PSICÓPATA (I)

Se define al psicópata como aquel que no experimenta empatía alguna con respecto a la situación del otro. Pero ¿qué es la empatía? El concepto “empatía” alude a un vínculo muy difícil, casi imposible: se parece a sentir en uno mismo lo que siente el otro. Aunque, bien visto, no es posible semejante experiencia. Wittgenstein se pasó años dándole vueltas al problema del dolor porque –correctamente– veía allí un límite en lo que puede ser representado; y concluyó que cuando hablamos de sensaciones como la “empatía”, no nos referimos a ninguna experiencia sino que simplemente aludimos al modo como participamos en un juego de lenguaje.

Pero, ¿cuál es la regla de ese juego?

(Ah…, eso lo sabrás sólo si consigues ser empático.)

Miremos entonces al psicópata, que –claramente– es uno que infringe la regla del juego, cualquiera que sea. El psicópata no es empático; pero, como no se puede sentir lo que sienten los demás, no hay manera de identificarlo.

(¿Habrá que concluir entonces –de forma disparatada– que todos somos psicópatas?)

No. Intentemos otra vía. Insisto: miremos de cerca al psicópata, que es un personaje fascinante. Su conducta no siempre consiste en desafección o insolidaridad. A menudo ocurre exactamente lo contrario: el psicópata se prodiga en gestos afectuosos, se muestra emotivo o atento; es tierno, generoso, sociable, pletórico, etc. Posee sensibilidad y conciencia social, practica alguna forma de caridad cristiana, está dispuesto a una entrega desinteresada, muestra nobleza de carácter: es “todo corazón”. Puede establecer perfectamente una relación social y desempeñarse en ella, puede incurrir en lenguaje o en gestualidad amorosa y adherir a causas altruistas; y, desde luego, siempre se muestra dispuesto a “hacerse cargo” de la calamidad ajena, como el Buen Samaritano en la parábola crística.

¿Cómo hace para parecer una persona adorable? Marca una distancia infranqueable frente a los demás, lo que suele entenderse como “falta de empatía”. Es la misma distancia que ponen los cirujanos para sustraerse al dolor que causan sobre los cuerpos que operan. Recordemos que, con su consabida perspicacia, Freud describía al cirujano como un sádico sublimado. De modo similar, la capacidad de sublimar que posee el psicópata le permite ser inconcebiblemente “bueno” y, al mismo tiempo, cometer cualquier iniquidad. Puede ser cruel y comportarse de forma fría o desalmada, así como mantenerse incólume frente a un drama delante de sus ojos, no “empatizar” y, justamente por este modo, a veces puede prestar la ayuda que se requiere de él. Parece paradójico, pero estoy seguro de que una gran mayoría de los que se dedican a tareas llamadas “humanitarias”, ya sea como profesión o por afición, son psicópatas, es decir, personas capaces de reducir la pluralidad y la ambivalencia de las emociones que nos unen o nos separan de los demás a dos instancias incompatibles y excluyentes: amor y odio; mejor, dicho, apetito y aversión, lo mismo que el hombre elemental imaginado por Hobbes.

Lo malo de tratar con esta clase de individuos es que nunca puedes saber cómo, cuándo y por qué el ser adorable se convierte en monstruo.

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