EL ROCE (III)

Es cierto que en Dostoievsky siempre sucede que el afán de perfección moral desemboca en la mezquindad más lamentable. Y también que quienes se sustraen a esa “sensibilidad”, quienes, en una suerte de revisión crística (avant la lettre) del superhombre nietzscheano, se hacen más fuertes en la adversidad hasta aprender a sonreírle y a compadecer al individuo mezquino, consiguen una forma de santidad. En El idiota, por ejemplo, el príncipe Mishkin es el santo del que hablamos. Sin embargo no estoy muy segura de que el roce sea con uno mismo. Creo, a juzgar por mi propia experiencia y no sólo por lo que muestra la literatura, que el roce es con los otros. Lo cual no impide que se convierta en la ocasión para el retorno a uno mismo y para la elección: porque tras el roce, uno puede volver a sí mezquino o santo. Y tal vez vivir consista en parte en escoger de qué manera uno vuelve a sí mismo tras el roce con los otros. Pero los otros existen. El mundo no es un lugar poblado de mónadas indiferentes a los movimientos de sus vecinas. La cuestión es que el contacto con los otros, inevitable, suele ser doloroso porque uno quisiera que ellos fueran un yo exterior (o sea, idénticos a sí), y busca en ellos afecto, consideración, comprensión, … Quién sabe si la mezquindad no consiste precisamente en buscar en los otros esas cosas. Sin embargo, la grandeza de Dostoievsky es que no elude el problema: la miseria, la mezquindad tiene algo de inevitable, de fatal, y es consustancial a lo humano. Por eso es posible la santidad, como superación de la condición humana. De lo contrario lo fatal sería la santidad. La cuestión es permitir que el roce sea doloroso, admitirlo, dejar que sobre nuestro cuerpo desollado venga un vecino a frotarse… ¿la resignación, al fin, la pasión de Cristo, no consiste en esto? El cuerpo está en efecto castigado por el roce con los otros, tiene que estarlo para que sea posible el perdón. Uno no se perdona a sí mismo (en fin: la gente se perdona todo el tiempo a sí misma y no a los demás, pero lo recomendable desde el punto de vista del que partimos es hacer lo contrario): perdona a los otros.

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