EL ROCE (IV)

Son precisas dos aclaraciones. En la pasión de Cristo no hay resignación. Si Cristo fuera un mero resignado no sería Dios ni tendría poder redentor alguno. Las plantas y las piedras se resignan mucho también. Cristo actúa, está cumpliendo una misión, y esa misión le viene dada por Dios Padre. Por otra parte el cristianismo tiene poco que ver con el estoicismo. El estoico, lo mismo que el sujeto schopenhauriano, aguanta, se resigna, lo encaja todo porque sabe que, en el fondo, todo es vanidad y finitud. El cristiano, en cambio, sin apartar nunca de sí la idea de una humanidad caída, encuentra motivos de sobras, en Dios mismo y en sus criaturas, para superar la maldad y la mezquindad habituales de su entorno

Tampoco creo que existan los santos sin Dios, es decir, individuos que creen haber llegado o creen poder llegar a las virtudes supremas por sí mismos. Sin Gracia, para mí, no hay santidad, ni siquiera su posibilidad. Por cierto, hay un relato buenísimo de Flannery O´Connor sobre esto que se titula Los lisiados entrarán primero. Desde un punto de vista cristiano un santo sin Dios o bien es la viva imagen del diablo o bien es un pobre diablo, dependiendo, entre otras cosas, del reconocimiento que obtenga entre los demás. Con ello, por supuesto, no pretendo afirmar que tan sólo algunos creyentes puedan alcanzar la beatitud. Sería muy injusto. Digo únicamente que aquello por lo que nos vemos impulsados a tratar mejor al prójimo posee una dimensión incontrolable que trasciende a nuestras acciones. Y aquí es por donde entra Dios en nuestras vidas.

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