La Zarzuela y el género chico

Mª Ángeles Santiago y Miras


 
 
 
   
  
El hecho de insertar un esbozo de la historia del género lírico español en el programa de la enseñanza del español para extranjeros se debe a la peculiaridad que representa el género, único por sus características, pues en la zarzuela, el género lírico español por excelencia, encontramos plasmada la idiosincrasia del pueblo español y algunas de las peculiaridades de las diferentes regiones que lo integran. Así mismo, encontramos registros lingüísticos característicos de algunas zonas de España. En concreto es muy importante tener en cuenta el habla del pueblo de Madrid durante el siglo XIX y principios del XX, con giros y expresiones propias de esa zona de España que poco a poco han ido perdiendo parte de su esencia y su frescura y que encontramos plasmado en un gran número de obras del denominado "género chico". Esas formas podrán ser un punto de partida para iniciar un pequeño estudio sobre la lengua coloquial.
Es importante que el alumno conozca la evolución del teatro español, sobre todo desde el Siglo de Oro, antes de entrar en contacto con el mundo de la zarzuela y que sepa relacionarlo con el teatro y con la cultura italiana, que tanta influencia y trascendencia ha tenido siempre en la cultura europea.
Se presenta al alumno el paralelismo existente entre ópera y zarzuela, tanto por la época de su nacimiento (s. XVI-XVII) como por la temática de las primeras obras (temas mitológicos), así como los esfuerzos de los diferentes autores en el desarrollo de los géneros para consolidarlos de la manera más pura posible, intentando diferenciarlos y darles carácter único. Dicho paralelismo se les planteará mediante los siguientes datos:
- En la primera mitad del siglo XVII, en Italia, Claudio Monteverdi, además de obras de carácter religioso, compone obras de tema clásico -mitológico- que eran cantadas, como Orfeo -La Favola d’Orfeo- (1607), Il lamento d’Arianna (1608), Il ritorno d’Ulisse in patria (1641) o L’incoronazione di Poppea (1642). Mientras, en España, comienza a haber una sintonía con el género escénico-musical italiano y Pedro Calderón de la Barca aporta al género lírico obras como El Jardín de Falerina (1648), El golfo de las sirenas (1657), El Laurel de Apolo (1658) o La púrpura de la rosa (1660), todas ellas igualmente de temas legendarios y mitológicos, pero poco a poco estos se dejan de lado y su tono sublime se convierte en popular; se abandonan los modos italianos y se utilizan aires de folklore español, como las seguidillas y otros aires musicales de nuestras tierras. Los estudiosos señalan estas tres obras como las primeras producciones que bien pudiera denominarse "zarzuelística".

En ambos géneros, en el momento de su nacimiento, son características las tramoyas complicadas y las escenografías artificiosas. Así mismo, tanto ópera como zarzuela nacen en ambientes aristocráticos y palaciegos: Con antecedentes en la Camerata Fiorentina y patrocinio de mecenas italianos, la ópera; bajo la protección de la corte de Felipe IV, la zarzuela.

Es importante dejar constancia de que, aunque algunos autores señalan que la zarzuela nació unos decenios posteriores a la ópera, el caso es que ya, en esa época, en el Alcázar Real y en el Buen Retiro se organizaban fiestas en donde se conjugaban el diálogo y la música, debidas a la pluma de Lope de Vega, como La selva del amor, cuya partitura pertenece a un autor desconocido.

Igualmente se tienen noticias de que poetas como el conde de Villamediana pusieron en escena en 1622, en el Palacio de Aranjuez, una comedia con música de Mateo Romero, maestro de la capilla Real, titulada La gloria de Niquea.

Pero a pesar de estos antecedentes, sigue siendo Calderón quien goce del privilegio de ser considerado el primer autor de zarzuelas, con obras como Celos aún del aire matan o La púrpura de la rosa, entre otras muchas.

Centrándonos ya en el género lírico español y diferenciándolo de la ópera, debe quedar claro que la característica esencial de la zarzuela, y que la distingue de los otros géneros cultos, es la combinación del diálogo con el canto, a diferencia de los géneros hermanos, la ópera y la opereta, en donde las breves incursiones en el diálogo se realizan mediante recitativos. Por el contrario, La zarzuela es una obra de teatro en donde se insertan números musicales en momentos claves de la obra pero, para entrar de lleno en esta cuestión es necesario hacer un breve recorrido por sus orígenes y por su evolución pues, como todos los géneros, ha tenido un período de incubación y desarrollo hasta llegar a su eclosión y presentarse tal y como la conocemos en la actualidad.

ORÍGENES

Su nombre deriva del palacio del mismo nombre situado en el Real Sitio de El Pardo (el nombre de "Zarzuela", dado al palacio, parece ser que se originó por derivación del nombre que se daba al paraje en donde fue construido, por estar este cubierto por gran cantidad de espinos y zarzamoras).

Dicho palacio fue mandado construir por Felipe IV en el siglo XVII, para uso del Infante don Fernando, su hermano, quien lo utilizó como pabellón de caza y de recreo (estaba situado en el mismo lugar en donde se ubica la actual residencia de los Reyes) y, cuando D. Fernando se marchó a Flandes como gobernador, su hermano comenzó a utilizar el edificio para reuniones con músicos y artistas de la ciudad.

Los días en que la Corte no podía salir a cazar se contrataban compañías de cómicos para amenizar las veladas. Allí, estos presentaban a los monarcas sus nuevas obras. Estas fiestas, denominadas "fiestas zarzuela", comenzaron a hacerse célebres. En ellas se estrenaban obras en las que se intercalaba la música con el diálogo. Se esboza en esos momentos lo que sería el futuro género lírico español: una conjunción de piezas cantadas con diálogos.

Estas fiestas zarzuela simbolizan el gusto de la Corte por las costumbres populares, aunque también en ellas se observe el gusto por temas mitológicos que, en ese momento, resurgen (recordemos que nos encontramos dentro del período artístico conocido con el nombre de Barroco).

En 1658 se pone en escena en la capital otra obra de Pedro Calderón de la Barca, la loa El laurel de Apolo -de compositor desconocido-, representada en el Teatro del Buen Retiro de Madrid, en donde aparece el personaje de la "Zarzuela", que tanta trascendencia ha tenido con posterioridad.

Poco después comenzaron a escribirse obras distribuidas en dos jornadas, como es el caso de Alfeo y Areusta, sobre un texto de Juan Bautista Diamante y, al igual que otras muchas obras de la época, de compositor desconocido.

Por los gustos cortesanos de esta primera época (S. XVII), los temas de este tipo de obras son, en su mayoría, mitológicos, con personajes heroicos que se mezclan con dioses, semidioses, reyes y ninfas y que, como se ha podido comprobar, presentan un paralelismo con la ópera. Ello se observa en títulos tales como Acis y Galatea, Hércules furente y matarse o morir o Los desagravios de Troya.

En la primera mitad del S. XVII, con la llegada a España de la dinastía borbónica, Felipe V y su esposa Mª Luisa Gabriela de Saboya, al desconocer el español y estar rodeados de ministros y validos italianos, siguieron haciendo protagonista de sus fiestas al "castrato" Farinelli, con lo que los géneros italianizantes continuaron en auge, con el consiguiente declive del género zarzuelístico que, a principios de ese siglo, había empezado a tener una mínima importancia, pues se le empezó a dar valor al texto, cosa que no sucederá en los siglos XIX y XX, época en que no se tendrá tan en cuenta y se le dará más importancia a la partitura.

Autores importantes del siglo XVIII son Antonio Zamora y José de Cañizares y entre los músicos más prestigiosos se encuentran Sebastián Durón, José Nebra (1707-1768) y Antonio de Líteres (1673-1747), compositores de la Casa Real.

El 1745 se inaugura el Teatro del Príncipe, en el antiguo Corral de la Pacheca, con una zarzuela de Cañizares y Nebra, Cautelas contra Cautela. También los teatros de la Cruz y del Príncipe albergaron durante el XVIII a la zarzuela como estilo teatral.

En la segunda mitad del XVIII, Ramón de la Cruz, con sus sainetes que serán musicados, reaviva el género y le da el rasgo costumbrista que le caracteriza, al plasmar la vida cotidiana del Madrid castizo, el elemento popular y el realismo en obras como Las segadoras de Vallecas, Los zagales del Genil, Las foncarraleras y El licenciado Farfulla, entre otras, esta con música de Antonio Rosales.

Es de destacar una colaboración importante en el apartado de la composición, la de Luigi Boccherini, quien musicó la obra de Ramón de la Cruz, Clementina.

El género va tomando importancia hasta el punto de que los compositores se plantean la ampliación de las orquestas, no sólo en número de instrumentos de los ya existentes, sino también en variedad de ellos.

Tras la muerte de Ramón de la Cruz, la zarzuela es sustituida por la tonadilla escénica, un tipo de breve ópera cómica que apareció a mediados del siglo XVIII, un género muy querido por el público de la época y cuya práctica se extendió por España durante más de medio siglo. El sustrato de estas composiciones estaba compuesto, en gran medida, por melodías y material musical del folklore español. Este género, que contó con el favor popular y con alguna que otra protección oficial, fue poco a poco perdiendo su carácter autóctono y tomando rasgos más afines a la tradición italiana.

La tonadilla escénica se caracterizaba por la flexibilidad en el número de actores pues, en ocasiones, podía ser uno sólo, pero podía llegar a una docena. Por este motivo a veces se oye hablar de "tonadillas a solo", "para varios", "a dúo", "a trío"... y sus números más característicos eran la introducción, las coplas y las seguidillas de remate. En algunas, y de forma excepcional, se insertaban coros.

Tuvo el género cinco etapas, que bien pudieran dividirse de la siguiente manera:

- 1751-1754: albores
- 1754-1770: desarrollo verdadero
- 1770-1790: madurez y apogeo
- 1790-1810: mixtificación y decrepitud.
- 1810-1850: ocaso hasta su total olvido.
De entre los libretistas de estas obras cabe destacarse al fabulista Tomás de Iriarte y al sainetista Ramón de la Cruz y, de entre los compositores, a Luis Misón, a Antonio Rosales, a Laserna y a Pablo Esteve.
El auge y la popularidad del género fue tal, que se conservan actualmente en la Biblioteca Municipal de Madrid más de dos mil obras completas, manuscritas.
Pero debido a la influencia italiana, la tonadilla, que siempre había utilizado como sustrato el folklore español, empieza a italianizarse y a ser sustituida por la ópera, género que comienza a tomar cuerpo en esa época.
El teatro lírico, tan en boga en el s. XVII, decae en el XVIII. La Real Orden que Carlos IV promulgó en 1799, en donde se prohibía la representación de obras no españolas, tampoco favoreció su resurgir, al contrario, se tradujeron al español algunas obras italianas.
Durante el reinado de su hijo, Fernando VII, se fomentó el género operístico y las obras de Rossini, Bellini y Donizetti tomaron relevancia, así como los cantantes italianos, con lo que no se consigue consolidar el género.
Paralelamente a la escuela nacionalista del s. XIX, en la que destacaron autores como Fernando Sors, Hilarión Eslava y Ramón Carnicer, con óperas al estilo italiano, despuntan autores como Misón, Esteve y Laserna.

Pero la época de esplendor del género no tiene lugar hasta la segunda mitad del siglo XIX, momento en que comienzan a construirse teatros y a remodelar y acondicionar los ya existentes, y así, en 1849, una orden del ministro de la Gobernación, el Conde de San Luis, establece la reforma de los teatros de Madrid y su cambio de denominación, con lo que el del Príncipe pasa a ser el Español; el de la Cruz, el Teatro del Drama; el del Instituto, el de la Comedia y, el del Circo, el Teatro de la Ópera. Fue en los teatros del Instituto y de la Cruz en donde se iniciaron las campañas que darían a la zarzuela su forma final.

Un triunfo importante del género se dio el 18 de febrero de 1849, con el estreno de Colegialas y soldados, una obra en dos actos, de M. Pina, inspirada en una opereta francesa y a la que puso música Rafael Hernando.

En 1849 se estrena La mensajera, del tudelano Joaquín Gaztambide. Este autor, que creía en principio que la zarzuela era únicamente la tonadilla ampliada, tuvo que convencerse de lo contrario, pues esta obra fue anunciada como zarzuela desde su cuarta representación.

Esta nueva época del género se origina con Cristóbal de Oudrid. Muy importante en su momento fue su obra El postillón de la Rioja, que se estrenó en el Teatro del Circo el 7 de junio de 1856. De este autor se recuerda esencialmente una obra de concierto, Los sitios de Zaragoza, obra conocida actualmente en singular, El sitio de Zaragoza, en donde motivos de jota se ven salpicados con unas fantasías sobre temas militares. Le siguieron otros autores: Gaztambide, Joaquín Espín y Guillén, Mariano Soriano Fuentes, Mateo Albéniz y Ramón Carnicer, llegando el género a su perfección con Francisco Asenjo Barbieri con zarzuelas como Jugar con fuego, Pan y toros y El barberillo de Lavapiés y con Emilio Arrieta y su Marina, adaptada posteriormente como ópera.

Barbieri y Arrieta son los autores que refuerzan, a mediados del XIX, la zarzuela grande y, cuando en 1856 se inaugura el Teatro de la Zarzuela, más conocido en su época como "el teatro de la calle Jovellanos", el género lírico ya era aceptado y se había consolidado como tal.

La primera obra que se pone en escena de este género es El diablo en el poder, de Francisco Asenjo Barbieri, el 14 de diciembre de ese año. La construcción de este teatro fue llevada a cabo gracias a los esfuerzos de Barbieri, uno de los renovadores de la zarzuela, por ser el creador de un estilo dentro del género. Investigador y musicólogo, junto con Felipe Pedrell, Andrés y Donostia, sienta las bases del nacionalismo musical español, lo que permitió a los estudiosos conocer el acerbo cultural del pasado. Gracias a esta labor, la tendencia latente de los compositores españoles del momento de plagiar esquemas y libretos de la ópera y de otros géneros italianos fue decayendo hasta olvidarse por completo. Fue además uno de los fundadores de la Sociedad Artístico-Musical de Socorros Mutuos, de la Sociedad de Conciertos y de la Sociedad de Bibliófilos españoles y, gracias a él, se publicó el Cancionero de Palacio, conocido también como el Cancionero de Barbieri.

Uno de sus mayores éxitos y bien pudiéramos decir que la consolidación del género como tal tuvo lugar con El barberillo de Lavapiés, su obra más elaborada, que fue estrenada en el Teatro de la Zarzuela el 18 de diciembre de 1874 y cuyo libreto se debe a Luis Mariano de Larra, hijo de Mariano José de Larra, Fígaro. El momento político que vive España es delicado, pero los teatros seguían estando llenos a rebosar. (Nos encontramos en plena Restauración borbónica, pues Amadeo de Saboya debe partir para el exilio y suba al trono de Alfonso XII). El ambiente histórico que plasma Barbieri en esta obra es también delicado. Se sitúa en el siglo XVIII, en la corte de Carlos III y tiene como base argumental algunas supuestas intrigas palaciegas. En el centro de esta obra, ministros italianos rechazados por el pueblo de Madrid, por sus decisiones impopulares: Sabatini, alumbrando calles y la prohibición de los sombreros de ala ancha y la capa larga, por ejemplo, son puntos de mira en El barberillo de Lavapiés: la crítica social, en una palabra, como puede comprobarse en el siguiente fragmento, una seguidilla, una composición en compás ternario que tiene su origen en el siglo XVI. En un momento de esta canción nos encontramos con ese punto de crítica social encubierta, en el fragmento "Dicen que Sabatini pone faroles": 

Dicen que Sabatini
pone faroles,
porque no ven los rayos
de tus dos soles;
abre tus ojos,
y él los irá apagando
poquito a poco
iViva la gracia,
viva el aquel
del Barberillo
de Lavapiés.






(Existen seguidillas sevillanas, manchegas y madrileñas. La diferencia entre ellas es que las dos primeras son cantadas y bailables, mientras que la tercera solo es cantable. Un ejemplo de esta última se escuchará más adelante: las seguidillas de La verbena de la Paloma, de Tomás Bretón).

Años más tarde, en otra de las grandes obras de este género, La verbena de la Paloma, de Tomás Bretón, vuelve a oírse de boca del pueblo (en este caso unos serenos) la preocupación por "la cuestión social":

- ¡Buena está la política!
- ¡Sí, sí, bonita está!
- ¿Pues y el ayuntamiento?
(...)
- Consumos por aquí
consumos por allá,
y dale que le dale,
y dale que le das.
- Son cosas de los tiempos.
(...)
- Y torna por arriba
y vuelve por abajo
(...)
- ¡Ay, qué trabajo!
(...)
Tres faroles tenía
esta calle no más.-
Pues dos han suprimido...
(...)
Y luego habla el gobierno
de la cuestión social.





De entre las zarzuela grandes más destacadas estrenadas en la segunda mitad del XIX, cabe citarse:

- Catalina (1854) y Los Magyares (1857) de Gaztambide;
- Jugar con fuego (1815), Pan y toros ( 1864) y El barberillo de Lavapiés (1874) , de Francisco Asenjo Barbieri;
- El postillón de la Rioja (1856) y El molinero de Subiza (1870), de Cristóbal de Oudrid;
- El dominó azul (1853) y Marina (1855) de Emilio Arrieta;
- Los sobrinos del capitán Grant (1877) y El salto del pasiego (1878), de Manuel Fernández Caballero;
- El anillo de hierro (1878), de Pedro Miguel Marqués;

- La Tempestad (1882), La bruja (1887) y El rey que rabió (1891), de Ruperto Chapí;

No de menor importancia fueron los libretistas de estas obras: Ventura de la Vega, Luis Mariano de Larra, Francisco Camprodón, Antonio García Gutiérrez y Javier de Burgos, entre otros.
En la década de los 60 del siglo XIX surge el "teatro por horas". La peculiaridad de éste es que se ponían en escena obras de una hora de duración cuatro veces al día los días laborables. La primera sesión comenzaba a las 20:30 h. y la última a las 23:30 h. Los días festivos se representaban, en función de tarde, zarzuela de gran espectáculo y complicada tramoya, como Los sobrinos del capitán Grant de Manuel Fernández Caballero, basada en a obra de Julio Verne Los hijos de capitán Grant.
Surge así el género chico. Su única diferencia con el género grande no estriba en que las primeras tuviesen menos calidad literaria y musical, al contrario, eran piezas exentas de chabacanería y su denominación se debe únicamente a su extensión: se denomina género grande a la obra que consta de dos o más actos, mientras que el género chico es una zarzuela en un acto dividida en cuadros impregnados de un aire asainetado, a manera de breve estampas de saber popular.
Las etapas de este género son tres:
- 1880-1890: formación
- 1890-1900: plenitud

- 1900-1910: decadencia.

Su apoteosis es vivida esencialmente en el Teatro Apolo, conocido por este motivo como "la catedral del género chico". Allí, y en la denominada "cuarta de Apolo" (sesión que comenzaba a las 23:30h.), se estrenaron las mejores obras del género, como El año pasado por agua (1889), con libreto de Ricardo de la Vega y música de Federico Chueca.

En este teatro (y pronto se extienden a todos los teatros de la capital) se muestran representaciones sin grandes complicaciones argumentales, obras del "género chico", en donde esencialmente se nos plasman ambientes del Madrid de la época. Entre sus personajes destacan aguadoras, guindillas (policías -"la autoridad"-), chulos, niñeras, ratas (ladronzuelos, esencialmente carteristas, que trabajaban en los tranvías y otros lugares concurridos), etc.

Ejemplos de obras en donde aparecen estos personajes bien pudieran ser Agua, azucarillos y aguardiente y La Gran Vía, ambas de Federico Chueca. En esta última obra encontramos la simpática y conocida "Jota de los ratas" .

Existe una anécdota surgida a raíz de esta composición: A Federico Chueca le robaron en el tranvía su cartera. Cuando "los ratas" descubrieron quién era el dueño de ella se la enviaron a casa "casi" intacta y con "algo" añadido. Casi intacta, porque la devolvieron con todo el dinero y con algo añadido porque en su interior introdujeron una nota en la que decían que se habían quedado con su foto de recuerdo, por lo bien que los había tratado en su obra y con veinticinco pesetas de más en concepto de "compra de la foto".

La eclosión del género chico bien pudiéramos decir tiene lugar en 1886 con el estreno de La Gran Vía y de Cádiz, ambas de Federico Chueca. De esta última nos ha quedado en el repertorio de concierto su famosa "Marcha".

De 1890 a 1900, la época de plenitud de género, se ponían en escena obras de estas características en once teatros madrileños. En este período llegaron a estrenarse más de mil quinientas zarzuelas.

El año que señala la cumbre en la historia de la zarzuela es 1894, cuando se estrena de La verbena de la Paloma de Tomás Bretón, obra de la que oiremos uno de sus números más importantes, la seguidilla. Esta que nos presenta Bretón es madrileña y su peculiaridad estriba, como ya se ha citado, en que solo es cantada, a diferencia de las otras que son también bailadas. 
 

Le siguen éxitos como El cabo primero de Arniches y Caballero; Agua, azucarillos y aguardiente, de Chueca; La Revoltosa, de Chapí; La fiesta de San Antón y El santo de la Isidra, de Arniches y López Torregrosa o La chavala, de Chapí.

El género chico, que había nacido en 1867 en un teatrillo de la calle de la Flor llamado "El Recreo" cumple en Apolo su mayoría de edad. ¿Quién iba a decirles a los actores José Vallés, Juan José Luján y Antonio Riquelme que su idea de ofrecer teatro por secciones en vez de función completa que duraba cuatro o cinco horas iba a satisfacer tanto al público, a quien entretenían durante una hora, dándoles la oportunidad de aprovechar el resto de la noche en otros menesteres, pudiera llegar a tener tanto éxito?

En 1898 se estrena Gigantes y cabezudos, de Manuel Fernández Caballero y libreto de Miguel Echegaray. Ambientada en ese mismo año, es emotivo el número titulado "Coro de repatriados"

Acababa de perderse una guerra, la de Cuba, y los soldados iban volviendo a la patria. Todos eran recibidos con honores: unos venían mancos, otros cojos, otros ciegos. La mayoría de ellos incapacitados para volver a trabajar, enfermos... Y Fernández Caballero y Echegaray aprovecharon esta coyuntura. En el momento en que el coro tenía que salir a escena lo hizo desde la parte trasera del patio de butacas y fueron adentrándose por él hasta subir al escenario. El número fue impactante porque, de la manera que los habían caracterizado, el público creyó que eran realmente soldados venidos de la guerra de Cuba y cuentan las crónicas que hubo lágrimas en el patio de butacas. 

Ya entrados en el siglo XX nos encontramos con bellas obras fruto de autores como José Serrano, conocido por obras de un lirismo pleno, como es el caso de La canción del olvido o La Dolorosa y de partituras de ambientación diversa como La reina mora, Alma de Dios (en donde destaca la "Canción húngara", preciosa composición plena de lirismo y con una fuerza expresiva que acredita su calidad, Los claveles o Moros y cristianos (con su bella "Marcha mora").

La llegada de este nuevo siglo ha traído también un cambio de mentalidad en el público y, aunque en la primera década aún siguen poniéndose en escenas obras de género chico, poco a poco va siendo relegado a un segundo término, hasta hacerlo desaparecer, como había sucedido con la zarzuela grande, que se había apagado en el último tercio del siglo anterior.

En este momento se crean obras como Las Golondrinas, una joya de nuestro género lírico, compuesta por el jovencísimo José Mª Usandizaga, a quien el muy conocido dramaturgo y empresario Gregorio Martínez Sierra se atrevió a dar su obra para musicar, a pesar de ser un autor novel, pues hasta el 4 de febrero de 1914, el vasco José María Usandizaga era un ilustre desconocido para el público de Madrid. Pero al finalizar ese día, y después del estreno de su obra Las Golondrinas, en el Teatro Circo de Price, se convirtió, como por encanto, en un músico consagrado, adinerado y respetado por todos, tal fue el éxito rotundo, clamoroso y casi sin precedentes de la presentación de esta zarzuela.

¿Quién iba a sospechar esa gloriosa noche de laureles que un año después, recién cumplidos los 28, la muerte habría de truncar la vertiginosa y brillante carrera de Usandizaga, una de las más firmes esperanzas de la música española?

En Las Golondrinas encontramos rasgos que semejan música vanguardista.

En los anales del género están El niño judío (1918), de Pablo Luna, obra de la que nos ha quedado en el repertorio la famosa Canción española y Doña Francisquita (1923), de Amadeo Vives (creador, junto con Lluis Millet, del Orfeón catalán), basada en La discreta enamorada, de Lope de Vega, en donde destaca una pieza de aire alegre y desenfadado, "La cofradía de la bulla" que ambienta la obra en un momento muy concreto: un día del carnaval en Madrid.
 

Otra obra de importancia, aunque se pone poco en escena, es La leyenda del beso (1924) de Reveriano Soutullo y Juan Vert, de la que ha quedado para repertorio sinfónico su bello intermedio. También importante y de estos mismos autores es El último romántico (1928), obra que se sitúa, históricamente, a finales de la Primera Guerra Carlista. El marco histórico es muy concreto, pues se nos indica la entrada del Pretendiente a la corona de España, D. Carlos de la siguiente manera: "Dicen que ha entrado D. Carlos / por la frontera de Francia, / a caballo y de uniforme, / anda y dí que me lo traigan".

A Francisco Alonso debemos La calesera (1925) y La parranda, con su célebre "Canto a Murcia" (1928), entre otras. Su aportación a un género que tuvo repercusión en los años 40-50, la revista fue Las Leandras con sus famosos números "Pichi" y "Los nardos", a los que dio fama internacional Celia Gámez.

De Jesús Guridi nos ha quedado en el repertorio El caserío (1926); de Jacinto Guerrero, Los gavilanes (1923), El huésped del Sevillano (1926), basada en La ilustre fregona, de Cervantes o La rosa del azafrán (1930). Este autor hizo incursiones en la revista con obras como Cinco minutos nada menos, de cuya obra ha quedado en el repertorio la pieza "Eugenia de Montijo".

Federico Moreno Torroba, quien siguió creando hasta 1980, el 19 de junio de 1980 estrenó en el Teatro de la Zarzuela de Madrid El poeta, con libreto de José Méndez Herrero, obra que se desarrolla en los años 20 del siglo XIX y que se nos narra parte de la vida de José de Espronceda, exactamente su trayectoria política en el bando liberal: sus amores con Teresa Mancha, en Portugal y sus viajes a Londres y a París siguiendo a su amada y participando en la subpolítica contra Fernando VII. De entre el resto de sus obras cabe destacar Luisa Fernanda (1923) y una obra de menor importancia, La Marchenera, no muy usual en el repertorio del género.

Otros autores dignos de ser citados por su importante aportación al género son:

- Manuel Fernández Caballero: La viejecita, Gigantes y cabezudos y El dúo de "La Africana"

- Pedro Miguel Marqués: El anillo de hierro.

- Ruperto Chapí: El tambor de granaderos, La patria chica, La bruja, Cádiz y La revoltosa.

- Tomás Bretón: La verbena de la paloma (autor también de excelentes óperas, como La Dolores).

- Federico Chueca: Agua, azucarillo y aguardiente y El año pasado por agua.

- Jerónimo Jiménez: La tempranica, La boda de Luis Alonso y El baile de Luis Alonso.

- Tomás López Torregrosa: El santo de la Isidra.

- Rafael Millán: La dogaresa.

- Federico Moreno Torroba: Luisa Fernanda y María Manuela

- Reveriano Soutullo y Juan Vert, colaboradores junto con otros autores en la composición de dos joyas del género, La leyenda del beso (colaboran con Paso, Silva y Reoyo) y El último romántico (con José Tellaeche)...

- Joaquín Valverde destaca también como autor de un gran número de libretos de género chico.

Otros compositores de importancia dentro de este género son:

- Jacinto Guerrero: Los gavilanes, El huésped del sevillano y La rosa del azafrán

- José Serrano: La dolorosa, Los claveles y Moros y cristianos -autor también del Himno a Valencia.

Muy importante dentro de los compositores de zarzuela grande es Pablo Sorozábal, quien musicó en 1945 un libreto de Pío Baroja, Adiós a la bohemia, con algunos rasgos vanguardistas como se puede observar en el siguiente fragmento.

Sorozábal hubiera pasado a la historia del género con obras como Don Manolito o Black, el payaso, pero posiblemente su nombre se hubiese extinguido con el tiempo, como el de otros tantos cientos de autores, si no llega a ser por tres obras de gran importancia: Katiuska (1931), La del manojo de rosas (1934) y La tabernera del puerto (1936).

En una entrevista le preguntaron a Sorozábal: "Maestro, ¿de la música se puede vivir?". A esto contestó muy serio: "No, no se puede vivir. Yo he tenido una gran suerte y he podido vivir bien, durante casi toda mi vida, a costa de tres mujeres". El entrevistador enmudeció y no supo qué más decirle. Pero el maestro, muy divertido viendo la expresión de su interlocutor, añadió: "Sí, he vivido muy bien a costa de tres mujeres: Katiuska, La del manojo de rosas y La tabernera del puerto."

También llegó a América el influjo del género zarzuelístico y algunos autores, probaron fortuna en estas tierras. De entre ellos destacamos a Ernesto Lecuona, a quien debemos tres hermosas obras de ambiente afro-cubano, Rosa la china, María la O y El cafetal. En María la O vemos una evolución que va, desde el sinfonismo al más puro estilo hasta la música afro-cubana.

El género fue decayendo y, salvo mínimas excepciones, desde mitad de este siglo no se han vuelto a componer más. Un estreno tuvo lugar a principio de la década de los 80, fue una zarzuela en catalán, del maestro José Espeita, titulada Alexandra, estrenada en un teatrillo de un barrio de Barcelona, L'orfeó Martinenc y de la que creo sólo se dio una representación. Los actores, aunque aficionados, supieron darle a la pieza un sentido, pero el género, en cuanto a producción se refiere, ha cerrado su etapa creativa y sólo nos queda el repertorio clásico de casi tres siglos de existencia.

Por lo que respecta a la temática de estas obras, ya he dicho que predomina el tema costumbrista, sobre todo en el siglo XIX pero, tanto las del XIX como las del XX, hay un tema clave y que podemos considerar su leiv motiv, no sólo en las obras del género grande sino también en las del género chico: el amor.

Si nos paramos a analizar algunas zarzuelas, vemos que este tema básico se nos plantea desde diferentes puntos de vista. Ejemplo de ello lo encontramos en algunas obras de prestigio, con unos parámetros diferenciadores:

- Amor imposible por la diferencia de edad, como el existente entre Juan y Rosaura en Los gavilanes de José Ramos Martín y Jacinto Guerrero, en donde ése pretende casarse con una jovencita que podría ser su hija (Juan había sido novio de Adriana, la madre de Rosaura) y que no le corresponde en sus sentimientos. Además, ella está enamorada de un joven, Gustavo, quien sí le corresponde.

- Amor imposible por la diferencia de nivel social, como en:

- La rosa del azafrán de Federico Romero, Guillermo Fernández Shaw y Jacinto Guerrero, en donde el ama del cigarral, Rosario, recibe los requiebros de un trabajador de la hacienda, Juan Pedro, de quien está enamorada, pero a quien rechaza por el qué dirán.

- Molinos de viento, de Luis Pascual Frutos y Pablo Luna. En ella contemplamos los amores de una joven, habitante de un pueblecito costero, y de un príncipe.

Pero en todas, excepto en esta última, en donde la protagonista, Margarita, no termina con el príncipe, a quien ama (o cree amar), sino con Romo -quien está perdidamente enamorado de ella, y de quien había sido novia hasta la llegada del príncipe-, nos encontramos con un final feliz, favorable siempre a los enamorados.

Por el contrario se puede observar el diferente tratamiento del amor en Las Golondrinas, de José Mª Usandizaga y Gregorio Martínez Sierra, en donde la obra acaba trágicamente, al asesinar Puck a la Bella Nelly, Cecilia, su amor de toda la vida, porque ésta, una vez más, lo ha rechazado.

Estos amores desgraciados, la contraposición de los amores felices de la mayoría de las obras de este género, posiblemente llegó a chocar en la mentalidad de las gentes de la época, ya que en nuestro género lírico la muerte no suele estar presente de manera directa en la trama de las obras, ni suele marcar a los protagonistas. En alguna ocasión lo ha estado en personajes secundarios o reiteradamente citados a lo largo de ellas, como bien pudiera ser el caso de La Dogaresa, de Antonio López Monís y Rafael Millán, en donde Paolo mata al Dux pero, en general, en las obras zarzuelísticas el final suele ser feliz y así, si la pareja está separada por algún motivo, acaba uniéndose, generalmente gracias al destino, como es el caso de La Dolorosa, de Juan José Lorente y José Serrano, en donde Dolores encuentra por casualidad a Rafael en el convento en donde éste se ha refugiado, y se marchan ambos con el hijo de Dolores, fruto del engaño de otro hombre y que Rafael acepta adoptar. O en Gigantes y cabezudos, de Miguel Echegaray y Manuel Fernández Caballero, en donde Pilar encuentra a su novio, Jesús, en la plaza del Pilar de Zaragoza, durante las fiestas en honor a la Virgen, tras la vuelta del joven repatriado de la guerra de Cuba.

- Otro ejemplo de amor plasmado en las zarzuelas es aquel que surge entre dos seres de la misma posición social, pero en donde, en teoría, uno de ellos posee una cuna de mayor rango y, cuando el otro miembro de la pareja lo averigua, piensa que el amor solo sirve a su amado de juego. Azares del destino hacen que ambos acaben perteneciendo a la misma posición, pero ya es difícil que los amados lo acabe de creer. Finalmente, las cosas se arreglan y el amor acaba venciendo todas las trabas impuestas por el destino, que acaba igualando el nivel social de los enamorados para que su felicidad pueda tener lugar. Este es el caso de La del manojo de rosas, de Ramos de Castro, Anselmo C. Carreño y Pablo Sorozábal, en donde se nos plantean los amores de Joaquín, un mecánico (en realidad estudiante de ingeniería, cuyo padre se arruina y él acaba siendo el único medio de sustento de la familia) y Ascensión, una florista cuyo padre, después de algunos azares del destino, acaba teniendo una fortuna que le permite regentar únicamente su negocio.

- Amor carnal como en: La corte del Faraón de Perrín, Palacios y música de Vicente Lleó, en donde la reina de Egipto y la esclava Lota tratan, por todos los medios, de seducir al "casto" José.

AMBIENTACIÓN

La ambientación de las obras zarzuelísticas es muy diversa. Podemos decir que recorre todos los ámbitos. Veamos un breve resumen:

- Ambiente rural: El Caserío, Maruxa, El cantar del arriero, La villana (adaptación de Peribáñez y el comendador de Ocaña de Lope de Vega), La rosa del azafrán.

- Ambiente marinero: Los gavilanes, Molinos de viento, La tabernera del puerto, Marina obra de la que existe una versión operística.

- Ambiente urbano: Doña Francisquita, Gigantes y cabezudos, El último romántico, La del Manojo de rosas.

- Ambiente urbano/rural: Luisa Fernanda

- Ambiente palaciego: Los diamantes de la corona, La viejecita.

- Ambiente exótico: El asombro de Damasco (ambientación oriental).

La acción de algunas zarzuelas transcurre fuera de España, como en:

- Costa francesa: La tabernera del puerto.

- Venecia:La dogaresa.

- Egipto:La corte del Faraón.

- Rusia:Katiuska.

- Holanda:Molinos de viento.

- Noruega:El anillo de hierro.

- En España y otros lugares:

- El niño judío (Oriente)

- La patria chica (América)

Si se hace un breve estudio de la ambientación en los diferente lugares de España, están plasmados gran número de ellos. Sirva como ejemplo:

- Madrid: El barberillo de Lavapiés, El santo de la Isidra, El bateo, La fiesta de San Antón...

- Castilla:

- Zamora: El cantar del arriero.

- Segovia: La del soto del parral y La fama del tartanero.

- Toledo: El huésped del sevillano y La rosa del azafrán.

- Andalucía: La boda de Luis Alonso

- Murcia: La parranda

- Galicia: La bruja

- Asturias: Maruxa

- Aragón: Gigantes y cabezudos y Los de Aragón

- Cataluña: Cançó d’amor i de guerra

EL FOLKLORE

Como ya se explicó con anterioridad, fue una ardua labor de autores como Barbieri el conseguir que las obras que se pusieran en escena en nuestro país se fuesen acercando a los ambientes que lo caracterizaban, y para ello comenzó a tenderse hacia un nacionalismo musical del que será buen ejemplo, en el campo sinfónico, Manuel de Falla, con su incursión en el mundo operístico con La vida breve. Para ello los compositores se acercaron al pueblo y plasmaron sus costumbres, su modo de vida y, como no, muchas de sus manifestaciones folklóricas. De entre éstas caben destacarse:

- Galicia (Muñeira): Maruxa

- País Vasco (zorzico): El caserío

- Aragón (Jota): Gigantes y cabezudos

- Cataluña (sardana): Cançó d'amor i de guerra

- Castilla (jotas castellanas): La Dolorosa

- Madrid (Chotis): La Gran Vía

- OTRAS COMPOSICIONES:

- Vals: "Vals del Caballero de Gracia" : La Gran Vía

- Mazurca: "·Mazurca de las sombrillas": Doña Francisquita.

TIEMPO HISTÓRICO Y TEMÁTICA:

Por lo que al tiempo histórico se refiere, podemos dividirlo, con algunos ejemplos y de manera muy esquemática, de la siguiente forma:

- S. XVII:
- Tema mitológico:
- Calderón de la Barca: El laurel de Apolo
- S. XVIII:
- Tema goyesco:
- El barberillo de Lavapiés

- Jugar con fuego

- Pan y toros.

- La Calesera

- S. XIX:

- Tema del Madrid castizo (costumbrismo): sainetes:

- El santo de la Isidra.

- La fiesta de San Antón.

- S. XX:

- Tema costumbrista:

- La del manojo de rosas

- La tabernera del puerto

- Don Manolito.

Importancia capital tienen las piezas sinfónicas: los preludios y los intermedios. Al igual que en la ópera, en los preludios se adelantan alguno de los temas que se desarrollarán a lo largo de la obra. Así mismo, los intermedios son piezas de lucimiento del compositor que también recoge esbozos de lo que se pondrá en escena en la segunda parte de la obra.
Harto conocido es el intermedio de La leyenda del beso de Soutullo y Vert, como célebres son los preludios que abren y cierran el presente trabajo: el de La Revoltosa y el de El tambor de granaderos, ambos de Ruperto Chapí.
Ya a las puertas del siglo XXI el género sigue gustando porque en él hay calidad y porque sus músicas llegan a todo el público. Igual nos encontramos con una pieza dicharachera, que con un número cargado de lirismo o de emotividad. Y son muchos los tipos que en ellas se nos plasman y que dan una importante visión del talante y de la idiosincrasia del pueblo español.
Es de agradecer los esfuerzos que en estos últimos años se están haciendo, tanto por parte de las empresas privadas, como la de José Tamayo, como por parte de las instituciones públicas, mediante subvenciones, para fomentar la puesta en escena de estas obras. De esta manera se está elevando al género zarzuelístico a la categoría de teatro clásico español.

 

© Mª Ángeles Santiago y Miras, 2001

El URL de este documento es <http://www.ub.es/filhis/culturele/zarzuela.html


© 2001
Facultat de Filologia
Universitat de Barcelona

Cultura e Intercultura en la enseñanza del español como lengua extranjera
se empezó a publicar como un monográfico de la revista Espéculo: http://www.ucm.es/info/especulo/ele/