VENTANAS BOBAS

En La ventana indiscreta, Hitchcock nos emplazaba, junto a un inmovilizado James Stewart, a ser testigos de fragmentos de algunas vidas en aquel barrio de Nueva York: la bailarina asediada por los hombres, la señorita Corazón Solitario -con menos suerte-, la entusiasta pareja de recién casados, el viejo matrimonio que intenta dormir en el balcón huyendo del calor, el asesino.

Para alguien que viene de una ciudad donde las casas no tienen más de dos pisos, Barcelona es una fiesta de ventanas y es casi imposible que, si se tiene algo de vista desde la propia casa, no se haya tenido también alguna vez la tentación de espiar a los vecinos -de una proximidad, por lo demás, que la imaginación del urbanista más promiscuo no hubiese sido capaz de soñar. Uno no sabe muy bien lo que espera ver, y probablemente no espere mucho más que asomarse a una escena banal de la vida igualmente banal que se deja ver tras las ventanas cotidianas.

Pero si alguna noche la posición permite un resquicio de la ventana de enfrente, la escena repetida es, de modo irremediable, la misma: una cabeza, o apenas un perfil recortado frente a las intermitentes luces emitidas por la pantalla de un televisor.

Entre las infinitas fantasías que han sido aniquiladas por la televisión, la paradoja ha querido que una de ellas sea, justamente, la del voyeurismo.

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