2007

DETERMINISMO SIN SABIDURÍA

En los primeros años de nuestra era Séneca, que a su vez se sumaba a la tradición estoica inaugurada antes por otros sabios, afirmaba que la virtud sólo se alcanza cuando se cumple el plan que la Naturaleza ha trazado. Así pues, podría decirse de nuestros órganos que son virtuosos mientras funcionan correctamente; y que por lo mismo, dejan de serlo en el momento en que nos obligan a pasar por la consulta del médico. También la planta que crece y florece a medida que la regamos y que avanzan las estaciones funciona virtuosamente porque forma parte de su ser el hacer exactamente lo que hace. O incluso una herramienta, siempre y cuando sirva a la perfección para lo que ha sido concebida. La Naturaleza, pensaban los estoicos, ha inscrito en sus criaturas el plan al que deben ajustarse en su existencia y es absurdo oponerle resistencia en nombre de la libertad puesto que semejante actitud sólo trae como consecuencia el mal funcionamiento de la cosa.

Esta explicación tenía una gran virtud, la misma de la que se beneficia el nuevo determinismo actualmente imperante: da cuenta de todo lo que sucede de un modo tranquilizador. Las cosas no suceden del modo en que lo hacen por azar, o por capricho, sino tan sólo porque así es como deben suceder para que el conjunto funcione de forma armónica y virtuosa, a la perfección. Puede parecernos que algún detalle, en especial cuando afecta a nuestra propia e insignificante existencia, es demasiado desdichado para ser virtuoso, pero eso sólo es debido a la falta de perspectiva. Desde el punto de vista de la Naturaleza como organismo “inteligente” las cosas están en su sitio, por más que nos cueste admitirlo. Lo mejor de todo es que los estoicos ni siquiera pensaban que la Naturaleza hiciera lo que quisiera sino más bien que hacía lo necesario para ser virtuosa, equilibrada, perfecta, tal como creen los actuales deterministas. En el fondo, igual que los estoicos, confían en que ya no tendrán que explicar por qué hacen las cosas cómo las hacen y, encima, en que tal liberación no deje de brindarles una razón moral: no es que yo sea un pusilánime, es que está en mi naturaleza no protestar, mi virtud consiste en callar para que otros (¿quiénes?) protesten. No sólo confían en que la ciencia los desculpabilice por sus propias debilidades sino que las convierta en virtudes, aunque incomprensibles desde el limitado punto de vista individual. Dentro de poco los deterministas nos explicarán por qué hay delincuentes y no sólo podremos olvidarnos de los departamentos de bienestar social (que en efecto no parecen resolver gran cosa) y ahorrarnos sumas considerables de las partidas de los presupuestos generales del Estado, sino que además, si somos padres de un hijo delincuente, tan sólo tendremos que resignarnos a aceptar el haber sido los portadores de una información que la Naturaleza ha querido organizar de un modo un tanto incómodo pero, con toda seguridad, virtuoso.

Sin embargo existen diferencias entre el antiguo determinismo estoico y el de hoy. Para los estoicos esta forma de pensar no era sino una manera de entrenar la posibilidad de sacar fuerzas de la flaqueza: según  parece Séneca pudo darse muerte con serenidad, a instancias de su antiguo alumno y verdugo, el emperador Nerón, gracias a esta sabiduría. Nuestros deterministas de hoy, por el contrario, están lejos de poder erigir en sabiduría su discurso, razón por la cual muy probablemente, llegado el momento usarían su discurso para aferrarse a la existencia (la misma que un poco más arriba era insignificante), apelando al instinto de conservación que, con tanta astucia, dispuso para ellos la madre Naturaleza. La diferencia entre el determinismo estoico como forma de sabiduría y el determinismo tout court es que el primero está pensado para los hombres mientras que el segundo vuelve a dejar en manos de Dios (aunque secularizado y transfigurado en Naturaleza) nuestra suerte.

EXPRESIÓN

Leo que para Jakob Boehme el hombre participa de la sustancia de Dios no porque se parece a Él, es decir, porque se le asemeja en imagen, sino porque expresa “a su vez el Verbo oculto de la ciencia divina en formas distintas, a la manera de las creaturas temporales”. Recuerdo que Spìnoza sostiene que el mundo entero es expresión de la sustancia divina. Y que Deleuze, que saca un pedacito de cada uno de ellos, recuerda que la expresión, a diferencia de la imitación, no opera según un modelo, no copia nada sino que se manifiesta como pura emanación.

Está claro que esto de la “expresión” es enormemente sugestivo. Miro el rostro de mi amada y descubro que enseña algo detrás, que algo en ella me contempla, desde el fondo… ¿de qué? De su máscara, de su expresión y, lo mismo que Boehme y Spinoza y Deleuze, me digo que esa emanación me deja asomarme a un alma que adoro.

Pero después me miro al espejo –maldita costumbre de ensayarlo todo delante del espejo, como la Madrastra de Blancanieves– y lo que veo detrás de mi máscara, mi propia expresión, no tiene nada de divino.

(A ése yo lo conozco muy bien; y de dios, nada.)

Entonces ¿que es la expresión? Una historia que se monta uno cuando está enamorado.

SOLEMNE

Del espíritu melancólico del siglo XIX nos viene la solemnidad. Pero, ¿por qué somos tan solemnes?

Se dice –y con alguna razón–que la melancolía es un temple de la autoconciencia subjetiva, o sea, de la época en que los hombres se dan cuenta de que su única referencia posible al mundo es ese miserable y frágil vértice subjetivo. Cuando descubren que no tienen alma y que, por lo tanto, toda esperanza de inmortalidad es inútil. La conciencia de este tipo especial de finitud –de pronto comprendo que no soy una criatura de Dios, que nunca habré de reencontrar al Padre, que mi existencia no conduce hacia la luz que resplandecía en la salida de la Caverna platónica, que no hay Dios-Padre, etc.– nos pone muy tristes o muy circunspectos; y así, cada ocasión de nuestra vida, cada vicisitud de partida o de llegada o cada circunstancia, adopta el aire de un Hito o la jerarquía del Momento y, en la tesitura, casi nadie escapa a la tentación de ponerse solemne. Muchos de los programas –o las “agendas”, como las llaman ahora los papanatas salidos de las llamadas ciencias sociales– del saber contemporáneo: la Verdad o la Creación, el Deseo y la Pasión, el origen del Poder o la razón de esta o aquella crítica, la atención por la naturaleza o la causa de los desposeídos, acaban siendo enunciados y elaborados con una prosopopeya inconfundible, más o menos apocalíptica pero siempre pretenciosa y engolada como la sanata de un locutor de radio clásica.

Heidegger, por ejemplo, ¿por qué es tan solemne? Y Habermas, ¿se ha reído alguna vez? Recuerdo haberme preguntado, de adolescente, qué le pasaba a Ernesto Sábato, quien cada tanto aparecía por casa con cara de constantes retortijones. Y no digamos Foucault y su escuela de epígonos, con su característica solemnidad, que de tan impostada resulta hasta ridícula, hablando de las “entrañas del poder” o recurriendo a las metáforas del cuerpo o la locura para encubrir meras racionalizaciones que falsean la descripción de la comunidad humana con toda suerte de exageraciones y tremendismos. La sociedad una cárcel…: expresionismo barato, pura razón de efecto sin efecto de razón. La izquierda, en general, suele ser insufriblemente solemne; como si, por fuerza, la responsabilidad histórica de la que se autoinviste tuviese que ser, además, seria.

(Pongámonos serios, estamos hablando del futuro de la humanidad, la muerte del Hombre, bla-bla…)

El izquierdista encuentra un argumento complementario para su razón –o para colarte sus prejuicios– cada vez que se expresa con solemnidad (“éramos tan pobres”, “hemos sufrido tanto”, It might happen to you, sir” me espetó una vez un mendigo insolente en Londres cuando me negué a darle una limosna). Como esos tullidos que enseñan sus muñones en la calle y que antes sólo se veían en Calcuta pero ahora se encuentran por todas partes. Meten sus solemnes muñones en medio de la fiesta posmoderna para estropearla adrede, aunque lo cierto es que su gesto se parece a participar de esa misma fiesta, pero disfrazado de Drácula.

Una de las virtudes de Nietzsche es que no tiene nada de melancólico, no espera el dolor de estómago para ponerse a pensar y no tiene vergüenza de sus propias risotadas (¡al cuerno con ellos!), eso que Rosset, por cierto, describió de forma también solemne como “beatitud”. Muy pocos entre los contemporáneos –quizá Lacan, que era muy payaso, o Sloterdijk–, han sabido captar con “beatitud” comparable lo que Escohotado llamó “el espíritu de la comedia” que es el verdadero espíritu de este y de todos los tiempos. Así que vendría bien reivindicar la risa contra la solemnidad, no sólo porque es misteriosa y sublime, sino porque con ella conseguimos la libertad; y tener siempre presente que no seremos libres hasta que, en verdad, nos libremos de todos los pestiñazos.

SOBRE LA MUERTE DEL AUTOR

Las páginas 112 a 115 de un libro que firma el teórico del arte francés Nicolas Bourriaud, titulado Posproducción: la cultura como escenario, modos en que el arte reprograma el mundo contemporáneo.(Traducción de Silvio Mattoni. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora, 2007) llevan como título “El autor, entidad jurídica”. En este apartado de su libro Bourriaud sostiene que en la cultura contemporánea el autor está muerto. O sea: que está finiquitado, desaparecido, superado, etc.; o bien ha quedado convertido en una especie de anacronismo.

Sin embargo, en ese mismo espacio, que ocupa unos 5000 caracteres, el mismo Bourriaud cita, glosa o comenta a:

(por riguroso orden de aparición)

Roland Barthes
Michel Foucault
Douglas Gordon
Alfred Hitchcock
James Conlon
Bernard Herrmann
Roni Size
Jeff Koons
Haim Steinbach
Mike Bidlo
Elaine Sturtevant
Sherrie Levine
Andy Warhol
Marcel Duchamp
Paul Valéry
Umberto Eco
y Pierre Lévy

?????

Con toda franqueza, la teoría contemporánea del arte puede resultar a veces muy desconcertante…

NIHILISTAS Y DEPRESIVOS

En uno de los fragmentos póstumos de Nietzsche puede leerse:

“Siempre se tiene tarde el valor para lo que verdaderamente se sabe. El que yo hasta ahora haya sido en el fondo un nihilista, no lo he reconocido hasta hace poco: la energía, la desenvoltura con que seguí adelante como nihilista me despistó sobre este hecho fundamental. Cuando  nos dirigimos hacia una meta, parece imposible que la “ausencia de una meta en sí” sea nuestro artículo de fe fundamental”.

La anotación tiene interés no sólo porque aclara el hecho de que, en efecto, Nietzsche era un nihilista sino también porque revela en qué consiste serlo. A juzgar por esta anotación de Nietzsche y en contra de lo que suele pensarse, el nihilista no es un muermo, el típico individuo sombrío y desganado que justifica su apatía merced a la falta de Sentido y a la “ausencia de metas en sí”, sino un entusiasta de su causa. Posiblemente esto explica que, de hecho, los nihilistas confesos a los que uno llega a conocer no tengan ni el aspecto ni el espíritu del sepulturero sino un ánimo y una energía envidiables. Mientras que a menudo los defensores del Sentido de la Vida y de las grandes metas son previsiblemente unos auténticos infelices, más bien depresivos, puesto que, como bien sabe el nihilista, no hay grandes metas que puedan colmar su inevitable insatisfacción. Tal vez para poner entusiasmo en algo no es preciso siquiera que ese algo “merezca” nuestro deseo: basta con desear. Lo demás viene por añadidura. No somos entusiastas porque la vida sea hermosa, o porque tenga sentido (que no lo tiene): acaso la vida pueda llegar a ser valiosa sólo cuando conseguimos poner entusiasmo sin más, sin razón alguna.

RELIGIÓN NATURAL

En la medida en que se le atribuye cierto valor, el ethos, o sea, el comportamiento virtuoso de cada cual, necesariamente tiene como fundamento una transacción originaria que –si no me equivoco– los antropólogos llaman don y que desde muy antaño se expresa en forma de una correspondencia entre semejantes: Do ut Des, o sea, te entrego algo para que me correspondas. Ni que decir tiene que en esta transacción elemental lo cabalmente ético es la reciprocidad que, por otra parte, funda el principio de sociabilidad que permite a la especie humana constituirse en rebaño, grey o comunidad de individuos asociados. El intercambio de dones aproxima a las gentes y las hace afines entre sí y da una explicación plausible a esos gestos que la ética premia (la solidaridad, el altruísmo, la confianza, la amistad, etc.) tanto como justifica que se entablen alianzas más o menos mafiosas, lo que en términos más populares se expresa en la fórmula: “Hoy por mí, mañana por ti”.

(Por cierto, esto autorizaría a afirmar que toda ética comunitaria es en el fondo mafiosa, pero más vale que no profundicemos…)

Del orden de esta correspondencia es también el vínculo religioso, la celebérrima religatio, la relación compulsiva que el individuo sella con algún dios o santo o protector divino (o, en ocasiones, humano). Un ex-voto puede ser una plegaria, una ofrenda o un sacrificio, pero en todo caso es un don que se entrega a la divinidad para obtener de ella a cambio un favor: que sea cumpla nuestro deseo o que Dios nos proteja (y que nos coja confesados). Esta es la razón por la que se suele confundir la religión con la ética.

Los dioses son poderosos y se supone que son buenos y están bien dispuestos y son sensibles a los dones. Sin embargo, lo mismo podría pensarse de un demonio, es decir, de un dios no necesariamente bueno, un dios –digamos– más próximo a la condición humana que, como sabemos, es irredimiblemente mala. Así pues, en la medida en que se sostienen en el mismo principio del don, se ha de admitir que los cultos satánicos o demoníacos son tan religiosos como la devoción a la Virgen María.

En el noreste de la Argentina se ha difundido en los últimos años el culto popular a San La Muerte, curioso santo o demonio al que se rinde culto no tanto para obtener de él una recompensa favorable sino más bien para que haga daño, lo mismo que en el vudú. Y, por lo que parece, la creciente popularidad de San La Muerte demuestra que es un demonio muy eficaz. Y también muy exigente: mientras cumples con él es implacable con la víctima, pero si fallas, si no lo tienes constantemente satisfecho, su poder se vuelve contra ti y tú mismo te conviertes en su víctima.

San La Muerte

Reveladora dialéctica la de este culto, pues en el fondo el devoto corre tanto peligro como el objeto del payé. Aquí el vínculo con lo sagrado consagra una humana ecuanimidad y correspondencia éticas de tal modo que el bien para uno puede transformarse el mal para otro… o viceversa. Con San La Muerte no retorna la religión artera del amor al prójimo sino la religión natural y la vida (o la ética) de los antepasados que, según cuentan, vivían en compañía de los dioses.

LUGARES VACÍOS

Si se camina por un pueblo de playa de la Costa Brava catalana en otoño, cuando la falta de gente deja ver todavía algo de un paisaje que entonces se parece un poco menos al decorado infinitas veces multiplicado de cualquier playa turística del mundo, pueden verse casas enormes, bonitas, vacías. En algunas, a veces se ve a un cuidador, a un jardinero, a una mujer que las limpia y a su perro… La mayoría están cerradas desde hace meses, incluso años.

En las ciudades los palcos de los teatros también están cerrados. A los dos lados de los pasillos de ingreso suele haber una barandilla colgante que impide el paso. Los mejores asientos están reservados para invitados especiales, y son pocas las veces que el gobernador acude.

Los yates en el puerto: eternamente estacionados allí, vigilados, permanecen inmóviles, salvo por el imperceptible balanceo del agua estancada o por algún paseo ocasional en verano (quizá durante el único mes del año en que su propietario ha abierto su casa de la Costa Brava).

En el aeropuerto, la sala VIP acoge apenas a un par de businessmen apurados por irse, mientras los enormes sofás de cuero negro se extienden en dos, tres, o cuatro salas del espacio reservado y, allá afuera, los pasajeros de clase turista duermen malsentados en banquetas donde apenas caben. La disposición es, por otra parte, una réplica exacta de lo que sucedía horas antes dentro del avión.

A veces pienso que lo que más me sorprende de los okupas no es tanto que ocupen, es decir, que existan, sino que, de un amplio menú en un restaurante de lujo –y una vez que ya han decidido que no pagarán la cuenta (la decisión es ésa)–, escojan siempre la sopa del día.

MINUÉ

A veces nos parece evidente que la belleza sale de un cuerpo, cuya curva, recortada sobre un fondo impreciso, nos inspira o nos excita, y nos hace pensar. Delicada instrucción que sigue el espíritu cuando se siente enamorado. A eso que llega hasta nosotros, como un invitado imprevisto, lo acogemos con una facultad que llamamos gusto y lo asociamos a un placer que luego compartimos con los demás. Miramos lo bello como escuchamos en la suite el minué, entre la sarabanda y la giga: un orden complaciente, una ocasión sin sobresaltos. Una armonía inconfundible que hace su trabajo.

Pero lo cierto es que lo bello no está fuera sino en nosotros mismos. Es nuestra disposición que se manifiesta como un testigo incorruptible, casi aristocrático, de que somos dados a una experiencia. No es pues la belleza sino la experiencia lo que estéticamente debería ser reflexionado.

(Ay…, si yo pudiera bailar otra vez en los salones de Versailles…)

BAILES DE SALÓN Y CONVERSACIONES

Una buena conversación no nos ocurre con frecuencia. En una sociedad ocupada hasta el hartazgo en recomendar el diálogo –de manera evidente para el ámbito público, pero, gracias a disciplinas como la psicología y la pedagogía, también para el privado–, las conversaciones son una flor rara. Se dialoga para buscar un acuerdo político, por ejemplo, o para solucionar un problema familiar, pero no parece que pueda decirse para qué se conversa. Desde luego no para intercambiar información ni opiniones, esas especies del comercio lingüístico que prometen algún botín de datos, o un nuevo convencido para la causa. Quizá, sí, para entre-tenerse. Una de las palabras francesas para “conversación” (entretien), hace visible para el castellano esta sugerencia.

Y es que tal vez lo más parecido a una conversación sea un baile de pareja, uno de esos bailes que todavía se enseñan como “bailes de salón”, en los que todo buen partenaire sabe que para bailar mejor hay momentos en los que hay que guiar y otros en los que dejarse guiar: tener o hacerse tener; sostener, entre dos, el baile. Ser un buen bailarín supone, en este sentido, procurar que la danza pueda ir trazando su recorrido, su dibujo, que se va produciendo de manera instantánea y sucesiva; se precisa estar atento a los movimientos del otro, se requiere un arte de la administración de la propia fuerza.
¿Para qué? Para que siga el baile. Para que las palabras continúen. Y lo que se lleva uno a casa, después de una conversación, es apenas un regusto, un eco parecido al que deja la música, que siempre ya se ha ido.

Conversar es una de las pocas cosas que solamente pueden hacerse con otro y, probablemente, una de las pocas formas que nos van quedando de hacer algo que no sea consumir.

UÑA Y CARNE

Van juntas a todas partes, como si fueran uña y carne; cuando viajan duermen en la misma cama y si se les pregunta si debe cancelarse la reserva de un hotel puesto que sólo quedan habitaciones dobles con cama de matrimonio, se miran con complicidad, incluso con algo de picardía, mientras se golpean suavemente con los codos; si una habla con terceros la otra permanece en silencio, cabizbaja, pero asintiendo tan sutil como regularmente por más descabelladas que sean las cosas que escucha, como si más que querer indicar a los asistentes que respalda el discurso de su doble, de su gemela, quisiera convencerse a sí misma de que, en el fondo, no puede por menos que estar persuadida. Y sin embargo, en las (raras) ocasiones en que las encontramos por separado se aluden la una a la otra con cierto rencor, manifiestan veladamente sus reservas, insinúan estar cautivas en la telaraña que la otra ha tejido con no se sabe qué babas. Se comportan exactamente como si hubieran cometido juntas un crimen que, en adelante, las obliga a permanecer unidas, las complica inevitablemente, las condena a vigilarse la una a la otra para evitar ser delatadas a traición. Las une un vínculo odioso, porque la presencia de la otra es un recordatorio tenaz de ese acto que un día, quizás por accidente, cometieron juntas o, tan sólo, cometieron cada una por su parte en presencia de la otra, para demostrarse lealtad, o para indicar a la otra la incondicionalidad que esperaba de ella, sin prever que con esto sellaban una unión irreversible. Quizás es sólo eso, la irreversibilidad del vínculo, lo que convierte en un infierno la compañía del otro.