La economía y el entorno urbano de las regiones metropolitanas están en continuo cambio y transformación. El resultado de dicha transformación ha sido la evolución de las ciudades centros de desarrollo industrial manufacturero hacia las regiones metropolitanas post-industriales de comienzos del siglo XXI. La globalización de todos los ámbitos de la realidad, particularmente de los ámbitos económico, tecnológico y cultural, ha modificado la realidad de las ciudades y regiones urbanas. Sin embargo, la globalización no ha restado importancia al aspecto local del desarrollo, por el contrario, la globalización ha potenciado la atracción de las economías de aglomeración. Hoy en torno al 50% del PIB mundial se produce en las 20 principales grandes regiones urbanas, en las que reside en torno al 10% de la población mundial (Florida, 2008). Esto ha puesto de manifiesto los aspectos geográficos y la importancia de las regiones urbanas como núcleos de desarrollo de actividad y nodos de redes de ámbito internacional.

El cambio técnico y su incidencia en el proceso económico ha sido uno de los motores desencadenantes de nuevos desarrollos urbanos. En efecto, durante las últimas décadas se ha puesto de manifiesto la importancia del conocimiento como factor productivo, junto al trabajo y el capital (Romer, 1990). Autores como Törnquist (1983) y Anderson (1985) pusieron de relieve el creciente papel de la creatividad como elemento importante en el desarrollo urbano y en el logro de la competitividad de las regiones metropolitanas, desarrollando conceptos como el de “creative milieu”, en el que se unen el conocimiento, la creatividad, la información e ideas compartidas y la competencia en determinadas actividades relevantes. En esta nueva realidad, la competitividad, entendida como la capacidad de generar crecimiento económico, sigue siendo el objetivo perseguido por las regiones metropolitanas, aunque a través de nuevas actividades. Actualmente, además de la acumulación de capital, la capacidad creativa de innovación de la sociedad tiene cada vez mayor importancia en la consecución del objetivo de la creación de riqueza y una sociedad más justa y cohesionada.

El desarrollo y localización de actividades económicas en un entorno regional, particularmente las actividades creativas y de conocimiento, tiende a estar relacionada con aspectos imbrincados en la historia local. Es decir, con una serie de elementos que han sido determinantes de la dinámica histórica de la ciudad o región. Se trata de un conjunto de aspectos que vienen a conformar la “path dependency” de una ciudad o región (Mahoney, 2000, Musterd et al. 2007). El resultado de la vía seguida por cada región metropolitana es el grado de desarrollo actual de su actividad económica y de su sociedad. Es decir, el desarrollo de sus sectores industriales, la diversificación de los mismos y la interrelación y/o interdependencia surgida a lo largo del tiempo; en definitiva, la riqueza de su tejido industrial y de la propia sociedad.

La etiqueta de ciudad creativa fue definida por Landry (2000) y se ha utilizado para definir un nuevo modelo de ciudad que por oposición a la ciudad industrial, se basa en la aglomeración de actividades basadas en la innovación y la creatividad como motor económico. El concepto ha tenido una fuerte connotación de proyecto político en la medida que ha estado en la agenda de los gestores urbanos de forma creciente desde finales de los noventa, y ha influenciado en el desarrollo de políticas urbanas. A partir de este concepto, Florida (2002; 2007) pone énfasis en las personas creativas que viven en la ciudad como el verdadero motor de la creatividad y estudia su movilidad para entender el éxito económico de determinadas ciudades. Allí donde se concentran esas personas –la ‘clase creativa’– hay un mayor crecimiento económico pues las empresas creativas se sitúan allí donde existe creatividad. Esta aproximación ha llevado a políticas urbanas destinadas a atraer a determinados colectivos a las ciudades, creando nuevos barrios residenciales y nuevas infraestructuras para la generación de distritos creativos.
La revisión crítica que se propone pasa por asumir la creatividad como un proceso social más que como un elemento que determinados individuos o lugares poseen (Scott, 2000). De ese modo, el análisis debe centrarse en estos procesos sociales y la capacidad de los actores públicos, privados y de la sociedad civil para promoverlos. Dado que los procesos sociales no se dan en una tabula rasa sino que ocurren en contextos institucionales influenciados históricamente, es necesario analizar el desarrollo histórico de una ciudad, así como el contexto de gobernanza en el que está insertada (Musterd & Gritsai, 2010; Moulaert, 2007). Este desarrollo da lugar a un contexto específico en el que existen una serie de actores colectivos institucionalizados, algunos de los cuales son dominantes sobre los otros y consiguen promover un consenso hegemónico sobre el desarrollo local (Moulaert et al. 2007). A pesar de este contexto, los actores tienen capacidad para desarrollar procesos de innovación económica y social. El concepto de innovación social se refiere a nuevas formas de organización colectiva que permiten superar situaciones de exclusión social. Moulaert et al (2007) definen la innovación social como procesos con tres características: están orientados a la satisfacción de necesidades, ya sean materiales o inmateriales, se basan en relaciones sociales entre individuos y grupos sociales y permiten nuevas formas de movilización socio-política y de empoderamiento de la gente que intenta cubrir sus necesidades. Los procesos de innovación pueden ser impulsados por actores de la sociedad civil pero también por administraciones públicas que promueven nuevas formas de organización y de implicación de la sociedad civil en los procesos de toma de decisiones, generando innovaciones en la gobernanza que permiten la cobertura de necesidades. Igualmente los procesos de innovación social pueden significar nuevas formas de interpretar y entender.

ciudad-y-territorio