NIHILISTAS Y DEPRESIVOS

En uno de los fragmentos póstumos de Nietzsche puede leerse:

“Siempre se tiene tarde el valor para lo que verdaderamente se sabe. El que yo hasta ahora haya sido en el fondo un nihilista, no lo he reconocido hasta hace poco: la energía, la desenvoltura con que seguí adelante como nihilista me despistó sobre este hecho fundamental. Cuando  nos dirigimos hacia una meta, parece imposible que la “ausencia de una meta en sí” sea nuestro artículo de fe fundamental”.

La anotación tiene interés no sólo porque aclara el hecho de que, en efecto, Nietzsche era un nihilista sino también porque revela en qué consiste serlo. A juzgar por esta anotación de Nietzsche y en contra de lo que suele pensarse, el nihilista no es un muermo, el típico individuo sombrío y desganado que justifica su apatía merced a la falta de Sentido y a la “ausencia de metas en sí”, sino un entusiasta de su causa. Posiblemente esto explica que, de hecho, los nihilistas confesos a los que uno llega a conocer no tengan ni el aspecto ni el espíritu del sepulturero sino un ánimo y una energía envidiables. Mientras que a menudo los defensores del Sentido de la Vida y de las grandes metas son previsiblemente unos auténticos infelices, más bien depresivos, puesto que, como bien sabe el nihilista, no hay grandes metas que puedan colmar su inevitable insatisfacción. Tal vez para poner entusiasmo en algo no es preciso siquiera que ese algo “merezca” nuestro deseo: basta con desear. Lo demás viene por añadidura. No somos entusiastas porque la vida sea hermosa, o porque tenga sentido (que no lo tiene): acaso la vida pueda llegar a ser valiosa sólo cuando conseguimos poner entusiasmo sin más, sin razón alguna.

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