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Scripta Nova
REVISTA ELECTRÓNICA DE GEOGRAFÍA Y CIENCIAS SOCIALES
Universidad de Barcelona. ISSN: 1138-9788. Depósito Legal: B. 21.741-98
Vol. XIII, núm. 307, 10 de dciembre de 2009
[Nueva serie de Geo Crítica.
Cuadernos Críticos de Geografía Humana]

 

LA HISTORIA, LA CIUDAD Y EL FUTURO

Horacio Capel
Universidad de Barcelona

Recibido: 15 de mayo de 2009. Aceptado: 16 de julio de 2009.


La historia, la ciudad y el futuro (Resumen)

La historia y el presente están profundamente vinculados, y con frecuencia los historiadores llegan desde los problemas actuales a la reconstrucción del pasado. Pensar históricamente significa normalmente pensar en procesos de cambio. Lo que puede aplicarse desde el pasado al presente, como se hace en la historia contrafactual y en los modelos postdictivos, y desde el presente hacia el futuro.

El futuro debe ser considerado en todas las ciencias sociales. Pero la tarea de los historiadores es indispensable y esencial para la construcción del mismo, y más específicamente de la ciudad deseable en el futuro. En este artículo se sostiene que los historiadores deben atreverse a hablar de los problemas del presente, e incluso abordar la  historia del futuro y, de forma más concreta, la historia del futuro de la ciudad. No podemos hacer nada respecto al pasado, pero podemos influir en el futuro, modestamente con la acción individual, y de forma más intensa con la acción colectiva.

Son muchos los futuros posibles, pero algunos son preferibles a otros. Solo habrá un futuro entre los muchos posibles, y los historiadores –como otros científicos sociales- deben ayudar a construirlo.

Palabras clave: historia, historiografía, historia del tiempo presente, historia contrafactual, historia del futuro, modelos posdictivos.

The history, the city and the future (Abstract)

The past and the present are deeply linked, and historians often arrive from the current problems to the reconstruction of the past. Thinking historically means normally thinking of change processes. What can be applied from past to present, as is done in counterfactual history and postdictive models; and from the present to the future.

The future must be considered in all social sciences. But the task of historians is indispensable and essential for its construction, and more specifically fort he building of the desirable city in the future. This paper argues that historians must dare to discuss the current problems, and even consider the history of the future, more specifically, the history of the city's future. We can do nothing about the past but we can influence the future, simply with individual action, and more intense with collective action.

There are many possible futures, but some are better than others. There will be only one future among the many possible, and historians, like other social scientists should help to build it.

Key words: history, historiography, history of the present, counterfactuals, history of the future, posdictive models.

Considero un privilegio y una gran responsabilidad la invitación para esta conferencia inaugural[1]. Un privilegio por la labor investigadora y docente del equipo investigador que organiza este encuentro. Una responsabilidad por dirigirme desde fuera de la disciplina a un grupo prestigioso de historiadores y científicos sociales.

He pensado que podría ser interesante reflexionar sobre la historia, la ciudad y el futuro. Sobre todo, podemos plantear unas preguntas que me parecen relevantes: ¿para qué sirve la historia ante los problemas actuales? ¿cuál puede ser el papel del historiador para pensar el futuro?

Unas preguntas que también se puede hacer en otras disciplinas; por ejemplo, en geografía con referencia a la geografía histórica. Y que yo mismo planteé públicamente en el VIII Coloquio Internacional de Geografía que se celebró en Ciudad de México en mayo de 2006. Aquel Coloquio se dedicó a “Geografía histórica e historia del territorio”, un tema que parecía apartarse de las cuestiones de actualidad que habíamos abordado en todos los anteriores. Señalé que plantear ese tema no era una huida de la realidad, una falta de compromiso con las graves cuestiones a que nos enfrentamos, sino que, al contrario, el propósito era que pudiéramos reflexionar sobre el pasado para mirar al futuro.

Me voy a permitir citar aquí aquellas palabras, porque constituyen el punto de partida para esta intervención, que reflexiona sobre el papel de la historia, y en concreto de la historia de la ciudad:

Nos interesa mucho el pasado, pero no nos preocupa, porque no podemos actuar sobre él. Como nos recordó Borges, hasta Dios es impotente respecto al mismo, ya que ni siquiera Él puede modificarlo. Lo que nos interesa es el presente y, sobre todo, preparar un futuro mejor.  Pero ese futuro es indisociable del pasado, hereda muchas cosas que proceden de él, está influido por circunstancias históricas anteriores, y decisiones que se tomaron en otros momentos”.

Y concluía: “Lo que queremos es, pues, una geografía histórica para entender el pasado, para organizar mejor el presente, y para construir el futuro”. De manera similar, y de forma más amplia, creo que necesitamos de una historia que permita entender el pasado, y nos ayude a enfrentarnos al presente y a construir el futuro. Voy a dedicar el tiempo de mi intervención a reflexionar sobre ello, haciendo referencia a los problemas de la ciudad actual.

Esta exposición constará de tres partes dedicadas sucesivamente a las cuestiones que se anuncian en el mismo título: la historia, la ciudad y el futuro. Acabará con unas consideraciones sobre cómo los historiadores pueden contribuir a construir el futuro de la ciudad.

 

LA HISTORIA Y LAS HISTORIAS

¿Debemos hablar de la historia o de las historias? ¿De la historia o de los historiadores? Hay muchas historias y muchos historiadores.

Ante todo, hay una historia como disciplina científica reconocida y otras historias que se realizan fuera de ella, desde otras disciplinas. Desde dentro de la disciplina se puede realizar una historia universal y otra particular. También una historia general (dividida, por ejemplo, en antigua, media, moderna o contemporánea) y otras especializadas; las que han desarrollado los historiadores (como parte de la historia “sectorial”) son muy variadas: historia social, institucional, de la cultura, de las mentalidades, del arte, y otras más[2].

Pero la investigación y la enseñanza de la  historia se desarrollan asimismo fuera de esta disciplina. Desde otros campos del conocimiento se despliegan historias especializadas: en la medicina, la arquitectura, el urbanismo, el derecho, la geografía o las diferentes ciencias. Se hace en forma de historia de la medicina, historia de la ciencia y de la técnica, historia del urbanismo, historia militar, historia del derecho, historia de las obras públicas o historia de la geografía y geografía histórica, entre otras.

La aportación de las disciplinas especializadas tiene ventajas e insuficiencias. Las primeras derivan de la posibilidad de profundizar en aspectos concretos que requieren una preparación específica (historia de la medicina o historia social de las comunidades científicas, por ejemplo); las insuficiencias, por su parte, proceden de la visión parcial o sesgada que pueden introducir.

Conviene advertir desde ahora que, con frecuencia, las historias especializadas se han realizado a partir de problemas científicos concretos de las disciplinas, para ayudar a plantearlos y a resolverlos. El caso de la medicina, como el de la geografía, son bien significativos: la historia en estas materias, como en otras disciplinas, permite comprobar que los problemas se han planteado históricamente, y que la perspectiva histórica ayuda a mirar con otros ojos las cuestiones actuales[3].

El cambio temporal

La historia es la ciencia del pasado de las sociedades humanas. Pero, dicho eso, tal vez convendría insistir que no es solo la ciencia del estado en un momento del pasado sino también, y sobre todo, la ciencia del cambio temporal, como han pretendido tantos historiadores; entre los cuales Marc Bloch o Pierre Vilar, y otros miembros del grupo de los Annales. Pensar históricamente, escribió el segundo, es “esforzarse en aprehender los fenómenos sociales en la dinámica de sus secuencias”[4].

No parece ser la situación actual de la disciplina. Ésta es más bien, en muchas ocasiones, de estudios de corto alcance y de separación disciplinaria. Sin duda la hiperespecialización de algunos historiadores, y el plan de las carreras universitarias que se hacen seguir a los estudiantes, tienen ventajas pero también algunos graves inconvenientes. Principalmente éste: a veces se olvida la historia completa, el cambio histórico.

Creo que hemos de insistir ante los historiadores en la importancia de una reflexión sobre el cambio temporal, a largo plazo, desde la prehistoria o desde la antigüedad hasta hoy. Y en la necesidad de que realicen el esfuerzo de presentar las continuidades y los hiatos, las herencias y las innovaciones, las largas permanencias y las nuevas tendencias y realidades que surgen.

Han existido muchos intentos de buscar el sentido en el desarrollo general de la historia humana. Parece lógica la pregunta que se hizo Herder en 1784: “porqué, si todo tiene en el mundo su filosofía y ciencia, no lo tendrá también lo que más nos importa, la historia de la Humanidad”. Era, sin duda un gran atrevimiento querer descubrir el orden subyacente en el devenir de la historia (lo que en aquel momento podía significar penetrar en el plan divino de la creación), y, en relación con ello, interrogarse, como hizo este mismo autor: “¿acaso los tiempos no están ordenados como lo están los espacios?”[5]. Una pregunta que muchos filósofos y científicos convirtieron bien pronto en un problema intelectual. A partir de ahí, han sido numerosas las pretensiones de encontrar las leyes del devenir histórico y apoyarse en ellas para escrutar el futuro.

Desde una inquietud similar a esa, filósofos de la historia e historiadores de la historia universal se han atrevido a realizar grandes síntesis de la evolución de la Humanidad. El ascenso y la caída de las civilizaciones y los ciclos de desarrollo histórico aparecían en la obra de grandes pensadores, desde Heródoto a Ibn Jaldún y a Giambattista Vico.  

Es esa visión de todo el tiempo histórico lo que permite hacerse las preguntas más generales y elaborar las grandes síntesis, que a veces echamos en falta. En los últimos dos siglos el ascenso y caída de las civilizaciones atrajo a numerosos pensadores, entre los cuales Nicolai Danilewski, Oswald Spengler y Arnold J. Toynbee[6]. Aunque ya no estén de moda, lo que es especialmente lamentable en el caso del último, seguimos teniendo necesidad de historiadores con ambición y con información suficiente para atreverse a construir nuevos cuadros integrados de la evolución de la Humanidad, o de fragmentos temporales (o sociales, o espaciales) significativos de ella. Necesitamos, en especial, síntesis históricas que se arriesguen a presentar la evolución a medio plazo, desde el XVI al XXI, y, asimismo, a integrar los conocimientos adquiridos en las historias especializadas, desde la historia de la ciencia y de las técnicas a la del urbanismo. Lo que exige enfoques integrados y hace imprescindible un trabajo interdisciplinario y la colaboración de los historiadores con geógrafos, arquitectos, historiadores de la ciencia, antropólogos, médicos y otros científicos especializados, en relación con los problemas específicos que deben abordarse.

La historia es un campo de múltiples convergencias. Pero muchas veces éstas no parecen realizarse. La falta de atención que los historiadores españoles tienen hacia las aportaciones que han hecho en las últimas décadas los historiadores de la ciencia y de la técnica, es un ejemplo bien significativo, y provoca no pocas reacciones negativas entre éstos.

Geografía e historia, geografía histórica

Los intercambios entre la geografía y la historia han sido frecuentes en el pasado, pero desgraciadamente están disminuyendo en los últimos años.

Existe una larga tradición de intercambio y cooperación entre historia y geografía, ciencias que incluso han llegado a estar hermanadas epistemológicamente, formando un grupo aparte en el sistema de las ciencias en la concepción kantiana[7].

Son muchos los casos de historiadores convertidos en geógrafos, y de geógrafos transmutados en historiadores. También los de quienes han hecho aportaciones, a la vez, a una y otra disciplina. El caso de Lucien Febvre es especialmente representativo de esto último: en su obra La Terre et l’evolution humaine (1922) el gran luchador de combates por la historia realizó una aportación fundamental a la disciplina geográfica; y luego siempre defendió la colaboración entre geógrafos e historiadores, así como la realización de “une histoire á part entiere”.

El camino de la historia a la geografía ha sido seguido por numerosos geógrafos, y especialmente por algunos de los maestros de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Entre los cuales figuras tan significativas como Paul Vidal de la Blache, uno de los fundadores de la geografía francesa contemporánea. La historia de esas conversiones permite detectar la imbricación que existe en ellas de motivos intelectuales y de estrategias profesionales[8]. Se trata de un camino que, en esos casos, siempre ha conducido desde los problemas del pasado a los problemas del presente.

Pero algunos otros investigadores, para tratar de entender el presente, han recorrido a veces el camino inverso, desde la geografía a la historia. Bien conocido y significativo es el ejemplo de Pierre Vilar, que empezó como geógrafo y acabó historiador. En alguna ocasión recordó que durante su formación las grandes preguntas le eran formuladas por sus profesores de geografía. Tal vez por eso se hizo geógrafo bajo el magisterio de Albert Demangeon, y conoció bien el interés de él y de otros geógrafos por los problemas actuales de Europa y del mundo. Sus primeras investigaciones, que abordaron el estudio de la Barcelona y la Cataluña industrial, le fueron convirtiendo progresivamente en historiador. Toda su reflexión le conducía a la historia, especialmente cuando constató que el punto de partida para la potencia industrial de Cataluña no procedía del medio geográfico, y que era la ciudad de Barcelona la que creaba la unidad de Cataluña[9]. La industria, la energía eléctrica, el corcho y las infraestructuras de comunicaciones, fueron el punto de partida para una reflexión que se orientó luego a la evolución de Cataluña en la España contemporánea, a partir de problemas sobre la sociedad y el territorio que él estudiaba. Pero nunca olvidaría el papel de la geografía; al igual que hizo Braudel en su trabajo sobre el Mediterráneo en la época de Felipe II[10], Vilar dedicaría también toda la primera parte de su tesis a la presentación del medio físico y humano del ámbito estudiado[11].

Desde la misma disciplina geográfica, y sin abandonarla, se ha llegado igualmente a la historia por muchos caminos. Especialmente a través de la geografía histórica.  Una rama que se dedica a la reconstrucción de paisajes culturales del pasado, incluyendo de forma significativa el más cultural y técnico de todos, la ciudad; o que aborda la reconstrucción de las geografías y los paisajes de otras épocas históricas. En su preocupación por delimitar los campos disciplinarios, algunos geógrafos defienden que la geografía histórica debe poner la atención “en los paisajes transformados por el hombre, más que en el hombre como agente de cambio del paisaje”[12].

El pasado es un extraño país, y es siempre una reconstrucción, porque ya no está, ha defendido el geógrafo David Lowenthal[13]. Pero el cambio de la sociedad y del espacio tiene ritmos diferentes en sus elementos constitutivos, y algunos pueden transformarse más deprisa que otros. Hay formas del pasado que permanecen todavía hoy, en un presente en el que se han modificado otros muchos elementos, tanto materiales como inmateriales. Por ello, el pasado puede estar presente en el espacio de una u otra forma; deja, en efecto, restos diversos, y a través de ellos persiste, y nos obliga a dialogar con él, a tomar actitudes respecto al mismo; ellos nos interesan porque ayudan a entender las raíces del presente.

La reconstrucción del uso de los recursos naturales en el pasado y las relaciones hombre-naturaleza forman parte también de la geografía histórica; y en este aspecto dicha rama de la geografía se conecta con la historia ambiental, y ha contribuido a una tradición intelectual que hoy se está constituyendo como una nueva subdisciplina a partir de la historia, de la geografía histórica y de la preocupación por la degradación del medio natural de nuestro planeta[14].

La apertura de los historiadores a las otras ciencias sociales ha enriquecido generalmente su perspectiva. Sin duda, esa actitud beneficia a la investigación histórica: permite hacer nuevas preguntas, descubrir nuevos temas y utilizar novedosas técnicas de investigación. La historia ambiental es un buen ejemplo de dicha apertura, que está dando frutos importantes. Una historia que los historiadores (como los geógrafos) han desarrollado desde hace años con técnicas históricas tradicionales, basadas en la documentación archivística[15], y que hoy se cultiva por estos especialistas, así como por  economistas y científicos de la naturaleza, con métodos muy variados; y a veces utilizando conceptos biológicos (como el de metabolismo, aplicado al metabolismo social, y otros), que pueden acabar por introducir sesgos preocupantes en la investigación.

Un caso interesante de vinculación interdisciplinaria es también el de la historia urbana, que ha permitido a los historiadores mirar con otros ojos una realidad que ha sido esencial para el desarrollo de las civilizaciones: la ciudad.

 

LA CIUDAD Y LA HISTORIA URBANA

La ciudad ha estado presente en la historia desde el mismo nacimiento del género en la época clásica, cuando los sucesos podían narrarse ab urbe condita. Y también lo estuvo en la renovación historiográfica durante el siglo XVI (por ejemplo, en la obra de Maquiavelo o en la de Giovanni Botero) y hasta el siglo XIX, como muestra, entre otras obras, La cité antique de Fustel de Coulanges. Aun así, la configuración del género de la historia urbana es un hecho relativamente reciente, y se ha visto influido por los desarrollos en otros campos de las ciencias sociales.

El difícil nacimiento de la historia urbana

En cierta manera la historia urbana es un campo que, en buena parte, se ha ido desarrollando desde fuera de la disciplina histórica  Concretamente, desde el derecho, desde el urbanismo, desde la geografía y desde la historia del arte surgieron en las primeras décadas del siglo XX diversas líneas de interés por las ciudades como un fenómeno específico. Sucedió de manera similar en diversos países. Por ejemplo, en Europa, a comienzos del siglo XX, los sociólogos franceses de la escuela de Durhkeim, y especialmente Maurice Halwbachs[16], descubrieron la importancia de la investigación histórica sobre la ciudad. Podría decirse que, con algunas excepciones, solo en los años diez y veinte del siglo XX los historiadores empezaron a volverse hacia el hecho urbano, siendo en este sentido la obra de Henri Pirenne especialmente significativa.

Durante mucho tiempo los historiadores no prestaron gran atención al cuadro físico en el que se desarrollaban los sucesos que estaban narrando. Determinados aspectos del estudio de la ciudad han estado ausentes en su trabajo, más preocupado por las dimensiones y las dinámicas sociales, políticas, económicas o culturales.

La producción de la forma urbana y sus características, el proceso físico de la urbanización, la morfología, la lógica de la producción del espacio construido, y otras muchas dimensiones, han estado frecuentemente ausentes de la inquietud de los historiadores; y ello a pesar del interés de los factores que influyen en la forma urbana: desde técnicos o culturales a políticos y económicos. Seguramente la misma ambigüedad de la definición de ciudad explica las dificultades de la historia urbana; la ciudad puede ser entendida como la civitas, es decir los ciudadanos, o como la urbs, la fábrica material de la ciudad, y tiene, además, una dimensión político-administrativa (expresada por el concepto de polis)[17].

Algo similar sucedió en Estados Unidos. Estadísticos (como Adna Weber) sociólogos, geógrafos[18]  y economistas interesados por los problemas de las ciudades norteamericanas del siglo XX serían los que primeramente echaron una mirada hacia su pasado.

Generalmente se señala que en ese país fue el trabajo de Arthur M. Schlessinger Sr. titulado “The city in American History”, en 1940, el hito fundamental que muestra el descubrimiento de la ciudad por los historiadores norteamericanos, y en el caso de este autor, como una reacción a la tesis de Frederick Jackson Turner sobre el papel esencial de la frontera y de los frentes pioneros en la historia de ese país. Pero a pesar de dicho trabajo, hacia mediados de los años 1950 solamente unas pocas universidades de Estados Unidos impartían cursos de esta materia[19].

La década de 1960 fue decisiva en la constitución de este campo de estudios en diversos países, y en la toma de conciencia de la importancia del papel desempeñado por las ciudades en el cambio económico y social.  A finales de dicha década la historia urbana fue calificada por H. J. Dyos como el continente más recientemente descubierto, y cuya conquista necesitaba no de acciones individuales sino de una acción concertada[20]. Y también en los años 1960 los historiadores norteamericanos iniciaron una exploración sistemática de la historia de la ciudad, influidos claramente por las preocupaciones del momento sobre la crisis urbana[21].

La historia urbana en los años 1960 fue un campo de fuerte desarrollo, pero de difícil definición. Uno de sus más decididos impulsores, H. J. Dyos, escribió que aunque se puede estar de acuerdo en que la historia urbana no comprende todo lo que sucedió en la ciudad en el pasado, no es tan fácil coincidir en lo que debe ponerse o en cómo interpretarlo[22].

Por eso, desde el mismo nacimiento, y especialmente a comienzos de los años 1970, la historia urbana recibió críticas de otros historiadores. Se la acusó de ser “un campo con un contenido mal definido, sin coherencia”, que “incluye cualquier cosa que se refiera a la ciudad”[23]. Muchos prefirieron el calificativo de historiadores sociales, más que de urbanos[24].

Un campo dinámico y multidisciplinario

Entre las cuestiones candentes que inmediatamente se plantearon se encuentra la misma definición del campo de la historia urbana. Dyos nunca pensó que ésta debía ser una disciplina separada sino, más bien, “una estrategia para alcanzar una comprensión histórica iluminadora especialmente adecuada para las sociedades complejas modernas”[25]. La idea dominante era que la ciudad es demasiado compleja  y la urbanización un proceso tan complicado que no puede ser abordado por una sola disciplina, y requiere aproximaciones multidisciplinarias[26].

El problema de si la especialización y la atención a las metodologías especializadas de las ciencias sociales podrían ayudar al historiador urbano fue también planteado[27], y se señaló la resistencia que había entre los historiadores para aceptar la historia urbana como un campo separado, y el riesgo de la fragmentación de los estudios históricos. También se reafirmó que el papel del historiador es el de la síntesis.

En la década de 1970 el campo de la historia urbana estaba ya suficientemente consolidado para que nacieran varias revistas especializadas[28]. Realizando un balance de los cambios que habían tenido lugar durante dicha década, François Bédarida no dudó en afirmar que el panorama permitía ser optimista y que la ciudad había pasado a reinar “como sujeto y como objeto de la historia”; también reconocía el carácter disperso y desconectado de los estudios que se realizaban en Francia, con el predominio del individualismo y el aislamiento, frente a la naturaleza más institucional y programada de las investigaciones que se realizaban en Gran Bretaña[29]. En todo caso, a pesar de las dificultades que existían, la historia urbana se fue afirmando como un campo de estudio dinámico, plural, multidisciplinario, y que trataba de entender aspectos muy variados de la vida social urbana y del marco en el que ésta se desarrolla[30]. En la década de 1980 el campo de estudio parecía ya bien consolidado, aunque la historia urbana todavía buscaba  “definición formal y coherencia interna”[31]. Uno de sus creadores, H. J. Dyos, al insistir en que no era una disciplina sino “un campo de conocimiento”, adoptó una concepción amplia e integradora.

Los que cultivan la historia urbana parecen no tener inconveniente en dedicarse tanto a los problemas en la ciudad como a los problemas de la ciudad. Así se hace en algunas revistas de historia urbana y se esgrime, a veces, de forma explícita[32]. Otros dos posibles enfoques de la historia urbana son los que consideran “urban as site”, un lugar donde ocurren los sucesos, y “urban as process[33]. Lo que la convierte, sin duda, en un campo muy vasto. Finalmente, la argumentación integradora puede conducir a aceptar que la historia urbana es lo que hacen quienes se consideran historiadores urbanos, definición tautológica y social que no es la primera vez que se propone para algunas disciplinas científicas.

La ciudad ¿variable dependiente o independiente? Contexto socioeconómico y autonomía de la ciudad

Hay historiadores que niegan la necesidad, e incluso la posibilidad, de una historia urbana, al igual que algunos sociólogos han rechazado a veces la existencia de la sociología urbana. Para muchos historiadores no hay una historia específica de la ciudad, ya que ésta no puede tomarse como variable explicativa de hechos históricos: sería el sistema socioeconómico el que influiría de forma general en las características espaciales y en los comportamientos sociales de los individuos y los grupos. Es decir, la ciudad sería una variable dependiente o secundaria del proceso social

En esta argumentación, es el conjunto del sistema socioeconómico y la lógica de su funcionamiento en épocas históricas diversas lo que resulta preciso situar en primer término para proceder a la investigación de las formas espaciales que se configuran. La localización de los grupos sociales en el espacio sería poco relevante desde un punto de vista de interés general, tanto si nos referimos a los conflictos sociales, como a características concretas (la pobreza o la riqueza, el liderazgo, el saber individual, la pertenencia a grupos privilegiados o subalternos). Para entender la ciudad, para actuar sobre la misma y, sobre todo, para cambiarla, habría que salir de ella, y actuar sobre el sistema económico en su conjunto, sobre las reglas de su funcionamiento[34].

Puede aceptarse que todo ello es cierto, y aún así añadir: “e pur  la citta c’é”; la ciudad existe en contextos históricos diferentes y debe tener alguna entidad en sí misma para merecer un análisis específico. Especialmente, incorporando una dimensión temporal que muestra la continuidad de ciertos rasgos morfológicos, sociales y culturales desde prácticamente el mismo comienzo de la historia urbana, lo que nos permite hablar de ciudades desde hace varios milenios.

Se entiende así que otros especialistas no duden en considerar la ciudad como una variable independiente. Sin duda, lo era para los sociólogos de Chicago que elaboraron el concepto de cultura urbana, derivada de las condiciones ecológicas de la ciudad (tales como el tamaño y la densidad). Muchos rasgos típicos de la vida urbana derivan de ello: la diversidad y heterogeneidad social, el anonimato, la tensión, la competencia por el espacio, determinados tipos de conflictos, la fragmentación de roles, la maximización de los contactos y de la información, y otros que han sido investigados ampliamente por aquellos que (por ejemplo, Georg Simmel) se han preocupado de cómo las ciudades, y especialmente las grandes ciudades influyen en la vida del espíritu[35], y por otros (los ecólogos humanos) que han explorado la influencia de las condiciones ecológicas sobre la vida social[36].

Es cierto que la historia urbana ha sido, a veces, simplemente el relato de hechos que se producen sobre un espacio que se limita a contenerlos. Durante mucho tiempo, el que un suceso o acontecimiento se situara en una ciudad parecía bastar para considerar su estudio como parte de la historia urbana. Lo cual dio lugar a llamadas de atención de diversos autores[37].

Pero el problema de la relación entre espacio físico concreto y sociedad, y quién actúa sobre el otro, la cuestión de si la forma influye en la vida social, ha sido también planteado en historia urbana por influencia de otras disciplinas. Para H. J. Dyos la historia urbana estudia los procesos urbanos, los factores y elementos que dan lugar a la evolución de una ciudad, o grupos de ciudades (y que son estudiados desde la historia política, económica o social); pero también considera la influencia de la ciudad en la historia de la sociedad. Por ello atribuía a la historia urbana el objetivo de estudiar las relaciones entre espacio urbano y la sociedad que habita en él[38]. También desde otras perspectivas se ha considerado igualmente fundamental para la historia urbana el lugar, el dónde, la localización de los hechos que se narran. Así en su libro La quiebra de la ciudad popular el arquitecto José Luis Oyón (2008) ha defendido con convicción que la historia obrera no puede explicarse sin situar en el plano la localización de las viviendas y de los espacios de trabajo, así como los de socialización y fiesta.

La biografía de las ciudades y el problema de la generalización

Muchos historiadores urbanos se han preguntado por las vinculaciones entre la historia de una ciudad concreta y los procesos generales de urbanización, y han planteado la necesidad de establecer relaciones entre la gran y la pequeña escala de análisis, entre lo microscópico y lo macroscópico[39].

Con gran frecuencia se ha puesto énfasis en los estudios individuales, lo que se han denominado las ‘biografías’ o los ‘retratos’ de ciudades, es decir, el conjunto de rasgos complejos de una ciudad[40]. Pero también se ha señalado que el estudio de la historia urbana  no puede significar simplemente el de comunidades individuales, más o menos fijadas en el tiempo y el espacio “sino la investigación de todos los amplios procesos históricos y tendencias que trascienden completamente el ciclo de vida y el rango de experiencia de comunidades particulares”. Lo cual no significa, se añade, abandonar el ‘método histórico’, sino estar atentos a los problemas y atacarlos con la metodología que fuera necesaria: más aún, el historiador urbano corre el peligro de no entender el problema que aborda si se empeña en seguir siendo “un historiador puro[41].

Existe siempre el problema de cómo relacionar los resultados de las investigaciones sobre ciudades específicas con los procesos más generales (de urbanización, de cambio social, de dominación y control…). Hay un conflicto entre la atención a lo específico y singular, que es normal en muchos historiadores,  y la necesidad de generalización[42]. El estudio de ciudades concretas es un estudio en profundidad e, idealmente, puede penetrar en la complejidad e interrelaciones de los fenómenos estudiados, y aspirar a la ‘historia total’. Por otra parte, el estudio de “familias de ciudades” puede establecer grupos  que tienen rasgos comunes (funcionales, de evolución histórica, de estructuras sociales…)[43].

La preocupación por la comparación, por las regularidades, por los factores explicativos generales, no ha dejado de estar presente de una u otra forma. Las ciudades son también ‘la ciudad’, y existe la posibilidad de elaborar modelos generales, aunque son otros científicos sociales quienes normalmente han tenido la audacia para ello; como hizo G. Sjoberg (1960) al atreverse a proponer uno sobre la ciudad preindustrial como ciudad precapitalista, a partir del interés por  los procesos de urbanización y su relación con el cambio social. Los historiadores están acostumbrados a enfrentarse con la complejidad de las situaciones que estudian, y generalmente son ciudades concretas las que investigan y les interesan, lo que, como máximo, puede llevarles a diferentes tipologías. Pero esa misma conciencia de la complejidad les resta fuerzas para pasar a la elaboración de modelos generales. Aunque no por eso han dejado de plantearse el interés por estudiar procesos más generales, como han hecho, entre otros,  Paul Bairoch[44] o Jan De Vries[45].

Historia urbana y ciencias sociales

La relación entre la historia urbana y las ciencias sociales ha llevado siempre, sin duda, a un ‘difícil matrimonio’[46]. Pero no es seguro que la responsabilidad haya sido solo de los historiadores. También ha venido a veces de las aspiraciones teóricas y de los métodos de los científicos sociales. De sus teorías, por los sesgos organicistas o las pretensiones de sus modelos sociales, demasiado generales[47]. De la metodología, por la insistencia, a veces, en los análisis cuantitativos, frente a la dificultad para establecer series estadísticas temporales en el campo de la historia.

En los años 1960 la New Economic History constituyó el intento de hacer una historia predictiva, con el modelo de las ciencias de la naturaleza. La New Urban History, por su parte, intentó aplicar esos principios a la historia urbana[48], principalmente en Estados Unidos, con la cuantificación sistemática. Pero ese proyecto se vio afectado por los debates generales que suscitó el intento de modelar la historia (o el conjunto de las ciencias sociales) con métodos neopositivistas, y por los problemas que afectan a la disponibilidad y fiabilidad de las fuentes numéricas en periodos anteriores a la época contemporánea.

Se criticó también que se pusiera énfasis en aquellas cuestiones sobre las que se podían tener series de datos, olvidando otras difícilmente cuantificables, pero muy importantes; como, por ejemplo, todas las que se refieren a las mentalidades, el trabajo de la mujer, y numerosos aspectos que pueden ser bien abordados con métodos procedentes de la antropología, la lingüística o los estudios culturales. De todas maneras, luego aparecerían nuevas perspectivas metodológicas para obtener datos y para su tratamiento, las cuales obligan, seguramente, a reconsiderar más favorablemente los enfoques cuantitativos[49].

El desarrollo de la New Urban History y el intento de su aplicación a la historia urbana capitaneado por historiadores de la economía y algunos sociólogos o ecólogos humanos como Leo F. Schnore[50], suscitó muchas reticencias entre los historiadores[51] y entre los geógrafos[52]. El conflicto entre las pretensiones que tenían algunos sociólogos y ecólogos respecto a la necesidad de elaborar una teoría social general, y la orientación de los historiadores, más centrada en casos específicos, en narraciones detalladas y en análisis cualitativos, está detrás de esos desencuentros. A lo que se podía unir en los años 60 y comienzos de los 70 las que existían entre, por un lado, una orientación positivista, íntimamente ligada a la Escuela de Chicago desde su nacimiento y reforzada en los años 1960 con el desarrollo de las tendencias neopositivistas en las ciencias sociales, y, por otro, las orientaciones más directamente historicistas que dominaron siempre entre los historiadores (excepto entre los de la new urban history, en un reducido lapso de tiempo). Uno de los historiadores críticos con esa tendencia escribió: ”los trabajos que se basan en un modelo universalista de explicación y descuidan los rasgos esenciales del contexto histórico son cualquier cosa, pero no historia”[53]. Desde la geografía se señaló, además, que “la explicación es compleja y necesitamos conocer, por ello, cual es la fórmula que conecta los hechos observados con la teoría; la vaguedad en la explicación es intolerable”, como lo son –se añade- la descalificación de las evidencias[54]. Sin duda la verdadera comprensión de la complejidad de las sociedades urbanas, y la explicación, es muy difícil; más aún la aspiración a la predicción, cuestión sobre la que volveremos más adelante.

En los años 1990 hubo una mayor atención de los historiadores urbanos a la producción del espacio urbano y a la forma como éste una vez construido, influye en la vida social. La traducción al inglés de la obra de Henri Lefebvre La production de l’espace, en 1991, supuso también un estimulo en esa dirección[55]. En esos años se dejó sentir asimismo la influencia de nuevos enfoques procedentes de la lingüística, la antropología o los estudios culturales[56]. La evolución de esos años muestra el cambio desde la historia económica y los enfoques estructurales a la historia urbana cultural, y a temas como la cultura, la etnografía urbana y otros, en relación con los enfoques postmodernos que se generalizaron en las ciencias sociales.

En los últimos años ha habido cada vez más historiadores que ponen énfasis en la ciudad para entender el funcionamiento de la historia europea y de otros ámbitos territoriales. El cuestionamiento de los Estados en las décadas de hegemonía neoliberal dio relevancia a las ciudades, tanto políticamente (con propuestas como la de crear una Europa de las Ciudades), como económicamente (con el desarrollo del marketing urbano). Las redes de ciudades nacionales y transnacionales, la economía urbana, o la gobernanza pasaron a interesar de forma general y también a los historiadores. El caso de Jan De Vries es especialmente interesante. Frente al “pobre estadio de desarrollo” de la historia urbana, estima que el estudio de ésta debe ser una historia de la urbanización como configuración de redes de ciudades, cuya creación en Europa fue una empresa de la Edad Moderna y está ya dibujada en el siglo XVIII[57].

El estudio de estas redes de ciudades y de sus relaciones mutuas requiere utilizar teorías geográficas. De hecho, en algunas de las más productivas líneas de investigación que se han desarrollado desde los años 1980 los historiadores han aceptado el reto de incorporar las teorías sobre las redes de ciudades, siendo la obra de Jan De Vries especialmente significativa por su atención a las áreas de influencia y a la validez de modelos[58]. En el pasado las ciudades eran más aisladas, relativamente autónomas, pero era necesario entenderlas insertadas en las redes de ciudades, regionales o nacionales. Hoy, además, se necesita tener en cuenta la red urbana mundial, las consecuencias de la globalización, y los cambios en las funciones organizadoras sobre sus espacios de influencia (papel de dominación, coordinación, comercialización, servicios...). Es un ejemplo de cómo la historia urbana se ha enriquecido desde una disciplina ajena, en este caso la geografía. En algunas de esas investigaciones, la historia (y en concreto la historia urbana), se convierte, de hecho, en geografía histórica.

El campo de la historia urbana está hoy bien asentado y reconocido, siendo cultivado por historiadores y por especialistas de otras disciplinas, o con carácter interdisciplinario. Las vinculaciones institucionales y los consejos de redacción de las revistas más importantes lo muestran suficientemente[59]. Lo mismo sucede en el desarrollo de la historia urbana en España, donde el carácter interdisciplinario de los estudios aparece claramente en algunos balances realizados[60]. La coincidencia en la necesidad de una aproximación integrada, y los desarrollos recientes de la historia urbana, la geografía histórica urbana y otras ramas de las ciencias sociales, hacen a veces difícil la separación.

El énfasis en la dimensión espacial parece haber sido (y ser hoy) para algunos un camino de salida a los dilemas sobre la definición del campo de trabajo[61]. Se destacan las formas espaciales y las cambiantes relaciones con la sociedad a lo largo del tiempo. Los que se dedican a la historia de la ciudad desde el urbanismo acostumbran a poner énfasis en esas dimensiones y en los discursos[62]. Y de manera general, podría afirmarse que en algunos casos, por ejemplo durante la década de 1970, los arquitectos se encuentran entre los que aportaron las mayores novedades a la historia urbana[63]. A pesar de ello, es curiosa la escasa atención que ha habido por parte de los historiadores a la historia del planeamiento. Excelentes trabajos como los de John W. Reps sobre la construcción de las ciudades de Estados Unidos[64], no parecen haber tenido en su momento la debida repercusión entre los historiadores, a pesar de la importancia de una obra que es esencial para entender la forma como se planificaron las ciudades, la identidad y el papel de los responsables de las trazas, y el impacto de las formas urbanas  iniciales sobre el desarrollo posterior.

En todo caso, y como resultado de todos esos desarrollos, los temas abordados por la historia de la ciudad en los últimos años son muy variados, y esto la hace un campo verdaderamente sugestivo.  No hay más que examinar las revistas de historia urbana. La variedad y riqueza están ya presentes desde los años 1960[65], aunque en las décadas siguientes se ha acusado una mayor atención a los problemas contemporáneos y actuales. Los temas abordados en las revistas de historia urbana en los últimos años se orientan muchas veces de forma decidida hacia el presente: la planificación, los espacios públicos, la segregación, la gestión del agua, los centros comerciales, los suburbios, el turismo, los festivales culturales, el consumo, las clases medias, las renovación urbana, los parques temáticos, los conflictos raciales, el fútbol, la construcción de autopistas, la organización de servicios públicos, por citar solo algunos de los temas tratados recientemente por el Journal of Urban History. Una variedad de cuestiones que hacen el campo muy sugestivo y le dan un alcance interdisciplinario, a la vez que hacen difícil distinguir a qué campo del conocimiento pertenecen los trabajos. Muchas veces es solo la propia declaración de los autores sobre su profesión y los sesgos en la bibliografía lo que permite imaginarlo.

Historia urbana y geografía histórica urbana

Que la historia urbana es un campo de estudio decididamente multidisciplinario lo reconocen muchos autores, especialmente desde fuera de la historia. Pueden encontrarse numerosas tomas de posición sobre la historia urbana como un campo de convergencia de disciplinas diversas, y la defensa de que cualquier aproximación integrada debe tener en cuenta las aportaciones realizadas desde la historia local, la geografía histórica, la historia económica, la historia de la arquitectura y del urbanismo, o la ordenación territorial[66]. En el caso de España, el aislamiento local y regional de muchos departamentos universitarios y la falta de proyectos de comunicación permanente interfacultativos e interuniversitarios son, sin duda, una limitación para esta colaboración.

Lo que se piensa de la historia urbana o de la geografía histórica está afectado por las concepciones de partida que se poseen sobre la historia o sobre la geografía. En el caso de esta última es difícil separar las diferentes dimensiones imbricadas y fijarse solamente en lo construido. Por eso, la geografía histórica de la ciudad debe incluir también la historia de las ideas que han modelado la fábrica urbana, aunque tal vez el punto de partida deba ser la misma fábrica urbana, incluso si las ideologías son esenciales para la interpretación, como  considera Harold Carter[67].

La distinción entre historia urbana y geografía histórica urbana ha sido abordada por diferentes autores[68]. Algunos estiman que la primera trataría más de hombres, de grupos sociales y de instituciones, y la segunda sobre todo de distribuciones y de formas espaciales. Pero las distinciones entre un enfoque específicamente histórico y otro geográfico se hacen difíciles. Harold Carter ha señalado que toda historia urbana debe ser “place-specific”, ya que está relacionada con las localizaciones y, por ello, se convierte en geográfica, al igual que “los estudios geográficos debe tener una dimensión temporal y son históricos”. Por tanto, lo que podría denominarse historia urbana espacial y la geografía histórica urbana “se superponen y se unen”[69].

El libro de este autor, como introducción a la geografía histórica urbana, es “geográfico, y por consiguiente está interesado en la identificación, la interpretación y la explicación de patrones espaciales”. En esto, afirma el autor, contrasta con los trabajos de historia urbana,  en que “estos patrones son periféricos y consecuenciales, más que de interés fundamental”[70].

Los estudios de geografía histórica urbana se han desarrollado ampliamente, cubriendo un amplio espectro de temas, desde la morfología a la vida social, y desde el pasado al presente[71]. En todo caso, las vinculaciones entre el pasado y el presente son muy estrechas. Los caminos recorridos han llevado a los historiadores, al igual que a los geógrafos históricos, a mirar hacia el presente.

 

LA HISTORIA DEL PRESENTE Y LAS VÍAS HACIA EL PASADO

¿De qué ha de servir el pasado si no es para entender el presente? La historia y el presente han estado mucho más vinculados de lo que se considera a veces. Con frecuencia se ha transitado el camino desde el presente a la historia, al igual que lo ha sido el que conduce desde el pasado al presente.

El presente y la historia

En los estudios históricos han sido frecuentemente los problemas actuales los que constituyen el estímulo para acudir al pasado. No parece necesario dar argumentos sobre algo que es un lugar común en las reflexiones historiográficas.  Muchos historiadores están de acuerdo en aceptar que la historia es una mirada al pasado para responder a preguntas que los hombres y las sociedades se hacen en cada momento sobre si mismos[72]. Preguntas que son diferentes en cada momento histórico, en relación con los cambios que la sociedad experimenta, y que dan lugar, por ello, a miradas y a respuestas también distintas. Por eso puede afirmarse que, en realidad, la historia se reescribe una y otra vez desde el presente

Pero todavía hay más: en ocasiones el pasado se utiliza para presentar alternativas al presente. Hace ya algún tiempo José Antonio Maravall nos enseñó de forma admirable que durante la Ilustración el relato histórico permitió ofrecer alternativas a la realidad del momento. La historia de China, con emperadores benevolentes, o la historia medieval, con concejos abiertos, significaban presentaciones de realidades muy distintas a las del poder absoluto vigente en aquel momento[73].

Podemos añadir ahora ejemplos significativos referentes a la ciudad, para insistir en que es desde el presente que miramos al pasado y le hacemos nuevas preguntas. La preocupación por la historia de la ciudad no se ha hecho solo como arqueología, como interés por el pasado. Frecuentemente ha tenido también que ver con los problemas actuales de la urbanización.  A lo que podemos añadir que muchos caminos relacionados con la observación y la intervención en la realidad actual partieron, o exigieron, de una reflexión histórica sobre la ciudad.

Realizar hoy una reflexión hacia el presente desde la historia urbana parece relevante por muchas razones. La primera de ellas tiene que ver con la misma configuración del campo de la historia de las ciudades. Pueden hacerse dos afirmaciones complementarias sobre el origen remoto de este campo de reflexión intelectual: 1) la historia urbana tiene un precedente claro en las historias de ciudades que empezaron a escribirse en el siglo XVI. 2) Esa línea de reflexión histórica nació como un proyecto para la construcción de la ciudad.

La primera afirmación puede ser discutida desde lo que a veces se entiende por historia urbana, a lo que hemos hecho alusión antes. Pero tiene también algún fundamente sólido. Parece difícil cuestionar que la historia de las ciudades tiene algo que ver con la historia urbana, y es indudable el origen renacentista de esta reflexión, un tema que desarrolló ampliamente Santiago Quesada en su Tesis doctoral[74]. Los humanistas que escribían historias de su ciudad intentaban ordenar el conocimiento histórico sobre ellas, especular sobre sus orígenes, sistematizar los servicios realizados al rey, los privilegios obtenidos o la vigencia de sus instituciones ciudadanas.

Teniendo en cuenta esos objetivos, explícitos o implícitos, la segunda cuestión puede ser también fácilmente argumentada. La razón por la que los humanistas se comprometieron con el estudio de la historia de la ciudad no se relaciona solo con el interés por el pasado sino, de una manera u otra, con la presentación y el debate de los proyectos para ella. Era una forma de construir una utopía, un ideal para desarrollar[75].

En los siglos XVII y XVIII también la constitución de la ciencia de policía exigió una reflexión histórica sobre la ciudad[76]. De manera similar, en el setecientos la estadística exigió asimismo la recopilación de datos históricos sobre la ciudad, y sobre los estados. Por su parte, los viajeros que practicaron el arte apodémica, se preocupaban por los hechos históricos de las ciudades que visitaban; muchas veces, siguiendo las obras que explícitamente se lo recomendaban[77]; otras, siguiendo los debates que existían en los países de origen[78]; y casi siempre con la mentalidad ilustrada de extraer lecciones a partir del recorrido por la historia[79].

Conocimiento histórico, selección de las informaciones e idea de ciudad están presentes igualmente en otro género muy característico, que también debe incorporarse al desarrollo de la historia urbana. Me refiero a las guías de las ciudades[80].  También en ellas la selección de lo que el visitante debe observar va unida a una idea determinada de la ciudad, de lo que es y de lo que debe ser. Esa preocupación está sin duda presente asimismo en las historias de ciudades escritas en el siglo XIX, al igual que en la historia local, un género que indudablemente forma ya parte de la historia urbana[81].

Las historias de ciudades del siglo XIX tuvieron, en general, una gran confianza en el progreso, y valoraron positivamente todos los avances técnicos que suponían mejoras para la población. La mayor parte de sus autores confiaban en las transformaciones beneficiosas que se estaban experimentando en su época, desde las relacionadas con los transportes hasta las industriales y agrícolas. Y muchos confiaban ilusionadamente en que estos cambios preparaban un futuro mejor[82].

La misma ilusión aparece una y otra vez, incluso en los historiadores más conservadores. Deseaban que sus esfuerzos por escribir la historia de su ciudad hicieran “despertar en su tierra natal todo lo que enaltece a los pueblos que tienen dignidad y cultura y no olvidan los hechos heroicos de sus antepasados” –como se dice en la Historia de la ciudad de Lorca de Francisco Cánovas Cobeño (1890)- para poder emprender otros similares en el futuro. En ellas se hace con frecuencia una valoración de los logros conseguidos y una crítica de los problemas que existen, lo que, sin duda, es, al mismo tiempo, la presentación de los ideales que el autor tiene respecto a lo que debería ser el futuro de la ciudad.

De manera similar pudo suceder con las historias especializadas que se emprendieron en el siglo XIX, que muchas veces nacieron de los impulsos para la reforma económica y social. Así ocurre, por ejemplo, en las historias de la agricultura o de los riegos, que surgen de los ideales de reforma agraria o de los impulsos para la realización de obras hidráulicas que mejoren la situación de las comarcas estudiadas. Bien representativa de ello puede ser la Historia de los riegos de Lorca de J. Musso y Torres (1847), que el autor emprendió por ser

“una materia tan interesante, que de ellos depende la subsistencia de millares de familias, y su conocimiento no solo es útil para los naturales, si que también  a los que quieren economizar las aguas de riego, a cuantos apetezcan tener datos de las obras más colosales y del mecanismo mejor entendido de distribución de riegos, que pueden usarse en la industria agrícola, y a cuantos deseen emplear con segura ganancia sus capitales, por crecidos que sean, en obras públicas”[83].

La idea, explícita o subyacente es, una y otra vez, conocer el pasado para construir el presente. Lo que puede ser todavía hoy el estímulo esencial que da fuerza a historiadores actuales a emprender historias locales[84]. En conjunto, pues, el rico campo de la historia local, cultivado a partir de la identificación con la ciudad y con los problemas del momento, lleva también a preguntarse por el pasado, y a presentar, explícitamente o de forma implícita, los ideales respecto al futuro.

Pero no solo ocurre en la historia local. También puede afirmarse de la historia general. 

Escrita desde el presente, la historia puede constituir, de hecho, una preparación para el mismo. Por ejemplo, en el siglo XIX, una preparación para la independencia de los Estados-Nación y la consolidación del Estado liberal; es la perspectiva que un autor británico calificó de historiografía whig, con referencia a las concepciones de los miembros de ese partido político inglés respecto a la conquista de la libertad, que se habría alcanzado en el siglo XIX[85]. Ha podido suceder lo mismo en la historia de la ciencia, tal como se concebía por algunos grandes científicos del XIX, entre los cuales Lyell, para quienes la descripción de la fase precientífica anterior a ellos sería una preparación para el desarrollo verdaderamente científico que se alcanza ya en el siglo XIX, y concretamente con la obra que ellos mismos realizaban.

La preocupación por el presente puede estar hoy vigente en muchos historiadores, a partir de un interés real por los problemas del mundo actual. Así entre los que impulsaron la revista Annales Économies Societés Civilisations, los cuales siempre quisieron vincular el pasado con la comprensión del presente y con la construcción de un futuro mejor para los hombres. Una buena prueba de ello puede ser el número que la revista dedicó en 1970 precisamente a “Histoire et Urbanisation[86]. En la presentación se hizo notar que la ciudad es “un ámbito privilegiado de la colaboración entre geógrafos e historiadores”, y que, al igual que se había hecho en otros casos anteriores, “es a un problema muy actual al que hemos querido dedicar la reflexión histórica”. El número muestra una clara voluntad interdisciplinaria, prestando atención a las ciudades chinas, americanas y soviéticas, y convocando a sociólogos como Manuel Castells, que colaboró en dicho número. También se refleja esa voluntad en la publicación de una sección sobre “Urbanismo contemporáneo y prospectiva”, que muestra la preocupación por las relaciones entre urbanización y desarrollo, por el espacio social de la ciudad, por la crítica radical de la urbanización en la obra de Henri Lefebvre, y se ocupa de la tendencia a una conurbación mundial, de la experiencia francesa de villes nouvelles, y de las concepciones arquitectónicas de Le Corbusier. Pocos ejemplos mejores, de una atención al presente, podrían darse que la de esta revista tan significativa de la historiografía contemporánea. Pero sería fácil añadir otros, entre los cuales bastará con uno de carácter general: el de la revista que lleva el significativo título de Past and Present, publicada desde 1952 por el impulso de historiadores como E. P. Thompson y E. Hobsbawn.

Numerosos especialistas de la ciudad han actuado de la misma manera, y han acudido a la historia urbana desde la preocupación por el presente de la ciudad. Así lo manifestó igualmente uno de los grandes especialistas contemporáneos en geografía urbana, el ya citado Harold Carter, en su introducción a la geografía histórica urbana, al señalar que su obra se basa en la firme convicción de que “cualquier entendimiento de las ciudades actuales debe derivar en buena medida de una comprensión de los procesos que han estado operativos en el pasado”[87].

Ir desde hoy al pasado, desde los problemas actuales con que se enfrenta la práctica urbanística a la historia, ha sido muy frecuente en urbanismo. La consideración de la ciudad en su pasado y en su transformación puede permitir fundamentar más sólidamente la teoría urbana. Sin duda, eso es cierto en lo que se refiere a una teoría de la forma urbana. Y así lo han considerado algunos arquitectos y urbanistas[88].

Desde el urbanismo se ha propuesto la distinción entre historia urbana e historia urbanística. La primera estudiaría la relación de los hechos sociales con el espacio, la localización de los mismos en el espacio de una ciudad; y la segunda, en cambio, la historia de las intervenciones urbanísticas que han conocido las ciudades a lo largo de su formación. Esta última se estudiaría siempre desde la ciudad actual y sus problemas, e interpretaría “a partir de esta realidad actual el proceso histórico que ha desembocado en dicha realidad”, con el objetivo de “conocer nuestra realidad actual para cambiarla”[89].

Podríamos añadir otros ejemplos. Nos limitaremos a dos muy significativos. A fines del siglo XIX el despertar del municipalismo se nutrió de las aportaciones de los historiadores sobre la ciudad medieval y, más específicamente, de los historiadores del derecho sobre los concejos municipales[90].

También desde la problemática ambiental se ha llegado a la historia ambiental, un campo que puede tener una muy interesante dimensión de historia urbana. Como es la del impacto ambiental de esas construcciones humanas que son las ciudades, grandes consumidoras de energía y que provocan efectos enormes en el medio ambiente local, regional y global. La obra de William Cronon (1991) sobre el impacto de Chicago en el Gran Oeste norteamericano puede ser bien representativa de esta tendencia.

Desde el pasado al presente y a la historia del tiempo presente

Un rasgo que caracteriza a muchos historiadores parece ser éste: una vez que se ocupan del pasado, no se atreven a mirar de nuevo hacia el presente; o a veces si tienen algún deseo, se sienten “impelidos a refrenar sus impulsos y a no llamar la atención sobre las implicaciones contemporáneas de su trabajo” y se limitan a romper esas tendencias “mediante la insinuación”[91].

En varios de los Coloquios Internacionales de Geocrítica he intentado que participaran historiadores amigos que han hecho aportaciones muy significativas a periodos del pasado, desde la antigüedad al siglo XIX. Con frecuencia la respuesta ha sido negativa, y venía acompañada de una pregunta: “¿qué puedo yo decir sobre lo que sucede hoy?”.

Sin embargo, los historiadores deberían atreverse a reflexionar sobre los problemas actuales. Quienes estudian la antigüedad o la edad media pueden dar opiniones muy interesantes sobre cuestiones que interesan hoy: saben mucho sobre la decadencia de los imperios, sobre las características de la edad media, sobre las estructuras de poder o sobre la organización de la Iglesia. Mucho más deberían atreverse a ello los historiadores de la Edad Moderna y de la Edad Contemporánea; las dificultades de la implantación de las estructuras estatales, los conflictos entre poderes locales y estatales, la organización de los Estados liberales, y tantas otras cuestiones, dan una perspectiva temporal que puede ser muy útil para juzgar lo que sucede hoy, aunque los problemas actuales sean en tantos aspectos tan radicalmente diferentes a los del pasado.

Creo que los historiadores deben arriesgarse a hablar de hoy. Algunos ya lo hacen. No son escasos los que tienen hoy una aguda conciencia de la prolongación del pasado en el presente. Quieren por ello hacer, como historiadores, una historia del tiempo presente, incluso con el riesgo de equivocarse y de ser corregidos más tarde. Se trata de una aproximación al presente desde la historia, y con el método histórico, que se propone “poner al servicio de la inteligencia del presente los métodos, las preguntas y las dudas del planteamiento histórico”. Con buen criterio el historiador del tiempo presente no busca dar una explicación definitiva de los sucesos, sino “proponer hipótesis y análisis que, desde una perspectiva histórica, ofrezcan pistas para la inteligencia del presente”; se trata de “incitar a los historiadores a imponerse en el debate público como punto de referencia”[92].

El desarrollo de la Historia del Tiempo Presente se ha hecho con gran fuerza a partir de los años 1970[93]. Se trata de una corriente historiográfica que se distingue claramente de la historia contemporánea (que en Francia se iniciaría en 1789, con la Revolución, y en España en 1812, con las Cortes de Cádiz), y que está también en su mayor parte muy alejada de la “historia de la actualidad”, que algunos consideran con suspicacia por las dificultades para echar sobre ésta una mirada distanciada. Se trataría, en determinados casos, casi de una subdisciplina nueva o incluso una disciplina, aunque para otros sería todavía una corriente confusa y mal asentada[94].

Aunque el intento de hacer una investigación histórica sobre el presente se describe a veces como una corriente novedosa, no es difícil defender que ha sido una práctica habitual en esta ciencia. Y podríamos incluso sostener que el mismo nacimiento de la Historia como reflexión intelectual está vinculado a la necesidad de entender el tiempo presente. Basta recordar el inicio del primer relato histórico que podemos identificar en nuestro ámbito cultural:

“Esta es la exposición del resultado de las investigaciones de Heródoto de Halicarnaso para evitar que, con el tiempo, los hechos humanos queden en el olvido, y que las notables y singulares empresas realizadas, respectivamente, por griegos y bárbaros –y en especial el motivo de su mutuo enfrentamiento- queden sin realce”[95].

Lo que narra Heródoto, es el desarrollo del enfrentamiento entre griegos y persas en la época que él conoció, y los orígenes del mismo en tiempos anteriores, a partir de sus propias observaciones e investigaciones[96].

La Historia de Heródoto, como la de Tucídides, están escritas desde los problemas que cada uno de ellos sentían como esenciales en su propia época y en el mundo que habitaban. Para Heródoto, la confrontación entre griegos y persas era la oposición entre libertad y tiranía; que luego también Atenas se hiciera imperialista y comenzara a esclavizar, suponía una fuerte contradicción con los ideales anteriores. Para Tucídides, su obra histórica era la crítica al imperialismo de algunas ciudades griegas, la oposición entre libertad y tiranía dentro del mismo mundo griego, las luchas entre ciudades, condicionadas por los conflictos que había entre grupos sociales dentro de ellas. El problema había pasado a ser la lucha política entre los griegos, que era a la vez una pugna entre ciudadanos. Tucídides estaba vivamente interesado en la situación del momento en que vivía. Se dirige al pasado porque piensa que, por analogía, éste puede servir para explicar la situación presente, Pero son esos problemas del presente los que le interesan. Las diferencias entre uno y otro historiador pueden explicarse, en relación con el cambio de la situación social y política que vivieron; como ha escrito Domingo Plácido, “mientras Heródoto ha vivido el mundo resultante de la ampliación de fronteras y el inicio de sus problemas, Tucídides vive el mundo resultante de la reducción de fronteras y de la agudización de los conflictos entre griegos”[97].

De alguna manera esa preocupación por el presente ha sido viva en muchos historiadores como estímulo para su obra. Desde luego, sucedía así en los humanistas del Renacimiento. Algunos se enfrentaban al pasado con el convencimiento de que les era un apoyo importante para entender la evolución de las sociedades: “el tiempo pasado, conforme al cual será lo que resta”, como escribía en el siglo XVI el humanista español Páez de Castro. Historia, pues, escribe José Antonio Maravall, citando esa frase y aludiendo a otros historiadores renacentistas, “donde la razón del vivir se guarda y de la que salen los medios para el gobierno de la vida, llevándola a su reforma y perfeccionamiento, de acuerdo con los fines que le son propios”. La historia también –añade- como saber moral, como enseñanza insustituible para la vida: “por la historia sabemos nosotros de los pasados y los venideros sabrán de nosotros, haciendo posible la conservación y desarrollo de la existencia humana”[98].

Hay límites imprecisos y efímeros entre el pasado y el presente, entre el presente y el futuro. Los geógrafos saben muy bien que el presente se convierte en historia: el hoy es ya historia mañana. También reconocen que lo aparentemente estable y duradero es, en realidad, fugaz y efímero, dependiendo de la escala temporal que se utilice[99]. De manera similar, el relato del presente se hace historia inmediatamente. Desde la misma autobiografía o narración testimonial, desde el relato histórico del tiempo presente –con o sin preocupación por la génesis de lo que se relata-, o desde la descripción geográfica o antropológica, la descripción se hace en seguida historia. Vale la pena recordar que obras históricas fundamentales han sido escritas en relación con las preocupaciones del presente, o incluso como historias del tiempo presente. Además de las ya señaladas, se deben citar aquí las Crónicas de Indias, escritas en su mayor parte por los propios protagonistas de los hechos, con el auxilio de su memoria personal. Así lo hizo Pedro Cieza de León, en la Crónica del Perú (1552), donde hace constar que había compilado y escrito esta historia “de lo que yo vi y traté y por informaciones ciertas de personas de fe pude alcanzar”[100]. Y Bernal Díaz del Castillo en cuya Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, escrita a la edad de 84 años, asegura: “lo que yo oí y me hallé en ello peleando, como buen testigo de vista, yo lo escribiré, con el ayuda de Dios, muy llanamente”[101].  

Algunos historiadores han insistido en la importancia de que el historiador se ocupe de los problemas que afectan a los hombres de hoy. Es ese, creo, el mensaje principal del volumen sobre Historia, historiografía y ciencias sociales, recientemente editado, en homenaje a tres grandes historiadores, Antonio Domínguez Ortiz, Marc Bloch y Pierre Vilar. Seguramente es Josep Fontana es el que lo expresa con mayor fuerza. La función de los historiadores no sería “sacar a la luz acontecimientos que estaban enterrados en el olvido” sino “contribuir a la formación de una conciencia común que responda a las necesidades del momento (…) ayudando a crear escenarios en que sea posible encajar e interpretar los hechos nuevos que se nos presentan”. Para eso es imprescindible “partir del conocimiento adecuado de los problemas del mundo de hoy”. Y más aún: “solo a partir del conocimiento del presente se pueden explorar aquellas zonas del pasado que contienen enseñanzas útiles para los hombres de hoy”[102].

Los historiadores que colaboran en dicho libro hablan de temas actuales que les preocupan: las identidades, la organización política del Estado, las estructuras de poder, el deterioro del medio ambiente, los medios de comunicación de masas, la memoria colectiva, la historia oral, la tortura, la transición democrática. También se refieren a cómo la historia puede ayudar a construir el futuro. Destacan a historiadores que, como Marc Bloch, han sido “actores y testigo de su tiempo”[103], y señalan la necesidad de “pensar históricamente” los problemas actuales[104]. Su trabajo nos permite recordar la opinión de Pierre Vilar sobre el objetivo de la historia: “enseñarnos a pensar ante los problemas más graves del mundo”[105].

Que la historia urbana llega hasta hoy y se imbrica con el presente, se ve muy claramente en los estudios que utilizan la historia oral, con testimonios que son recogidos normalmente a partir de preocupaciones por el tiempo presente[106].  De hecho, en alguna de las instituciones fundamentales para el estudio de la historia del tiempo presente (como el Institut d’Histoire du Temps Present, de París) se considera éste como “el tiempo de la experiencia vivida”[107]. Lo que relaciona íntimamente dicha historia con la historia oral.

Pero con la historia oral nos encontramos también ante cuestiones complejas que han sido muy debatidas por los historiadores. Así, por ejemplo, el valor de los acontecimientos. Éstos solo adquieren sentido por la narración de los testigos y por el discurso histórico construido: se ha escrito oportunamente que “un hecho por si solo no testimonia nada: solo testimonia si es interpretado”[108]

La investigación histórica, y la del tiempo presente en especial, han experimentado el impacto de las profunda revolución en las fuentes disponibles, la revolución de las tecnologías digitales; las pinturas o las imágenes tradicionales en papel se han visto enriquecidas desde el siglo XIX por el grabado y la fotografía, y hoy por la radio, el cine, la televisión, y toda la documentación en soportes digitales[109]. La importancia de esas nuevas fuentes para la investigación histórica, y en especial para la del tiempo presente, es muy grande, ya que “los gestos y las imágenes nos comunican a veces con mayor fuerza que las meras palabras”[110]. Pero la multiplicación de las fuentes disponibles y, en el caso de la historia oral, la posibilidad de crearlas con las entrevistas grabadas en video, sitúa la investigación histórica ante nuevos retos, afectados a su vez, por la situación política de los distintos países[111].

La preocupación por el presente aparece también con frecuencia en seminarios históricos interdisciplinarios. Por ejemplo, se vio muy bien en varias de las intervenciones que hubo en el seminario sobre Historia Urbana organizado por Germán Rueda en Madrid en 2007; un cierto número de los trabajos presentados en dicha reunión mostraron que hay cada vez más proyectos de investigación histórica, y específicamente en historia urbana, que están suscitados desde la preocupación por el presente, y dirigidos a entenderlo[112].

Llegados aquí, tal vez convenga recordar que el surgimiento de la Historia del Tiempo Presente -que en Francia tanto se apartaba de las concepciones dominantes en la historiografía desde fines del XIX y durante el dominio de la Escuela de los Annales-, tuvo que ver, en buena medida, con la inquietud de los historiadores ante la competencia de los científicos sociales. Surgió en los años 1960 y 70, en un momento en que era muy fuerte la demanda de estudios para la planificación y para la acción[113]. En esa situación, en la que tantos científicos sociales (economistas, sociólogos, geógrafos, entre otros) recibían encargos de las instituciones gubernamentales, los historiadores quedaron aislados, y según afirma uno de ellos, no habrían recogido “más que las migajas de este maná del peritaje”[114].  La interpretación más benévola de ese hecho arroja la responsabilidad sobre los demás: se debería “a una regla falsa pero tácita, que todos los actores habían interiorizado en la época aunque no se hubiese enunciada: la de que una sociedad que valoriza la innovación no tiene por qué retornar sobre su pasado”[115]. Sin negar que pueda ser cierto, es indudable que también se debía al mismo rechazo de los historiadores a dedicarse a problemas del presente, por el peligro de falta de distanciamiento y de instrumentalización, así como por sus dudas sobre las relaciones con las otras ciencias sociales.

También desde la historia urbana se planteó la cuestión de la utilidad de este campo de estudio para los problemas actuales. Dyos reconocía a fines de los años 1960 que la mayor parte de los historiadores urbanos estaban realizando sus investigaciones con escasa referencia a la experiencia urbana contemporánea, lo que él personalmente lamentaba[116]. Esa situación nacía del hecho de que los problemas contemporáneos son más complejos que en el pasado y necesitan de una aproximación multidisciplinaria.

A comienzos de los años 1980 ya se podía escribir que “la relevancia de la historia urbana para la política pública” parecía más fuerte que nunca. Es aquí, se añadía, donde “los historiadores urbanos pueden obtener empleo más fácilmente, tener algo útil que decir, y hacer una importante contribución a la toma de decisiones”[117]. Al mismo tiempo, otro historiador consideraba que si la historia urbana había de servir para la política urbana, el historiador debía integrarse en equipos multidisciplinarios y trabajar en el “laboratorio del pasado”[118].

En todos esos sentidos, el estudio del presente ha sido beneficioso para los historiadores, pues les ha obligado a abrirse más a otras disciplinas, por lo que han enriquecido la metodología histórica[119].

Antes de seguir adelante, debemos dedicar atención a una vía que también ha abierto caminos sugestivos para el presente (y para el futuro), la historia contrafactual.

Diferentes vías desde el pasado al presente: la historia contrafactual

El pasado no puede modificarse, y hemos visto que, a partir de esa constatación, Jorge Luis Borges afirmaba que el poder de Dios es limitado, ya que no puede cambiar lo sucedido. Pero podemos atrevernos a corregir a Borges, afirmando que el historiador es solo un poco menor que Dios: seguramente no puede cambiar el pasado, pero puede interpretarlo, lo que conduce a importantes y significativas transformaciones del mismo.

La historia es reconstrucción y no solo registro de datos. Es “a partir de la representación dominante de los intereses actuales del grupo” –ha escrito Aron Cohen[120]- que se reconstruye el pasado y se crea la “memoria histórica”. Algo en lo que, sin duda, colaboran el historiador y, sobre todo, el aparato escolar y los medios de difusión de la información, controlados por el poder.

El historiador investiga para exponer los hechos tal como son, es decir, tal como han sido. La búsqueda de ‘lo que realmente sucedió’ fue una aspiración de la historiografía positivista. Pero en los últimos decenios la valoración del hecho histórico ha cambiado.

Se sabe bien, después de la evolución de los últimos años, que el hecho histórico no es dado, sino que es un hecho representado o construido: algunos incluso cuestionan la distinción entre hecho y ficción[121] o sostienen que el relato histórico es solo uno entre otros relatos posibles[122]. De alguna manera puede decirse que los historiadores se ven obligados a recrear el pasado, porque ya se ha ido para siempre: “el pasado es tan inaccesible como el futuro”, ha escrito un historiador[123].

Es evidente que el relato histórico se ha ampliado y se ha extendido a las clases populares, los pobres, las mujeres, las técnicas, las mentalidades, y otros muchos aspectos que antes estaban fuera de la historia. Finalmente, sería como volver al sentido original de la historia, como narración, descripción, informe, investigación, relato.

Los estudios muestran que cada época se hace nuevas preguntas sobre el pasado. Las transformaciones de la época actual han estimulado y acentuado un cambio en las investigaciones históricas, en las preguntas que se considera pertinente hacer. Por ejemplo, con referencia a Francia se ha podido escribir que hoy este país “vive intensa y difícilmente una mutación, más o menos explícita pero profunda, de sus relaciones con el pasado”, a partir del cuestionamiento de la historiografía construida en el siglo XIX y que trataba de afirmar y consolidar la Nación francesa[124].  De manera similar se ha señalado respecto a Alemania la necesidad de un cambio profundo en la reflexión y narración histórica: “el desafío  mayor para la historia del tiempo presente es que ésta es exactamente contemporánea de una profunda crisis social de la relación con el pasado en nuestras sociedades”. El autor de esa frase, Walter L. Bernecker, ha mostrado la diferente valoración que se ha hecho de lo que representó el fin de la guerra para Alemania en 1945 (cuando se produjo el fin del nazismo y la reimplantacion de un régimen democrático, tutelado). Lo que durante los años 1950 y 60 se percibía como una auténtica cesura, se ha visto de forma distinta en los años siguientes a la caída del muro de Berlín. Han vuelto a resaltarse las continuidades (por ejemplo, de la sociedad alemana como sociedad industrial y moderna) y se han destacado en la narración histórica otras cesuras, consideradas ahora como relevantes; como la de los años 1957 a 67, cuando se daría el cambio de la sociedad industrial a la postindustrial[125], percepción afectada, a su vez por la situación política y, sin duda asimismo, por cambios en las teorías en las ciencias sociales.

La demanda cívica del tiempo presente exige a los historiadores dirigirse hacia ciertos temas. Pero tanto ésta como otras demandas anteriores pueden estar afectadas, a su vez, por sesgos ideológicos y tomas de posición previa: ayudar a construir una nueva nacionalidad (en el caso, hoy, de historiadores nacionalistas catalanes y vascos, por ejemplo) o contribuir a la conservación del orden existente (para los que continúan y profundizan las interpretaciones de la ideología liberal del XIX), colaborar a la construcción de Europa, ayudar a conservar la memoria histórica del horror, o mostrar los beneficios del libre mercado, entre otros muchos que podríamos citar. Todo ello afecta a la selección y el análisis de los temas, llama la atención sobre hechos que pudieron pasar desapercibidos en años anteriores y que ahora conmocionan a la opinión pública (como la memoria histórica de la guerra civil y el franquismo en España o el Régimen de Vichy en Francia). La demanda social, a la que el historiador debe estar atento, puede sesgar los temas a los que se dedica la investigación histórica, privilegiar ciertas cuestiones en detrimento de otras, que tal vez aparecerán en el futuro como relevantes, y dar lugar a interpretaciones diferenciadas del pasado.

El pasado que los historiadores reconstruyen es, por tanto y con frecuencia, distinto en momentos sucesivos; e incluso en cada momento, dependiendo de los sesgos ideológicos que tienen, de las relecturas, de los datos que permiten nuevas interpretaciones.

En ese contexto se entiende el debate sobre las historias contrafactuales, es decir, las historias virtuales o alternativas posibles. What if?, es decir ¿Qué habría ocurrido si…?.

La utilización actual de la historia contrafactual tiene que ver esencialmente con el uso de la misma por los historiadores de la economía, como un recurso cuantitativo para estimar los efectos de una innovación y los que habrían tenido lugar si no se hubiera producido; por ejemplo el impacto de la implantación de los ferrocarriles en el desarrollo económico y lo que habría sucedido en ausencia de ellos, con la utilización del transporte de mercancías por carretera y por canales[126].  En la historia económica, lo que se ha denominado la cliometría[127] utiliza el análisis económico y la estadística para estudiar los hechos económicos, y el análisis contrafactual para explicar y mostrar de forma cuantitativa las consecuencias de las alternativas existentes[128].

Es significativo que el debate historiográfico sobre esta corriente se haya hecho muy intenso a partir de la obra de otro historiador de la economía, Niall Fergusson, profesor de Historia Política y Financiera y autor de numerosos trabajos de historia económica. Su libro Virtual History: Alternatives and Counterfactuals (Londres 1997) ha contribuido de forma importante a situar el debate en una nueva perspectiva.

Existen, sin duda, toda una serie de precedentes a esta línea de reflexiones, entre las cuales la más conocida es la del historiador francés Charles Renouvier que lleva el significativo título de Uchronie : l'utopie dans l'histoire : esquisse historique apocryphe du développement de la civilisation européenne tel qu'il n'a pas été, tel qu'il aurait pu être (París 1876). A partir de la ficción de un manuscrito encontrado, y que habría sido escrito por un fraile dominico del siglo XVI, y de las ampliaciones realizadas por los sucesivos propietarios, escribe una “utopía de los tiempos pasados”, tratando de situar “la libertad moral del hombre como fundamento y realidad de sus obras”, y suponiendo que ciertos personajes históricos hubieran tomado otras resoluciones diferentes a las que adoptaron[129].

Preguntas como ¿qué habría pasado si el resultado de Waterloo hubiera sido diferente?, y otras similares, son, naturalmente, muy atractivas.  Hay una historia contrafactual que me apasiona imaginar: ¿qué habría pasado si en el siglo XV la flota china, que frecuentaba las costas de África oriental, se hubiera decidido a doblar el cabo de Buena Esperanza y hubiera llegado a Europa, presentándose, por ejemplo, en Lisboa o en Sevilla? Mil chinos en la corte de Juan II es el título de un relato histórico contrafactual que me habría gustado escribir, y que tal vez alguien se decida a emprender.

El éxito de la historia contrafactual fue tal que inspiró incluso una colección de tebeos (o, en inglés comics) que presentaban otras alternativas a narraciones bien conocidas, como la de Spiderman[130].

El interés por esta línea de reflexión histórica es reconocido por quienes estiman que para comprender lo que ocurrió es muy valioso considerar todas las alternativas que han podido existir en determinado momento, que ellas explican los motivos de los protagonistas o personajes que intervinieron.

Son muchas las críticas que se han hecho a la historia contrafactual. Algunos historiadores, entre los cuales E. H. Carr, estiman que la historia “es el registro de lo que la gente hizo, no de lo que dejó de hacer”. Pierre Vilar, por su parte, no ha dudado en escribir que en historia “las conjeturas son inútiles”, ya que todo hecho tiene consecuencias inmediatas y concretas fácilmente observables[131].

A pesar del desasosiego que causa en muchos historiadores, algunos estiman que el razonamiento contrafactual puede hacerse con buenos fundamentos, e incluso consideran que se realiza frecuentemente de forma inconsciente por los historiadores[132].

La historia contrafactual ha sido considerada una crítica al determinismo en historia, y a las interpretaciones marxistas[133]. Frente a ello, se insiste en la contingencia y en la libertad humana, en las numerosas posibilidades que existen en cada momento. También se ha dicho que “los ejercicios contrafactuales nos liberan de la prisión de la necesidad histórica, recordándonos que la historia no tiene una orientación anticipada ni es gobernada por leyes filosóficas materialistas o espirituales, sino que es el escenario de un enfrentamiento entre la libertad, la fortuna y la imaginación”[134].

Contra el determinismo en historia, el análisis contrafactual trataría de mostrar “la pluralidad de posibilidades de cada elección”. El peruano Víctor Hugo Palacios Cruz reconoce el interés de “comparar los resultados de lo que en efecto hicimos en el pasado con los resultados concebibles de lo que podríamos hacer”. Se valora la contingencia y el azar; y, repitiendo unas palabras de Raymond Aron, se trataría de “restituir al pasado la incertidumbre del futuro”[135].

Se ha señalado también que la historia contrafactual surge a veces de la insatisfacción por el presente. Reconstruye la historia “desviando ficticiamente la ruta seguida en cualquiera de sus bifurcaciones, buscando incluso en tales representaciones lecciones para el porvenir”. También se piensa que “revisar ‘como no fue en realidad’ ayuda a comprender ‘lo que si fue en realidad’”, pensar en decisiones no tomadas en el pasado puede “ayudar a mejorar la eficacia de las decisiones futuras”[136].

El debate sobre los contrafactuales posee indudablemente valor en historia económica. Tiene que ver, sobre todo, con la predicción en el desarrollo histórico. Como señala un autor, Martin Bunzl, “las generalizaciones que soportan predicciones soportarán también contrafactuales”. Pero añade, no se trata solo de leyes y de predicciones, sino sobre todo de “consideraciones de racionalidad”[137].

Pero llegados aquí tal vez debamos decir que si tanto la historia del tiempo presente como la historia contrafactual pueden ser vías interesantes en el debate historiográfico, tal vez sean hoy insuficientes. Es posible que el historiador tenga también responsabilidades no solo respecto al presente sino también al futuro, que deba pensar en la historia del porvenir.

¿Es posible esa historia del futuro? Y más concretamente, ¿es posible una historia del futuro de la ciudad?

 

LAS HISTORIAS DEL FUTURO

Debe reconocerse que las historias del futuro no tienen muy buena prensa. La primera que se escribió fue el Apocalipsis (o Libro de la Revelación) y presenta un futuro que se puede calificar con toda propiedad como apocalíptico. Fue, sin embargo, un modelo que pudo ser muy seguido en los contextos milenaristas medievales y modernos, y que tendría una influencia muy profunda.

En efecto, la tradición de la profecía apocalíptica y los indicios de la llegada del Reino de los Últimos Días inspiró a milenaristas revolucionarios, disidentes, herejes y anarquistas místicos, todos los cuales, a partir de la creencia en la salvación colectiva, desarrollaron entre los siglos XI y XVI un mesianismo de los pobres con ideas igualitarias y colectivistas y dieron origen a una corriente de pensamiento que se prolonga hasta nuestros días[138]. El reino mesiánico que estaba por llegar suponía la creencia en una futura edad de oro en la que la realidad social sería muy distinta y, lo que era crucial para los desposeídos e iluminados, se ignorarían “estas dos palabras de tuyo y mío”, como explicó Don Quijote a sus oyentes en el Discurso a los cabreros haciendo referencia a la Edad de Oro del pasado; un mito que en la mente de algunos visionarios se convertiría también en un ideal para pensar en estructuras sociales diferentes a las que existían.

Siguiendo el modelo del Apocalipsis el jesuita portugués Antonio Vieira redactaría la primera Historia del futuro que parece llevar ese título, una obra inacabada, escrita entre 1664 y 1697. Podemos estar de acuerdo con la afirmación con que inicia su obra: “ninguna cosa se puede prometer a la naturaleza humana ni más conforme a su mayor apetito, ni más por encima de toda su capacidad que la noticia de los tiempos y sucesos futuros”[139]. Vieira recuerda que la ciencia de los futuros es la que, como escribió Platón, distingue a los dioses de los hombres, “y de aquí les vino sin duda a los hombres ese antiquísimo deseo de ser dioses”.

Desde luego, su proyecto, verdaderamente “nuevo e inaudito”, era ambicioso y merecía con justicia el nombre que adoptaba:

“La historia más antigua comienza en el principio del mundo, la más extensa y continuada acaba en los tiempos en que fue escrita. Esta nuestra comienza en el tiempo en que se escribe, prosigue  a través de toda la duración del mundo y acaba con su fin; mide los tiempos venideros antes de que lleguen, cuenta los sucesos futuros antes de que sucedan, y describen hechos heroicos y famosos antes de la fama y de su realización”[140].

Un empeño como ese, realizado para mostrar las esperanzas futuras que podían tener los portugueses y la confianza en el Quinto Imperio del Mundo, solo podía realizarse en la Europa de aquellos años con la repetida y atenta lectura de la Biblia y el conocimiento profundo del Apocalipsis. Pero tuvo, como veremos, una influencia más amplia de lo que se piensa[141].

Otros siguieron vías diferentes para mirar a ese futuro que siempre ha preocupado a los hombres; en un esfuerzo a caballo entre la ciencia, la predicción y los pronósticos (como los de Nostradamus..), la ciencia ficción y el esfuerzo por establecer pautas de conducta para el futuro[142].

Desde el Renacimiento los humanistas miraron el futuro pensando que era el tribunal de la fama, y remitiendo a él los juicios que las obras o las acciones de los hombres pudieran merecer. La idea del juicio de la posteridad, es, ha escrito Maravall, una variante de la idea del juicio final[143]. Si tiene orígenes clásicos, en lo que se refiere a la fama, se afirmó en el Renacimiento y, sobre todo, en el siglo XVIII, al secularizarse, y fue una forma a través de la cual se contribuye a integrar el futuro en la vida de los contemporáneos, a través del veredicto sobre sus acciones.

Por su parte, durante la Edad Moderna y en el siglo XIX los creadores de utopías han pensado en futuros deseables y propuesto medios para alcanzarlos; algunas veces cercanos a lo que hoy podríamos calificar como de ingeniería social y, por ello mismo, inquietantes, por lo que tienen de propuestas normativas para organizar la vida social privada y colectiva.

A lo largo del siglo XX han sido igualmente muchos los que han pensado en la historia del futuro. La preocupación por el mismo empezó a constituirse en un campo de estudios desde los años 1960, en relación con la voluntad de predicción típica del positivismo y la aplicación de modelos matemáticos a las ciencias sociales[144]. Algunos llegaron desde el planeamiento y desde la geografía, y a partir de la toma de conciencia de la complejidad de las interrelaciones que daba el análisis de sistemas, y pudieron ser inspirados por marcos teóricos variados, como la teoría de las catástrofes y la teoría del caos y por todas aquellas que abordan el estudio de la complejidad[145]. Finalmente, los estudios sobre el futuro pudieron desarrollarse asimismo en relación con los estudios estratégicos, a la vez que atraían a ingenieros expertos en nuevas tecnologías, en especial algunos que colaboraban en la construcción de naves espaciales[146]. Con todo ello fue configurándose una nueva rama de conocimiento, la prospectiva; los estudiosos de ella insisten en la importancia de anticipar el futuro en relación con el cambio económico, social y político, y en la posibilidad de desarrollar estudios científicos sobre ello, a través de lo que ya se denominan explícitamente “Estudios sobre el futuro”[147] .

A partir de todo ello y de la inquietud creciente sobre el futuro son muchos los que se han dedicado a realizar reflexiones y especulaciones sobre el mismo, y a escribir historias del futuro. Los autores de dichas historias son sobre todo economistas, sociólogos, filósofos, científicos diversos y divulgadores.

Algunos de ellos parecen tener una gran confianza en su capacidad para escribir dicha historia del futuro: “La historia obedece a leyes que permiten preverla y orientarla”, ha escrito un autor[148] expresando un sentimiento que otros seguramente comparten, pero que muestra una ilusión desmedida y una confianza excesiva. La inquietud que, como vimos, tenía Herder a fines del XVIII parece haberse convertido en una seguridad grande para autores que, a fines del siglo XX, han conocido los avances espectaculares de la ciencia y comparten, consciente o inconscientemente, la fe de los positivistas.

Podemos aceptar que esas fabulaciones no son ejercicios gratuitos, siempre que se tomen como lo que son, escenarios posibles que permiten pensar en las tendencias existentes y en como éstas puede configurarse en el futuro. Porque, sin duda es cierto que el mundo del futuro se decide en buena parte hoy mismo, en las decisiones que se toman en estos momentos, y debemos pensar en él, para tratar de “acelerarlo, rechazarlo, o controlarlo”, como escribe el economista francés Jacques Attali, que se atreve a reflexionar sobre las tendencias que actuarán en el próximo medio siglo[149].

Deben distinguirse en esa mirada al porvenir diferentes formas de aproximación, que se expresan con términos distintos: predicciones, pronósticos, previsiones, anticipaciones, conjeturas, extrapolaciones, proyecciones, prospecciones, escenarios[150].

La historia del futuro es muchas veces la creación de futuros utópicos, en ocasiones aterradores. Pero es también la prospectiva. De ambos ejercicios existen numerosos ejemplos en nuestra época

Utopía y distopía en las descripciones del futuro

Parece ser cierto que, tal como pretende Robert Heilbroner, miramos hoy el futuro de una forma distinta a como se hizo en el pasado. Hoy son muchos los que dudan que el futuro será mejor que el presente (por la inquietud que existe ante el cambio climático, las amenazas nucleares, y otras); solo la ciencia parece permitir imaginar algo mejor. Para este economista norteamericano las percepciones históricas del futuro (es decir, el que puede ser racionalmente aceptado como posible y no el anunciado por las creencias religiosas, como por ejemplo en el libro del Apocalipsis) han sido diferentes a lo largo del tiempo. En lo que él llamó el Pasado Distante (desde la prehistoria hasta el siglo XVII) el futuro histórico  se veía como semejante al presente; y entre 1700 y 1950, con el impacto de las dos Revoluciones Industriales y la difusión del capitalismo y de la democracia, el futuro se veía de una forma optimista, con una gran confianza en la superioridad del mismo. Frente a ello, cree, hoy son muchos los que lo perciben de forma negativa; y cita como factores que han contribuido a ello: Hiroshima, Chernobyl, la desintegración y el caos de la antigua URSS, el estancamiento del mundo occidental, las inquietudes en las ciudades[151].

Por otra parte, las ideas que se tienen sobre el futuro afectan profundamente a los estudios y previsiones que se realizan. Son diferentes en diversas culturas y en las distintas edades, inclusive las edades del hombre, por ejemplo, tal vez se piensa más en la muerte y el fin de las civilizaciones en las edades avanzadas y en los periodos de decadencia. Existe hoy la necesidad de una mayor atención a las culturas, a los conflictos culturales, que son en buena parte religiosos, conflictos que son hoy muy relevantes, y que se han intensificado después de los atentados del 11 de septiembre de 2001[152].

Descubrir las transformaciones que experimentan las sociedades actuales y tratar de vislumbrar los rasgos esenciales de las sociedades futuras es el propósito de diversas especulaciones realizadas tanto en Oriente como en Occidente.

A partir de la identificación de algún “punto de inflexión” en la historia del mundo, diferentes autores han tratado de percibir “hacia qué clase de futuro paradigma social nos desplazamos”. Es el objeto del libro de Kaichi Sakaiya. Pero ese punto de inflexión es  percibido de forma variada y podemos citar muchos momentos que han sido considerados tales (la Primera Guerra Mundial, la crisis de los años 1930, la Segunda Guerra Mundial, los años 1970, los años 1980, los años actuales). La perspectiva espacial también influye: las “condiciones extravagantes en los mercados financieros y en los precios” han podido ser situadas en la década de 1980 por el citado autor japonés[153]; pero seguramente los norteamericanos la situarán hoy en los primeros años del siglo XXI, cuando se ha hecho sensible la crisis económica en su país. Y la misma diversidad puede existir respecto al “rumbo del progreso tecnológico y la clase de empleo que desea la gente”, y otros fenómenos que se consideran significativos; o respecto  al periodo temporal escrutado y la duración de los cambios que se experimentan (y que darán lugar a la aparición de la nueva sociedad), lapso que oscila desde decenios a siglos[154].

Algunas de esas miradas al futuro están relacionadas con las esperanzas y con las inquietudes sobre la perdurabilidad del sistema económico y social dominante. Frente al fin de la historia augurado por Francis Fukuyama (1989) poco antes de la caída del muro de Berlín, en pleno triunfo de la economía neoliberal y con la confianza en el triunfo final de los sistemas democráticos, otros no dudan en anunciar cambios radicales en el sistema económico dominante. Como éste, vaticinado por Inmanuel Wallerstein: el capitalismo ha llegado a su otoño. Se basa para esa afirmación en la existencia de tres contradicciones básicas: el dilema de la acumulación (la tensión entre la tendencia a monopolizar y la creciente competencia, que reduce los beneficios y es autodestructiva), el dilema de la legitimación política, y el dilema de la agenda geocultural[155].

Los relatos sobre el Reino de los Últimos Días, basados en el Apocalipsis, vuelven a aparecer, a veces, en algunas miradas o utopías del futuro. En un libro que está entre el ensayo, la novela, la utopía y la descripción histórica, W. Warren Wagar ha elaborado una Breve historia del futuro en la que se mezclan los temores sobre los efectos del capitalismo, la rivalidad internacional y la guerra nuclear, a la vez que las esperanzas en una orden más equitativo, democrático y finalmente igualitario, a partir de la colaboración entre comunidades[156]. Se trata de una especulación sobre futuros posibles, en relación con la tradición de las utopías y vinculada a las visiones del sistema-mundo de su amigo y colega I. Wallerstein, a partir de la inquietud por el porvenir, que lleva siempre a tratar de influir en ese futuro para hacerlo mejor. Y el autor lo hace presentando diversos escenarios posibles de la evolución hacia el futuro, mostrando un conjunto de posibilidades que se ofrecen a partir de la situación actual.

Wagar modela su obra con la visión apocalíptica del relato del fin del mundo, con un periodo de confusión que preceden a la instauración del reino de los justos, y presenta la evolución desde 1995 hasta 2100. Tres fases se suceden en este periodo, una distopía (La Tierra S. A., Earth Inc.), y dos utopías: La Tierra Roja (Red Earth) y La Casa de la Tierra (House of Earth). La primera cuya descripción está influida por las ideas de Wallerstein, es el periodo en que culmina el capitalismo, con un gobierno mundial por parte de las grandes corporaciones empresariales (GTC, o Global Trade Consortium), que agudiza la competencia y la crisis ecológica. Las tensiones entre las corporaciones y los Estados conducen en 2044 a la III Guerra Mundial y al desastre nuclear. A ella sigue una fase, calificada como la Tierra Roja, con un gobierno socialista planetario mundial dirigido por el Partido Mundial, que trata de reconstruir el mundo, lo que da lugar a nuevas tensiones y problemas (como el conflicto entre centralización y descentralización, entre planificación y autonomía). Finalmente, el socialismo mundial se hunde, y en la fase tercera, la Casa de la Tierra, es sustituido por comunidades autogestionadas que pueden practicar la democracia directa y alcanzar la autosuficiencia y bienestar gracias a los avances científicos y técnicos.

Visiones similares aparecen en otras muchas obras, a caballo entre la ficción y la no ficción, o pertenecientes decididamente a este último género pero construidas con atención a los avances técnicos y científicos[157]. En los futuros posibles hay mucho pesimismo, pero también confianza en la ciencia. A caballo entre la divulgación científica y la ciencia ficción, el físico e historiador de la ciencia José Manuel Sánchez Ron nos presenta un futuro lejano (el año 9687) en que todo está sabido y no quedan ya problemas por descubrir, y por tanto muy aburrido[158].

También los literatos han imaginado la historia del futuro. No hay más que recordar uno de los usos de la expresión historia, el de ‘cuento, narración imaginativa’ (en la expresión ¡no me cuentes historias!). Hay que reconocer que han sido muy imaginativos. Hemos de considerar especialmente, las novelas de ciencia ficción, que tal vez nos hacen prefigurar evoluciones a partir de las cuales realizar preguntas desde el futuro al presente y al pasado. En la literatura todo es posible y los futuros son sorprendentes e imaginativos, tranquilizadores o, más frecuentemente, terroríficos, pero siempre sugerentes y pueden estimular nuevas ideas, fabulando sobre las muchas posibilidades que nos ofrece el porvenir[159]. La historia del futuro ha sido también objeto de debate en relación con la novela histórica y la elaboración de utopías[160].  Al igual que algunos historiadores no tienen inconveniente en utilizar para su narración los relatos literarios que se hicieron en el pasado, los interesados en el futuro hacen un uso amplio de las novelas de ciencia ficción y del cine estimando que son importantes para la narrativa histórica del presente y para percibir los caminos que existen[161].

La necesidad de mirar al futuro y el papel de los historiadores

Difícilmente encontramos historiadores entre quienes han tratado de mirar al futuro y se han atrevido a realizar esas especulaciones; sin duda porque son muy conscientes de su dificultad. Pero no todos han sido reacios a transitar esa vía hacia el futuro.

En todos los tiempos ha  habido historiadores que se han atrevido en su obra histórica a hacer prospecciones sobre como sería el futuro. Lo hacían considerando que las cosas seguían siendo iguales en lo fundamental. El mismo Tucídides no dudó en hablar de ello, ya que estimaba que el pasado es útil para entender el futuro. Y, además, consideró que: “la historia del futuro, mientras la naturaleza humana continúe guiándola, se desplegará en líneas similares, aunque las condiciones específicas a las cuales deba responder esa naturaleza sean diferentes”[162]. Una posición en la que luego le siguieron otros muchos, como hemos visto al citar anteriormente una frase de Páez de Castro.

Para los humanistas del Renacimiento, el ejemplo del pasado, la enseñanza moral, y el esfuerzo por encontrar la estructura lógica que encadenaba a los sucesos que habían tenido lugar, es algo que “nos advierte de lo que va a suceder por lo que se vio que, en circunstancias estimadas equiparables, tuvo ya lugar”[163]. La idea subyacente a esta posición es la de que “siempre los hombres fueron los mismos” y, por ello, sus actos son del mismo tipo: conociendo lo pasado se puede saber lo que pasará después[164].

Pero muchos advirtieron que eso no era fácil, ya que había también grandes incertidumbres; los hechos históricos pasan, cambian, parecen no tener ley: son cosas que “pudiendo y no pudiendo suceder, sucedieron”, como escribió el historiador fray Pedro Simón en una obra sobre la conquista de las Indias Occidentales, escrita en 1617. La historia se ve obligada también a reconocer el papel decisivo de la libertad del hombre, que hace que sus leyes sean muy distintas a las que rigen en la naturaleza.

El futuro estaba también implícitamente presente, ya lo hemos visto, en las historias de ciudades desde el Renacimiento, inspiradas por una idea de cómo debía ser la ciudad. Y de manera similar ha podido impregnar la redacción de otras obras históricas en los siglos siguientes, y especialmente durante el siglo XX. Marc Bloch estimaba que la historia “puede intentar adentrarse en el futuro”[165], y no son pocos los historiadores que han hablado de la capacidad de la historia -o de los historiadores, armados del método histórico- para hacer una “previsión inteligente del futuro”, a través de la realización de una historia razonada que permita “comprender el pasado para conocer el presente”[166] y, sin duda, atisbar el futuro.

Hemos visto que E. H. Carr se oponía a la historia contrafactual. Pero en cambio no a que el historiador mire al futuro. Escribió:

“Sospecho que los buenos historiadores, tanto si piensan en ello como si no, tienen el futuro en sus huesos. Además de la cuestión “¿porqué? el historiador se plantea también la cuestión “¿hacia donde?”[167].

A pesar de ello, es sorprendente la escasa atención que los historiadores y otros científicos sociales han prestado a los estudios del futuro, especialmente si tenemos en cuenta la importancia de los debates que han existido desde los años 1960 sobre los límites del crecimiento, a partir de  la publicación de los estudios del Club de Roma[168] y la nutrida tradición que ya existe de estudios sobre el futuro, con revistas académicas y cursos universitarios sobre el tema[169]. Conviene advertir que los historiadores no son los únicos científicos sociales que han sido reticentes a los estudios del futuro. También lo han sido otros científicos sociales; muchos sociólogos han manifestado dudas sobre la posibilidad de realizar dichos estudios, aunque algunos otros han insistido en la necesidad de que se desarrolle esa perspectiva, especialmente ante la necesidad de examinar los cambios que se han producido en los sistemas sociales tras la caída del muro de Berlín en 1989[170].

En el caso de los historiadores, muchos –con las excepciones señaladas, y otras que podríamos añadir- son escépticos sobre el interés e incluso la posibilidad de pensar en el futuro. Sin embargo la importancia de la historia para los estudios del futuro ha sido destacada por algunos especialistas en este campo[171]. Y ya pueden encontrarse algunos que lo hacen, considerando que si estudian procesos en el pasado, también pueden dedicarse a los que actúan hasta hoy y, porqué no, los que afectan al futuro. Entre ellos W. Warren Wagar, al que ya hemos encontrado como fabulador de futuros, y que, como él mismo reconoce es uno de los escasos historiadores interesados en dichos estudios, a la vez que confiesa haber encontrado muchas suspicacias y resentimientos (por el éxito de sus cursos sobre la historia del futuro); según este autor, el estudio del futuro ha de hacerse escribiendo la historia del futuro[172].

Se trata de pensar en desarrollos futuros, no todos posibles de la misma manera. Se ha escrito que “los académicos que tienen el hábito de contar historias sobre el pasado están especialmente bien situados para contar historias sobre el futuro”[173]. Y efectivamente, los historiadores que están acostumbrados a mirar con atención las interrelaciones que existían en el pasado, a entender que ninguno de los caminos posibles era inevitable, y que había algunos que eran improbables, posiblemente están en condiciones de mirar prudentemente al futuro, de examinar qué transformaciones imperceptibles se están produciendo en este momento, qué consecuencias pueden tener, y qué cambios cataclismáticos se perciben en el horizonte; y pueden contribuir a señalar qué acciones deberían realizarse para evitar los futuros indeseables. También pueden, como el buen periodista, explicar por qué se equivocaron, y porqué lo que sucedió tenía que ocurrir -al igual que les sucede a los que se dedican a los estudios del futuro, que no pueden anticiparlo, pero una vez que ese futuro ha llegado podrán explicar por qué era inevitable[174].

 Hay fuerzas para la estabilidad social y otras muchas que favorecen el cambio. Las primeras son muy poderosas, como muestra el hecho de que muchas características sociales se hayan mantenido semejantes durante milenios, y especialmente durante los últimos dos o tres siglos[175]. Eso hace el papel del historiador especialmente relevante.

Si es cierto que el historiador construye narraciones respecto al pasado, es evidente que está también preparado para construirlas respecto al futuro. Después de la gran ampliación que ha tenido el relato histórico durante el siglo XX y de las transformaciones de la postmodernidad, no es difícil que ese relato se extienda igualmente al futuro. Algunos de los historiadores que hemos citado ya lo piden explícitamente.

Al hacer referencia a Toynbee he manifestado mi opinión sobre la necesidad de estudios ambiciosos que integren diferentes dimensiones y culturas. Los historiadores entrenados en realizar análisis cuidadosos de situaciones concretas, deberían atreverse a pensar en la historia general (y tal vez también en la historia universal) y a diseñar proyectos ambiciosos. No cabe duda de que los estudios de casos (de espacios o comunidades concretas), e incluso los de microhistoria[176], pueden iluminar sobre los grandes procesos histórico-sociales; pero deberían servir efectivamente para iluminarlos. El objetivo último de la historia es entender el pasado de toda la Humanidad, y no solo de grupos sociales de un país concreto o de un continente. Estamos en un mundo global, y con diferentes culturas. Tenemos necesidad de una mayor sensibilidad a otras culturas, de poseer un conocimiento de otros ámbitos geográficos, una carencia grave de la historiografía hispana en el mundo global en que nos encontramos –y que los españoles contribuyeron a construir desde el siglo XVI. El relato debe incorporar todas las dimensiones humanas (hombres y mujeres), técnicas, intelectuales, y ser sensible a los problemas de hoy y del futuro.

Si, como hemos indicado antes, algunos historiadores afirman que los datos históricos se construyen respecto al pasado[177], también pueden construirse respecto al futuro, con las mismas o parecidas técnicas que maneja el historiador. Es cierto que “no hay archivos del futuro” en los que pueda trabajar el historiador de la forma como está acostumbrado[178]. Desde el Renacimiento se afirmó una y otra vez que la historia debía basarse en dos pilares esenciales, la cronología y la geografía. Sin duda, en lo que se refiere al futuro no se puede hablar de fechas ni de situaciones geográficas. Pero se pueden mirar las tendencias existentes, estar atento a los cambios que se producen, a las innovaciones; observar y analizar las tendencias, extrapolar con cuidado, examinar las previsiones económicas que se hacen. No se trata de simples especulaciones, sino que se han de basar en datos. El historiador que mira al futuro ha de ser un buen observador de su tiempo y descubrir nuevas fuentes, como han hecho los que antes han utilizado otras, desde la literatura a la historia oral. Las fuentes dependen de lo que se investiga, de los problemas que se tienen, de las preguntas que se hacen. Los archivos de la historia del futuro están en la actualidad en la prensa, en la TV, en el cine, en la novela, en internet, y en la calle. Ahí pueden encontrarse datos útiles para la historia del futuro[179].

Futuros ceteris paribus y ceteris imparibus

El hábito de pensar históricamente significa normalmente pensar en procesos de cambio. Y eso puede aplicarse desde el pasado al presente, como hemos visto al hablar de la historia contrafactual, y desde el presente hacia el futuro. Naturalmente, ello no implica –vale la pena recordarlo otra vez- hacer predicciones. Pero puede suponer examinar posibles desarrollos futuros, hacer simulaciones, pensar en términos de escenarios, tal como han señalado algunos autores. Teniendo en cuenta que no es lo mismo que se produzcan solamente cambios cuantitativos, por ejemplo en los ritmos de desarrollo económico, que cambios más esenciales en la estructura de la sociedad; en esa última situación solo se pueden hacer conjeturas razonables, presentar posibles alternativas para estimular el debate.

Son inmensas las dificultades para establecer o detectar regularidades, y para descubrir leyes en la historia. Dificultades, sobre todo, para incorporar lo inesperado en el relato sobre el futuro. Lo que tiene que ver con dos hechos que resultan clave en la caracterización del historicismo: la libertad y la contingencia. 

Los sucesos históricos son únicos y excepcionales, no se dan más que en un tiempo y un lugar dado, y no se repiten en otro tiempo y lugar de la misma manera. Los geógrafos estamos preparados para entenderlo, porque la geografía es una ciencia que ha insistido mucho en ello[180]. El debate en esta ciencia se planteó en términos de la contraposición entre positivismo e historicismo, idiográfico y nomotético[181]. De manera similar puede considerarse que ha sucedido en historia y, más concretamente, en historia urbana[182].

En los años 1950 y 60 la geografía cuantitativa pretendió que la ciencia es única y que puede aplicarse el modelo de las ciencias de la naturaleza a las ciencias sociales. Posiciones similares mantuvo la historia cuantitativa y teorética, la new economic history, que introdujo métodos cuantitativos y puso énfasis en la teoría, contribuyendo a descubrir nuevas facetas y a mostrar la insuficiencia de algunas explicaciones tradicionales (por ejemplo sobre la implantación de los ferrocarriles), magnificando las explicaciones relacionadas con el funcionamiento del mercado[183]. También hicieron suyo el ideal positivista del descubrimiento de leyes para conseguir la predicción. Pero frente a esas pretensiones, otros muchos historiadores han insistido en las dificultades que existen para ello: en un sistema social las variables que es preciso considerar, y sus comportamientos posibles, son muy numerosos y variados, casi infinitos, y, por ello mismo, el establecimiento de leyes y la predicción resultan imposibles.

Sin negar que eso sea cierto, tal vez se podría mirar con atención y explorar en historia, sin dogmatismos e ideas previas, las formas de trabajo que físicos o biólogos utilizan.

El estudio de las interrelaciones entre factores diversos, el análisis de situaciones complejas son tareas que saben realizar con destreza los historiadores (al igual que los geógrafos). Están habituados a detectar las novedades, las discontinuidades y a mostrar las permanencias. Todo eso les puede dar una ventaja para enfrentarse a situaciones de gran complicación. Existen hoy nuevas posibilidades de diálogo, ya que físicos y biólogos han ido descubriendo que las cosas en el mundo natural son mucho más complejas de lo que imaginaban. De hecho, se ha podido escribir, “los científicos solo ahora están desarrollando un lenguaje formal para intuir lo que los historiadores han expresado durante mucho tiempo en palabras”[184]. Existen, además, modelos complejos en la física, que permiten elaborar predicciones  incluso sobre situaciones muy dinámicas y de múltiples variables, como las del tiempo meteorológico. Pero el diálogo exige que los historiadores, o algunos de ellos, posean también una buena preparación matemática para explorar la posible aplicación de estos modelos a las mucho más complejas situaciones de la vida social, y examinar desarrollos futuros, siempre que se consideren esos futuros simplemente como escenarios posibles, relatos alternativos sobre lo que puede suceder, y se trate de entender las formas como las distintas fuerzas que están actuando hoy pueden “manipular el futuro en diferentes direcciones”[185]. Los avances en el estado de sistemas dinámicos en la naturaleza podrían ser utilizados para explorar esos posibles escenarios futuros.

Los historiadores están preparados para hacer relatos de lo que ocurre normalmente en el tiempo largo y medio, así como también, ya lo hemos dicho, para identificar lo que es nuevo, los cambios, las innovaciones. Están, por ello, en condiciones de presentar escenarios futuros que ayuden a los políticos y a los técnicos a tomar decisiones, a orientarnos hacia el futuro, presentando los diferentes caminos y posibilidades que existen.

Problemas y posibilidades similares se presentan en el campo de la geografía. Los estudios geográficos, de manera general, se ha referido normalmente al presente y, como hemos visto en el caso de la geografía histórica, al pasado. Pero se refieren a un presente que en el momento de publicación del estudio es ya pasado[186]. Desde fines de los años 1960 se dejó sentir en la ciencia geográfica una tendencia, minoritaria pero fuerte, para dar el paso hacia la predicción. Bien como consecuencia de la aceptación de las concepciones científicas neopositivistas, o bien por la preocupación sobre las consecuencias que tendrán en el futuro las tendencias detectadas; como intento consciente de aplicar a las ciencias sociales los modelos de la física, o por la participación de los geógrafos en la planificación, en la que la mirada al futuro es indispensable[187]. Al mismo tiempo se oyeron voces sobre la necesidad de mirar al futuro, considerando los futuros alternativos, y prestando atención, especialmente, a las situaciones poco corrientes, a las rupturas y cambios repentinos e inesperados y “a las ocasiones en que los sistemas quedan sometidos a una tensión de adaptación”[188].

En el esfuerzo por comprobar la validez de los modelos e interpretaciones que se elaboran, diversas ciencias sociales han sido atraídas por los modelos postdictivos, como una forma de simulación. Por ejemplo la ciencia política, donde la simulación de la evolución de votos desde el pasado ha sido una de las exploradas; y en otras disciplinas con la realización de regresiones posdictivas[189]. En geografía las simulaciones postdictivas empezaron a utilizarse en el estudio de los transportes, para predecir desde el pasado la evolución de estas redes, comparando el resultado de la predicción con la configuración actual. Si la predicción coincide con la red existente hoy, eso indica que las variables o factores tenidos en cuenta en el modelo son significativos[190]. Y puede pensarse en aplicarlas para detectar tendencias futuras, siempre que, en este caso, se cumpla la cláusula ceteris paribus[191].

Desde el presente al futuro y a los futuros

Podemos afirmar que los historiadores no solo deben investigar el pasado y hablar de la historia de los tiempos presentes, como ya hacen a veces, sino que deberían también atreverse a mirar al futuro. Ante todo, el futuro próximo. No se trata de pensar imaginativamente qué sucederá en el XXII o más allá, sino en la próxima y las próximas décadas, de manera general y en las situaciones concretas de nuestros países, de nuestro ámbito próximo; son ellas las que nos interesan más directamente, aquellas sobre las que podemos tomar decisiones personales o colectivas, que pueden afectar realmente al porvenir.

Se puede pensar en situaciones determinadas y específicas con un conocimiento profundo del pasado (en la tradición de la historia total) y del presente en sociedades concretas. Es un examen muy diferente a las especulaciones filosóficas sobre el futuro, un examen fino, lo más refinado posible, a partir de numerosas variables que el historiador sabe que actúan e interactúan en un lugar.

Pero pueden referirse también a todo el mundo, al futuro de la Humanidad, contribuyendo el historiador a elaborar visiones generales que ayuden a iluminarnos y a plantear preguntas nuevas. Y, desde luego, deben abordar asimismo cuestiones específicas, de acuerdo con la especialización del historiador (gobiernos urbanos, construcción de la morfología, áreas sociales…)

Interés especial tiene el examen y la reevaluación de los pronósticos, previsiones o proyecciones que se han realizado en el pasado. No para simplemente comprobar las equivocaciones o los lúcidos aciertos que han tenido, sino para entender las circunstancias en que se realizaron dichos pronósticos, las informaciones disponibles y los factores intelectuales que influyeron sobre ellos, la razón de las equivocaciones y los cambios que desde entonces se han producido. Como, por ejemplo, la evaluación de las prospecciones realizadas a mediados de los años 1960 en relación con la planificación regional en Europa[192].

Es posible aplicar los métodos de trabajo del historiador al examen de las evidencias que existen sobre las tendencias que se observan. Y proceder con el mismo cuidado y la finura de análisis que se aplica a los datos del pasado.

Conviene tener en cuenta que los juicios sobre el pasado son provisionales, y pueden ser cuestionados por descubrimientos de nuevos datos. Más aun lo serán los que hagamos sobre los futuros posibles. Son afirmaciones provisionales, para debatir, enfrentadas a otras interpretaciones. Pero en el debate podemos ganar mucho: sobre todo, una mayor comprensión de las fuerzas que actúan y cómo actuar sobre ellas, aportar materiales que pueden permitir nuevas preguntas. En poco tiempo el desarrollo de los sucesos permitirá confirmarlas y matizarlas o modificarlas y hacer otras nuevas.

En el pasado no había una evolución única e inevitable. Siempre hubo muchas posibles, potencialmente posibles; que se hicieron reales por sucesivas concatenaciones de sucesos concretos en contextos determinados. Los historiadores que se han habituado a pensar en que la historia no tenía un único camino sino diversas alternativas posibles en el pasado, estarán preparados para pensar en el futuro. Por ejemplo, los que han cultivado la historia contrafactual. El tipo de razonamiento what if? es habitualmente empleado por los que elaboran y examinan diferentes escenarios de la evolución futura[193]. Creer en contrafactuales es admitir al menos dos escenarios posibles. La historia contrafactual muestra también que las mismas situaciones pueden conducir a alternativas diferentes a las que realmente se dieron.

Las cosas han cambiado mucho. Pero ver cómo los hombres del pasado se enfrentaban a los problemas que tenían puede ser muy revelador para los hombres de hoy. Lo esencial es que –hasta hoy- el hombre sigue siendo el mismo, y los comportamientos del pasado, y otras muchas cosas que el historiador puede descubrir, nos pueden servir para hoy y para preparar el futuro. Y si la entrada en la Posthumanidad nos demuestra que no es así, que el hombre tiene hoy, con la ingeniería genética y la posibilidad de prótesis informáticas, unas posibilidades totalmente inéditas, tal vez será más urgente mirar al presente y al pasado desde el futuro aterrador que parece amenazarnos.

El conocimiento de la complejidad y las situaciones pasadas permite entender procesos que fueron difíciles, largos y complejos, permiten mirar de otra manera lo que sucede hoy. Aprendemos que el asentamiento del Estado liberal fue difícil, en pugna con los poderes locales, con retrocesos y cuestionamientos, lo cual nos permite juzgar sobre los intentos de desmantelarlo que hoy se han puesto en marcha[194]. Pero igualmente puede ser útil conocer la forma como se afrontaron en el pasado ciertos problemas que pueden plantearse también hoy día. Hemos dicho en otra ocasión[195] que cuestiones que parecían superadas pueden volver a ser relevantes hoy, como el hambre o las epidemias. A ello podemos unir el interés de las investigaciones históricas sobre la pobreza o las que se hacen sobre las reacciones en caso de catástrofes. La lucha contra la enfermedad, la lucha contra el hambre, los miedos la insolidaridad, la necesidad del Estado y sus funciones, son cuestiones pertinentes para hacer preguntas desde el presente al pasado.

Pero podemos añadir otras muchas más. Por ejemplo, el tratamiento de las minorías; tal vez para aprender lo que no hay que hacer (generalmente se expulsaban o se asesinaban), y también para estudiar como se conseguía el consenso y la convivencia en paz, si es que se dio alguna vez. O el problema de la democracia y la participación, en la que nos jugamos mucho, en el intento de construir una ciudad mejor. Podemos preguntarnos si ha habido experiencias que nos sean útiles para ello, o a partir de las cuales podamos pensar para dar soluciones; las que tienen que ver con las relaciones entre ciudad y Estado, o las que existen entre ciudad y modernización son asimismo relevantes.

El historiador a pesar de sus pretensiones de objetividad está inmerso en su tiempo; tiene, ya lo hemos visto, opciones cívicas, políticas o ideológicas, y un contexto cultural en el que se ha formado y en el que se mueve, que le hace ver las cosas y los sucesos del presente y el pasado de una forma determinada. Estamos, pues, ante retos verdaderamente difíciles, ya que el relato histórico se ve sesgado por las posiciones ideológicas  en las que el historiador se sitúa, por las creencias (en el sentido orteguiano) en que se está. Lo mismo sucede con el presente. Dos historias del tiempo presente existían, sin duda, en la España de los años del franquismo: la de los vencedores y la de los vencidos, cada una de ellas destacando acontecimientos, ritmos e interpretaciones diferentes. Debemos estar dispuestos a pensar que seguramente hoy sucede lo mismo en nuestras sociedades, en nuestras ciudades, y preguntarnos por los acontecimientos de hoy a los que se dará valor en el futuro. Si ya se tienen dudas sobre la posibilidad de una historia unificada de los tiempos pasados y del tiempo presente, más problemática será sin duda la historia del futuro. Se ha de ser muy consciente respecto a ello, pero esa constatación no debería arredrarnos a mirar hacia el futuro.

Se trata, en todo caso de un terreno muy resbaladizo. La conexión íntima entre interpretación del pasado, comprensión del presente y proyección hacia el futuro ha sido señalada en diferentes ocasiones. Por ejemplo, con referencia a determinados debates historiográficos  sobre la historia del tiempo presente en Alemania. Debates que algún momento actualizan y localizan institucionalmente la afirmación de Orwelll de que “quien controla el pasado controla el futuro, quien controla el presente controla el pasado”. No se trata de una idea solamente literaria: su profundidad y sus implicaciones produce temor, más cuando se perciben posiciones similares en el trabajo historiográfico. Y éstas no faltan. Por ejemplo, con referencia a la historia del tiempo presente en Alemania se ha señalado que “historiadores conservadores afirmaban que la República Federal de Alemania era un ‘país sin historia’; y según ellos, ganaría el futuro quien fuera capaz de llenar la memoria, de acuñar los conceptos y de interpretar el pasado”[196]. Es posible que haya hoy en nuestro país historiadores que piensan igual que esos colegas alemanes, y se sitúen por ello, aunque no lo reconozcan (o incluso la rechacen), en la tradición orwelliana, intentando explicar sesgadamente el pasado para construir un futuro que ellos consideran deseable.

 

LA HISTORIA DE LA CIUDAD COMO UN PROYECTO DE PRESENTE Y DE  FUTURO

Tal vez sea éste el momento para que los historiadores urbanos se atrevan a hablar del futuro de las ciudades. Desde los problemas que son hoy relevantes para ellas y para su futuro (que, recordémoslo, es hoy el futuro de la humanidad[197]), y desde la inquietud de a cuáles se debe atender prioritariamente, para tratar de potenciar ciertas evoluciones y de evitar otras.

Son muchas las preguntas relevantes sobre la ciudad para imaginar esos escenarios posibles, a partir de los problemas que hoy están presentados y de los que previsiblemente se plantearán en el futuro.

La imaginación de cómo sería la ciudad del futuro ha atraído a muchos literatos y artistas. Las construcciones imaginadas para el futuro por pintores y arquitectos[198] o por cineastas[199], han sido objeto de análisis, que han puesto de manifiesto la dificultad de escapar del presente al pensar en el futuro. Las ideas que tenemos sobre el futuro y las visiones o cuadros que se construyen de él se hacen, a veces, viejas de forma muy rápida: lo que parecía hipermoderno hace unos años queda superado por otras visiones imaginativas que incorporan nuevos avances de la ciencia y de la técnica. No hay más que ver las películas sobre el futuro para darnos cuenta de cómo envejecen, a la vez que cambian también nuestras obsesiones: los marcianos, la destrucción nuclear, las máquinas, los ordenadores…; mientras siguen las dudas sobre si el futuro será el mundo feliz o el cumplimiento del Apocalipsis –con creciente dominio de esta última visión.

La influencia de las ideas que se tienen sobre la estructura de la sociedad afecta igualmente a la visión del futuro. La ciudad que se describe, y la forma como se hace, los rasgos que se identifican y en los que se fija el observador, va siempre unida a una determinada idea de la ciudad, de lo que es y de lo que debe ser. Ya hemos visto que la historia de las ciudades nació en el Renacimiento vinculando la utopía y el conocimiento histórico. Conocimiento histórico, selección de las informaciones e idea de ciudad está presente también, como vimos, en las guías de ciudades, que se redactan a partir de una determinada idea de la ciudad.

Existen hoy fuertes demandas sociales para que los historiadores se decidan a estudiar el pasado con vistas a construir el futuro. Después de los cambios que el desarrollo de la historia del tiempo presente ha introducido en la actitud de los historiadores -respecto a las demandas para estudiar el presente y a la relación de su disciplina con las ciencias sociales-,  estos especialistas se ven enfrentados con frecuencia a requerimientos que se les hacen por parte de instituciones públicas, empresas privadas, medios de comunicación, y grupos sociales diversos para - como ha escrito uno de ellos- “conocer el pasado divisando juntamente mejor el porvenir”[200].

Un porvenir que está llegando continuamente. El presente es siempre provisional, una línea muy tenue que nos separa del pasado y del futuro, y que cambia constantemente. Ya vimos que se convierte inmediatamente en pasado. Pero al mismo tiempo, el futuro de ayer se ha convertido hoy en presente. Se acerca más rápidamente de lo que a veces imaginamos, y hemos de estar preparados para ello, y tomar decisiones respecto a él.

Preguntas desde la historia sobre el futuro de la ciudad

Podemos aceptar sin mayor discusión, que nuestro presente, y nuestras ciudades, son muy diferentes a todo lo que sucedió en el pasado. Aún así hay cuestiones que pueden plantearse desde la historia y ante las cuales la mirada del historiador es de gran utilidad. Es seguro que los problemas se entienden con más profundidad si se perciben como resultado de una secuencia de desarrollo, y si existe una preocupación por los factores que explican el cambio.

Desde la historia se pueden y se deben hacer muchas preguntas para el futuro, teniendo en cuenta las diferentes facetas que existen en el estudio de la ciudad. Aludiremos brevemente, para acabar,  a algunas de ellas, como las redes de ciudades, la dimensión social y política, la morfológica, la ambiental, la relacionada con las infraestructuras y las redes.

El estudio de la ciudad es desde el punto de vista histórico especialmente interesante, por el hecho de que en muchas ocasiones hay mayor continuidad en las ciudades que en las formaciones estatales; eso es relevante para el análisis histórico, ya que la historia urbana permite estudiar los cambios, las continuidades, la existencia de instituciones que han tenido permanencia desde la edad media (como los ayuntamientos). El papel de los individuos, de los grupos sociales, es también más fácil de seguir en ese medio que en los estados nacionales, que podían tener capitales inestables hasta bien avanzada la Edad Moderna, y que, además, han cambiado de configuración territorial en numerosas ocasiones, aspectos ambos que dan lugar a una mayor dispersión de archivos y de fuentes.

La distinción campo-ciudad adquiere hoy un significado distinto al pasado, y la misma definición de la ciudad (como espacio físico y morfológico, o como conjunto de ciudadanos y de sus comportamientos) afecta al debate. Por otra parte, hoy estamos ya en lo que podemos denominar como la fase de Urbanización Generalizada, y en el camino de la Ciudad Universal. Si bien siguen existiendo lugares de concentración y densidad de población, los comportamientos sociales se han homogeneizado, siendo cada vez menores las diferencias entre el campo y la ciudad.

Las redes de ciudades y el planeamiento

La historia urbana puede ser importante para un buen entendimiento de las tendencias de la urbanización en los últimos dos siglos. Algún historiador se ha atrevido a hacerlo; como Jan De Vries, que al final de su libro sobre la urbanización de Europa de 1500 a 1800 se pregunta:

“¿Continuará la urbanización con el modo de la concentración o será sustituido éste dentro de poco por el modo de creación de ciudades? De hecho ¿no ha acabado ya la modalidad de la concentración cediendo el paso a una forma futura de vida urbana que no podemos distinguir  aun plenamente?”

Y responde:

 “nuestro estudio sugiere que si la futura urbanización debe adoptar la forma de creación de ciudades más que la de concentración, no sucederá esto por vez primera ni implicará necesariamente el abandono completo de las formas urbanas históricas. El moderno sistema urbano ha mostrado su capacidad de ajustarse a los mayores cambios en el modo de urbanización sin quedar profundamente transformado por el mismo”[201].

En la nueva situación, que conduce, de hecho a una fase de Urbanización Generalizada, el significado de las pequeñas ciudades es diferente, así como las ideas respecto a las ventajas relativas de la grande, la media y la pequeña ciudad[202].

La historia debería ayudar al planeamiento, a partir del conocimiento de la génesis de las estructuras espaciales y sus tendencias de desarrollo. En esa colaboración se ve obligada a enfrentarse al futuro, ya que el planeamiento es siempre previsión. A pesar de todos sus fracasos (por exceso o por quedarse corto, por inadecuada evaluación de los procesos o por excesiva influencia de los que controlan algunos de ellos) la planificación puede considerarse también como “la búsqueda esforzada de viabilidad para una utopía realizable”[203]. Se trata de procurar, a través del diseño y de la normativa, un futuro que se considera mejor y que, en todo caso, a partir del momento en que se formula y se expresa públicamente, constituye un modelo alternativo al que existe y acaba, generalmente, por afectar de una u otra manera, aunque sea de forma limitada, a la evolución futura de la ciudad.

Lo importante no son solamente los planes diseñados y aprobados (económicos, urbanísticos…), sino también la elaboración de los mismos, las presiones que existen para la definición de objetivos y estrategias, las decisiones que se toman, los agentes que actúan de forma abierta o encubierta y que desempeñan un papel fundamental en la construcción de la ciudad y en los cambios de ésta. Un estudio sistemático de las actas de los ayuntamientos y de otras instituciones político-administrativas (regionales o estatales) es importante para conocer cómo ha sucedido en el pasado, y entender lo que seguramente está sucediendo hoy[204]. Al igual que resultan muy útiles las investigaciones más generales sobre la forma como se producen las leyes o se elaboran los planes de urbanismo; lo que, en ocasiones, permite utilizar también fuentes que hoy no están disponibles, por el secreto personal y estadístico.

Estas líneas de investigación enlazan con la historia de las decisiones, un campo que ha surgido a partir de una demanda de las instituciones públicas (sobre todo de los ministerios y organismos de planificación) y de las empresas, para racionalizar sus actuaciones, aprender de las experiencias del pasado y evitar los errores cometidos, algo especialmente necesario en momentos de rápido cambio y reconversión. El conocimiento histórico permite entender lo que ha sucedido y cómo se ha configurado el presente; a partir de ahí podemos descubrir estrategias que nos iluminan sobre lo que está ocurriendo hoy.

La ciudad existente posee un espacio construido que deberá ser en buena parte conservado. Casi nunca se puede pensar en edificar a partir de una tabula rasa, como les gustaría a tantos arquitectos, sino que se ha de partir de lo que hay; del espacio edificado y del que todavía es no urbano, pero tiene también una larga historia, con características, servidumbres y limitaciones. Entender cómo se ha ido produciendo dicho espacio es esencial para la construcción del futuro. Así como también para decidir qué parte se ha de modificar y cual mantener. La investigación histórica es fundamental para debatir qué se ha de conservar, y porqué, y cuales son los espacios heredados que han de dedicarse también total o parcialmente a nuevos usos y funciones y para establecer los criterios para tomar las decisiones oportunas. El futuro se ha de construir a partir del presente y conociendo como se ha llegado a él.

Seguramente un hecho fundamental de las ciudades es su dimensión organizativa, la existencia de una comunidad de ciudadanos y su representación municipal, así como las atribuciones que crecientemente fue adquiriendo dicha institución. Es muy relevante el estudio de las estructuras de gobierno de las organizaciones urbanas, y de los cambios en el tiempo; también el de las adaptaciones a circunstancias sociales, económicas y políticas nuevas, que permitieron poner en marcha estructuras organizativas y burocráticas, con grupos de expertos especializados para tratar, con conocimiento científicos y técnicos, los nuevos problemas que se planteaban, desde la misma construcción de los edificios públicos y privados al funcionamiento de la ciudad y la salubridad de los ciudadanos.

Igualmente es relevante el estudio de la configuración y el ejercicio del poder local[205]. Con la ventaja, otra vez, de que a veces pueden realizarse mejor sobre el pasado que sobre la actualidad, ya que las fuentes están disponibles, no afectadas por el secreto que impide la consulta sobre la evolución más reciente. La inserción de los espacios urbanos en la economía global, ha supuesto cambios de gran trascendencia; ha quitado fuerza al poder de las elites locales, aunque ha podido darles nuevos papeles en la organización social y económica.

La historia nos muestra que las ciudades han tenido un papel decisivo en la dominación social y territorial, de las elites y de los grupos oligárquicos que habitan en ellas y que fueron capaces de poner los recursos disponibles para ejercer esa dominación. Es importante estudiar la creación de ciudades y el uso de geometrías urbanas (por ejemplo el plano ortogonal) como factor de dominio y aculturación[206].

Interesa de forma especial el problema de la ampliación de los municipios urbanos y de las anexiones de términos municipales contiguos, lo que en las grandes ciudades puede haber sido una etapa hacia la configuración de áreas metropolitanas. Resultan especialmente interesantes los conflictos para las anexiones, por las contradicciones que con frecuencia existen entre las diferentes burguesías locales[207] y por las estrategias enfrentadas para la constitución de gobiernos de áreas metropolitanas. El estudio de la construcción histórica de las metrópolis en sus diferentes dimensiones demográfica, social, administrativa y espacial es especialmente relevante[208]. La historia de la destrucción de algunas de esas entidades y las nuevas tendencias actuales para su reconstitución es de gran interés hoy, cuando a veces se pretende mantener la autonomía municipal y se defiende el municipalismo, lo que puede llevar a hablar, de forma oportunista, de geometrías, e incluso geografías, variables, a políticos y técnicos que antes las percibían como rígidas e inmutables.

Sería interesante el examen histórico de la aparición y de las consecuencias de las políticas públicas de intervención en la ciudad y en el territorio. Sobre todo en un momento en que es clara la necesidad de coordinar y concertar la política de las entidades locales, regionales, estatales, y examinar las trayectorias, los intereses y las dificultades que ha habido en los últimos años. O en que se plantean problemas de la configuración del gobierno municipal, y el paso de una democracia solamente representativa a otra que sea a la vez representativa y participativa, así como los problemas del gobierno político, la gestión y la gobernanza urbanas. También examinar las potencialidades y las insuficiencias de la gestión del suelo por lo entes locales y metropolitanos.

La puesta en marcha de redes de infraestructuras que hicieron posible el crecimiento y el funcionamiento de las ciudades en la época contemporánea ofrece especial interés para la investigación histórica. Las decisiones sobre la elección de tecnologías diversas, los conflictos entre las opiniones de los diferentes tipos de técnicos, cada uno  (por ejemplo, ingenieros y médicos) con sus propias opciones sobre las formas de solucionar los problemas planteados y que (como el  de las aguas) resultan especialmente relevantes. Podemos pensar en los futuros posibles que se abrían en el pasado, y ver cómo se vieron  afectados por la información que se tenía y el contexto en que se tomaron. Daremos un ejemplo muy claro: si en el pasado el debate sobre la evacuación de las aguas residuales hubiera llegado antes de los abonos minerales y químicos, sin duda sistema de tout à l’egout no habría triunfado y se habrían difundido los pozos negros para el aprovechamiento de unos residuos que eran muy útiles para la agricultura[209].

El debate entre las ventajas relativas de la ciudad compacta y la ciudad dispersas es también relevante, en relación con las propuestas actuales del New Urbanism.

La evolución de las técnicas, de las posibilidades de construir infraestructuras y de dar soluciones a problemas existentes, permiten imaginar cualquiera de estos diseños urbanos para la ciudad del futuro. Pero la tecnología no es neutra, y han de considerarse los costes y las consecuencias de su implantación. Especialmente importante es el que tiene que ver con el consumo energético. La organización de la ciudad del futuro dependerá esencialmente de la disponibilidad de energía y de la urgencia de disminuir la huella ecológica en el territorio. Hay necesidad de hacer las ciudades más humanas, y con menor despilfarro, lo que significa ahorro, eficiencia energética y dominio del transporte público.

Aunque la escala de lo urbano sea hoy diferente, interesa la historia de la toma de conciencia de los problemas ambientales en las ciudades en el pasado. Y las medidas contra la degradación del medio, así como la ecogeografía histórica, o las investigaciones sobre lo que algunos historiadores han llamado el ‘metabolismo social’. Interesa asimismo el tema de la gestión del agua y de la contaminación, y las reacciones sociales ante los mismos. Así como las  formas de gestión del ambiente en el pasado y eficiencia de la gestión de bienes comunes[210].

Puede que no sea fácil ponerse de acuerdo sobre qué orden se desea. Existen, de entrada, profundas diferencias ideológicas y políticas, que afectan a las ideas sobre cómo ordenar la ciudad; por ejemplo, saber si serán las fuerzas del mercado las que modularán la ciudad del futuro o si, como otros pensamos y deseamos, debería actuarse para resolverlos a través de instrumentos públicos de actuación. Pero a ello debemos añadir las diferencias intelectuales, de gustos, de valoraciones. No hay más que recordar las posiciones enfrentadas de ilustrados y románticos sobre el orden geométrico para entender las dificultades de que existen para el acuerdo: lo que unos consideran como orden y claridad, otros lo perciben como monotonía y uniformidad.

Dimensiones sociales,  políticas y morfológicas

La sensibilidad histórica y el conocimiento de lo que ha sucedido en el pasado permiten ser sensibles a los cambios y a las continuidades.

Ha habido cambios en la configuración espacial, con procesos de segregación social y reacondicionamiento del espacio. Cambios en suelo, vivienda, fábricas e infraestructuras. El proceso general de urbanización lleva a la homogeneidad de conjunto, pero se mantienen acusadas diferencias internas, sociales y espaciales.

Es importante abordar el estudio de los agentes urbanos: promotores, propietarios del suelo, capital financiero, el papel de los técnicos que participan en la transformación del espacio. El conocimiento de las prácticas diversas que han existido de ocupación del suelo, puede permitir tal vez ordenarlo mejor en el futuro. Los historiadores deben abordar el estudio de la organización interna de las ciudades, de los procesos de crecimiento en la periferia de las ciudades, la organización de las áreas sociales en la ciudad, los problemas de segregación y mezcla social, la localización industrial. Pueden colaborar en el análisis de los cambios históricos en la morfología de las ciudades (el plano, los edificios, los agentes urbanos)[211].

La ciudad ha sido el lugar de la innovación, de la movilidad y el ascenso social, de la maximización de la información y la comunicación, de prácticas sociales urbanas, de comportamientos demográficos, lugar de conflictos nuevos y de nuevas solidaridades. Sin duda las diferencias sociales, las diferencias entre ricos y pobres, y la localización diferenciada y en viviendas diferentes ha existido siempre y no solo en las ciudades actuales.

Las afirmaciones que a veces se hacen en el sentido de que nunca ha habido más pobres que hoy, que nunca hemos estado peor que hoy, que nunca los jóvenes han sabido menos que hoy y que son peores que nosotros, deberían ser matizadas. En lo que se refiere, por ejemplo, a esto último, la lectura de obras históricas de la antigüedad clásica o del Renacimiento y la Edad Moderna, permite comprobar fácilmente la existencia, desde hace dos milenios y medio, de declaraciones similares respecto a la falta de esfuerzo y de conocimientos de los jóvenes.

Interesa mucho conocer las distintas fases de la transición demográfica para diseñar políticas demográficas con vistas al futuro, los cambios familiares, los procesos de modernización social, la organización de los sistemas educativos, y la incorporación de nuevos conocimientos científicos y técnicos. O las ideas sobre la ciudad, con las miradas pesimistas y optimistas sobre ella, que lleva a ver la misma realidad como caótica u ordenada, como el lugar de la corrupción o el de la innovación y la cultura[212].

Necesitamos, al mismo tiempo, retomar de forma abierta e imaginativa todas las aportaciones que hicieron en el pasado los idealistas que imaginaron soluciones a los problemas que existían y nuevas formas de organizar la sociedad, desde los marxistas a los libertarios. Estudiarlas de forma libre e imaginativa, huyendo de soluciones dogmáticas, y de todas las construcciones de ingeniería social.

En la situación actual convendría pensar también en las soluciones que se dieron en el pasado a cuestiones que siguen estando planteadas y son importantes en las ciudades. Por ejemplo, el problema de la vivienda urbana, o el problema de la propiedad[213]. Fueron muchos los pensadores que se plantearon estos problemas en el siglo XIX. Estudiar las soluciones que propusieron los socialistas utópicos, los georgistas y otros pensadores a la cuestión de la vivienda tal vez nos estimule hoy para buscar soluciones a la provisión de vivienda para la demanda de capas no solventes, desde la filantropía o el deseo de control y orden social, a la propiedad, con propuestas sobre municipalización; e incluso soluciones técnicas a la industria o a la edificación, lo que los estudios del patrimonio y de la arqueología industrial han mostrado en numerosas ocasiones.

En el momento actual se vuelven a plantear los dilemas entre el papel de la historia estructural frente a la historia que destaca los acontecimientos como sucesos singulares y no repetibles (historia evenementielle). Es interesante la propuesta braudeliana de contraponer la larga duración, casi sin acontecimientos, y el tiempo corto en el que éstos se producen.  Pero hoy, con las nuevas corrientes historiográficas, y en especial con la historia del tiempo presente, se vuelve a valorar el acontecimiento[214].

Los acontecimientos, ya lo hemos visto solo adquieren sentido por la narración de los testigos y por el discurso histórico construido. Hemos de pensar, urgentemente, en acontecimientos significativos en las ciudades actuales a partir de la narración de los testigos: los habitantes, la prensa en general, la prensa especializada (por ejemplo, las revistas de las asociaciones de vecinos), las encuestas de opinión, la construcción de los periodistas, mediatizada y seleccionada por los objetivos y estrategias de las empresas editoras de los periódicos, los relatos de los científicos sociales. Pero este relato de los acontecimientos está interpretado por los discursos históricos, que dan valor a la concatenación de los acontecimientos, a la larga o a la pequeña duración, a la macro o a la microhistoria, a la economía o a la cultura, a las percepciones y representaciones o a la visión objetiva y cercana al hecho, a la distancia al mismo o a la crítica.

Los historiadores son conscientes de que estamos hoy ante un nuevo tipo de acontecimientos que tienen una naturaleza nueva, por su carácter global, planetario. Desde acontecimientos políticos (como la caída del muro de Berlín) a económicos (como la crisis económica actual). En la historia de la ciudad interesan hoy, ante todo, esos acontecimientos de significación planetaria. Pueden ser los relacionados con el precio del petróleo, cuya subida afecta al coste del transporte individual en automóvil, o el acontecimiento que tiene repercusión financiera mundial (porque sube el precio del dinero y afecta a las hipotecas inmobiliarias) o el acontecimiento político que afecta e la regulación de los sistemas económicos (por ejemplo la medidas antiregulatorias adoptadas por los gobiernos neoliberales durante unos años, o un posible acontecimiento político revolucionario que introdujera de nuevo una economía planificada y aboliera el libre mercado). Hay otros acontecimientos que tienen un valor a escala local o regional y que influyen en la configuración de las ciudades de ámbitos concretos (en Europa, en Asia, o en otros continentes).

Pero hay el riesgo de dar un valor excesivo al acontecimiento, magnificando unos y olvidando otros. El valor de los acontecimientos cambia, y se ve afectado por la memoria y las exigencias morales, en relación con el recuerdo de sucesos (como el régimen de Vichy, la dictadura franquista, el holocausto, o las matanzas israelíes en Gaza). Se hacen juicios sobre el pasado, y hay también impulsos morales, una demanda de justicia en la historia del tiempo presente[215].

 

CAMBIOS RÁPIDOS Y NECESIDAD DE RESPUESTAS

Ante los cambios que se están experimentando hay a veces una demanda de visiones del futuro por parte del gran público, de orientaciones sobre hacia donde va el mundo. El futuro debe ser considerado en todas las ciencias sociales. Y los historiadores, como los geógrafos, no deben quedar al margen. Los historiadores pueden contribuir a que se tome conciencia de la herencia del pasado, de la historia del tiempo presente, de los procesos temporales, del cambio social. Deben mirar, como Jano bifronte, hacia el pasado y el futuro. Su tarea es indispensable y esencial para la construcción de ese futuro, y más específicamente de la ciudad deseable en el futuro.

Hay muchos futuros posibles, y algunos más probables que otros. Es factible pensar en esos futuros posibles, y adoptar comportamientos para que algunos de ellos sean más probables que otros, para tratar de evitar los futuros indeseables. Podemos echar dos miradas. Una desde el presente hacia el futuro. Otra desde el futuro hacia el presente.

Estrategias para pensar el futuro

No podemos hacer nada respecto al pasado, pero podemos influir en el futuro, modestamente con la acción individual, y de forma más intensa con la acción colectiva.

Hay factores y evoluciones que están actuando y son difícilmente modificables a corto plazo, como las tendencias demográficas, los efectos del cambio climático provocado por el incremento de los gases de efecto invernadero en los últimos decenios, o los odios generados por las actuaciones bélicas o políticas recientes, entre otros muchos que podríamos mencionar. Pero también en ello debemos intentar hacer algo.

Se trata de anticipar una amplia variedad de alternativas, de pensar en futuros alternativos según la decisiones que se tomen, confíar en “anticipaciones, tendencias o incluso predicciones blandas”[216].

Las previsiones sobre el futuro dependen también de las ideas y teorías que se aceptan sobre el cambio social, sobre el papel de la tecnología, de la cultura o de la política en esos cambios. Al mirar al futuro, como al pasado, no se es solamente un científico, se está lleno de valores, de ideas, de prejuicios. Es preciso esforzarse en percibir los valores que hay detrás de los relatos que ya se están haciendo del futuro, preguntarse por las concepciones científicas que se poseen, las teorías que se adoptan, los datos empíricos que se consideran significativos y a partir de los cuales se realizan las simulaciones.

Hemos de pensar en las perspectivas a corto, medio y largo plazo; cuanto más lejanas son, más borrosas se perciben. Tenemos necesidad de construir simulaciones, escenarios diferentes, mostrar las alternativas que parecen existir, estar abiertos a los cambios.

Hay que ser cuidadosos y prudentes al mirar al futuro, examinar alternativas pesimistas y optimistas, para estimular el debate, para tratar de evitar errores, para mostrar caminos posibles, y señalar los que parecen preferibles. Tenemos que ser conscientes de que el progreso no es inevitable, y que desgraciadamente el mundo no parece haber avanzado moralmente en los últimos siglos[217].

Los cambios pueden ser lentos, graduales e imperceptibles; o bien catastróficos e inesperados, que suponen auténtica revoluciones y transformación de los sistemas sociales. Hay muchos ejemplos de estabilidad, pero también otros que indican que los sistemas sociales son frágiles y puede desorganizarse rápidamente, como muestra recientemente la desintegración de la URSS y de varios otros Estados.

Es grande el interés de las postdicciones para reflexionar sobre la validez de los factores que se han considerado esenciales; podemos también, mirando hacia adelante, predecir futuros próximos y compararlos con la evolución real. No es una previsión para siempre, sino continuamente revisable en función de las nuevas informaciones que se tienen. Se necesita curiosidad y capacidad para mirar los cambios que se producen continuamente, para aprender de ellos, y adaptar continuamente las previsiones a los cambios que se van produciendo.

Todo eso es hoy cada vez más posible con los ordenadores y la capacidad que tenemos para integrar datos, y con la construcción de modelos con potencia para predecir la evolución de sistemas complejos, como el tiempo atmosférico, o los comportamientos de los consumidores.

Hay una urgente necesidad de negociar y consensuar acuerdos para sobrevivir en la Tierra: más modestamente con menor consumo de energía, con acuerdos para evitar conflictos, o para aumentar la participación de los ciudadanos en el gobierno a escala local, regional, nacional y planetaria.

Desde el futuro al presente

Hay que situarse explícitamente en el presente para hacer historia, tanto para la historia de las épocas más remotas como para la historia más cercana, la de las épocas moderna y contemporánea. Pero no es inoportuno situarse asimismo en el futuro. En todos los futuros posibles o en algunos más posibles y probables que otros. Y preguntar al pasado y al presente a partir de esa posición.

Se puede mirar al futuro de forma optimista o pesimista, imaginar futuros en los que los aspectos que no gustan en el mundo actual estén corregidos y mejorados, y otros en los que hayan empeorado. Hay utopías y distopías. Podemos poner en el futuro la ciudad ideal que encarna la utopía de una prometida Edad de Oro, o situar en él la ciudad que será destruida por los vicios de sus habitantes (como lo fueron Sodoma y Gomorra) o por el pecado de soberbia y ambición de los hombres (como la destrucción de Babel, por haber desafiado a Dios y a la Naturaleza). Es oportuno imaginar ciudades ideales, proponer alternativas a la organización de la ciudad actual, llena de problemas, modelos que permitan presentar y discutir rasgos nuevos de la organización urbana.

Debemos debatir cuales son los futuros deseables y como se alcanzan, lo que supone conocer bien las tendencias actuales y la evolución pasada y explicitar los valores y principios éticos absolutos o si puede aceptarse un relativismo cultural[218]. Las ideas sobre la ciudad están afectadas por las que se tienen sobre el significado del mercado o de la planificación pública en la organización de la ciudad, sobre si ha de estar gobernada centralizadamente o con la participación de los ciudadanos, sobre la importancia de la propiedad privada y de la propiedad colectiva o pública, sobre el papel de la mujer en la sociedad, sobre el crecimiento sostenible, sobre la confianza en la tecnología, sobre el papel de la religión y otros varios. Cuáles son las visiones y los ideales dominantes, los valores y preferencias tiene trascendencia para entender los futuros que se imaginan.

No sabemos cómo será realmente la ciudad futura. Hay muchas tendencias ya apuntadas y otras que nacen. ¿Qué podemos pedir a los historiadores desde esa ciudad del futuro que no conocemos? Depende de los ideales que tengamos sobre la ciudad. Solo está claro que será un mundo crecientemente urbanizado. Conocemos algunas tendencias hoy existentes (polinuclear, hipercomunicado, segregado, con barrios cerrados…) y debemos impulsar estudios sobre su génesis y sobre los efectos de sus implantaciones.

La mirada al pasado permite la visión distanciada. También podemos afirmar que mirar al futuro desde el presente puede permitir entender lo que sucede hoy, y tomar medidas para evitar o facilitar ciertas evoluciones. Es lo que pueden hacer los historiadores. Con la aceleración de los cambios, la historia es hoy tal vez más necesaria que nunca. Se requiere para poder juzgar y valorar los sucesos del presente. Y para el ciudadano consciente que quiere participar en una democracia y debe evaluar las alternativas que se le ofrecen.

Podemos asimismo intentar situarnos en el futuro para mirar hacia el presente, y reflexionar sobre las preguntas posibles que nos plantean los problemas que imaginamos en el futuro; y sobre cómo nos verán los hombres que nos sucedan.

El conocimiento histórico del pasado puede también sernos de ayuda en eso. Nos enseña, por un lado, que a veces en vísperas de grandes cambios los contemporáneos podían no ser conscientes de ellos y dedicarse a discutir sobre cuestiones secundarias (por ejemplo, sobre el sexo de los ángeles en vísperas de la caída de Constantinopla en 1453) y no sobre las amenazas que estaban en la puerta y que acabarían con estructuras políticas más que centenarias.

Por otro lado, hemos visto también que desde el Renacimiento los humanistas miraron el futuro remitiendo a él los juicios que las obras o las acciones de los hombres pudieran merecer. De manera similar, nosotros debemos, ante todo anticipar el juicio de nuestros sucesores sobre lo que hoy hacemos.

¿Qué pensarán las generaciones futuras de nuestras acciones actuales? ¿Qué dirán en el futuro de nosotros, de nuestros comportamientos, de nuestro egoísmo, de nuestra incapacidad para enfrentarnos de forma constructiva respecto a los gravísimos problemas que tenemos? ¿O es que finalmente la historia no sirve de nada, y el hombre es un animal que, a pesar de toda su inmensa sabiduría, no deja de tropezar dos veces en la misma piedra, la piedra del egoísmo, la incomprensión, el fanatismo, la incapacidad para frenar el despilfarro y unas expectativas de bienestar que olvida las condiciones en que viven los otros?.

Podemos acabar volviendo a las preguntas iniciales de esta conferencia. Estamos inquietos por el futuro y eso es lo que nos lleva a tratar de influir en él para hacerlo mejor. El futuro está abierto: depende de lo que hagamos ahora y de lo que se haga en cada momento del futuro. Si no podemos ayudar a salvar la Humanidad, si no podemos contribuir a construir una ciudad mejor, entonces, ¿para qué sirve la reflexión histórica? Necesitamos historiadores comprometidos y críticos, que ayuden a mejorar el mundo. Son muchos los futuros posibles, pero algunos son preferibles a otros. Son esos los que debemos tratar de construir, ya que el futuro está abierto a nuestras acciones. Hemos de ser conscientes de que solo habrá un futuro entre los muchos posibles, y que nosotros tenemos que ayudar a construirlo.

 

Notas

[1] Texto preparado para el discurso inaugural del Congreso Internacional “La ciudad contemporánea: procesos de transición, cambio e innovación” y IV Congreso  Internacional Hispano-Mexicano, organizado por el Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad del País Vasco, Bilbao 10 y 11 de septiembre de 2009.

[2] No existe entre los historiadores un acuerdo sobre la división de su disciplina. Entre los que han tratado el tema se encuentra Pierre Vilar en “Introduction aux sciences historiques” (s.f., 6, “Modes d’approche”, p. 21 ss.); en él aparece la denominación de “historia sectorial”. Véase también en Dosse 1987 la evolución de la escuela de los Annales, con la crisis de la historia total y la nueva historia “en migajas”.

[3] Al papel de la historia de la medicina para el estudio de problemas médicos actuales ha aludido José María López Piñero en diversos trabajos; respecto a la geografía Capel 1989.

[4] Vilar “Penser historiquement”, s.f., p. 3. En otra ocasión (“Introduction aux sciences historiques”, p. 14) afirmó que el historiador debe realizar esfuerzos técnicos e interdisciplinarios si quiere que la historia se convierta en “la ciencia de las sociedades en movimiento”.

[5] Herder ed. 1959, p. 11 y 12.

[6] Una reflexión sobre la vinculación de esta reflexión con las épocas de crisis, en Sorokin, ed. 1956. La obra de Toynbee, A Study or History (1934-1961, 12 vols., en 17 tomos) sigue siendo admirable por muchos conceptos.

[7] Schaeffer 1953, ed. 1971, y May 1970..

[8] Capel 2009, con referencias bibliográficas al tema de las conversiones. De manera más general, Capel 1981, p. 91-104 y Capel 1989b.

[9] Véase sobre ello, además de las obras del mismo Pierre Vilar, los trabajos de Cohen y Congost 2007, y Gómez Mendoza 2007.

[10] Braudel 1947, ed. 1966.

[11] Vilar 1962.

[12] Baker 1979.  De manera general, sobre la evolución de la geografía histórica véase Rucinque-Velázquez 2007.

[13] Lowenthal 1987. Otros han defendido que la ciudad un palimpsesto, Martin 1968, ed. 1971. Las percepciones del pasado urbano, y el balance entre historia y herencia en Borsay 1991

[14] La revista Enviromental History es hoy una referencia imprescindible para abordar esta línea de investigacíón; la afirmación del carácter interdisciplinario y la voluntad de integrar las ciencias físicas y sociales, así como la de que sea una rama del conocimiento histórico de interés para la toma de decisiones por parte de políticos y técnicos, aparece en numerosos autores; véase, por ejemplo, Platt 1999. Un panorama reciente de la historia ambiental en Internet, Jori 2009.

[15] Le Roy Ladurie 1967, Pfister 1989 o, en España, Alberola 1996, 1999.

[16] Váse, por ejemplo la reciente edición de trabajos de Halbwachs (2006) realizada por Emilio Martínez.

[17]  Capel 1975.

[18] Pueden verse referencias en Dickinson 1951.

[19] Mohl 1983.

[20] Dyos 1968, ed. 1971, p. 6.

[21] Sobre la historia urbana norteamericana véase Stave 1983, que señala raíces anteriores a la obra de Schlesinger y sus desarrollos posteriores, incluyendo los esfuerzos para cuantificar realizados por la nueva historia urbana. Véase también Mohl 1997. A comienzos de los años 60 el simposio sobre los historiadores y la ciudad, organizado por O. Handlin y J. Burchard en 1961 (Handlin & Burchard 1963) supuso ya un paso decisivo en el reconocimiento del campo de la historia  urbana, aunque todavía tuvieron mayor peso los estudios teóricos que los que realizaban investigaciones empíricas (o dicho en los términos en que lo situaron estos autores, se dio mayor relieve “to the thinkers rather than to the doers”). En esos años el número de investigaciones concretas realizadas en Gran Bretaña era mayor, Checkland 1971, p. 361. Sobre el panorama de la historia urbana en diversos países, y particularmente en Gran Bretaña, a fines de los 60, Dyos 1968, ed. 1971, p. 16 ss. Sobre Francia, Bédarida 1968, ed. 1971, con amplia atención a la aportación de los geógrafos y otros especialistas, y Roche 1980. Sobre el desarrollo de la historia urbana en otros países véase Reulecke & Huck 1981 (Alemania), Buck 1987 (China), Mihre 1988 (países nórdicos), y Shaw & Coles 1995. Sobre la evolución y el estado de los estudios de historia urbana en España, Delgado, Sazatornil y Rueda 2009.

[22] Dyos 1968, ed. 1971, p. 2. El papel de H. J. Dyos fue fundamental para el desarrollo de la historia urbana en Gran Bretaña, tanto por el valor de su propia investigación como por su capacidad para crear el Urban History Group, organizar conferencias y poner en marcha la revista Urban History Yearbook (desde 1991 Urban History). Véase sobre él Reeder 1979.

[23] Como escribió Eric Hobsbawn, cit por Monclús y Oyón, 1989-90, nota 2.

[24] Referencias en Stave 1983, p. 421 ss.

[25] Según recuerdan Fraser & Sutcliffe 1983, p. XI.

[26] Herschberg 1983, p. 429. El enfoque del Simposio organizado en Leicester en 1966 fue decididamente multidisciplinario, Dyos 1968, ed. 1971.

[27] Entre otros, por  S. G. Checkland (1971), del Departamento de Historia Económica de Glasgow.

[28] Véase, más adelante, nota 59.

[29] Bédarida 1983, p. 396-97. La manera como la investigación en historia urbana se organizó en los años 1970 fue analizada asimismo por Herschberg (1983), que muestra también un panorama demasiado individualista en métodos y procesos.

[30] Así se señala explícitamente en Gillette Jr. y Miller  (Eds.) 1987.

[31] Fraser & Sutcliffe 1983, p. XI; estos autores presentaron en la citada obra un panorama de la situación de la historia urbana.

[32] Se había hecho así a comienzos de la década de 1980, al afirmarse que la historia urbana seguía definiéndose como un campo complejo, que trataba de “la experiencia humana de, y en, las villas y ciudades”, Fraser & Sutcliffe 1983, p. XI. Así se siguió haciendo en los años siguientes, como muestran los estados de la cuestión que publica B. M. Doyle en la revista Urban History; véase por ejemplo Doyle 2001, y las de los años inmediatamente anteriores y posteriores.

[33] Herschberg 1983, p. 433.

[34] La cuestión de hasta qué punto el contexto social y económico determina la ciudad, hasta qué punto la ciudad puede realmente deducirse de la economía y la sociedad dentro de la cual funciona, es decir, de la ciudad como variable dependiente o independiente fue abordada, entre otros, por S. G. Checkland, 1971 (p. 349 y ss.), que trató de responder desde la perspectiva marxista y neoliberal y mostró los problemas que se plantean.

[35] Véase Simmel 1903, ed. 1986.

[36] En especial los debates sobre la cultura urbana, a partir del artículo de L. Wirth (1938), muchas veces reproducido, traducido y comentado. Una buena selección de textos representativos de la escuela de ecología humana de Chicago es la de Theodorson 1961, ed. 1974.

[37] Como ésta de Dyos: “la auténtica medida de la historia urbana es el grado en que se relaciona directa y genéricamente con las mismas ciudades, y no con los acontecimientos históricos y tendencias que han sido puramente incidentales a ellas” Dyos 1974.

[38] Punto de vista recogido por  Monclús y Oyón 1989, p. 589, nota 5 o 6; aluden al trabajo de Dyos en The Study of Urban History.

[39] Entre ellos se encuentra  Dyos 1968, ed. 1971, p. 8. La cuestión de la generalización a partir de las monografías fue tratada también por Checkland 1971.

[40] Checkland 1983, p. 458 y ss. ; como ejemplo de alguno de estos estudios pueden citarse los de Christopher Hibbert (London, the Biography of a City, 1969), y de Franklin Tokler (Pittsburg, An Urban Portrait, 1986).

[41]Pur sang”, escribe Dyos 1968, ed. 1971, p. 6-7.

[42] Un conflicto que ya percibió Dyos en 1966 y que le llevó a afirmar que la historia urbana debería ser “la investigación de procesos y corrientes históricos mucho más amplios que trascienden por completo el ciclo vital y el abanico de experiencias de las comunidades” (Dyos, Agenda for urban historians, 1971, p. 7). Una aspiración que, según señala J. De Vries, que cita esa frase, no se había superado veinte años más tarde.

[43] Checkland 1983, p. 458-461.

[44] Que llegó a la historia de la ciudad a partir de preguntas sobre la relación entre urbanización y desarrollo económico, y elabora en su libro “una síntesis de la historia de la urbanización y un análisis de las relaciones de la ciudad con la economía a través de las diferentes fases de la historia urbana y las diferentes sociedades”, Bairoch ed. 1985 (p. 12-13).

[45] Jan de Vries planteó claramente la disyuntiva entre una historia urbana, como “estudio de ciudades concretas y de lo que en ellas sucede” (y que “impiden efectuar generalizaciones y comparaciones que vayan más allá de la experiencia de un lugar único”), y una historia de la urbanización, como análisis del proceso general de concentración de la población en más ciudades o en ciudades más grandes (ed. 1987 p.15 y 25-28).

[46] Como percibió el ecólogo humano Leo F. Schnore (1975), al comprobar el escaso eco de sus planteamientos sobre la ciudad entre los historiadores.

[47] Como los del mismo Leo F. Schnore 1966.

[48] Véase Schnore 1975.

[49] Me refiero a esfuerzos como los de Le Roy Ladurie et Couperie 1970, para elaborar series de alquileres en los siglos de la edad moderna, a partir de las propiedades de instituciones.

[50] Schnore desarrolló un proyecto titulado “Ecological patterns in American cities: quantitative studies in urban history” (Schnore 1971, p. 199 ss.), donde planteó el problema de la cuantificación y la elaboración de series estadísticas en las investigaciones históricas; en aquellos años fue muy activo en la difusión de sus ideas (Schnore 1974).

[51] Véase la referencia a estas reacciones y la cita de diversas recensiones críticas, en Guest 2001; ver especialmente la crítica de Dyos en The task of the urban historian.

[52] Por ejemplo, Worden 1977.

[53] Guest 20011, que cita (en nota 32) un texto de Kenneth Waltzer (Book review of The New Urban History, New Jersey History, Winter 1977, nº 95, p. 242).

[54] Worden 1977; desde otra perspectiva véase también Tilly  2008.

[55] Lefebvre 1991; este autor fue saludado como el Marx de nuestro tiempo, Gottdiener 1993.

[56] Mayne 1999. Xavier Gil me ha llamado la atención sobre el interés del libro de Peter Burke ¿Qué es la historia cultural? (traducción española, Barcelona: Paidós 2006) para tener una buena perspectiva sobre el desarrollo de los enfoques y explicaciones culturales.

[57] De  Vries 1987, p. 329.

[58] De Vries 1987, entre ellos el de von Thunen, ampliamente usado por los geógrafos.

[59] Entre ellas encontramos Urban History Yearbook, (Cambridge, desde 1974), convertida en Urban History a partir de 1991 (un balance de esta revista y de las razones para el nuevo título en Rodger 1992); Journal of Urban History (SAGE, 1974), Urban History Review/Revue d’Histoire Urbaine (Toronto, 1972); Storia Urbana. Rivista di studi sulle trasformazioni della città e del territorio in età moderna (Milán 1977); Histoire Urbaine (Paris, 2000); Historia Urbana. Revista de Historia de las Ideas y de las Transformaciones Urbanas (Valencia, 1992).

[60] Como algunos de los que aparecen en el volumen que han coordinado y editado recientemente Delgado, Sazatornil y Rueda 2009.

[61] Tanto entre geógrafos como entre historiadores, como muestran respectivamente Lepetit 1980 y Sutcliffe 1984.

[62]Monclus y Oyon (1989) estiman que lo más claro es centrar la atención en lo que los discursos sobre la ciudad “tienen de más específico como son las concepciones del espacio (urbano) y las técnicas de ordenación del mismo”, p. 600.

[63] Así lo reconoció, entre otros, François Bédarida  1983, p. 399.

[64] Reps 1965 (ed. 1992), y 1979.

[65] Véase, por ejemplo, la enumeración de temas tratados en los años 1960 realizada por S. G. Checkland (1971, p. 351-52).

[66] Por ejemplo, en el volumen I de la revista Historia Urbana, 1992.

[67] Carter 1983, p. XIV.

[68] Entre ellos por el mismo H. J. Dyos (1973).

[69] Carter 1983, p. XIV.

[70] Carter 1983, p. XV.

[71] Véase Whitehand 1974, Slater 1984,  Miller 1986; otras referencias en Capel 1998, y 2002, cap. 1 y 2.

[72] Varios testimonios en Bédarida 1998; entre ellas: Benedetto Croce: “toda historia es contemporánea”; Lucien Febvre: “organizar el pasado en función del presente, es lo que se podría llamar la función social del historiador”; Marc Bloch: “comprender el presente por el pasado y, sobre todo, el pasado por el presente”. También en  Rioux (1998, p. 72): “la historia estricta no estudia el pasado, sino que se obstina en hacer comprender la obra del tiempo sobre las sociedades humanas”.

[73] Maravall 1972.

[74] Quesada  1992.

[75] ”Utopía y conocimiento histórico” es el título que dio acertadamente Santiago Quesada (1988) a un artículo suyo sobre el tema.

[76] Fraile 1997, Fraile 1998.

[77] Capel 1985.

[78] Freixa 1992 y 1993.

[79] Es el mismo espíritu que tenía Voltaire cuando en 1751 escribió El siglo de Luis XIV, indicando que se interesaba “por lo que merece la atención de todos los tiempos, que puede pintar el genio y las costumbres de los hombres, servir de ejemplo y fomentar el amor a la virtud, a las artes y a la patria” (Voltaire ed. 1978, p. 10).

[80] Serrano Segura, 1993 a y b.

[81] La vinculación de la historia urbana con la historia local fue reconocida por Dyos (1968, p. 2, nota 1).

[82] Espinosa 1994; cf. con las historias urbanas en el siglo XVIII en Gran Bretaña, Swett 1996..

[83] Musso y Torres, 1847.

[84] Así se dice a veces de forma clara en algunas que todavía se escriben, como en el libro Lorca en su historia, de Rosalía Sala Vallejo, 1998; Capel 1998b.

[85] Butterfiel 1931, ed. 1951; véase sobre ello Boido 1993.

[86] Annales Économies Societés Civilisations Juillet-aout 1970, vol. 25e année, nº 4 (numéro spécial “Histoire et Urbanisation”).

[87] Carter 1983, p. VII.

[88] Entre los cuales A.E. J. Morris en su Historia de la forma urbana (1992) y Gianfranco Caniggia y Gian Luca Maffei en su Tipología de la edificación (1995); sobre ellas véase Capel 2005, cap. 1. También profesores de planificación urbana, como J. W. Reps, ya citado en nota 64.

[89] Alvarez Mora 1992.

[90] Sánchez de Juan  2001; comentario a esta obra en Capel 2002.

[91] Como ha escrito Jan De Vries (1987, p. 339), que, sin embargo, declara explícitamente que rompe con esa tradición para hablar abiertamente de las implicaciones de sus investigaciones para el futuro del sistema urbano.

[92] Todas las citas proceden de Pellistrandi 2004, en el prólogo al libro de Remond, Tusell, Pellistrandi y Sueiro 2004, que contiene trabajos significativos de la Historia del Tiempo Presente.

[93] Un panorama general en Bédarida 1998, Aróstegui 1998 (introducción a un número especial de Cuadernos de Historia Contemporánea, dedicado al tema), y en la obra citada en la nota anterior.

[94] Véanse referencias en Aróstegui 1998, o en Díaz Barrado 1998.

[95] Heródoto, libro I, proemio, ed.  1977, vol. I, p.86.

[96] Adrados 1977.

[97] Plácido 1986, la cita en p. 39. Este historiador estima también que “La guerra del Peloponeso, durante la que escriben, al menos parcialmente, ha precipitado la evolución. Heródoto comienza a ver que el imperio ateniense, que garantiza la libertad del ciudadano, como resultado de la lucha contra el bárbaro, al mismo tiempo que consolida la libertad de Grecia, también es fuente de problemas al crearse las condiciones para el dominio de unas ciudades por otra y por tanto para las luchas entre ciudades. Tucídides presencia las etapas sucesivas en que se pone en peligro la propia libertad del ciudadano como resultado de las luchas entre ciudades y de la crisis del imperio. El mantenimiento de éste se hace imprescindible para la conservación de la libertad, pero al mismo tiempo, la lucha por la conservación lleva a la propia destrucción”. Heródoto y Tucídides intentan transmitir una visión de la realidad deformada por las propias condiciones de su época: “ambos son testigos de un proceso, pero cada uno ve una parte diferente del mismo, y lo refleja tanto en el contenido como en su concepción historiográfica” (p. 46).

[98] La obra de Páez de Castro a la que se alude es De las cosas necesarias para escribir Historia, cit. por Maravall 1951, ed. 1984, II, p. 212; las citas de Maravall en p. 212 y 214. Véase también Maravall 1966, p. 394-395.

[99] Capel 2002 (“Lo efímero y lo permanente, o el problema de la escala temporal en geografía”).

[100] Cieza de León ed. 1984, vol. I, p. 3.

[101] Díaz del Castillo, ed. 1968, p. 25-26.

[102] Fontana 2007, p. 96-99. Algunos autores han insistido en esa obra en la importancia de las relaciones pasadas entre historia y geografía, en sus imbricaciones y en la necesidad de tener en cuenta a la vez las dimensiones temporal y espacial: “estamos constituido sobre el tiempo y vivimos organizados por territorios”, ha escrito Juan Sisinio Pérez Garzón (2007, p. 150).

[103] Según el testimonio de su hijo Étienne Bloch 2007.

[104] Congost 2007, p. 261.

[105]  En Congost 2007, p. 265.

[106] Véase la revista Historia y Fuente Oral, de la Universidad de Barcelona (de 1989 a 1995) y la nueva serie Historia, Antropología y Fuentes Orales (a partir de 1996), así como los trabajos de su fundadora, Mercedes Vilanova, en particular Vilanova  1996. Las relaciones entre la historia del tiempo presente y la historia oral han sido examinadas en Vilanova 1998.

[107] Así lo afirma el que ha sido su director, François Bédarida (1998, p. 22).

[108] Véase Bédarida 1998, p. 24, y también Trebitsch 1998.

[109] Díaz Barrado 1998.

[110] Vilanova 1998, p. 62.

[111] La cuestión de cómo el acceso a los archivos y la disponibilidad de fuentes, así como, por otra parte, la situación política interna y mundial influye en la historia del tiempo presente ha sido debatida con referencia a Alemania por Bernecker 1998.

[112] Esos trabajos presentados en la reunión, y otros añadidos posteriormente, han sido publicados en el volumen editado por Delgado, Sazatornil y Rueda 2009.

[113] Muchos lo han expresado de forma clara, y entre ellos Bédarida (1998, p. 22) “conviene que los historiadores no abandonen ese pasado próximo en manos de otras ciencias sociales, incluso si resulta normal que los sociólogos, los economistas, los politólogos, se interesen en este trozo del pasado y se consagren trabajos a ellos desde disciplinas distintas de la historia”; y añade: “el deber del historiador es no dejar esta interpretación del mundo contemporáneo a otros, bien sea los media o los periodistas (…) o bien las otras ciencias sociales” (p. 23)..

[114] Rioux 1998, p. 74.

[115] Rioux 1998, p. 74. La reacción fue atender al peritaje, con consecuencias positivas; "pedir la visión de un experto coloca la historia como un instrumento de conocimiento, un instrumento de medida, un test prospectivo, un indicadora para la acción “ (Rioux, 1998, p. 74).

[116] Dyos 1968, ed. 1971, p. 4-5.

[117] Fraser & Sutcliffe 1983, p. XX.

[118] Herschberg 1983, p. 

[119] Véase Remond 2004.

[120] Cohen 2009, p. 4.

[121] Gil Pujol 2008; véase también el artículo de Michel Trebisch (1998) sobre “El acontecimiento, clave para el análisis del tiempo presente”, y Wagar (1998, p. 366), que escribe: “¿La historia objetiva? Los historiadores narran historias, construyen las historias y no las encuentran hechas”, como afirmó ya en 1973 Hayden White en su Metahistory.

[122] Ridao 2000.

[123] Wagar 1998, p. 366.

[124]  Se trata- ha escrito Rioux (1978, p. 73) de cuestionar la historia construida en el siglo XIX como “maestra y constitutiva de la Nación” y, frente a ella, la  “preferencia por el comunitarismo y el individualismo, antes que la nacionalización, a la proclamación del derecho antes que al balance de lo heredado, a fijar la pertenencia y la diferencia antes que desear perpetuar un proyecto común”.

[125] Bernecker 1998.

[126] Como hizo Robert Fogel en su libro Railroads and American Economic Growth: Essays in Econometric History (1964).

[127] Desde 1983 existe la Cliometric Society que reúne a investigadores dedicados a utilizar la teoría económica y las técncias estadísticas para el estudio de la historia económica, <http://eh.net/Clio/>. En España, por ejemplo, en Estella Álvarez, Arribas Escudero y Haro Romero 2001, p. 15.

[128] Véase, por ejemplo, con referencia a España el trabajo de Pérez de la Escosura 1997 sobre las posibles consecuencias del proteccionismo frente a las posiciones librecambistas, en el que muestra que la economía española ha crecido menos en los periodos de mayor aislamiento; y el comentario de Sánchez Asiaín 1997.

[129] Renouvier ed. 1901, p. II-III.

[130] Se trata de las series editadas por la editorial Marvel, iniciadas con el número dedicado a “What if Spieder-Man Had Joined the Fantastic Four?”, publicado en 1977, que presentaba una versión alternativa a los sucesos narrados en la serie “Amazing Spider-Man”, vol. 1, nº 1, y que fue seguida por otros números hasta 1984, y por nuevas series a partir de 1989.

[131] Vilar “Introduction aux sciences historiques” s. f. p. 19.

[132] Bunzl 2004.

[133] Black 2008.

[134] Humbert Beck “presentación sobre la historia contrafactual” Letras Libres, octubre 2008 <http://www.letraslibres.com/index.php?art=13256>.

[135] Aron, Raymond. Introduction à la philosophie de l’histoire. Essai sur les limtes de l’objectivité historique (nouvelle édition). Paris : Gallimard, 1967, p. 224 y 230-32; cit. por Palacios Cruz 2004, nota 4.

[136] Ambas citas en Palacios Cruz 2004. Se ha escrito asimismo que el problema en la historia contrafactual es distinguir entre alternativas no realizadas, pero que eran probables (o plausibles) y otras improbables, siendo las primeras aquellas que “puede mostrarse, a partir de evidencias contemporáneas, que los coetáneos consideraron realmente” Fergurson (ed.), introducción, ed. 1998, p. 86, cit. por Bunzl 2004, y por Palacios Cruz 2004.

[137] Bunzl 2004 ;  y añade: “nuestro interés no es cómo los resultados habrían sido diferentes con cambios en sus antecedentes, sino más bien qué cambios en los antecedentes habrían sido compatibles con los mismos resultados”.

[138] Como ha mostrado Norman Cohn ed. 1981.

[139] Vieira, ed. 1987, p. 77.

[140] Vieira, ed. 1987, p. 83 y 82.

[141] El papel de la fe religiosa y del Apocalipsis en los movimientos revolucionarios y utópicos contemporáneos y en los fundamentalismos políticos recientes (como el movimiento neoconservador en Estados Unidos) ha sido señalado por Gray (2007) en una obra profundamente pesimista y desgarradora; según él la idea de la redención universal se transformaría y secularizaría, y acabaría insertándose en la idea de progreso y en las elaboraciones utópicas.

[142] Sobre la variedad de métodos usados a lo largo de la historia para predecir el porvenir, véase Francescutti 2003.

[143] Maravall 1966, p. 385-389; y se secularizó, añade, en el pensamiento de los ilustrados, cuando Diderot escribió “la posteridad para el filósofo es el otro mundo del hombre religioso”.

[144] Así Jim Dator en los años 1960 (Dator 1998, p. 301, con referencias a otros autores), aunque también confiesa que luego abandonaron estos ideales científicos; en relación con la puesta en cuestión de esas concepciones y la aparición de tendencias críticas y postmodernas, disminuyó la dimensión cientifista y se produjo, en efecto, una vinculación más estrecha con las ciencias sociales; veánse referencias al desarrollo de los estudios del futuro en la nota 145.

[145] May, G. H., 1998.

[146]  La dedicación de un ingeniero y alusión a los profetas de la edad tecnológica, en Halal 1998.

[147] Sobre el desarrollo de los estudios del futuro y los programas que existen en ellos puede verse en Dator 1998, Bell 1998, Masini 1998; en 1967 Bertrand de Jouvenel creó Futuribles y en 1973 se creó la World Futures Studies Federation. Sobre los estudios del futuro en diferentes universidades, Serra del Pino 1998, Rubin 1998, y otros trabajos que se publican en el número de American Behavioral Scientist (1998, nº 42). Un panorama de las actividades y publicaciones de las Conferencias de la World Future Studies Federation, de obras clásicas sobre el futuro, y de las actividades en algunos centros académicos de estudios del futuro en Dator 1998, Apéndices A-D, p.313 ss.  Dentro de dichos estudios la prospectiva (de prospicere, ver adelante, ver a lo lejos) es un campo de especial interés, véase sobre ello Bas 1999, y Serra del Pino 1998; para este autor los objetivos de los estudios del futuro son iguales a los de la prospectiva, aunque ésta última está más vinculada a la acción. Puede ser también interesante ver Sherden 1998.

[148] Attali 2006, p. 9.

[149] En los que sucesivamente desarrollarán el hiperimperio (planetario, “creador de riqueza de mercado y alienaciones nuevas, de fortunas y de miserias extremas…  todo será privado, incluso el ejército, la policía y la justicia”); el hiperconflicto  (“una sucesión de barbaries regresivas y de batallas devastadoras, utilizando armas hoy impensables, y oponiendo a Estados, agrupaciones religiosas, entidades terroristas y piratas privados”); y, tal vez, la hipedemocracia, esta última “si la mundialización puede ser contenida sin ser rechazada, si el mercado puede ser limitado sin ser abolido, si la democracia puede llegar a ser planetaria, manteniéndose concreta, si la dominación de un imperio sobre el mundo puede acabar” (ed. 2006, p. 10-11).

[150] Haggett  1973, ed. 1975, p. 330, citando un informe que se hizo en 1967 para la OCDE. También  Francescutti 2005, cap. 3 (“Lo que vendrá”), y Bas 1999, cap. 2.

[151] Heilbroner 1995; sobre la obra de este autor, véase Ramrattan y Szenberg 2005.

[152] Capel 2003 (capítulo 2, “La geografía después de los atentados del 11 de septiembre”). La necesidad de atender a la influencia de las diferencias culturales en los diferentes tipos de estudios y previsiones del futuro  aparece en Inayatullah 1998, Masini 1998. Interés por el futuro por parte de los antropólogos, con atención a las diferencias culturales Riner 1998.

[153] Sakaiya, ed. 1995, p. 20; también es este autor el que considera que son esos años el “punto de inflexión”, al que antes nos referíamos, y la frase que se cita a continuación.

[154] Sakaiya (ed. 1995, p. 88) piensa en este último lapso temporal, para el paso a una sociedad no industrial, basada plenamente en el “valor-conocimiento”.

[155] Wallerstein, ed. 1999, cap. 3. Dicho de otra manera: “el sistema mundo como un sistema histórico ha entrada en una crisis terminal y es improbable que exista dentro de 50 años”, aunque no sabemos si el que lo sustituya será mejor o peor que el actual; también añade que “tenemos la responsabilidad de actuar racionalmente, de buena fe, y con fuerza para buscar un sistema histórico mejor”, que ha de ser necesariamente igualitario y democrático, Wallerstein 1998, p. 320.

[156] Wagar ed. 1991 (escrito en 1989, pero con dos revisiones sucesivas, en 1992 y en 1999). Una valiosa reseña de esta obra es la de Boswell 1995.

[157] Entre las que existen podemos señelar las de Isaac Asimov, las del astrofísico y divulgador científico Eric Newth,  la del marino Robert A. Heinlein 1967, ed. 1986, entre otros muchos; estas dos últimas con títulos que hacen referencia a la historia del futuro.

[158] Sánchez Ron 2001.

[159] Son interesantes en ese sentido los trabajos de Sunyer Martín (1988 y 1991) sobre Jules Verne.

[160] Es el caso del Congreso Romania I, celebrado en Jena del 28 de septiembre al 2 de octubre de 1997, donde hubo una sección con el título “La historia del futuro: utopia y novela histórica”, bajo la dirección de Kart Kohut y Sonja Stecbauer, que editó las actas; puede verse la reseña de José Vicente Peiró, en Anales de Literatura Hispanoamericana (Madrid) 2000. Algún historiador convertido en novelista –como el caso de Enrique Bernardo Núñez, estudiado en una de las comunicaciones a ese congreso- desarrolla en sus creaciones literarias las tesis sobre el poder y los imperialismos a través del relato literario. De la utopía histórica a la historia utópica, y las tensiones entre ficción e historiografía en las novelas históricas son algunas de las cuestiones que se abordaron en ese congreso.

[161] Algunas referencias en Wagar 1998, p. 370.

[162] Cit. por Sakaiya ed. 1994, p. 160.

[163] Maravall 1952, ed. 1984, III, p.458.

[164] La frase es de la obra del padre Márquez El gobernador cristiano, de 1612, y está citada por Maravall 1952, ed. 1984, II; p. 464.

[165] Bloch, L’etrange defaite, 1946 (ed. 1990, p. 151; cit, por Cohen 2009, p. 9). Añadía: “creo que no es incapaz de conseguirlo Pero sus lecciones no son que el pasado se repite, que lo que ocurrió ayer ocurrirá mañana. Examinando cómo el ayer difirió del anteayer, encuentra (...)  el medio de prever en qué sentido el mañana, a su vez, se opondrá al ayer”.

[166] Como escribió Pierre Vilar en su Iniciación al vocabulario del análisis histórico (Barcelona: Crítica 1980, p. 17 a 27; cit, según Cohen 2009, p.14).

[167] E. H. Carr. What is history. New York: Knopf, 1964, p. 143; cit. por Wagar 1998, p. 365.

[168] Meadows, Meadows, Randers & Behrens The limits to Growth 1972.

[169] Un buen panorama sobre ello en Dator 1998. Entre las revistas existentes podemos citar Futures Research Quarterly, fundada en 1985 como órgano de la World Future Society; en 2009 se unió a Future Survey, para constituir la revista World Future Review: A Journal of Strategic Foresight; Technological Forecasting and Social Change. An Internacional Journal, publicada por Elsevier;

[170] Masini 1998.

[171] Por ejemplo Dator 1999, p. 303 y 309.

[172] Wagar 1998, p. 368; otro historiador sensible al futuro es Staley (2002), que ha realizado una excelente reseña de la obra de Wagar.

[173] Wagar 1998, p. 367.

[174] Como les sucedió seguramente a diversos especialistas en estudios del futuro, que se encontraban en Berlín el 9 de noviembre de 1989, y no pudieron ni prever ni asistir a la caída del muro (aunque estaban muy cerca del lugar en que sucedió), tal como narra Manicas 1998, p 398.

[175] Algunas referencias a ello en Bishop 1998.

[176] Como los de Carlo Ginzburg  (ed. 1981) o Giovanni Levi (ed. 1990); sobre la microhistoria véase Ginzburg 1994.

[177] Gil 2008.

[178] Como han escrito Wagar 1998, p. 366, y David J. Staley 2002, p. 83.

[179] Sobre las actitudes y las fuentes que el historiador puede tener al mirar al futuro, véase el excelente artículo de Staley 2002.

[180] El excepcionalismo en geografía fue presentado por Fred K. Shaeffer (ed. 1974) como una consecuencia del historicismo.

[181] Capel 1981, tercera parte.

[182] El problema de si la historia urbana era un estudio idiográfico, dirigido a lo singular, o nomotético, preocupado por lo general y la búsqueda de leyes, fue debatido por Dyos, que aludió también a los conflictos entre los “particulizadores” y los “generalizadores” Dyos 1968, ed. 1971, p. 9-10.

[183] Y olvidando, tal vez, como escribió un autor, “que un substancial, si no abrumador, porcentaje de las decisiones económicas se han hecho siempre fuera de la plaza del mercado”, North 1974.

[184] Staley 2002, p. 78.

[185] Véase sobre ello Staley 2002,  p. 78 y 79.

[186] Haggett (1975, p. 328) calculó que, teniendo en cuenta los plazos habituales de la redacción y publicación de los trabajos, los estudios geográficos sobre el presente se referían normalmente, en el mejor de los casos, a situaciones cuatro o cinco años atrás , es decir a un pasado próximo; y más lejano frecuentemente, según la fecha de los datos.

[187] Sobre lo que se hicieron ya exploraciones en los años 1960 y 70, durante el dominio de las concepciones neopositivistas. Véase, por ejemplo, Haggett 1971 a y b, y 1973, ed. 1975, p. 334 y ss; este autor advierte que “los modelos son para utilizarlos, no para creer en ellos”, y que las predicciones “solamente resultan de interés en cuanto sirvan de ayuda para informar”.

[188] Garrison ed. 1975.

[189] Taagepera 2007.

[190] Kansky, Haggett, Leinbach 1973; una aplicación en Equipo Urbano 1971. Véase también Prince 1971.

[191] Lo que no siempre es fácil de establecer,  por las razones que ha mostrado Mäki 2003.

[192] Un ejemplo en Colson et Cusset 2008.

[193] Referencias en Staley 2002, p. 79 -86.

[194] Como sucede con el caso de los secretarios de Ayuntamiento, que ha examinado Eliseu Toscas, 2008.

[195] Capel 2008.

[196]  Bernecker 1998, p. 95 y 96, que añade: “por tanto, se trataba de la pregunta de qué valores originaría el consenso y la paz interna”.

[197]  Capel 2004.

[198] Ramírez 1983, cap. 6 (“Prospectiva y ciencia-ficción. Ciudades y edificios del futuro”).

[199] Borau 2009.

[200] Rioux 1998, p. 72-73.

[201] De Vries 1987, p. 341 y 342.

[202] Capel 2009.

[203] Terán Troyano 2009, p. 9.

[204] Pienso en investigaciones como la que ha realizado Eliseu Toscas 1997.

[205] Así la Tesis de Toscas sobre Sarriá en el siglo XIX-.

[206] Referencias en Capel 2002, cap. 5.

[207] Véase en ese sentido los excelente trabajos de Francesc Nadal Piqué 1985 (a y b), 1987.

[208] Como el que se está realizando sobre los orígenes y la consolidación de la metrópoli de la Ria de Bilbao entre 1876 y 1975, dirigido por Manuel González Portilla (1995, 2001 y 2009). Sobre la actividad de este grupo de historiadores bilbaínos puede verse también los números publicados por la revista Historia Contemporánea,  y en particular el número dedicado a “Historia Urbana” (2002, I, nº 24, 505 p.) <http://www.ehu.es/historiacontemporanea/es/revista-H-C/res-H-C-numeros01.php>.

[209] Capel y Tatjer 1991.

[210] Capel 2003, sobre el drama de los bienes comunes.

[211] Un programa de investigación sobre ello, desde la perspectiva de la geografía, en Capel 2002 y 2005 (La morfología de las ciudades, vol. I y II).

[212] Capel 1999.

[213] Sobre lo que existe una amplia tradición de estudios en la geografía española, como muestran diversos  trabajos de Mercedes Tatjer Mir (entre otros, Tatjer 1988), y las valiosas investigaciones de Rafael Mas Hernández, Isabel Rodríguez, Luz Marina García Herrera y otros geógrafos españoles.

[214] Ver de manera general Trebitsch 1998, que alude a la nueva historia donde el acontecimiento es sobre-significativo y va ligado a la memoria de los testigos, pero está “construido y reconstruido por la operación histórica” (p. 33).

[215] Rioux 1998, p. 79; este autor alude a los historiadores y el juicio moral sobre el pasado,  la historia-veredicto y la demanda de justicia.

[216] Dator 1998, p. 301.

[217] Como ha escrito I. Wallerstein 1998, p 321.

[218] Debate sobre ello en Bell 1998, y en Dator 1998, p. 302 y ss.

 

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