EL ROCE (I)

Algunos individuos, como el personaje de las Memorias del subsuelo y tantos otros de Dostoievsky, padecen una enfermedad moderna que consiste en tener la piel demasiado fina, demasiado sensible, tal vez precisamente a causa de un roce tan excesivo como involuntario e inevitable con sus semejantes. En tales individuos se observa una desmedida susceptibilidad, de tal manera que el menor incidente de la vida cotidiana donde asome una brizna de mezquindad o, tan sólo, de descuido, es vivida como una auténtica agresión imperdonable: un vecino que se cruza sin mediar un saludo o una sonrisa; un dependiente que lo ve aguardando ayuda y no obstante se hace el distraído, o el ocupado, obligándole a perseguirlo por toda la tienda durante diez minutos; un compañero que se sirve el café y lo termina ante sus narices, sin hacer el mínimo ademán de preguntarle si quiere tomar por si hace falta compartir; un pasajero que lo empuja para entrar en el vagón sin esperar a que él haya salido; un cliente al que cede el paso en una tienda de la que sale sin agradecerle siquiera que le haya cedido el paso; o simplemente, como en las Memorias del subsuelo, un individuo que lo choca por la calle en sentido contrario y ni siquiera se da vuelta para excusarse. ¿Pero por qué no puede convivir con la maldad del prójimo de un modo parecido a como se convive con las inclemencias del tiempo, es decir, con serenidad, con resignación o con indiferencia? Porque todos esos incidentes, menores pero tan frecuentes, donde se roza con los otros, le van desgastando la piel hasta desollarlo. De ahí que al final el menor contacto con otro le resulte tan doloroso.

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