2005

EL ROCE (IV)

Son precisas dos aclaraciones. En la pasión de Cristo no hay resignación. Si Cristo fuera un mero resignado no sería Dios ni tendría poder redentor alguno. Las plantas y las piedras se resignan mucho también. Cristo actúa, está cumpliendo una misión, y esa misión le viene dada por Dios Padre. Por otra parte el cristianismo tiene poco que ver con el estoicismo. El estoico, lo mismo que el sujeto schopenhauriano, aguanta, se resigna, lo encaja todo porque sabe que, en el fondo, todo es vanidad y finitud. El cristiano, en cambio, sin apartar nunca de sí la idea de una humanidad caída, encuentra motivos de sobras, en Dios mismo y en sus criaturas, para superar la maldad y la mezquindad habituales de su entorno

Tampoco creo que existan los santos sin Dios, es decir, individuos que creen haber llegado o creen poder llegar a las virtudes supremas por sí mismos. Sin Gracia, para mí, no hay santidad, ni siquiera su posibilidad. Por cierto, hay un relato buenísimo de Flannery O´Connor sobre esto que se titula Los lisiados entrarán primero. Desde un punto de vista cristiano un santo sin Dios o bien es la viva imagen del diablo o bien es un pobre diablo, dependiendo, entre otras cosas, del reconocimiento que obtenga entre los demás. Con ello, por supuesto, no pretendo afirmar que tan sólo algunos creyentes puedan alcanzar la beatitud. Sería muy injusto. Digo únicamente que aquello por lo que nos vemos impulsados a tratar mejor al prójimo posee una dimensión incontrolable que trasciende a nuestras acciones. Y aquí es por donde entra Dios en nuestras vidas.

EL ROCE (V)

Sí: el santo secular es un idiota, un pobre diablo… como Clément Rosset o el propio Mishkin… y quién sabe si el propio Kierkegaard. Pero no estoy muy segura (porque me falta la fe) de que se pueda ser algo más que eso, es decir, de que la santidad sea posible hoy si es cierto que no la hay sin el supuesto de la existencia de Dios. Ni tampoco estoy muy segura de que las piedras o las plantas se resignen… la resignación es humana, es un movimiento del alma. Y no concibo que los seres inanimados tengan, precisamente, alma.

De todos modos, sí hay una diferencia entre el estoico y el idiota. El estoico simplemente hace un ejercicio de ataraxia, se sustrae a la mezquindad de modo pasivo, por decirlo de algún modo (intenta convertirse en una piedra, o en una planta, intenta despojarse del alma, fuente de todos los sufrimientos). Mientras que el idiota resiste la maldad activamente: no sólo se resigna a la mezquindad (no acusa a sus congéneres de ser mezquinos, ni resiente su miseria), sino que encuentra en ella un pretexto para actuar de un modo menos mezquino que el de sus vecinos. Busca, por decirlo a la manera cursi argulloliana, reconquistar su alma. Por ejemplo, intenta no mentir. Y, en resumidas cuentas, intenta mejorar. Es, según creo, el proyecto del superhombre de Nietzsche, que no me parece equivalente al de la tradición clásica, aunque sin duda comparten el ser tentativas de alcanzar un modo de vida “logrado”(si bien eso también lo comparte con el cristianismo). Pero claro, ser dueño de la propia alma es, sin duda, una herejía: porque supongo que, para el santo, su alma es la de Dios, es decir, se despoja de su alma y se la entrega a Dios.

De modo, pues, que de acuerdo con lo que se ha observado y con lo dicho ahora, estamos hablando de tres modelos de conducta, o de acción, que casualmente coinciden con tres cosmovisiones (o tradiciones) distintas: el estoico (mundo clásico), el santo (mundo cristiano), y el idiota o el superhombre (mundo moderno secularizado).

EL ROCE (III)

Es cierto que en Dostoievsky siempre sucede que el afán de perfección moral desemboca en la mezquindad más lamentable. Y también que quienes se sustraen a esa “sensibilidad”, quienes, en una suerte de revisión crística (avant la lettre) del superhombre nietzscheano, se hacen más fuertes en la adversidad hasta aprender a sonreírle y a compadecer al individuo mezquino, consiguen una forma de santidad. En El idiota, por ejemplo, el príncipe Mishkin es el santo del que hablamos. Sin embargo no estoy muy segura de que el roce sea con uno mismo. Creo, a juzgar por mi propia experiencia y no sólo por lo que muestra la literatura, que el roce es con los otros. Lo cual no impide que se convierta en la ocasión para el retorno a uno mismo y para la elección: porque tras el roce, uno puede volver a sí mezquino o santo. Y tal vez vivir consista en parte en escoger de qué manera uno vuelve a sí mismo tras el roce con los otros. Pero los otros existen. El mundo no es un lugar poblado de mónadas indiferentes a los movimientos de sus vecinas. La cuestión es que el contacto con los otros, inevitable, suele ser doloroso porque uno quisiera que ellos fueran un yo exterior (o sea, idénticos a sí), y busca en ellos afecto, consideración, comprensión, … Quién sabe si la mezquindad no consiste precisamente en buscar en los otros esas cosas. Sin embargo, la grandeza de Dostoievsky es que no elude el problema: la miseria, la mezquindad tiene algo de inevitable, de fatal, y es consustancial a lo humano. Por eso es posible la santidad, como superación de la condición humana. De lo contrario lo fatal sería la santidad. La cuestión es permitir que el roce sea doloroso, admitirlo, dejar que sobre nuestro cuerpo desollado venga un vecino a frotarse… ¿la resignación, al fin, la pasión de Cristo, no consiste en esto? El cuerpo está en efecto castigado por el roce con los otros, tiene que estarlo para que sea posible el perdón. Uno no se perdona a sí mismo (en fin: la gente se perdona todo el tiempo a sí misma y no a los demás, pero lo recomendable desde el punto de vista del que partimos es hacer lo contrario): perdona a los otros.

EL ROCE (II)

El roce en cuestión es el de un sujeto consigo mismo y no con los demás. Es la actitud típica del desesperado. Huye de su propia persona, de su fundamental carencia y se refugia en los demás, en sus vicios y desórdenes, ampliándolos y desfigurándolos. Cree actuar por un afán de perfección moral y termina siendo más mezquino que todos los mezquinos juntos. Lo trágico de este personaje es la fatalidad a la que se ve abocado. Los motivos para renegar y maldecir al prójimo no cesan, no pueden cesar, de la misma manera que el fuego no puede dejar de quemar, además de alumbrar o calentar. Por otro lado el aislamiento al que se somete hace aún más insufrible cualquier contacto, real o imaginario, con los otros.

Se podría escribir un nubarrón caracterizando al tipo contrario, es decir, un individuo que, ante la mezquindad ajena y cotidiana, no puede dejar de esbozar una sonrisa compasiva y encontrar alicientes para ser una persona más generosa y justa. Esto, aunque parezca extraño, está relacionado con la santidad. Y ya que estamos con Dostoievsky, quizá el personaje más cercano a este segundo tipo sea el stárets Zosima de Los hermanos Karamazov.

EL ROCE (I)

Algunos individuos, como el personaje de las Memorias del subsuelo y tantos otros de Dostoievsky, padecen una enfermedad moderna que consiste en tener la piel demasiado fina, demasiado sensible, tal vez precisamente a causa de un roce tan excesivo como involuntario e inevitable con sus semejantes. En tales individuos se observa una desmedida susceptibilidad, de tal manera que el menor incidente de la vida cotidiana donde asome una brizna de mezquindad o, tan sólo, de descuido, es vivida como una auténtica agresión imperdonable: un vecino que se cruza sin mediar un saludo o una sonrisa; un dependiente que lo ve aguardando ayuda y no obstante se hace el distraído, o el ocupado, obligándole a perseguirlo por toda la tienda durante diez minutos; un compañero que se sirve el café y lo termina ante sus narices, sin hacer el mínimo ademán de preguntarle si quiere tomar por si hace falta compartir; un pasajero que lo empuja para entrar en el vagón sin esperar a que él haya salido; un cliente al que cede el paso en una tienda de la que sale sin agradecerle siquiera que le haya cedido el paso; o simplemente, como en las Memorias del subsuelo, un individuo que lo choca por la calle en sentido contrario y ni siquiera se da vuelta para excusarse. ¿Pero por qué no puede convivir con la maldad del prójimo de un modo parecido a como se convive con las inclemencias del tiempo, es decir, con serenidad, con resignación o con indiferencia? Porque todos esos incidentes, menores pero tan frecuentes, donde se roza con los otros, le van desgastando la piel hasta desollarlo. De ahí que al final el menor contacto con otro le resulte tan doloroso.

SOBRE ESCHER

En un artículo de Scientific American sobre la gravedad y la mecánica cuántica se cita a M. C. Escher y se lo elogia porque fue capaz de dibujar en dos dimensiones algunos conceptos de la física del siglo xx. La dirección http://www.math.technion.ac.il/~rl/M.C.Escher/ permite hacerse una idea de la obra de Escher.

Personalmente, encuentro que las ocurrencias de Escher son de una apabullante ingenuidad, muy a tono con la sensibilidad y criterio estético/artístico de los científicos. Es curioso, pero el gusto de los científicos se suele componer de una mezcla de literalidad temática y kitsch. En materia de representación, a los científicos les gusta todo lo que se ve a primera vista. Si tuvieran que dar un consejo a los artistas sería algo así como un “Hala, píntalo; pero que se entienda”. Les gustan mucho las escenas oníricas, los hombrecitos, los edificios y los arabescos compuestos con animales que dibuja Escher.

Las ilustraciones de Escher responden siempre a la misma pauta: el quiasmo, por eso tienes la impresión de que las entiendes a primera vista, aunque la verdad es que no puedes entenderlas porque no tienen ningún sentido. Lo único que ves es el quiasmo. Sus dibujos parecen enigmáticos o sugestivos pero unque lo cierto es que en ellos no hay nada que entender. Son puramente gestuales, como una proposición analítica (“La nieve es blanca si y sólo si la nieve es blanca”, “A = A”; o la broma: “No es lo mismo diez metros de tela negra que te la meta un negro de diez metros”). Cuando mucho, Escher consigue funcionar como un juego para entretener a los niños en la sala de espera del dentista, como el cubo de Rubik, que parece inteligente y sólo es una ocupación ideal para inquietar a los que no consiguen reconocer los verdaderos problemas. Escher anticipa el kitsch cibernético. Su gráfica es como el WYSIWYG de la tecnología digital, que está bien para trabajar con una pantalla pero que, desde un punto de vista estético, es un retroceso al peor realismo mimético, como los cuadros de David, pero sin los temas mitológicos. Y por lo que toca a sus motivos, una “fantasía” de Escher es tan sugerente como un trompe-l’oeuil. Luce bien en la pared de un estudio (no de un salón y, desde luego, nunca en el comedor o en el dormitorio) y sobre todo es ideal para llevarla estampada en una camiseta. Si no me creen, sigan el vínculo http://worldofescher.com/.

IMPORTUNO

Después de escuchar el discurso acerca de la vida literaria de aquel hombre, miraste el reloj, a quienes compartían contigo la mesa y, finalmente, aburrido echaste un trago. Durante los minutos siguientes, mientras intentabas mantener la línea de los ojos, al conversar con la mujer de pecho abultado y generoso escote que, sentada a tu lado, se acariciaba el cuello al hablar, recordabas lo dicho por aquel hombre. Insistía en ti la sospecha hacia quienes dicen y subrayan, como él, que lo suyo es vocacional. Es común en ellos, te dices, hablar de lo mucho que han escrito, buscar indicios en el pasado remoto de su historia personal y declarar, como algo significativo y concluyente, que a una edad muy temprana escribieron sus primeros poemas. Insinúan que, de alguna manera, fueron llamados para ello.

Apartada la mirada de la mujer del escote, pensaste en los posibles motivos que llevan a manifestar que uno escribe por vocación: Uno primero estaría relacionado con la estimación desmesurada que se puede tener de uno mismo. Ésta justificaría la querencia de ser el preferido, o la actitud vanidosa que, tan ridícula, apetece excitar la envidia de los demás. Otro, quizá de aquellos más inseguros, podría ser querer evitar que a uno se le considere superfluo y, para ello, necesite repetir que así nació, que posee una suerte de talento innato o sobrenatural. Un tercer motivo, algo más serio, sería querer dar respuesta a la molesta pregunta: qué hago aquí. Pensaste que quizá con sus palabras ellos se demuestren que tienen una función, en su caso escribir, y le den legitimidad creyendo que estaban predestinados a ello. De alguna manera, darían sentido al invento que es su yo y, no satisfechos con ello, pretenderían situarlo como algo que siempre estuvo allí, para encubrir su arbitrariedad.

Volviendo la mirada a la mujer del escote, llevado por la calentura, recuerdas, proyectado en los pechos, a un hombre que se dejaba ver de vez en cuando. Él decía que en algún momento, por los motivos que fueren, uno sin más decide dedicarse a la palabra, y que basta un poco de talento y muchas horas de trabajo. No habías terminado de recordar esta frase cuando oíste, de nuevo, la voz del hombre del discurso, recitando esta vez un poema. Te disgustó, pero no el escucharle, sino el ver que la mujer prestaba atención y que tenías que soportar aquella voz sin líquido en tu vaso.

PERSPECTIVA

Desciendo la escalera del edificio donde se encuentra mi casa y lo hago cargada de bolsas de basura llenas de papeles, de recipientes o de objetos que un día tuvieron un valor y decidí guardar pero que hoy se han convertido en un lastre, en algo cuya única cualidad es restar espacio mientras, de manera callada pero constante, van juntando polvo para alojar a tantos otros moradores ínfimos. Bajo, pues, cargada, convencida de estar desterrando para siempre los desperdicios de mi vida. Al regresar del último viaje me detengo en el buzón, lo abro, lo vacío, y subo a mi casa con unos cuantos papeles que descansarán en un montón creciente, juntando polvo una vez más, hasta que pase el tiempo necesario y sienta de nuevo que me ahogo, que los objetos han vuelto a invadir mi escaso espacio valiéndose de mi afán de acaudalar. Y cuando, al llegar al recibidor, amontono los papeles recogidos, como tantas otras veces, en el mismo lugar, me invade una certera sensación de ser como un insecto dedicado a una actividad monótona e incomprensible a la que no obedece por placer, ni por deber, sino tan sólo porque así lo dicta su naturaleza. Como si, ante el montoncito naciente de papeles recién traídos, hubiera cobrado, por un instante, la perspectiva de alguien que mirase desde afuera, o desde arriba, o desde muy lejos: toda mi actividad cotidiana se me antoja como la colecta y desecho de objetos, y me parece tan obstinada, tan sin propósito, como la de un escarabajo pelotero.

no te engañes en tu interior sabes que también será bueno para ti

Qué enternecedor el último (hasta el momento) anuncio del ministerio de Sanidad. Ya no se trata de precavernos sobre los peligros del tabaco ni siquiera de persuadir a la población para que abandone los cigarrillos en aras de preservar la salud de los fumadores pasivos, lentamente envenenados por el venenoso humo, sino de una entrañable defensa de la estrambótica ley conocida popularmente como ‘anti-tabaco’. El anuncio nos muestra un rostro femenino (hay versión masculina en la recámara) con la cabeza gacha: como esos niños que vienen a disculparse con el gesto sin que les vengan las palabras a la cabeza o con el orgullo bloqueándolas, esperando que sea el adulto el que interprete el sentido arrepentimiento, y lo calme; y su lema viene a decirnos: ‘Sabes qué es por tu bien’. Una deliciosa apelación a la voz de la conciencia que suele emplearse, o bien, cuando el que la emite (el adulto, el padre, el cura o el gobierno paternalista) se queda sin argumentos, o bien, cuando se toma al receptor como a un imbécil o a un bebé emocional. No podemos descartar, ante la innegable eficacia con la que campañas de este tipo incitan a los no fumadores a pasarnos al lado oscuro, que detrás de este anuncio de sanidad se oculte un topo. O Tabacalera.

LA FORJA DEL ESCRITOR

Echando un vistazo a un blog, encuentro un intenso intercambio acerca del origen de una frase usada en una novela de Juan Marsé. La frase era: “El comportamiento de un cadáver en alta mar es imprevisible”. Según un contribuyente al blog esa frase coincidía literalmente —y de un modo incriminatorio—, con una frase usada por el cronista de un periódico en una noticia de los años 80. El descubridor de la fechoría de Marsé, había conseguido hacerse con la crónica completa, y la transcribía para que se viera el lugar preciso en que aparecía la frase usada por Marsé. Se trataba de un caso en el que había aparecido en la orilla de una playa del litoral catalán, el cadáver de un individuo que, a la postre, portaba en algún bolsillo de su ropa la llave del camarote del barco desde el cual se había precipitado al agua. Según la investigación policial, en el momento en que el individuo cayó al mar, el barco estaba muy lejos de la orilla en que apareció su cuerpo inerte. Razón por la cual el cronista se vio obligado a aclarar, de acuerdo con las indicaciones de los “expertos”, que “el comportamiento de un cadáver en alta mar es imprevisible” La discusión se bifurcaba luego, gracias a los interrogantes que aportaban otros contribuyentes al blog: se trataba de saber si la novela de Marsé había aparecido antes o después que la crónica, si podía probarse, en fin, que la frase había sido copiada del cronista.

Sin embargo la discusión parecía un poco banal, por lo menos desde el punto de vista literario. Porque, aun cuando Marsé hubiera extraído la frase de la crónica de un periodista, lo cierto es que sólo el escritor se dio cuenta de lo aberrante o anómala que era, mientras que cuando el cronista la escribió creyó estar informando de algo. Lo que evidencia este episodio es que el escritor es quien, entre otras cosas, tiene la capacidad de observar atentamente el lenguaje ordinario y de extraer de él, si la ocasión lo merece, auténticos hallazgos literarios que, sin embargo, en el contexto en el que aparecen no son más que desatinos verbales. Hace falta trasponer la frase “el comportamiento de un cadáver en alta mar es imprevisible” al ámbito literario-poético para que sea “admisible” e incluso sugerente. Pero es evidente que en medio de una crónica no podía tratarse más que de un mala elección formal para expresar tan sólo que “la deriva” y no “el comportamiento” de un cadáver en alta mar, es imprevisible.