El triunfo de la nada
Enrique Lynch
Girard, René. La anorexia y el deseo mimético. Traducción de Elisenda Julibert, Entrevista con Mark Anspach y Laurence Tatou. Barcelona: Marbot Ediciones, 2009.
Una de las virtudes de esta época nuestra –tan poco virtuosa– es que está plagada de marcas, señales, indicios, gestos, síntomas. La proliferación de estos signos sigue o acompaña algunos procesos que son característicos de la vida moderna: la secularización, la transvaloración, la desmemoria (que, paradójicamente, se hace plausible cuando la técnica permite construir inmensos, inagotables, inabarcables, archivos), un olvido que Nietzsche anunció en su Segunda intempestiva y que permite la experiencia de un presente perpetuo, la disipación de todos los ritos fundacionales y, por último, la afirmación de la individualidad que se consolida –otra paradoja– conjuntamente con la llamada “crisis del sujeto”. Sin religión, sin valores, sin tradición, sin identidad colectiva, constantemente recreada en cada vida individual, la existencia moderna es una máquina sígnica desbocada, un constante chisporroteo de síntomas que la crítica social y la hermenéutica se afanan por interpretar, aunque rara vez consiguen resolver los dramas humanos que los generan.

(No importa. Ya sabemos que la solución de las tribulaciones humanas ya no es mítica sino química. He aquí el lado anacrónico –y ficcional– del psicoanálisis.)

Las teorías contem poráneas son en gran medida sintomatologías. Su procedimiento es siempre el mismo: una mezcla de lucidez analítica, perspicacia clínica y oportunidad. ¿Cuál es el signo que se examina en este pequeño libro de René Girard? La anorexia y la bulimia. Por cierto, qué cosa más absurda y escandalosa es una anoréxica: una mujer atrapada en una pulsión autodestructiva cuyo agente no es externo sino autogenerado por el propio desorden de su deseo... Dejar de comer en pos de un ideal inalcanzable o, en el caso de la bulimia, comer sin parar, dos movimientos aparentemente opuestos pero en el fondo del mismo sesgo puesto que ambos revelan la absoluta ausencia de límites, la desrregulación y la anomia. Las anoréxicas son como los indios americanos y sus descendientes mestizos, que no saben ritualizar el consumo de alcohol de tal modo que, cuando se lanzan a beber no pueden parar.

Sin embargo, lo que hace de la anorexia algo tan significativo e inquietante no es, quein la sufre no sea capaz de popnerse un tope sino su manifiesta voluntad de no sobreponerse a sus terribles efectos. A Girard le basta con marcar un par de indicios para mostrar que la anorexia no es, estrictamente hablando, una enfermedad, sino tan sólo síntoma. Pero ¿de qué?

El primero de los muchos aciertos de este pequeño ensayo está en haber detectado que no estamos ante un trastorno de conducta sino ante la pura expresión de un modo de ser de nuestro tiempo. Elevada a emblema, la anoréxica se convierte en token, es decir, en una pequeña muestra de cierta economía libidinal descontrolada y desenfrenada que se promueve y se enseña en las sociedades de consumo de masas del tardocapitalismo. Girard apunta con toda precisión que (no) comer mucho está íntimamente ligado a (no) tener lo suficiente. En esa renuncia autoprovocada está el reclamo de algo que falta (perdón por el sesgo oximorónico de esta fórmula que me hace parecer lacaniano...), lo mismo que en esa otra forma encubierta de anorexia/bulimia: la pulsión de comprar prendas para, inmediatemente después, devolverlas y volver a comprarlas, o la compulsión a someterse a toda clase de penurias físicas en los gimnasios y las piscinas con la finalidad de darse, más adelante, un atracón de helado, de chocolate o de caramelos. El consumo –que es también ingestión, apropiación, disipación– irrestricto es sólo posible en sociedades opulentas, de ahí que Girard acierte al remitir al lector a las observaciones de Thorstein Veblen, incluso cuando, como en este caso, el signo del consumo y de la opulencia se presenta como impulso negativo. Sólo cuando el hambre ya no es un problema social puede darse un giro semejante, de tal modo que en el deliberado pasar hambre de la anoréxica se manifiesta el fracaso de la utopía moderna: haber satisfecho las necesidades primarias de tantas mujeres para que, como respuesta insana, éstas se nieguen a satisfacerlas.

Con relación al espíritu moderno Girard no oculta sus inclinaciones reaccionarias: califica a la nuestra de “época neopagana”, sin familia ni religión, sin ritos, sociedad que ha sucumbido al individualismo posesivo, sin una idea de la persona ni de lo trascendente; y vincula estrechamente las desviaciones del consumo desaforado, como la anorexia/bulimia, con una inopinada deriva que afecta a toda la cultura moderna. Sus reconvenciones antimodernas son inequívocas. Véase:

En la pintura, se descartó en primer lugar la representación realista de luces y sombras, tras lo cual le llegó su turno a elementos cada vez más esenciales, como la perspectiva tradicional y finalmente a cualquier forma reconocible y hasta al propio color. En la arquitectura y las artes decorativas la evolución fue la misma. En la poesía se abandonó la rima y después cualquier aspecto de la métrica. La palabra “minimalismo” sólo designa una escuela particular, pero se adecua perfectamente a la dinámica general de la modernidad. El proceso se repite en la poesía, en la novela, en el teatro y en todos los demás géneros de la escritura. Primero se elimina cualquier contexto realista, luego la trama, luego los personajes; por último las frases pierden coherencia, y después las palabras mismas, que terminan reemplazándose por un fárrago de letras más o menos sugerente o, mejor aún, incoherente. (p. 53-54)

¿A dónde conduce esta deriva?: “[...] todo tiende hacia la misma absoluta nada que triunfa hoy en todos los campos de la actividad artística”, responde Girard. La anoréxicas y las bulímicas, por lo tanto, son mártires o víctimas propiciatorias de su propia desesperanza, como lo son –pero por otras razones– los terroristas suicidas islámicos.

Desembarazado de un objeto, el deseo de la anoréxica sólo atina a competir con otros deseos semejantes. Su pulsión mimética –desear, emular, repotenciar el deseo del otro– no puede ser sino autodestructiva. A Girard le basta con generalizar esta pulsión autodestructiva a la sociedad toda para poner delante de nuestros ojos una de las versiones más pesimistas de los tiempos presentes.