EL PLACER

Barthes distinguía entre plaisir y jouissance, placer y goce, distinción freudo-batailleana y sin duda muy retórica, como todas las distinciones binómicas.

(Pero, por una vez, dejemos a un lado la retórica)

La capacidad de experimentar placer -o sea, la capacidad de gozar- y de reconocerlo es una de las cualidades más apreciables que tenemos los humanos. Tratándose del placer, la experiencia parece irrenunciable y, por eso mismo, si nos ha sido dada la capacidad de experimentar semejante privilegio ¿con qué fundamento nos inclinamos a renunciar a él? Cada vez que rechazamos la experiencia del placer (o del goce) hacemos lo contrario del gesto de Ulises cuando decide atarse al mástil de su nave para no quedarse sin oír el canto de las Sirenas.

No obstante hay muchos que renuncian con firmeza al goce en nombre de alguna vaga disciplina o de algún deber. En mi casa se llamaba a estos individuos con una frase críptica, una especie de parábola: “El que no come por haber comido…”, en vaga alusión a la extraña entereza que les dicta su no menos extraño deseo. En efecto, el deseo se sostiene en la experiencia o en la expectativa del placer (o del goce) y no parece razonable que quien puede experimentarlo pueda desear no gozar. Y, de hecho, contra la seguridad de la propia muerte, toda renuncia al placer parece absurda, inexplicable, cualquiera que sea la disciplina que se invoque para afirmarla.

Sin embargo ¿por qué entonces algunos renuncian a gozar? Probablemente porque no hay tal renuncia: pasa que no han gozado ni gozarán nunca.

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