RELIGIÓN NATURAL

En la medida en que se le atribuye cierto valor, el ethos, o sea, el comportamiento virtuoso de cada cual, necesariamente tiene como fundamento una transacción originaria que –si no me equivoco– los antropólogos llaman don y que desde muy antaño se expresa en forma de una correspondencia entre semejantes: Do ut Des, o sea, te entrego algo para que me correspondas. Ni que decir tiene que en esta transacción elemental lo cabalmente ético es la reciprocidad que, por otra parte, funda el principio de sociabilidad que permite a la especie humana constituirse en rebaño, grey o comunidad de individuos asociados. El intercambio de dones aproxima a las gentes y las hace afines entre sí y da una explicación plausible a esos gestos que la ética premia (la solidaridad, el altruísmo, la confianza, la amistad, etc.) tanto como justifica que se entablen alianzas más o menos mafiosas, lo que en términos más populares se expresa en la fórmula: “Hoy por mí, mañana por ti”.

(Por cierto, esto autorizaría a afirmar que toda ética comunitaria es en el fondo mafiosa, pero más vale que no profundicemos…)

Del orden de esta correspondencia es también el vínculo religioso, la celebérrima religatio, la relación compulsiva que el individuo sella con algún dios o santo o protector divino (o, en ocasiones, humano). Un ex-voto puede ser una plegaria, una ofrenda o un sacrificio, pero en todo caso es un don que se entrega a la divinidad para obtener de ella a cambio un favor: que se cumpla nuestro deseo o que Dios nos proteja (y que nos coja confesados). Esta es la razón por la que se suele confundir la religión con la ética.

Los dioses son poderosos y se supone que son buenos y están bien dispuestos y son sensibles a los dones. Sin embargo, lo mismo podría pensarse de un demonio, es decir, de un dios no necesariamente bueno, un dios –digamos– más próximo a la condición humana que, como sabemos, es irredimiblemente mala. Así pues, en la medida en que se sostienen en el mismo principio del don, se ha de admitir que los cultos satánicos o demoníacos son tan religiosos como la devoción a la Virgen María.

En el noreste de la Argentina se ha difundido en los últimos años el culto popular a San La Muerte, curioso santo o demonio al que se rinde culto no tanto para obtener de él una recompensa favorable sino más bien para que haga daño, lo mismo que en el vudú. Y, por lo que parece, la creciente popularidad de San La Muerte demuestra que es un demonio muy eficaz y muy exigente: mientras cumples con él es implacable con la víctima, pero si fallas, si no lo tienes constantemente satisfecho, su poder se vuelve contra ti y tú mismo te conviertes en su víctima.

San La Muerte

Reveladora dialéctica la de este culto, pues en el fondo el devoto corre tanto peligro como el objeto del payé. Aquí el vínculo con lo sagrado consagra una humana ecuanimidad y correspondencia éticas de tal modo que el bien para uno puede transformarse el mal para otro… o viceversa. Con San La Muerte no retorna la religión artera del amor al prójimo sino la religión natural y la vida (o la ética) de los antepasados que, según cuentan, vivían en compañía de los dioses.

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