[Canetti, Elias. Fiesta bajo las sombras: Los años
ingleses. Edición de Kristian Wachinger. Traducción de
Genoveva Dieterich, con un posfacio de Jeremy Adler. (Barcelona: Galaxia
Gutenberg-Círculo de Lectores, 2005).]
La anglomanía es una enfermedad benigna muy difundida
cuyos síntomas describe de forma amena y pormenorizada un libro
de Ian Buruma, Anglomanía: Una fascinación europea.(Traducción
de Javier Calzada. Barcelona: Anagrama, 2002). Anglomaniacos reconocidos
se cuentan en todas las épocas, desde los tiempos del imperio romano
hasta nuestros días. Entre ellos el emperador Adriano, que mandó
a construir un muro para proteger a los bárbaros anglos de los
ataques de las tribus –aún más bárbaras–
que habitaban las Highlands escocesas; y el ex presidente español
José María Aznar, que metió a España sin arte
ni parte en una guerra promovida por los anglosajones contra los árabes.
La anglomanía afecta el gusto, las opiniones políticas
y la gestualidad de las personas y en algunas ocasiones puede inspirar
incluso coqueterías estilísticas, como por ejemplo el abuso
del hipérbaton, estilema que consiste en anteponer el adjetivo
al sustantivo calificado por éste. El hipérbaton es una
figura que no es tanto homérica como piensan algunos, sino más
bien una fórmula moderna y típicamente inglesa empleada
con frecuencia por otro anglomaniaco célebre, Borges, e imitada
por algún novelista español contemporáneo cuya prosa
tiene la extraña cualidad de parecer una mala traducción
española del inglés.
La anglomanía no afecta exclusivamente a quienes
no son ingleses sino que también se da como expresión del
orgullo nacional británico. Puede adquirir ribetes colonialistas,
como se observa en muchos pasajes de las obras de Rudyard Kipling, o incluso
puede encubrir una autocomplacencia narcisista so pretexto de describir
la característica excentricidad británica. Así, por
ejemplo, se manifiesta en los escritos de un inglés notoriamente
excéntrico como Bruce Chatwin.
En casos de extrema gravedad la devoción por Inglaterra
puede llegar a inspirar opiniones muy desatinadas, incluso en mentes de
reconocida inteligencia. Por ejemplo, en un artículo reciente del
peruano Mario Vargas Llosa –anglomaniaco conspicuo– a propósito
de los atentados en el metro de Londres, se invoca a los dioses y los
héroes tutelares de la Rubia Albión con la esperanza de
que, tras habernos metido en un fregado considerable en ocasión
de la invasión de Irak, esos mismos númenes nos protejan
frente a la amenaza del terrorismo islámico subsiguiente. Afirma
Vargas Llosa: “Una vieja leyenda dice que si Inglaterra no ha podido
ser invadida en los últimos mil años es porque el mítico
rey Arturo vela por ella desde las sombras. Y que el héroe medieval
retornará a la vida y a la lucha si, en un momento trágico,
su país lo necesita. Creo que es así y ya veo deslizándose
entre la blanca bruma del verano londinense la larga cabellera, la blanca
armadura y la luciente espada del antiguo caballero [obsérvese
la seguidilla de los cuatro hipérbaton], compareciendo a cumplir
con su deber” (véase el artículo completo de Vargas
Llosa en la página de opinión de El País del 24 de
julio de 2005).
Por la manera insólita en que Elias Canetti descalifica,
insulta o mira con rencor a los ingleses sin dejar por un momento de admirarlos,
habría que tener este volumen compuesto por escritos póstumos
como resaca de una anglomanía mal digerida y un punto vergonzante.
Pese a que contrajo la enfermedad de niño está claro por
este libro que la admiración de Canetti por Inglaterra no le sirvió
para paliar los largos años de su exilio en Londres, adonde llegó
huyendo de los nazis desde Viena. Fiesta bajo las bombas podría
haber sido el testimonio de su “tributo” a la hospitalidad
británica, pero en realidad contiene una cantidad tan enorme de
opiniones resentidas y mezquinas, mezcladas con una mirada sobre la cultura
londinense de la época que quiere ser implacable, que a la postre
resulta solamente insidiosa, a pesar del largo repertorio de tópicos
anglomaniacos que la acompañan. Canetti muerde la mano que le ha
dado de comer. Aunque también es cierto que en tanto que experiencia
personal, el libro podría pasar como el típico ejemplo de
la literatura del exilio que muestra la penuria del exiliado, cuya existencia
a menudo tiene que combinar la marginación y la envidia, el afán
de supervivencia y la voluntad de abrirse camino en un medio que por fuerza
le es hostil. Y aunque es sabido que el hambre es el motivo que lleva
a hacer del exiliado un trepador –y Canetti no parece haber sido
una excepción a la regla– este argumento no basta en este
caso para excusar su vileza en esta crónica.
Sin embargo, pese a lo despiadado de las críticas,
resulta paradójico que Fiesta [...] sea sugestivo –más
aún, sobresaliente– justamente por el escenario y los personajes
que pretende descalificar: la cultura de la élite de la Inglaterra
de los años 30 a 50; y por la índole de las observaciones,
que a menudo son de un obsceno cotilleo, a tono con los textos: un conjunto
de anotaciones editadas sin mucho esmero, acompañadas de un glosario
final donde se redunda en la identidad de los personajes retratados y
en algunas de las circunstancias que se narran en el libro. El glosario
es equívoco porque es evidente que la edición fue realizada
sin ningún criterio, ni cronológico ni temático.
Plagados de repeticiones y mal redactados, los textos revelan que la recopilación
se hizo a toda prisa a partir de un legado de inéditos que, por
voluntad del autor, tendría que haber sido mantenido en reserva,
como un pequeño Enfer privado, hasta 2024. El hecho de que Canetti
no los destruyese es, por otra parte, significativo. Si suponía
que llegada esa fecha ninguna de las personas aludidas en sus diarios
estaría en condiciones de desmentirlo o de replicarle o de someterlo
a un juicio por injurias, su gesto parece francamente miserable. Si, por
lo demás, creía que no merecía la pena hacerlas públicas,
no se entiende por qué no las destruyó y en cambio puso
plazo de vencimiento a la interdicción. En cualquier caso, que
se haya publicado parte de este material, rompiendo el compromiso con
su difunto autor, sólo puede explicarse por una decisión
de su hija y legataria y por razones exclusivamente crematísticas.
Fiesta bajo las bombas no es diario ni dietario ni crónica
sino que parece más bien un apunte dictado a toda prisa antes de
que la memoria del autor empiece a flaquear. Su intención es retratar
a las personas y no tanto las circunstancias en que Canetti las conoció,
que por otro lado tienden a ser casi invariablemente las mismas: parties
y cenas o entrevistas privadas, en su mayoría promovidas por la
curiosidad de Canetti, quien, como buen anglomaniaco, sentía una
inclinación compulsiva por intimar con la ilustrada gentry británica.
Así pues, leemos retratos de ingleses que Canetti conoció
unas veces de cerca y muchas más veces sólo de oídas,
como es el caso de Eliot, quien paradójicamente es uno de los personajes
sobre los que descarga los mayores denuestos y descalificaciones morales
e intelectuales, por la sola razón de que el célebre poeta
no le prestó la menor atención. Junto con los retratos de
los personajes, casi todos ellos nobles ilustrados británicos de
antes de la segunda guerra mundial y figuras relevantes de la cultura
del pasado siglo, se hace una somera descripción de sus costumbres
que, como cabe su condición y origen, son muy extravagantes. Lógico
hubiese sido el autor guardara cierto rencor de clase frente a esta aristocracia
que retrata de forma tan implacable, pero en cambio Canetti se muestra
dominado por una auténtica fascinación, lo cual hace que
el libro resulte desconcertante y hasta nostálgico, quizá
porque después de esas fechas, ni en Inglaterra ni en ninguna otra
parte del mundo quedan representantes de ninguna clase alta ilustrada.
La nobleza de sangre asociada a la aristocracia del espíritu se
ha desvanecido y está perdida para siempre, como los dioses de
Hölderlin.
Así pues, la galería de intelectuales muy
excéntricos, contemplados con una mezcla de arrobo y de espanto,
permite trazar un panorama muy completo de una época periclitada.
Son retratos compuestos unas veces con admiración y más
a menudo con envidia y resentimiento mal agradecidos, un mundo de luminarias
espirituales (filósofos, pintores, novelistas, poetas, duques y baronets homosexuales que salen en busca de aventuras amorosas al volante
de Bentleys) por dónde campean un Bertrand Russell sátiro
y una Iris Murdoch ninfómana, y Empson o Waley discurren soberbios
en parties interminables e inexplicables, rodeados de jóvenes damiselas
inglesas que los ojos lúbricos de Canetti ven siempre como vestales
inalcanzables y bellísimas, etc.
Sin duda, el escenario y los personajes están un
tanto idealizados. En efecto, tal como dice Buruma que hacen los anglomaniacos,
Canetti suscribe y repite la Inglaterra tópica que los propios
ingleses han inventado como representación de ellos mismos y que
enseñan a quienes los admiran. Pero, por otra parte, este sesgo
anglomaniaco es la clave de lectura que implícitamente Canetti
quiere que utilicemos para comprenderlo.
¿Qué se encubre aquí? Dejemos de lado
a los extravagantes y petulantes anfitriones de nuestro cronista, del
todo inocentes en este asunto. Lo más probable es que se limitaran
a adoptar a aquel judío búlgaro entonces desconocido, de
pátina vienesa dudosa, un escritor que permanece en ciernes durante
más de tres décadas, investigador de un tema inmarcesible
(el poder y la masa) y autor de una sola novela indigerible que no se
publicó en inglés hasta después de la guerra y tras
laboriosas intrigas del propio autor en los medios editoriales de Londres.
Seguramente acogieron a Canetti y a su compañera Veza como quien
mete en su salón una pareja de hamsters para que corran sin parar
y pataleen en sus ruedas giratorias, encerrados en una jaula, sin dejar
de mirar hacia sus amos... Fiesta bajo las bombas demuestra que el hamster hizo exactamente lo que se le pedía. Canetti se limitó a
escrutar a sus presumidos anfitriones con los ojos muy abiertos, los escuchó
mansamente como una sor oyente y más tarde, convertido en un pequeño
escriba parásito que acompaña las vidas gloriosas o atormentadas
de sus señores, dio cumplido testimonio de todo cuanto había
visto y oído aunque se tomara la previsible revancha, a fin de
cuentas.
Desde un punto de vista moral estos apuntes puede que parezcan
despreciables pero, como perspectiva sociológica, son únicos,
porque cuando se trataba de poner ojos y oídos ante lo que lo rodeaba,
ya sabemos que Canetti procedía con notable eficacia; y como además
tenía una auténtica devoción por los intelectuales
y los artistas, su villanía nos ha dejado una versión muy
sesgada y al mismo tiempo harto verosímil de un mundo desaparecido.
Como cabe a todo novelista frustrado y como ya se deja ver en los volúmenes
de su autobiografía, Canetti encontraba una compensación
subsidiaria para sus evidentes insuficiencias literarias en una inocultable
proclividad a chismorrear y fisgonear en la vida de otros. Y aunque sin
duda es extraño que un escritor de estilo torpe, un ensayista carente
de método y de ciencia, intelectual de vida irrelevante que sin
embargo escribía dietarios, haya alcanzado el Premio Nobel, no
es menos cierto que su mirada de hamster tiene unas cualidades únicas
en la historia de la literatura testimonial. Canetti es un escritor con
una manera especial de ser fiel a su experiencia: entre la ficción
–que era incapaz de producir– y la crónica –que
imponía una regla de fidelidad a los hechos insoslayable y al mismo
tiempo imposible para él– nos brinda siempre una versión
que no es una cosa ni la otra y que no obstante resulta humana –demasiado
humana– por lo que tiene de fisgona y lejanamente comprometida;
y por eso mismo, incomparable. Como en el resto de sus libros, Canetti
aparece aquí atrapado en la tensión entre dos alternativas
irreductibles de escritura: entre la ficción, a la que no llega
el escritor impotente, y la verdad, que es incompatible con el vicio de
un individuo chismoso. No podía mentir ni fabular porque carecía
de genio, y tampoco conseguía servir como cronista de nada porque
estaba demasiado dominado por sus malos sentimientos, demasiado involucrado
en sus vicisitudes. Así pues, sus ensayos reproducen experiencias
ajenas o se valen del testimonio de otros para describirlas, y sus diarios
hablan de la vida y la pasión de los demás, una pasión
que Canetti podía compartir pero que literariamente le resultaba
inalcanzable.
Sin embargo, por curioso que parezca, quizá porque
estos apuntes son muy espontáneos, el testimonio fijado en ellos
adquiere una extraordinaria plausibilidad. De modo que aunque desde un
punto de vista literario el texto sea de segunda fila y, desde un punto
de vista teórico, los argumentos que deja caer aquí y allá
suenen huecos e inconsistentes, el balance que saca el lector de este
libro –como de los demás– es casi siempre gratificante,
sobre todo cuando como en este caso no hay en ellos ninguna coartada que
sirva para encubrir la catadura moral e intelectual del pequeño
personaje retratado en ellos, casi un prototipo del hombre de letras contemporáneo.
Barcelona, agosto de 2005
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