PERSPECTIVA

Desciendo la escalera del edificio donde se encuentra mi casa y lo hago cargada de bolsas de basura llenas de papeles, de recipientes o de objetos que un día tuvieron un valor y decidí guardar pero que hoy se han convertido en un lastre, en algo cuya única cualidad es restar espacio mientras, de manera callada pero constante, van juntando polvo para alojar a tantos otros moradores ínfimos. Bajo, pues, cargada, convencida de estar desterrando para siempre los desperdicios de mi vida. Al regresar del último viaje me detengo en el buzón, lo abro, lo vacío, y subo a mi casa con unos cuantos papeles que descansarán en un montón creciente, juntando polvo una vez más, hasta que pase el tiempo necesario y sienta de nuevo que me ahogo, que los objetos han vuelto a invadir mi escaso espacio valiéndose de mi afán de acaudalar. Y cuando, al llegar al recibidor, amontono los papeles recogidos, como tantas otras veces, en el mismo lugar, me invade una certera sensación de ser como un insecto dedicado a una actividad monótona e incomprensible a la que no obedece por placer, ni por deber, sino tan sólo porque así lo dicta su naturaleza. Como si, ante el montoncito naciente de papeles recién traídos, hubiera cobrado, por un instante, la perspectiva de alguien que mirase desde afuera, o desde arriba, o desde muy lejos: toda mi actividad cotidiana se me antoja como la colecta y desecho de objetos, y me parece tan obstinada, tan sin propósito, como la de un escarabajo pelotero.

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