LUGARES VACÍOS

Si se camina por un pueblo de playa de la Costa Brava catalana en otoño, cuando la falta de gente deja ver todavía algo de un paisaje que entonces se parece un poco menos al decorado infinitas veces multiplicado de cualquier playa turística del mundo, pueden verse casas enormes, bonitas, vacías. En algunas, a veces se ve a un cuidador, a un jardinero, a una mujer que las limpia y a su perro… La mayoría están cerradas desde hace meses, incluso años.

En las ciudades los palcos de los teatros también están cerrados. A los dos lados de los pasillos de ingreso suele haber una barandilla colgante que impide el paso. Los mejores asientos están reservados para invitados especiales, y son pocas las veces que el gobernador acude.

Los yates en el puerto: eternamente estacionados allí, vigilados, permanecen inmóviles, salvo por el imperceptible balanceo del agua estancada o por algún paseo ocasional en verano (quizá durante el único mes del año en que su propietario ha abierto su casa de la Costa Brava).

En el aeropuerto, la sala VIP acoge apenas a un par de businessmen apurados por irse, mientras los enormes sofás de cuero negro se extienden en dos, tres, o cuatro salas del espacio reservado y, allá afuera, los pasajeros de clase turista duermen malsentados en banquetas donde apenas caben. La disposición es, por otra parte, una réplica exacta de lo que sucedía horas antes dentro del avión.

A veces pienso que lo que más me sorprende de los okupas no es tanto que ocupen, es decir, que existan, sino que, de un amplio menú en un restaurante de lujo –y una vez que ya han decidido que no pagarán la cuenta (la decisión es ésa)–, escojan siempre la sopa del día.

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