UÑA Y CARNE

Van juntas a todas partes, como si fueran uña y carne; cuando viajan duermen en la misma cama y si se les pregunta si debe cancelarse la reserva de un hotel puesto que sólo quedan habitaciones dobles con cama de matrimonio, se miran con complicidad, incluso con algo de picardía, mientras se golpean suavemente con los codos; si una habla con terceros la otra permanece en silencio, cabizbaja, pero asintiendo tan sutil como regularmente por más descabelladas que sean las cosas que escucha, como si más que querer indicar a los asistentes que respalda el discurso de su doble, de su gemela, quisiera convencerse a sí misma de que, en el fondo, no puede por menos que estar persuadida. Y sin embargo, en las (raras) ocasiones en que las encontramos por separado se aluden la una a la otra con cierto rencor, manifiestan veladamente sus reservas, insinúan estar cautivas en la telaraña que la otra ha tejido con no se sabe qué babas. Se comportan exactamente como si hubieran cometido juntas un crimen que, en adelante, las obliga a permanecer unidas, las complica inevitablemente, las condena a vigilarse la una a la otra para evitar ser delatadas a traición. Las une un vínculo odioso, porque la presencia de la otra es un recordatorio tenaz de ese acto que un día, quizás por accidente, cometieron juntas o, tan sólo, cometieron cada una por su parte en presencia de la otra, para demostrarse lealtad, o para indicar a la otra la incondicionalidad que esperaba de ella, sin prever que con esto sellaban una unión irreversible. Quizás es sólo eso, la irreversibilidad del vínculo, lo que convierte en un infierno la compañía del otro.

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