La crisis financiera está conllevando graves repercusiones para las personas vulnerables, y es necesario el desarrollo de la innovación social para luchar contra las desigualdades socioeconómicas. Se trata de comprender cómo la innovación social en materia de vivienda puede ser aprovechada para combatir las desigualdades económicas entre las clases más desfavorecidas, como los jóvenes, familias de renta baja, inmigrantes, mayores, familias mono parentales, etc. De este modo, la UE ha identificado la innovación social como una herramienta esencial para combatir la exclusión social y garantizar la competitividad económica y la ha situado en el corazón de su estrategia Europa 2020.

La vivienda tiene una larga historia de experiencias de innovación social nacidas de la sociedad civil, del mercado o del Estado: así, en el terreno financiero, las instituciones de micro-finanzas de vivienda son ejemplos exitosos del mecanismo “bottom up” de las innovaciones desarrolladas frente a las soluciones convencionales. El denominado ‘Raiffeisenism’ representó una iniciativa en financiación de préstamos para acceder a una vivienda en condiciones razonables en Alemania y los Países Bajos. Las cajas de ahorros en el Reino Unido también se desarrollaron a partir de grupos de autoayuda convirtiéndose en los principales proveedores de financiación hipotecaria hasta finales de 1990. Nuevas formas de micro-finanzas ofrecen esperanza para las personas que no pueden acceder a la financiación corriente, no sólo en el mundo en desarrollo, sino también en algunos países en desarrollo (Sarkar y McKee, 2004). Pero la vivienda también demuestra que las innovaciones sociales pueden ser perjudiciales, así podemos citar el mercado de hipotecas sub-prime surgido en los EE.UU (Schwartz, 2010), como una manera de ampliar la vivienda en propiedad a las familias más pobres. La vivienda por lo tanto, es un terreno ideal para la demostración del uso de la innovación social.

En cuanto a la creación de parques sociales de alquiler son numerosos los ejemplos que surgen a través de procesos de innovación: las Housing Associations en Reino Unido; las cooperativas de vivienda; el régimen de cohousing iniciado en Dinamarca en los 80´s; el sistema de Shared Ownership desarrollado en Irlanda; la recuperación de la ciudad construida con la Llei de Barris en Cataunya a través de políticas de rehabilitación y regeneración urbanas, son, entre otros, ejemplos de innovación social en vivienda que intenta facilitar y resolver los graves problemas en el acceso a la vivienda a los que se enfrentan una buena parte de la sociedad.

Como un activo, la vivienda conecta la desigualdad económica con la desigualdad intergeneracional. Las personas más jóvenes están sufriendo actualmente de manera desproporcionada en el mercado laboral, donde se les caracteriza como ” outsiders” – ya sea porque tienen empleos precarios o cada vez más porque están desempleados. Los jóvenes son a menudo los ” outsiders” en el sistema de la vivienda también: pueden ser excluidos de la vivienda social por la escasez o los criterios de asignación; pueden ser excluidos de la vivienda en propiedad por los altos precios o la escasez de crédito. Las alternativas del mercado de alquiler son a veces inseguras. En consecuencia, los jóvenes pueden depender de cambios en las actitudes y valores que representen un apoyo intergeneracional (Rowlingson y McKay, 2006 ; Ronald y Elsinga, 2012).

Si aceptamos por innovación social aquellas nuevas ideas que se aplican para resolver los problemas colectivos, la innovación social puede muy bien implicar nuevas configuraciones de la relación Estado-Mercado-Hogares, a menudo asociadas a iniciativas del tercer sector, el cual puede constituir un cuarto pilar en la provisión de bienestar. Sin embargo, este hecho no se contempla como condición necesaria de una innovación social. El origen puede proceder del Estado, el mercado o el tercer sector, pero en definitiva, es el fin y no los medios lo que cuenta. No siempre las innovaciones sociales representan soluciones a los problemas colectivos: éstas pueden ser o no exitosas, no son en sí mismas una “cosa buena”. Por lo tanto, requieren una evaluación en relación a los acuerdos institucionales existentes. Siguiendo la evaluación que proporciona la BEPA (2011), la innovación social puede ser “sistémica” y estar referida a “cambios fundamentales en las actitudes y valores, estrategias y políticas…”(p. 10). Esto significa que la innovación social tiene la capacidad de llevar a cabo cambios reales en sistemas de bienestar (o de vivienda), por su capacidad de alteración del “régimen de bienestar” subyacente. Esto extiende la noción de innovación social más allá de ser “una buena idea” desde fuera del gobierno para convertirse en un poderoso instrumento de política social.

vivienda