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Presentación
Durante siglos aprender
una lengua significaba aprender a desentrañar lo que en esa
lengua se escribía, es decir, aprender a traducirla. Esa
concepción de la didáctica de lenguas, sin embargo, no
satisfacía buena parte de las necesidades
lingüísticas de la sociedad contemporánea. En un
planeta cada vez más intercomunicado e interdependiente, las
personas necesitan aprender lenguas para poder hablar, para viajar,
para hacer negocios, para buscar trabajo, para comprender el mundo. Sus
objetivos son eminentemente prácticos. Por ello, ya a principios
del siglo xx el llamado método directo consagró la idea
de que la mejor forma de aprender una lengua era seguir el ejemplo de
los niños. Y los niños, evidentemente, no traducen;
simplemente absorben, recrean, adquieren lenguas. Traducir era
confundir, mezclar, interferir. Era cerrar el paso a una
adquisición inocente, inconsciente, espontánea y
completa, es decir, infantil, nativa. Así que las nuevas
tendencias pedagógicas, desde el citado método directo
hasta las escuelas humanistas (método silencioso, respuesta
física total…) pasando por el enfoque audiolingüe,
prohibieron la traducción.
Sin embargo, casi todo
el mundo seguía traduciendo. Los aprendices nunca dejaron de
hacerlo, y muchos enseñantes, más o menos convencidos,
tampoco. Hasta que —cómo no— la tortilla volvió a girar
ante una evidencia: no somos niños. Ciertamente los niños
tienen una envidiable e increíble facilidad para adquirir una
lengua, y no precisamente gracias a ningún método
pedagógico conocido. Pero los adultos, no. Inevitablemente
estamos en inferioridad de condiciones, excepto en un aspecto: sabemos
una lengua y sabemos —mejor o peor, más o menos formalmente—
reflexionar sobre ella. ¿Por qué íbamos a
renunciar a la única ventaja que tenemos sobre los niños?
Nuestras habilidades cognitivas de adulto, nuestra experiencia, nuestra
capacidad metalingüística pueden ayudarnos a aprender
lenguas, ¿por qué dejarlas de lado?
Entonces volvió
la traducción. Traducir es comparar, es aclarar y, al mismo
tiempo, adquirir perspectiva, sobre la nueva lengua y también
sobre la propia. Traducir nos ayuda a comprender al otro y
también a nosotros mismos, a mirarnos con nuevos ojos, a
mirarnos desde el otro. Traducir puede ser una excelente herramienta de
aprendizaje, y ya no hace falta fingir que uno no hace uso de ella.
Nuevas ideas, nuevas corrientes pedagógicas y, sobre todo, un
nuevo eclecticismo antidogmático revalorizan la
traducción como un elemento imprescindible en la
enseñanza de lenguas extranjeras. Necesitamos incorporarla a
nuestra metodología. Necesitamos aprender de la experiencia con
la traducción en las clases de ELE. Necesitamos entender
cómo y en qué medida debemos introducirla en nuestra
práctica pedagógica. Debemos investigar cuándo se
trata de una excelente ayuda y cuándo puede ser un
obstáculo. Podemos contribuir a una simbiosis que sin duda
enriquece tanto a la traducción como a la enseñanza de
lenguas extranjeras.
Posibles temas:
La traducción en la clase de ELE.
Teoría y práctica pedagógicas y traducción.
La traducción como herramienta metalingüística. La
traducción como mediación cultural. Comparación y
crítica de traducciones. Préstamo, calco e interferencia.
Traducción y relativismo lingüístico. La lengua,
¿vehículo o creadora de culturas?
Artículos:
3ª etapa: Cultura e Intercultura
en la web de Edinumen
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