DAR PIE

La expresión “ya que lo dices” tiene, de entrada, frente a otros sinónimos suyos, como “por cierto” o “a propósito”, esa concreción coloquial que hace más atractivas -incluso adictivas, hasta el idiotismo- ciertas muletillas. Del mismo modo su equivalente aproximado en inglés: “by the way”. Si allí es la mención a un hecho físico, el caminar, en nuestro modismo la directa apelación al interlocutor aporta la carne, el alma y el consiguiente magnetismo.

“Ya que lo dices” funciona como un conector, en sentido textual y metatextual, y es síntoma de una continuidad saludable. Se puede sentir como el signo mismo de la fluidez de la charla distendida: como la fluencia que por antonomasia debería definir un uso feliz del lenguaje.

Lo que más me llama la atención es el inicial “ya que”, raro uso de esta conjunción en lenguaje coloquial. De hecho, tampoco se usa aquí stricto sensu, como sustituible por un “porque”: el “ya” es más fuerte, más adverbio, que en la locución; sería algo así como “Puesto que ya lo has dicho”… Incluso este “ya” toma muchas veces valor de recriminación; “ya lo has tenido que decir…”, cuando aparece al principio de un “retorno de pelota” en una discusión.

Es justamente esta última circunstancia la que nos remite al placer subyacente, pese a todo, en cualquier uso de la expresión. En el fondo, se agradece a alguien que nos ponga a huevo una respuesta ágil o hiriente, que nos dé un buen pie para nuestra intervención (término de la escena, muy apropiado al contexto de la discusión más o menos ritual: la conyugal, familiar, etc.) Por muy desagradable o injusto que haya sido el comentario, ¡que al menos se nos deje responder con igual acritud! O sin ella, tanto da: que se nos deje continuar.

BINOMIOS

Los binomios son la fórmula protocolaria del pensamiento fácil. Los hay elegantes y sugestivos, como la oposición entre la literatura ingenua y la literatura sentimental que hace Schiller; altisonantes, como lo apolíneo y lo dionisiaco de Nietzsche; sofisticados como lo lisible y lo scriptible de Roland Barthes o la broad (thin) description de Clifford Geertz; y hay binomios oportunos u oportunistas –todo depende de cómo se mire– que se aplican a casi a cualquier cosa, como lo frío y lo caliente, de Lévi-Strauss. Y por supuesto no faltan los binomios bobos: como la oposición entre sociedades sólidas y líquidas propuesta por Zygmunt Bauman y que, como era previsible, tiene un éxito inmenso hoy en día, como todo lo que se parezca a un slogan publicitario.

La tensión entre contrarios da a quien la detecta la ilusión de que ha entendido algo, como ya se deja ver en el contraste entre el yin y el yan, pero esa sensación engañosa oculta una trampa trascendental, que está impresa en el binomio cuando se lo emplea con fines hermenéuticos: su figuración, su profunda e insoslayable naturaleza retórica, que hace a los términos opuestos, en última instancia, perfectamente intercambiables entre sí, aunque sólo fuera porque uno siempre es la versión especular del otro. Cualidad –dicho sea de paso– que suscita otro cliché que es habitual encontrar allí donde se usan binomios: lo del “juego de espejos”, que es todo un estilema de la sanata.

Mantengámonos atentos, pues, y nunca olvidemos que los binomios dan mucho que hablar, pero de conocimiento, nada.