SOBRE LA VERDAD Y EL PERRO DE LAS TORTAS INFINITAS

Hay una paradoja del gusto en el ejercicio y la búsqueda de la verdad: cuanto éste más se diluye, se extrapola en su contradicción: el absoluto –pues el gusto es esencialmente el ejercicio de una individualidad–. Sin embargo, es una característica de la verdad su definitoria absolutez; por lo que su búsqueda aparece como una deformación de la voluntad particular que emprende dicha búsqueda; pues se dirige precisamente hacia un objetivo que representa esencialmente la antítesis de la individualidad y por tanto del gusto, de manera que es también una contradicción de la búsqueda, que es también únicamente particular. De modo que la verdad como objetivo en la búsqueda de una voluntad particular aparecería como ensoñación y huida; es un gusto debilitado cuyo espectro o diafragma se ha abierto hasta el punto de la velación de toda posible imagen real, y de todo símbolo capaz de aprehender lo real azaroso: como una luminosidad que tendemos a ver como clarividente y tan poderosa, que atribuimos su evanescencia a nuestra incapacidad visual, científica y psicológica; cuando realmente la verdad abrigaría únicamente el estéril ejercicio de una espiritualidad abúlica.

“Quedarse como el perro de las dos tortas”, dicho mexicano parangonable a la alegoría del asno de Buridán: el perro indeciso se queda sin ninguna.

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