Decadencia impostada
Daniel Gamper
Michel Houellebecq, La posibilidad de una isla, Alfaguara, Madrid, 2005, traducción de Encarna Castejón, 439 págs.
Algunos lectores de Michel Houellebecq (MH) nos sentimos provocados por sus libros. Como dice la ridícula contraportada, MH no deja indiferentes, MH ha vuelto. Y si MH nos violenta, no faltará quien diga que es porque sostiene delante de nosotros, hombres del incipiente siglo XXI, un espejo en el que se refleja el horror de nuestras vidas. El disgusto, malestar, irritación y rechazo que provoca la lectura de esta novela no sería, entonces, más que el que sentiríamos si tuviéramos el coraje de mirarnos descarnadamente aunque sólo fuera un instante. MH es el Sócrates que levanta la máscara de la realidad, el que la desenmascara, y que a cambio recibe un millón de euros de la industria editorial.

Y ¿cómo somos cuando el genio nos arranca la máscara? ¿Qué caracteriza al ser humano decadente de la Europa del cambio de siglo? Somos los que se encuentran cerca del Apocalipsis. Todo es símbolo de desaparición de la raza. Cualquier consideración acerca de nuestra cultura occidental en términos de derechos, cualquier reconstrucción normativa y emancipadora de la humanidad o bien es obviada por MH o bien es presentada como un símbolo más de la decadencia humana. MH lo tiene claro: “cuando se abolió definitivamente la prostitución los hombres entraron en la edad gris” (41). O sea que la abolición de la dominación humana fruto de la participación de las mujeres en la actividad legislativa y política que conlleva una ampliación de los sujetos efectivos de derechos, es considerada como un síntoma de debilitación de la especie. Tal vez algo de cierto haya en ello, aunque habría que preguntárselo a los sociólogos de la segunda mitad del siglo XXI, cosa por ahora nada factible. Pero si recurrimos a la sociología de café, la que MH adereza con citas eruditas, mucho ingenio combinatorio y con ninguna modestia (llega a compararse implícitamente a Hanecke e, incluso, a Coetzee), podríamos constatar la tesis del autor sobre la decadencia de los varones en Occidente. Basta ver las líneas de crecimiento de la población y la paulatina inversión de las pirámides demográficas para confirmar la poca vitalidad de la especie. Sin embargo, hay que destacar que MH es un francés con mucho tiempo libre que fantasea con las imágenes de la decadencia, sin que sus previsiones de futuro deban considerarse elaboraciones científicas dignas de ser tomadas en consideración. Entre otras cosas porque su perspectiva es decididamente eurocéntrica. Otros pueblos se reproducen y crecen a ritmo constante, y los inmigrantes elevan el crecimiento demográfico occidental, cuestionándose así la previsión de una desaparición de la raza sólo porque los europeos carecen de vitalidad. Pero, no hay que valorar esta novela a partir de la plausibilidad de su diagnóstico, pues no eleva las mismas pretensiones de validez que un tratado sociológico o politológico. Habrá pues que valorarla como obra literaria.

¿Por qué leemos a MH si nos irrita lo que escribe? ¿Quizás porque somos decadentes que nos regodeamos en nuestra decadencia? Tal vez sea esta la clave de su éxito de ventas, junto con un estilo vibrante y una buena cantidad de escenas de sexo que, como saben en Hollywood, vende mucho y gusta más aún. Sin embargo, si comparamos a MH con otros autores de “literatura del desprecio” como Thomas Bernhard o Fernando Vallejo, o con el gran escritor de la sordidez humana, Coetzee, a los que admiramos por lo que escriben y por cómo lo escriben, constatamos que MH nos indigna porque es falso. Es su falsedad lo que nos indigna. MH ha escrito una novela que se deja leer, más aún, cuya lectura resulta entretenida y a ratos fascinante, con un ritmo trepidante, una imaginación bien administrada, referencias intelectuales justas para halagar al lector informado, odio a la humanidad para escandalizar, seducir y épater, todo aderezado con un buen baño de sexo. Eso es lo que fascina. Indigna, en cambio, la vacuidad de su gesto nihilista, la ostentación de su cinismo, la autocomplacencia de su inteligencia inhumana y la impostura de su propia indignación. MH es pretencioso, pues no sólo quiere participar en la literatura del odio y de la desesperación, sino también en la de la esperanza totalitaria. Sin embargo, su odio, a diferencia del de Vallejo o Bernhard, es puro espectáculo, escenificación de sí mismo, radicalismo estratégico y propagandístico. Da la sensación de que podría con la misma facilidad atribuir a sus personajes lo contrario de lo que sostienen, es todo él falso, impostado. Como Begbeder, es literatura de publicistas al servicio de un nihilismo de salón.

Si este odio complaciente y comercial y este espíritu reactivo propio de creadores poco vigorosos fuera el único motivo de la obra nos hallaríamos ante un mero epígono de la gran literatura. Sin embargo, el afán reduccionista con el que MH pretende sobreponerse a los problemas de la existencia, hace bajar un par de peldaños más la calidad de la obra. El desprecio del mundo, de la civilización o de la cultura es un material óptimo para la literatura. Sin embargo, las almas simples que desprecian necesitan alimentarse con una alternativa. En el caso de MH la alternativa es la perfección, la desaparición del sufrimiento. A grandes rasgos el argumento de la novela por lo que respecta a esta cuestión es como sigue: los elohimitas se hacen con los medios técnicos para clonar seres humanos individuales introduciendo una serie de modificaciones que los perfeccionan. No experimentan ni hambre, ni cansancio, ni ahogo, ni deseo sexual, pueden llorar, pero no reír. La solución está en la autosuficiencia, que a su vez en el giro final de la novela se revela imposible pues el amor es demasiado fuerte y por tanto no desaparece el anhelo, la carencia. No vale la pena enfatizar lo socorrido de este recurso final al amor, que pone de manifiesto la subordinación de la escritura de MH a las exigencias comerciales. Baste mencionarlo. Lo interesante, por infantil, es el sueño de una solución a las carencias humanas. El espíritu juvenil que no se conforma con los finales abiertos ni con las soluciones temporales y provisionales, es el del propio MH. La única salida es la ensoñación totalitaria, la solución definitiva que pasa por la eliminación de las carencias. Esta novela es en este sentido como un bucle cerrado: el autor se ríe de los lectores al igual que el protagonista (un humorista con éxito) se mofa de su público; la angustia del protagonista por envejecer y su adoración de los ideales juveniles corren paralelas al infantilismo del autor y su empeño en solucionarlo todo de un solo plumazo. Esta es la crítica liberal a la que MH podría muy bien responder: “Ahí te tengo reseñador. Tú, liberal, eres el más decadente, tú eres el cínico, no yo”. Puede ser que el verdadero cinismo sea el de los liberales que se conforman con las carencias del mundo revistiéndolas de oportunidades para la libertad. Sin embargo, el sacrificio de la complejidad y de la dificultad en esta novela valen como criterios, digamos, estéticos, para cuestionar su calidad.