Distancia
Jordi Vernis López
Karl Kraus, La antorcha. Selección de artículos de “Die Fackel”; Edición y traducción de Adan Kovacsis. El acantilado, Barcelona, 2011.
¿Adoptar una postura?
¡Distancia!
Karl Kraus

La antorcha era el medio con el que Karl Kraus se convirtió en una autoridad intelectual en la Viena de principios del siglo XX. Un periódico satírico dirigido por él mismo desde 1899 y durante treinta y siete años, con una independencia editorial que le permitió publicar lo que le vino en gana, hasta el punto que sus críticas a todas las publicaciones vienesas fueron un criterio de lectura para gran parte de la ciudad, pese a la hostilidad del resto de periódicos en el intento de silenciar su nombre. Para Wittgenstein fue la única lectura austriaca que hizo en su retiro a Noruega, Canetti –personaje muy krausiano– asistió a todas sus conferencias, incluso Trakl le dedicó algunos versos.

Aunque el grueso de su aportación crítica sea considerable, artículos como los recopilados por Adan Kovacsis para esta edición de El acantilado muestran, salvo alguna excepción, su versión más famosa: la irascible y dura. Por lo tanto, si se pretendía ofrecer a un Kraus rico en matices, estamos ante un pequeño fracaso. De lengua afilada, cascarrabias y teatral –fue actor y director escénico–, pocas veces aparece un elogio entre las líneas de La antorcha, detalle que puede transmitir repetición y, en el peor de los casos, la sensación de estar ante un irritado adolescente. A ello ayuda la extraña personalidad de Karl Kraus, un completo outsider con fama de intratable. Tal como reza en su famoso La tercera noche de Walpurgis, “En el ocaso del mundo, yo quiero vivir retirado en lo privado”.

Así el periodismo y su tono neutro, el rol la mujer, la hipocresía de la decencia moral y la seriedad, el nacionalismo pan -alemán o el problema del lenguaje moderno, son las dianas mediante las cuales Kraus lanzó sus ataques al imperio de los Ausburgo y especialmente a su capital. El periodismo fue un adagio al que Kraus siempre recurrió para denunciar el tratamiento a –histórico de los sucesos, encajados en el bucle de algo “siempre presente” –como los fotogramas de una bobina cuando está parada –. Su voluntad de ofrecer la veracidad de la noticia en un pretendido tono neutro es pura falacia:

Pues el caso no sólo ha puesto al descubierto el periodismo, ese poder de la revelación que cualquier analfabeto puede arrogarse recurriendo a la tinta de la imprenta, sino también la propia ciencia. No sólo ha perdido crédito la omnisciencia del imbécil, sino también la estupidez especializada de la ciencia. Lo que aquí ha escrito un experto y lo que los expertos han de lamentar más aún que los periodistas es ni más ni menos que la demostración del absurdo del tono científico (Después del terremoto).

El periodismo somete a la mirada pública los asuntos más diversos, como si la varita mágica de la retorica periodística pudiera convertir en científica –no sujeta a puntos de vista particulares– su consideración. El testimonio de Kraus se nos presenta como el primer asombro por la falta de algo que ya hoy damos por perdido, la coherencia en los mecanismos de difusión, “el deber ético del periodismo de considerar también la muerte como un asunto de la vida privada”(El caso Hervay). Sea o no legítima la grave indignación de Kraus con respecto a lo que hoy en día nos parece una obviedad, la peor consecuencia de esta practica es un lenguaje que se ha rebajado y “democratizado”, hasta devenir banal y sujeto a manipulación. Herencia, según nuestro protagonista, de otro escritor de habla alemana relacionado con los periódicos: Heinrich Heine (Heine y sus consecuencias).

“El lenguaje es la única quimera cuya capacidad de engaño no acaba nunca” (La lengua) y debe ser una herramienta de disonancia en tanto en cuanto es “lo único que no aborrece a la vida”. La lengua actúa de forma inmoral, con la disonancia de lo inmoral que Kraus defiende ante los medios de comunicación vieneses, los representantes del código ético no escrito pero sabido por todos, y sus crónicas, que son en realidad juicios de todos los casos en que es vulnerado (Moralidad y criminalidad; El periodismo como alcahueta). Hay un punto de tensión interna en el propio Kraus. Todo lo que reluce en él es la crítica a este anquilosamiento social, pero a pesar de su fama de provocador y comecuras, aguarda en él un purista del lenguaje.

Pero debemos ocuparnos de otra tensión, la que nos revela muchos peros en sus críticas. Nos encontramos siempre con el mismo patrón cuando trata la sociedad de su época –injusticia sobre el débil, por parte de la arbitrariedad de la burguesía vienesa y sus instituciones, como en “La caza de la mujer” o “Se busca delincuente”. Kraus, que anteriormente trabajó en algunos periódicos, parece contaminarse de sus vicios, especialmente en la redacción propia de la prensa, cuando toma posición ante un hecho aunque lo exponga de manera neutral. Así expone en el artículo Catástrofes la parcialidad de las resoluciones judiciales ante las mujeres:

El padre [...] había sido liberado de sus obligaciones paternas por la ley civil a cambio de una suma de 440 coronas. Ella, que se había sustraído a las obligaciones maternas, fue condenada a la horca por la ley penal.

En estas líneas, aunque le doliera a Kraus, hay mucho periodismo. Ese nefasto punto y aparte. Además una de las estrategias que utilizó es la de citar muchos artículos (titulares, extractos) de periódicos a los que ataca, enseñando de modo periodístico cómo opera la prensa a imagen de lo que harán los penosos críticos de televisión que analizan video –montajes y tratamientos de una noticia, creyendo que así están por encima del resto por seguir una muy loable ética periodística. A ello se suma el estilo de Kraus harto reconocible por incisivo e irónico, lleno de metáforas exageradas:

El putanismo se prostituye hoy en día al relacionarse con el periodismo más miserable y así como resulta embarazoso ver agolparse en la primera plana de la bajeza económica e intelectual más conspicuos de la ciencia como colaboradores de la Neue Freie Presse, es también vergonzoso encontrar a un séquito de honestos clientes sexuales en la trasera de una falsa moral que pone a cualquiera en un brote. (La prensa como alcahueta)

“El putanismo se prostituye en los periódicos”, o perlas como “Debe su provecho a ese Heinrich Heine que le aflojó tanto el corsé a la lengua alemana que hoy en día todos los dependientes de comercio pueden tocarle los pechos” (Heine y las consecuencias) o “La ideología del Deutsches Volksblatt en la que el ideal ético de un encerrador del matadero de Sankt Markt se combina orgánicamente con el ideal estético de una vendedora de velas sacras” (El caso Hervay). En resumen, criticó la dejadez en el lenguaje y los usos algo soeces y superficiales de Heine que él también utilizó. Este tipo de comentarios aparecen continuamente en medio de análisis más templados y el simple enunciado de datos entre los que se esconden ¡Como en el periodismo!

Pese a estas observaciones, debemos admitir que la retórica de Kraus hará mella a lo largo del siglo XX, especialmente en los propios medios que él rechaza: la figura del crítico o el columnista (de sociedad, arte, literatura, política) imitará su estilo en muchos casos, como atributo de originalidad y espontaneidad. Heine, filtrado por Nietzsche es el punto de partida, y autores posteriores como Thomas Bernhard, Adorno, Elfriede Jelinek, el gran séquito de escritores –periodistas y columnistas de opinión con aspiración crítica, seguirán a Kraus en este aspecto.

Tampoco hay que olvidar sus brotes engreídos y chulescos: “no considero preciso resaltar que mi traducción es la única autorizada en Alemania” (Diccionario Harden), y tiene demasiado creído su papel como sátiro y crítico implacable, como “publicista que en cuestiones políticas considera mejores hombres a los “salvajes” y que no se ha dejado tentar por ninguna de las opiniones representadas en la Dieta Imperial para abandonar su puesto de observación. Lleva alegremente el estigma de la deslealtad política dibujado sobre la frente.”(La antorcha). ¿Cómo no puede caer en el narcisismo alguien que escribe un verso como “Enraizado en lo que odio/ me crezco yo sobre estos tiempos”?

Por todo ello, reconozcamos que gracias a los más fieles al templo de la crítica, la fama y virtud de Kraus ha sido abultada, incluso a veces desmesurada. Aún así, sería injusto repasar únicamente todos sus defectos, pues esta popularidad le viene también por méritos propios: En su estrategia para abordar los temas cabe la fina y sutil ironía sin caer en las medias tintas (Efectos y consecuencias de la Revolución rusa sobre la literatura universal). Fue de los primeros en advertir el cambio epistemológico que opera en los incipientes medios de comunicación –el debate sobre la moralidad no es realmente lo juzgado, sino la excusa para convertirlo en cosa pública–; en fustigar la vulgar hipocresía del turismo (Una declaración de principios), aunque al mismo tiempo debamos a Kraus, como a Johnatan Swift, la sátira más dura contra la sociedad y la idiosincrasia en la que viven, sin ningún temor o remilgo, hasta el último aliento.

Seguramente nadie ha sido tan duro con Viena como el propio Kraus, a riesgo de parecer un simple alborotador: “El programa político de este periódico no ha elegido como lema un sonoro lo que levantamos, sino un sincero lo que tumbamos (La antorcha). Pierre Bordieu elogiaba de él que no sólo había arremetido contra lo vulgar, sino también contra el mundo intelectual, el suyo. Kraus fue pionero en denunciar todos los beneficios de un panorama intelectual cerrado donde todos se protegen, hecho que impide toda crítica seria. Periodistas y presentadores de televisión convertidos en escritores, convertidos después en sociólogos, sociólogos convertidos en novelistas –¿sirve como ejemplo actual Umberto Eco? –, todo un vaudeville intelectual donde la crítica acaba siendo inexistente. También vislumbró en un artículo menos pirotécnico como Dietario lo que hoy es un tema actual como el peligro que tiene la abundante percepción de las imágenes crueles (Paul Virilio).

Estos posmodernos, que creen haber descubierto algo.

Que “Nuestra moral es en verdad una madre que alecciona a su hijo con una bofetada cuando el niño pregunta qué significa la palabra puta en Los bandidos de Schiller” era quizás válida en la Austria finisecular, pero no hoy, donde si aún queda falsedad moral, utiliza a modo de propaganda la libertad sexual y la decencia a partes iguales. El paso del tiempo retrata a Kraus como alguien demasiado taxativo ante un siglo que, usando la terminología de Bauman, se presentaría líquido, escurridizo y mutable. Una de las consignas que definen, a mi entender, su carácter es una formula suya, de nuevo contra Heine. Dice que lo propio del artista es que “sus logros son los escrúpulos: ataca, pero vacila después de haber atacado.”

Esta es la concepción de Kraus, que aún hoy habita en todo espíritu crítico con más pompa que circunstancia, y que quizás ya es hora de superar. Ir más allá de la cultura de la proclama y la queja de amargo sabor adolescente, donde es más importante criticar que revisar el fundamento de la crítica. Esto último es en realidad una trampa de la cual quizás Kraus escapó –o no– pero no sus seguidores; la que señalaba Musil, otro vienés ilustre: hablar de la estupidez ubicándose a distancia sin ver que por esa vanagloria se cae en ella.

Ante esta trampa, y ante Kraus, cabe oponer lo que éste mismo nos enseñó.

Distancia. Mucha más.