrománico). Surge, y utilizo la tesis de Ángel López García, como una lengua koinética, como una modalidad de transición obligada entre dos lenguas para facilitar el entendimiento entre gentes de hablas distintas: "el español no fue un simple dialecto de transición ¾algo imposible entre el euskera y el latín, como es obvio, y de ahí que no se produjese nada similar en Francia, por ejemplo¾, sino que nació con voluntad de constituirse en lengua mixta que podrían adoptar también quienes no hablaban ni vasco, ni la variedad romance del Alto Ebro". [22]

Esa característica de lengua koinética vascorrománica es la que permite concebir la lengua castellana (o española) como una lengua propia también de los vascos, porque, puestos a rememorar los lazos de parentesco que unen a los vascos con el eusquera, lengua esta que puede tenerse por la lengua privativa de los vascos (la lengua ancestral), no es menos cierto que fueron vascos también los que ayudaron a crear la variedad romance castellana con su lengua éuscara: "El castellano no puede, pues, sin error y sin justicia, ser considerado extraño en Vasconia. Y no puede serlo porque brotó en su interior, del seno de un sector de su población que no era advenedizo, sino arraigado en la tierra desde hacía siglos, de modo que es producto del genio vasco y pertenece, por ende, a los vascos con el derecho de pertenencia que da la creación". [23] Estas palabras de Azaola explican por sí mismas parte de la otra cara del conflicto del que hablamos, y pueden explicar también por qué en la adopción de este romance desde hace siglos no ha habido un extrañamiento y un sentimiento de abandono de la propia identidad.

Volviendo al tema del castellano como koiné, es precisamente ese carácter koinético el que debería sobresalir sobre otro tipo de consideraciones más políticas. Además de ser la lengua de la mayoría de la población del País Vasco, es esencialmente una lengua de intercambio que permite la comunicación entre los vascos, y entre estos y el resto de hablantes de koiné. Al mismo tiempo, permite a los vascos participar de y en una cultura con una larga tradición, bien conocida y de amplísimo cultivo. Esto que para algunos puede ser sinónimo de asimilación a la cultura dominante (españolización, le llaman), no tiene por qué impedir el proceso de recuperación del eusquera y de la cultura vasca, el cual, por otra parte, es un proceso deseable y necesario ¾al tiempo que irreversible.

Ahora bien, cuando el énfasis cultural se decanta demasiado por lo que se viene considerando autóctono en exclusividad (lo vasco-euskaldun), entendiendo así que se está subsanando un agravio histórico, la pretendida recuperación no sirve, precisamente, para avanzar hacia el futuro, sino para retroceder, casi de forma mimética, al pasado que quiere enmendarse, tan plagado de errores e injusticias. Es, además, y desde una perspectiva claramente enraizada en el presente, un craso error de cálculo cultural puesto que, en el mundo en que vivimos, cada vez más interconectado, una educación casi exclusivamente monolingüe en eusquera no facilitaría las cosas a sus hablantes; antes al contrario, supondría una limitación en todos los sentidos. [24] 

En una comunidad como la vasca, en la que el bilingüismo es una realidad (todo hay que decirlo, más territorial que individual o colectiva), igual que en otras comunidades como Galicia y Cataluña, lo deseable es que ese bilingüismo se conserve y vaya generalizándose a toda la población, pero nunca que se tienda hacia una situación monolingüe en cualquiera de las dos lenguas, lo cual sería una pérdida y no una ganancia, como presumen algunos muy desacertadamente. De algunos que así piensan, ya hemos hablado por extenso; pero hay otros que, amparándose en la idea de la inevitable desigualdad de las lenguas, no por preconizar ideas de signo contrario, aciertan más y mejor. Parece innegable que hay lenguas que ocupan un ámbito de cultura superior al de otras lenguas, entre otras cosas porque son muchos los siglos de cultivo cultural intenso e ininterrumpido en dichas lenguas. Por lo tanto, el caudal de cultura mensurable en volúmenes escritos, que equivalen a memoria gráfica transmisible como modelo, tiene que ser, también, considerable.

Pero precisamente esas consideraciones sustentan la idea de que las lenguas más fuertes culturalmente son las que deben cultivarse preferentemente, por derecho, a costa de las demás lenguas, generalmente minoritarias. De ahí a cuestionar las posibles ventajas del bilingüismo en las comunidades con lengua autóctona, solo hay un paso. En este sentido, no nos resistimos a reproducir la opinión de Gregorio Salvador: "El caso es que se ha puesto de moda, entre nosotros y también fuera, hablar de las excelencias del bilingüismo de los pueblos y no niego que, en algunos casos, tal posición pueda ser el producto de un entusiasmo utópico, carente, desde luego, de la más mínima reflexión. Son bilingües o plurilingües las personas, pero no los pueblos. Los pueblos han sustituido con frecuencia, en su decurso histórico y siempre con lentitud, unas lenguas por otras, porque la fuerza de intercambio ha podido con el espíritu de campanario. (...) El bilingüismo popular, en los estratos bajos de la población, lo que suele producir es un lamentable semilingüismo, una palmaria incapacidad para expresarse coherentemente en ninguno de los dos idiomas en contacto. Eso es lo cierto y lo comprobable, lo que demuestra la ciencia y la experiencia. El plurilingüismo es un lujo, apetecible como todos los lujos, y una comodidad, indudablemente, para andar por otras tierras. Y el monolingüismo, que es la situación habitual de la mayor parte de la humanidad, será tanto más suficiente cuanto mayor sea la extensión geográfica y demográfica de esa única lengua poseída y, por supuesto, su dimensión histórica y cultural". [25] Estas manifestaciones, y otras que abundan en su libro, tienen como trasunto, además de las ideas propias del autor, la ciencia y la experiencia de las quejas y los temores que le han transmitido personas castellanohablantes de alguna de las comunidades bilingües a las que se refiere, principalmente Cataluña y el País Vasco. Y ahí reside, precisamente, el inconveniente: en la confirmación positiva de una tendencia monolingüe castellanófona como actitud razonable y adecuada.

Lo que para este lingüista es "producto de un entusiasmo utópico, carente, desde luego, de la más mínima reflexión", es el fruto de una evolución histórica y lingüística lógica y necesaria en cada una de las comunidades con lengua autóctona; el problema, a nuestro entender, no está en que exista una política lingüística de recuperación de la lengua vernácula, como ya hemos explicado arriba, sino en la manera como se aplique esa política. En cualquier caso, cualquiera que sea su aplicación, de lo que no cabe duda es de que, detrás, hay una profunda reflexión, encaminada a la consecución de los propósitos de dicha recuperación. Insistimos, pues, en que lo que podría estar desencaminada es, precisamente, una reflexión demasiado partidista. Por otro lado, que "el bilingüismo popular, en los estratos bajos de la población" produzca "un lamentable semilingüismo, una palmaria incapacidad para expresarse coherentemente en ninguno de los dos idiomas en contacto" es tan cierto como la incapacidad palmaria para expresarse con un mínimo de coherencia que pueda presentar un hablante monolingüe de los estratos bajos de la población, que no haya querido o tenido la oportunidad de recibir una educación razonable. Parece evidente que la falta de educación y de pericia lingüística en un hablante monolingüe dificultaría su capacidad expresiva y limitaría enormemente su conocimiento del "acervo histórico y cultural" de su lengua, independientemente de la lengua que hablara. Y en cuanto a la afirmación de que el monolingüismo es "la situación habitual de la mayor parte de la humanidad", no cabe más que echar una mirada a la realidad étnico-lingüística de la humanidad para cerciorarse de que lo habitual es la diferencia (que vale tanto como decir que eso es lo normal), la heterogeneidad, y no precisamente la homogeneidad.

Ante tanta obviedad, parece clara cuál es la intención que esconden manifestaciones de este tipo, en absoluto exclusivas del autor que hemos mencionado. Como ya hemos apuntado, no por ser de signo contrario, son más aceptables. Y la razón es bien sencilla, creemos. La exclusividad en cualquiera de ambas direcciones no propiciaría una solución razonablemente aceptable para el problema lingüístico de que estamos hablando, precisamente por las aspiraciones irrenunciables que parecen sostener ambos sectores. Con ello no queremos decir que el sentimiento de conflictividad sea general: afortunadamente, buena parte de la comunidad vasca vive en su lengua con cierta normalidad (normalidad que se ve sacudida, demasiado a menudo, por la violencia de todo tipo de ciertos sectores del nacionalismo radical), y no obstaculiza el proceso de recuperación cultural, aunque esto no implique, necesariamente, la aceptación de una euskaldunización generalizada. Más bien, supone una aceptación de la realidad lingüística del país, claramente bilingüe, a pesar de que la proporción de bilingüismo no sea del agrado de todos.

Así, cuando autores como Gregorio Salvador reconocen explícitamente la pluriculturalidad española, recogida por la Constitución, para a continuación enmendarle la plana con un pero, no acaba de quedar muy claro si es bueno o malo que la realidad cultural española y, por ende, la lingüística, sea de esa manera y no de otra. La realidad cultural es como es, plural, y de ella participan muchas personas en una o en dos lenguas, según las comunidades y la suerte o las ganas de haberlas aprendido. Y funcionar de esa manera es un modo de enriquecerse culturalmente, no de empobrecerse. Sin embargo, estos autores ponen demasiado énfasis en la suposición de que las políticas de inmersión lingüística que se practican en algunas comunidades (como Cataluña y Euskadi), o los intentos de recuperación de los dialectos históricos peninsulares (como el bable y el aragonés), han de suponer un perjuicio para los que participan de estas propuestas, desde el momento en que se les puede privar de adquirir adecuadamente el conocimiento y el manejo del castellano o español, lengua común de todos los españoles, priorizando el cultivo de la lengua vernácula sobre aquella y, consecuentemente, menguando su capacidad y enriquecimiento cultural. [26] Esto puede suceder, qué duda cabe, si las políticas culturales aplicadas no responden a las necesidades reales de los habitantes de esas comunidades. Pero no es menos cierto que la educación bilingüe, bien dirigida, no tiene por qué acabar, como se puede comprobar, en ese resultado. Por otro lado, la educación monolingüe en lengua castellana de la mayor parte de España no está asegurando, precisamente, una adquisición lingüística aceptable de los estudiantes, como se desprende de las estadísticas realizadas a tal efecto. [27] En definitiva, según los parámetros de medición cultural que aplican estos autores, el éxito o el fracaso en la adquisición lingüística y, por ende, cultural, depende de la calidad de la educación que se recibe, no de la lengua o lenguas en que se aprende.

Ya para ir acabando, retrocederemos al principio. Como habíamos dicho, las lenguas que conviven en el País Vasco plantean una situación de convivencia o coexistencia conflictiva, que presentábamos más como un problema político que como un problema lingüístico. La larga coexistencia de ambas lenguas en el mismo territorio ha dado en que una de ellas se haya constituido en la lengua más hablada, por los motivos que ya hemos comentado, y que haya ido desplazando a la otra, casi hasta arrinconarla. Pero como también se ha visto, no son las lenguas, a pesar de su metaforización humanizante, las que ganan terreno o cometen atropellos, las que escriben libros y dictan leyes, las que conforman las culturas de los pueblos. Son los hablantes los que hacen todo eso en y con una lengua. Y, por eso mismo, son ellos los que deben respetar y ser respetados por su lengua, y en ella. Al cabo, ni el eusquera, obligado a ser símbolo antes que lengua, ni el español, lengua koinética donde las haya, también aupado a símbolo cultural, tienen por qué representar la idea de vasquidad o de españolidad de todos los vascos -y, por extensión, la concepción identitaria de los otros bilingües del ámbito hispanohablante. Por eso, también, las políticas lingüísticas deberían ser, antes que otra cosa, lingüísticas.

En cualquier caso, nos sumamos a los buenos deseos -que queremos realidad, aunque parezcan utopía- de estas palabras: "La defensa de la koiné no puede descansar en los que se creen hablantes prototípicos por haberla creado históricamente. Antes bien al contrario, es necesario que la koiné sea reivindicada por los bilingües, por los que con mayor propiedad usan la koiné en calidad de koinéticos (...). De simbolizar algo, la koiné sólo puede simbolizar un estar siendo, un dejar a cada uno, a cada hablante y a cada comunidad, en la posesión y en el disfrute de sus peculiaridades culturales que no se oponen a ella, sino que, al contrario, la hacen posible. Una sociedad de hombres libres, distintos en su ser comunitario, pero iguales en su estar político y social, he aquí el mensaje que la koiné, a pesar de los errores del pasado y de algunas desafortunadas reivindicaciones del presente, proclama a los cuatro vientos." [28] Deseemos también lo mismo de las otras lenguas. Ojalá.

Notas

(*) "Una lengua no se pierde porque aquellos que no la conocen, no la aprenden, sino porque quienes la conocen, no la hablan / A language does not disappear because those who don't know it don't learn it, but because those who know it don't speak it"

[1] En eusquera hay una distinción muy clara entre la lengua propia: euskera o euskara, y la lengua ajena, cualquiera que sea: erdera, que etimológicamente equivaldría a algo así como una media lengua (de erdi 'medio'); también se distingue, necesariamente, entre el que habla euskera: euskaldun ('el que posee el euskera') y todos los demás: erdeldun ('el que posee el erdera', algo así como el bárbaro).

[2] Estos son, entre otros, dos de los principales argumentos esgrimidos por el nacionalismo vasco para explicar la situación actual del eusquera dentro de su solar originario y que, en contrapartida, sirven para justificar la política lingüística de inmersión euskaldun. Estos argumentos responden, en cierta medida, a motivaciones (que no a causas, necesariamente) objetivas externas que han podido influir, sobre todo, a partir de finales del siglo XIX. Sin embargo, el eusquera no era la lengua mayoritaria y, mucho menos, la lengua de cultura en el País Vasco desde siglos atrás, lo cual no se explica, precisamente, con los argumentos aludidos.

Acerca de los argumentos empleados por el nacionalismo vasco para justificar la aplicación de su ideario-imaginario político, véase el lúcido ensayo de Jon Juaristi sobre la historia del movimiento abertzale (nacionalista): El bucle melancólico. Historias de nacionalistas, Colección Austral, Madrid, 2000.

[3] Un ejemplo paradigmático lo encontramos en el escritor Miguel de Unamuno. Este, partiendo de las ideas lingüísticas del comparatista alemán August Schleicher, consideraba que las lenguas flexivas pertenecían a una fase superior del lenguaje, mientras que las lenguas aglutinantes eran el reflejo de una etapa intermedia. Consideraba que el castellano, como lengua de flexión, era una lengua más adecuada por su mayor adaptación a las necesidades expresivas de los hablantes. Por lo tanto, cualquier intento de evitar la desaparición de una lengua mediante reformas gramaticales o mediante un proceso de recuperación, era un trabajo inútil, ya que las lenguas, para él, eran organismos que nacen, viven y mueren independientemente de la voluntad de sus hablantes. En definitiva, tenía la clara idea de que el castellano era una lengua superior a la vasca: "Individualmente cultivo el idioma vasco; no me empeño en propagarlo, porque tengo otras cosas que hacer y porque considero esta propaganda infructuosa e inútil. Me importa poco que hablemos vascuence, castellano o lapón; lo que deseo es que nos entendamos, cosa que por desgracia no sucede" (cit. por Jon Juaristi, ob. cit., p. 98).

[4] Joanes Etxeberri (1668-1749) hace imprimir en 1718 una carta (Lau urdiri gomendiozko karta edo guthuna) en la que dice haber compuesto un diccionario cuatrilingüe pensado para que los niños puedan aprender latín, francés y español, y presenta unos rudimentos para aprender latín (Eskuarazko hatsapenak latin ikhasteko). Se trata de una gramática escrita en euskera y pensada para la enseñanza de latín. Esta obra no se publicará hasta 1907 junto con una apología de la lengua vasca redactada en euskera (Eskuararen hatsapenak).

Manuel de Larramendi (1690-1766) escribió varias obras, tanto apologéticas como científicas, a favor del eusquera: De la antigüedad y universalidad del Bascuence en España (1729), El imposible vencido. Arte de la Lengua Bascongada (1728), Discurso histórico sobre la antigua famosa Cantabria (1736) y Diccionario trilingüe del Castellano, Bascuence y Latín (1745)

[5] Luis Michelena, "Los creadores vascos", en Haritschelhar, J. y Altuna, J., Ser vasco, Ed. Mensajero, Bilbao, 1986, pp. 307-308. Sobre la defensa de la lengua y el cultivo de la literatura en lengua vasca, véanse también las siguientes obras del mismo autor: Historia de la literatura vasca, Erein, Donostia, 1988; y Lengua e historia, Paraninfo, Madrid, 1985.

[6] En esta concepción tan romántica subyace la relación entre lengua y nación preconizada por J. G. Fichte: "Todos los que hablan un mismo idioma (...) hállanse unidos entre sí desde el principio por un cúmulo de lazos invisibles, porque pueden comprenderse unos a otros y se comprenderán cada vez con mayor claridad formando, naturalmente, un todo homogéneo. Siendo así, le es imposible al Estado aceptar de ningún otro pueblo noción alguna de abolengo y de idioma diferente, sin perjudicarse a sí mismo y a su propia formación" (Discursos a la nación alemana, 1807).

[7] Arana Goiri, S., Obras escogidas. Antología política, L. Haranburu (ed.), San Sebastián, 1978, p. 606.

[8] Arana Goiri, S., ob. cit., p.187.

[9] Arana Goiri, S., ob. cit., p.188-189.

[10] De estas interpretaciones sobre la vasquidad, en que la lengua tiene una importancia variable según la importancia que se le conceda, estos son algunos ejemplos:

Federico Krutwig Sagredo, bajo el seudónimo Fernando Sarrailh de Ihartza, es autor de Vasconia. Estudio dialéctico de una nacionalidad (Norbait, s.d., Buenos Aires, 1963). En esta obra, Krutwig establece, entre otros, una definición objetiva de la etnia vasca, compuesta por una serie de elementos que la constituyen en su conjunto: lengua, raza, cultura y territorio. La lengua, que es lo que nos interesa, se convierte, sin menoscabo del concepto racial, en la característica más importante de la identidad nacional: "Todo ello, sin embargo, no deberá impedir que el euskera se convierta en la lengua general de Vasconia, por ser su símbolo nacional y su lengua originaria. Algo así como la lengua santa de los vascos que, al igual que la otra lengua santa, el hebreo, deberá llegar a ser la lengua común." (p. 135) Con la adquisición de la lengua, el hablante adquiere el derecho a ser admitido en la comunidad nacional, independientemente de su origen no vasco; eso sí, siempre que pertenezca a la raza blanca, a la cual pertenecen los vascos.

Jean Mirande Ayphasoro, nacido en París en 1925, fue uno de los fundadores de la literatura vasca moderna, junto con Gabriel Aresti y José Luis Álvarez Emparanza, Txillardegi. Mirande ha tenido una importancia menor en la historia del nacionalismo vasco, aunque ha llegado a convertirse en un clásico de la cultura nacionalista radical. Para Mirande, los lazos entre raza y lengua se estrechan mucho más, aunque el concepto de raza siga pesando más que el de lengua: "Yo también pongo el euskera en el lugar más alto, pues es la más clara entre las características de la vasquidad. Sin embargo, pienso que es la raza y no la lengua lo más importante; no concibo que existan vascos sin eusquera, por supuesto, porque el abandono del eusquera pone a los vascos en vías de desracialización. Con todo, aunque los maquetos o gascones aprendieran vasco, nos serían siempre extraños por la sangre y por el espíritu y, si alguna vez somos libres, espero que el futuro gobierno de Euzkadi expulse a esos semita-camitas españoles y demás negros que se han asentado en nuestra patria o los reduzca a un estrato de humanidad inferior" (Jon Miranderen gutunak (1948-1972), Patri Urkizuren ed., Susa, Donostia, 1995, pág. 224).

José Luis Álvarez Emparanza, Txillardegi, uno de los ideólogos fundadores de ETA, concibe la lengua como fundamento de la identidad nacional vasca. De esta manera, la lengua se convierte en el filtro nacionalizador y disgregador al tiempo, sin necesidad de recurrir a la raza como elemento diferenciador. Ahora bien, aunque la lengua es susceptible de ser aprendida por un castellanohablante, esto se reduce a casos individuales, no generales; por lo tanto, la masa inmigrante que vive en el País Vasco y los propios vascos que mantienen como lengua propia el castellano pasan a ser, automáticamente, enemigos de la patria (!) y de lo vasco-euskaldun. Pueden, eso sí, redimirse, aceptando tácitamente la justa lucha por la independencia: "A los que acepten, les serán reconocidos los derechos que puedan tener como inmigrantes o como ciudadanos de Euskadi. A los que no, se les considerará como invasores y serán nuestros enemigos" (citado por José María Garmendia, Historia de ETA, Haranburu, San Sebastián, 1995, p. 126).

[11] "El euskera, lengua propia del Pueblo Vasco, tendrá, como el Castellano, carácter de lengua oficial en Euskadi y todos sus ciudadanos tienen el derecho a conocer y usar ambas lenguas"

[12] En el apartado 3 del artículo 6º del Estatuto de Autonomía del País Vasco se afirma: "Nadie podrá ser discriminado por razón de lengua". Más adelante, en el artículo 9º se establece lo siguiente:

Apartado 2a) "Los poderes públicos vascos, en el ámbito de su competencia, velarán y garantizarán el adecuado ejercicio de los derechos y deberes fundamentales de los ciudadanos"

Apartado 2d) "Los poderes públicos adoptarán aquellas medidas dirigidas a promover las condiciones y a remover los obstáculos para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean efectivas y reales".

 

[13] Por lo general, la aceptación de la labor cultural llevada a cabo por la administración nacionalista varía mucho a medida que el espectro ideológico se acerca más al otro extremo, el que corresponde al nacionalismo radical. Este sector muestra, además de una radicalidad dada por su condición de vascohablantes, una sobrerradicalidad añadida por su condición ideológica y política, que lo lleva a manifestar una actitud crítica no ya contra la actuación de las administraciones, sino contra las administraciones mismas, acusadas de adoptar una actitud antivasca y de obstaculizar la tarea cultural que desempeñan las organizaciones que sí luchan realmente por la recuperación lingüística (es decir, el propio sector radical).

El resto del sector nacionalista, grosso modo, tiene una imagen favorable de la labor cultural que desarrollan las instituciones. Este apoyo es mayor en la generación de más edad, ya sea castellano o vascohablante, y es bastante regular en toda la comunidad vasca. También recibe la aceptación de los jóvenes castellanohablantes, aunque entre la juventud euskalduna no radical el apoyo es más tibio y la actitud frente a las instituciones es más crítica.

[14] Benjamín Tejerina Montaña, Nacionalismo y lengua. Los procesos de cambio lingüístico en el País Vasco, CIS, Siglo XXI, Madrid, 1992.

[15] Julio Caro Baroja, El laberinto vasco, Ed. Txertoa, Estudios Vascos, Tomo XII, San Sebastián, 1984, p. 35.

[16] Pello Salaburu, "¿Y a quién votamos los nacionalistas independientes?", El Correo Español, 10 de octubre de 1990, p. 22.

[17] José Antonio Villarroel López, Euskera versus castellano: un conflicto lingüístico, Ellacuría, S.A.L., Bilbao, 1990, p. 87.

[18] Algunas de estas declaraciones, que tomo de la obra mencionada de Villarroel López, justifican ciertamente el recelo que demuestra no solo parte de los intelectuales del País Vasco, sino buena parte de la sociedad vasca no euskalduna:

"Aunque tengamos nuestra propia economía, nuestra propia infraestructura, nuestro propio poder político, etc., todos los demás elementos serán importantes si están al servicio del euskera y si existe el euskera. Si no, todos estos elementos estarán al servicio de una sociedad erdeldun, al servicio de una sociedad que solamente se expresa en castellano" (Joseba Arregi, consejero de Cultura del Gobierno vasco en 1990; cit. por Villarroel, ob. cit., p. 29)

"Nunca renunciaremos a la exigencia de la reparación histórica que nuestra lengua nacional originaria, el euskera, merece" (Carlos Garaikoetxea, presidente del partido nacionalista Eusko Alkartasuna; Villarroel, ob. cit., p. 29)

[19] José Antonio Villarroel López, ob. cit., p. 88.

[20] Las glosas éuscaras (señaladas en color azul) del códice emilianense son las que siguen:

"Gaudeamus frates karissimi et Deo Gratias agimus, quia uso, secundum desideria nostra, jncolomes (sanos et salbos) jnueniri meruimur (jzioqui dugu)"

" (...) timeo ne quando boni christiani cum angelis acceperint uitam eternam nos, quod absit, precipitemur (guec ajutuezdugu) (nos nonkaigamus) ingeenna." (Citadas por Mª Teresa Echenique, Historia lingüística vasco-románica, Paraninfo, Madrid, 1987, p. 82)

[21] Gregorio Salvador, Política lingüística y sentido común, Ediciones Istmo, Madrid, 1992, p. 125.

[22] Ángel López García, El rumor de los desarraigados. Conflicto de lenguas en la península ibérica, Anagrama, Barcelona, p. 54.

Sobre las características lingüísticas que presenta el español en común con el eusquera, véase de este mismo autor: "Respuestas a algunas preguntas no formuladas a propósito del «Vascorrománico»", Verba, 15, 1988, pp. 375-383; véanse también las páginas de la obra antes citada que dedica a este aspecto del castellano: pp. 37-56.

Véanse también, a propósito de la convivencia lingüística vascorrománica, las siguientes obras de Mª Teresa Echenique Elizondo: Historia lingüística vasco-románica, Paraninfo, Madrid, 1997; y Estudios lingüísticos vasco-románicos, Istmo, Madrid, 1997.

[23] José Miguel de Azaola, Vasconia y su destino. II Los vascos ayer y hoy, Vol. I, Revista de Occidente, Madrid, 1976, p. 122.

Valgan también las palabras de Emilio Alarcos acerca del carácter vascorrománico de la lengua castellana: " (...) el castellano es, en el fondo, un latín vasconizado, una lengua que fueron creando gentes eusquéricas romanizadas (...). Fue más tarde (...) cuando se generaliza una coiné" (El español, lengua milenaria, Ámbito, Valladolid, 1982).

[24] Esta no sería, o no es, una medida demasiado progresista, como la quiere presentar el bloque nacionalista, sobre todo el que se sitúa más a la izquierda desde su supuesto marxismo-leninismo, sino una medida bastante reaccionaria, desde el momento en que la limitación se generalizaría a todos aquellos cuyas posibilidades de educación dependieran de los proyectos educativos dictados por el nacionalismo, que verían mermadas sus posibilidades de competir en igualdad de condiciones con quienes dispusieran de una educación bilingüe o plurilingüe.

[25] Gregorio Salvador, ob. cit., pp. 196-197. El subrayado es nuestro.

[26] Creemos que estas palabras de Gregorio Salvador, aun suscribiéndolas el autor a título personal, recogen el sentir y el pensar de otros muchos intelectuales y lingüistas españoles: "España es un país plurilingüe, eso es obvio, y así lo reconoce la Constitución, pero no tan plurilingüe como se nos pretende hacer creer. En cuatro quintas partes del territorio nacional el español es la lengua única y en la quinta parte restante, aunque sea mayor su densidad de población, bastante más de la mitad de sus habitantes tienen el castellano como lengua materna y la mayor parte de los de lengua familiar vernácula suelen hablarlo también con corrección y soltura. O solían, porque empieza a apreciarse una notable tendencia a la baja en ese aspecto, lo cual no deja de ser, mirando hacia el futuro, una calamidad para esas personas, porque el hecho representa un indudable empobrecimiento cultural y una engorrosa traba comunicativa, cuyos lamentables resultados puede prever con facilidad cualquiera que tenga dos dedos de frente. Exigua cantidad de cerebro, mínima para un mediano entendimiento, de la cual al parecer carece esa tropa de políticos sacristanes que nos ha invadido, incapaces de apartarse un metro de su campanario y de mirar más allá de los menguados límites de su propia parroquia" (ob. cit., p. 25). Una clarísima declaración de principios.

[27] En un artículo aparecido en El País el cuatro de marzo de 1998, se presenta una valoración estadística del nivel cultural de los estudiantes de ESO. Esta valoración está basada en los resultados obtenidos de una investigación realizada por el INCE entre 56.555 alumnos de secundaria obligatoria para conocer su rendimiento. En lo que se refiere al área de lengua y literatura, los resultados no son, precisamente, halagüeños (página 24/SOCIEDAD).

[28] Ángel López García, ob. cit., pp. 147-148.

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A continuación, facilitamos algunas direcciones, que remiten a otras, en las que puede encontrarse información acerca del País Vasco:

Sobre Euskal Herria:

http://students.washington.edu/buber/

http://www.cds.abdn.ac.uk/˜eugenio/EH.html

http://www.naboinc.com/whats.htm

http://web.inter.nl.net/users/Ischell/spain.htm

http://www.contrast.org/mirrors/ehj/html/basquemp.html

http://www.paisvasco.com

Sobre eusquera:

http://sim02.si.ehu.es/DOCS/book.SS-G/v2/Euskara.html

http://www.coqs.susx.ac.uk/users/larryt/basque.html

http://www.ehu.es/grammar/index.htm

Sobre nacionalismo vasco:

http://www.freespeech.org/ehj/html/eta.html

© Fernando Polanco Martínez, 2001.

El URL de este documento es <http://www.ub.es/cult_ELE/euskara.html>  


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© 2001
Facultat de Filologia
Universitat de Barcelona

Cultura e Intercultura en la enseñanza del español como lengua extranjera
se empezó a publicar como un monográfico de la revista Espéculo: http://www.ucm.es/info/especulo/ele/