ESTRUCTURA

Por fin parece que he dado con una razón para rechazar todos los historicismos.

Una estructura –es decir, cualquier fantasía del sentido que encuentra (o inventa) relaciones significativas entre las cosas– se coloca por su propia naturaleza en las antípodas de toda explicación desarrollada en el orden del tiempo, como las que proponen los historicistas: “Esto has de entenderlo así”. (Y te cuentan un cuento.)

Por supuesto que el orden de su relato es él mismo una especie de forma o de estructura puesto que organiza los hechos con sólo poner una cosa después de la otra.

Se diría que, como la causalidad económica en Marx, en esa estructura el tiempo manda (o determina) “en última instancia”.

Quizá se deba a esto que los historicistas tiendan a sucumbir al engañoso encanto de lo fáctico. Cuando claman por la “autoridad de los hechos” parece que hicieran profesión de fe realista pero lo que en verdad hacen es mantenerse pegados al tiempo. En cambio, una figura que traza (o imagina) relaciones entre cosas que pueden o no ser hechos –o sea, entes reales o imaginarios y anticipaciones o figuraciones o caprichos o simples ocurrencias y recuerdos– pone un orden allí donde no existe nada. Nada, es decir, tampoco tiempo. Podría parecer que esta manera de pensar es mucho más ilusoria porque se lo inventa todo: la razón y la correspondencia; no obstante, resulta mucho más veraz que la mera constatación de una correlación entre el orden del relato de los hechos y la memoria de esos hechos en el orden del tiempo. Eso sí, en la medida en que es atemporal, también tiene algo de delirante.

(Como cualquier sueño; donde, por cierto, no hay tiempo.)

Que haya infinitas estructuras, tantas como errores, explica la humana inclinación al delirio; como que los pobres de espíritu crean que escaparán a sus delirios y serán razonables si confían ciegamente en la autoridad de los hechos que, en última instancia, son sólo parte de la ilusión del tiempo.

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