HERMANOS (II)

Permíteme, Elisenda, matizar y radicalizar tu reflexión con dos apuntes.

La historia de Caín y Abel es una historia de hermanos, y no de individuos distintos entre sí, entre los que tú incluirías, como ejemplo paradigmático, el caso de los hermanos. Si se tratara de dos individuos distintos sin más la historia no presentaría ningún problema o éste vendría bastante mitigado: dos amigos pueden dejar de serlo. Dos hermanos, no (a menos que uno termine con el otro).

No es una historia que ilustra la diferencia fundamental entre dos hermanos. Ahí se te escapa el matiz shakesperiano y bíblico del asunto. La historia nos habla del salto de una diferencia no asumida a la acción directa. Tú describes o reflexionas en torno a la causa pero el relato, que da la causa por supuesta, se centra en el efecto. Caín suprime a su hermano. El asesinato simboliza aquí de forma extrema el impulso, entre siniestro y abismal, por el que un individuo decide actuar realmente en perjuicio de su hermano.

HERMANOS

La historia de Caín y Abel no es sólo, ni en primera instancia, una elaboración mítica de la inevitable ruindad de los seres humanos, capaces de odiar a un semejante incluso cuando el vínculo que los une a él es consanguíneo. Lo que encierra esa historia es mucho más inquietante, es algo cuyas razones desconocemos aún hoy: por qué los individuos son tan distintos entre sí, incluso cuando proceden de un mismo origen, de una misma madre y un mismo padre, incluso cuando han recibido una educación similar y se han beneficiado de un cariño parejo. La historia de Caín y Abel se repite en cada familia y así, entre casi todos los hermanos del mundo, media una diferencia tan acusada como la que separa a un individuo de otro cualquiera tomado al azar. La historia de Caín y Abel se repite cada vez que dos hermanos reparan en que el adulto que tienen en frente no es una extensión de ellos mismos, o de sus vidas, si no un perfecto desconocido y, muchas veces, alguien a quien hubiera sido preferible no conocer.

JUSTICIA INFINITA

Lo único que parece hacer vibrar nuestra irremediable tendencia a lo justo tras la muerte de Dios parece ser seguir buscando pecadores, o culpables. Palabras de nuevo cuño como “lo denunciable” (no se ha inventado, en cambio, “lo juzgable”) demuestran que esta furia es incontenible. También la discusión jurídica sobre si es posible la “muerte natural”, porque incluso en lo natural hay que buscar responsabilidades. Todo este mundo se mueve por una molestia infinita, un picor permanente, sea en las reclamaciones de descendientes de víctimas de los nazis o del tabaco, sea en los pentimentos públicos de Papas o jefes de Estado por masacres cometidas siglos atrás.

Igualmente en las protestas contra los “equipamientos” sociales no deseados, es decir, prisiones, aeropuertos, líneas eléctricas, cualquier cosa que ensucie o haga ruido, diagnosticadas como “efecto NIMBY” (not in my back yard), donde la misma etiqueta de “efecto” ya connota su carácter de patología social: o “sociopatía”.

EXPLORADORES

Para hablar de los demás, cuando realmente lo son -cuando hablan lenguas extrañas, comen alimentos desconocidos, se mueven a deshora, pululan como alimañas incomprensibles-, incluso quien más penetra en el territorio ajeno tiene que hacerlo mirando hacia los propios, de espaldas a aquellos de los que se habla. Todo explorador avanza así, a la manera del ángel de Klee que fascinaba a Benjamin. Huye de los suyos mirando hacia ellos, se adentra en lo nuevo sin mirarlo a la cara. Si no lo hiciera así, su aventura no tendría relato, porque entonces debería perderse en lo que explora, y su nueva voz, en la lengua nueva, sería inaudible.

Corresponsales de guerra o de cualquier otro accidente reseñable en la televisión: hablan hacia la cámara y de espaldas al escenario que están explicando. ¿Cómo sería un enviado que hablara mirando lo que generalmente queda tras él? ¿No cambiaría su voz, no debería acomodarse a un cierto respeto hacia aquello que contempla? ¿Sería algo más que un observador que comenta con voz meditabunda un desastre?

IRONÍA Y TURBANTES

Uno de los numerosos aspectos donde los europeos están en inferioridad de condiciones con los islamistas –escenificado una vez más en el asunto de las caricaturas– es una consecuencia de nuestro agnosticismo funcional que consiste en no terminar de comprender que la fe de los musulmanes, sea o no mucho menos verdadera de lo que ellos creen, es, sin duda, mucho más de verdad de lo que somos capaces de aceptar. Pese a los ataques suicidas, las fatwas, las teocracias y las recurrentes amenazas contra las deportistas, el occidental se obstina en esperar ese momento revelador en el que observará, por fin, en el creyente musulmán un reflejo de su propia manera de ser. Ya no algo de su ironía o de su cinismo, pero sí por lo menos una sonrisa debajo del turbante que reblandezca la máscara de la solemnidad ortodoxa y el fastidioso deber de llevar las cosas hasta sus últimas consecuencias.

Creer y sentir con tanta intensidad en algo (incluso si se trata de ser ‘ateo’ o ‘demócrata’) nos incomoda, y la observación coherente y constante de los propios principios como la que nos viene del Islam se convierte, entre nosotros, en un escollo considerable. El fanático religioso (¿el creyente?) viene a ser para un europeo que se declara civilizado como esas coquetas disquisiciones sobre las dimensiones del universo que podemos combinar verbalmente y calcular pero ante las que la imaginación se retrae. Algo que exige por comodidad, higiene y gusto ser encapsulado y escondido. Limitado. Y como es bien sabido, delante de la necesidad de imponer un límite moral hay siempre un tabú, aunque éste crezca en el terreno más inesperado.

ALEGORIZACIÓN DEL MUNDO

Las imágenes de los espacios televisivos de información tienen como propiedad fundamental el ser tan fácilmente alegorizables, que parecen concebidas especialmente para ser interpretadas de ese modo. Un policía maltratando a un detenido es al instante leído (tal vez habría que decir escrito) como “la policía maltrata a los detenidos”. De ahí se pasa a la ideología con rapidez: la injusticia reina en nuestro país, o en nuestro mundo, etc. Con vaga intuición de esto, muchas veces los mismos periodistas hablan de algunas imágenes como “metáforas” de una situación. Para ser más precisos, deberían decir “emblemas”. Pues la metáfora efectúa un desplazamiento imaginativo (no ideológico) de sentido. El emblema, en cambio, y de manera muy ajustada a la información televisiva, propone a la reflexión una imagen de la que se puede prever la lectura (un poco al modo de la interrogación retórica, tan utilizada por los discursos pedagógico y político, muy próximos en la constelación democrática: “¿no es verdad que…?”). Que la inscriptio del emblema televisivo se elabore en casa del telespectador no impide, por supuesto, su uso interesado, pues es sabido que no hay mejor demagogo que el que deja a sus oyentes llegar “por sí mismos” a la conclusión que pretende inculcarles (de nuevo la interrogación retórica).

Habría que estudiar la temporalidad (es decir, el efecto de la seriación) en estos emblemas, cuando una serie de imágenes se convierte, por su recurrencia, en capítulos de una demostración, y la viñeta alegórica acumula sentido en su alineación con otras precedentes y –lo que resulta del todo penoso- con otras esperables: el dictador cada vez más execrable, el triunfador una y otra vez simpático, el pueblo –siempre algún pueblo- oprimido, la alegría colectiva –la individual sólo parece posible en la ficción… ¿Se pasa entonces, directamente, al tópico, a la mitología?

ATRACCIÓN Y REPULSIÓN EN VENECIA

Las fuerzas básicas presentes en al naturaleza (que explican al resto, como ocurre con los Mandamientos), llegado el caso se anulan entre sí, como sucede en los núcleos atómicos, donde la atracción gravitatoria entre los protones queda ampliamente compensada por la repulsión electromagnética entre ellos, la cual a su vez es equilibrada por la fuerza nuclear fuerte ejercida por los gluones, que mantiene unidos a los protones y posibilita la existencia de núcleos. Gracias a lo cual existe la materia. Algo similar nos sucede a los humanos, o al menos así me lo pareció en mi última visita a Venecia. Sin duda, uno de los rasgos más llamativos de la ciudad hoy en día lo constituyen los torrentes de turistas que recorremos sus calli y sus plazas y que abarrotamos los palacios, las iglesias, los museos, las góndolas o el vaporetto. Desconozco si Spencer Tunick ha hecho de Venecia uno de los escenarios de sus insignes fotografías de desnudos masivos, pero en este caso debería fotografiar a turistas y no a autóctonos. Igualmente, Christo no podría obviar este componente y quizá se le ocurriría, ¿por qué no?, empaquetarnos a todos en la Plaza de San Marcos.

Sea como fuere, la presencia de multitudes practicando el turismo cultural ejerce sobre uno diferentes tipos de fuerzas de signo opuesto. Es obvio que los humanos apreciamos el contacto con nuestros congéneres. Pero en Venecia al cabo de poco nos entra el agobio. ¡Tanta gente! Incluso en los balcones de San Marcos, que están a tan poca altura: ¿cómo se les ocurre a las autoridades competentes tal intromisión en la fachada de una de las más bellas iglesias jamás construidas? Y huimos, como protones repelidos.

Ruskin sostiene que el gótico veneciano es tan perfecto que brillaría aun lejos de las mansas aguas de los canales y del romanticismo de la ciudad, pero se hace tan difícil apreciar el Palazzo Ducale sin vernos distraídos por lo que nuestros sentidos en realidad captan… Y ahí nos encontramos de nuevo, mirando caras bonitas y escuchando conversaciones, mientras hacemos cola o al circular apretujados por los tablones elevados cuando hay “acqua alta”. Y por fin entendemos a Gustav Aschenbach, el personaje de Thomas Mann, que murió en Venecia por amor al hombre (aunque el suyo fuera un amor estético, platónico), y a los protones, que acaban por asociarse. Nosotros también nos asociamos; gracias a lo cual existe la humanidad.

No tiene remedio:Venecia somos todos. Y así lo pintaría Canaletto si levantara la cabeza.

EL CONCEPTO ESPAÑOL DE DIÁLOGO SOCRÁTICO

Dos individuos se cruzan por la calle y se reconocen pero, en vez de acercarse el uno al otro para conversar, se gritan desde lejos. El motivo de la conversación no importa. Puede que estén trabajando o dándose instrucciones, puede que se deseen parabienes o que discutan acaloradamente. La pauta del diálogo siempre es la misma. Toda comunicación se hace desde lejos y a los gritos. ¿Por qué? Dejemos a un lado las explicaciones geopolíticas (aquello de la mediterraneidad y la vena latina: hay muchos pueblos en el Mediterráneo y no todos son gritones, y, desde luego, no todos son latinos). En realidad, esta conducta indica que hay un interés especial en hacer pública la plática, como si la conversación consistiese –además– en el modo de obligar a los demás a participar en ella.

¿Qué significa este gesto? Puede que sea ostentatorio u obsceno, o simplemente mal educado –algo plausible puesto que hay innumerables individuos brutales y groseros entre los españoles–, o puede que se trate de una costumbre convivencial que expresa la voluntad de compartir lo que se habla. Me parece que es bastante más simple que eso. De lo que se trata es de ocupar la calle. En España hablar a voces sirve para que un individuo marque su propio territorio, cuyos límites no quedan señalados por el sentido de las palabras sino por el volumen de la voz.; y tanto da que se trate de una conversación animada en un bar o de una jarana en la calle a altas horas de la noche. Indica lo mismo: “Aquí estoy yo, este es mi espacio; y yo estoy viviendo en él ”.

Es probable que este uso territorial de la voz, aunque idiosincrásico de las gentes de España, no sea privativo de ellas. Con seguridad hay muchos otros pueblos tanto o más vociferantes que los españoles. Asimismo es probable que el grado de urbanidad (y de civilización) de un pueblo por su capacidad no dependa exclusivamente de su capacidad para conversar con susurros o simplemente estar en el mundo, en silencio.

En cualquier caso, está claro que en España, si no gritas, no existes.

INEXPLICABLE

En una fotografía publicada hoy en La Vanguardia, la sonrisa de la mujer que mira a la cámara mientras la ciudad de San Francisco se hunde a sus espaldas por efecto del terremoto de 1906 me produce la misma impresión de perplejidad que las intervenciones de los participantes de los blog.

Foto

Hay algo de ensimismamiento y de euforia, efecto del simple hecho de estar momentánea, fugaz y azarosamente en el centro de una situación, que debe explicar lo inexplicable: sonreír a la cámara en pleno terremoto de la ciudad en que uno vive, o decir las cosas más triviales, insulsas o groseras en medio del intercambio de opiniones cruzadas, durante los pocos segundos en que el espacio en blanco con el cursor palpitante, como el objetivo de una cámara que nos apunta de repente, nos insta a tan sólo aparecer, aparecer a cualquier precio, por inadecuada que sea la ocasión, con independencia de si tenemos algo que decir. Y puesto que la cuestión es hacerse ver, aparecer por un momento, que sea de la manera más ruidosa y estridente, como una amplia sonrisa en medio de un terremoto. Ah!! y aún hay quien pretende que el fenómeno de los intercambios en los chat y los blog es de una novedad rabiosa.

ENTRE JUDÍOS

Resulta cuando menos significativo que la comprensión más profunda del contenido y sentido del cristianismo haya sido elaborada y diseñada como estrategia ecuménica por las ideas de un judío genial –Pablo de Tarso–; pero más curioso aún es que la interpretación musical de esa contribución sobresaliente a la cultura de todos los tiempos haya sido obra de otro judío: Félix Mendelsohn-Bartholdy cuyo Paulus: Oratorium nach Worten der Heiligen Schrift, op. 36 es una de las piezas más espirituales que han escuchado mis maltratados oídos.