MINUÉ

A veces nos parece evidente que la belleza sale de un cuerpo, cuya curva, recortada sobre un fondo impreciso, nos inspira o nos excita, y nos hace pensar. Delicada instrucción que sigue el espíritu cuando se siente enamorado. A eso que llega hasta nosotros, como un invitado imprevisto, lo acogemos con una facultad que llamamos gusto y lo asociamos a un placer que luego compartimos con los demás. Miramos lo bello como escuchamos en la suite el minué, entre la sarabanda y la giga: un orden complaciente, una ocasión sin sobresaltos. Una armonía inconfundible que hace su trabajo.

Pero lo cierto es que lo bello no está fuera sino en nosotros mismos. Es nuestra disposición que se manifiesta como un testigo incorruptible, casi aristocrático, de que somos dados a una experiencia. No es pues la belleza sino la experiencia lo que estéticamente debería ser reflexionado.

(Ay…, si yo pudiera bailar otra vez en los salones de Versailles…)

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