Hanemann y ese incesante movimiento
Francesc Adrià
Stefan Chwin. El doctor Hanemann. Barcelona: Acantilado, 2005
"Hanemann sonrió.
No. Lo único que pienso es que nunca sabremos a ciencia cierta qué hay en nosotros." "
(El doctor Hanemann, p. 168)

¿Qué decidiríamos llevarnos si tuviéramos que huir precipitadamente? Qué objetos creemos que preservarían una parte de nosotros? ¿Aprovecharíamos el nuevo inicio allí dónde nos llevase para reconstruirnos o lo emplearíamos para la nostalgia? 

A estas preguntas parece entregarse Stefan Chwin (Gdańsk, 1949), escritor polaco e historiador, vinculado con la Universidad de Gdańsk, autor de narraciones, estudios y ensayos literarios, con esta novela que bajo el nombre de Hanemann obtuvó en 1995 sus primeras buenas críticas y que ahora llega al público castellanohablante ascendido al grado de Doctor y cuya acción transcurre en una ciudad (que se orgullece de haber sido la cuna de varias celebridades: Arthur Schopenhauer, Klaus Kinski, Günter Grass o Lech Walesa) disputada durante el transcurso de la acción por Alemania (la mayor parte de sus habitantes son de origen germano) y Polonia (pues se trata de su único acceso al Mar del Norte): la ciudad de Danzig. 

Pocos minutos después de las tres, en el Sala IX de la planta baja del Instituto de Anatomía en la Delbrück-Allee número doce, cuando retiraron la sábana del rostro de la muchacha que hacía tan sólo una hora, había sido transportada al pabellón, el doctor Hanemann interrumpió la autopsia. Con esta anécdota protagonizada por un avezado Dr. Hanemann, empieza la retahíla de treinta breves capítulos que conforman la novela de Stefan Chwin. La ciudad ofrece el emplazamiento perfecto para que los habitantes y sus objetos se muestren como un coro melancólico en el que todos se dirigen a la desaparición junto con sus narraciones. Durante trescientas páginas, Stefan Chwin ofrece ese fluir de recuerdos desarticulados que, sin embargo, tejen un lugar coherente del desconcierto. En uno de ellos, «Cosas», los objetos duermen, sueñan e incluso esperan, en otro, un niño narra cómo su familia ocupó esa “casa vacía”, en otro, casi en la mitad de la novela, se comprueba la fascinación de un alumno de Hanemann durante sus clases de alemán (pues allí empiezan a deshilvanarse diferentes versiones de la historia de una pareja que parece sumirse en una muerte romántica) y pasada esa mitad, es la propia tetera de la cocina de la Lessingstrasse catorce quien demuestra sus dotes memorísticas. 

Aunque su recensión podría ser algo así como: “otra novela histórica de la Segunda Guerra Mundial”, el lector que se adentre en este relato de relatos puede verse sorprendido por la acometida de un texto cuyo mayor logro tal vez sea el conseguir  acompañarlo hasta el borde de un pozo del que nadie (en tiempo de guerra, pero también de paz) está a salvo de caer: el de la desorientación, la incertidumbre, el desconsuelo y la indiferencia. 

Nuestra aparente estabilidad no debería engañarnos: al fin y al cabo, todo parece detenido (sugiere Chwin) hasta que, sin previo aviso, un estado completo de cosas empieza a desmoronarse. Consecuentemente, esta novela está hecha de relevos entre ciudadanos: mientras suena la música de los cambios (la música de la historia que es la música de la guerra) unos mueren, otros intentan huir y algunos pocos más revolotean alrededor de esos lugares vacíos que esperan a sus nuevos habitantes. Cuando se detenga el estruendo o se convierta en un sotto voce de temores las misma calles  encontrarán a nuevos vecinos (como Hanka o el niño vagabundo) que con el pasar de los años volverán a creer en la ficción del arraigo. 

No una narración que contraste el cómo vivían antes con el cómo de la posguerra, sino la elección de unos interlocutores válidos para describir el cambio mientras se produce. Ni tampoco un relato de militares y de 'victimas', sino de individuos que exigen la atención del lector en cada aparición. Individuos que no piden un lector que intente atraparlo todo, sino tan sólo lectores dispuestos a dejarse atravesar por ese tiempo.