TRES LACANAZOS SOBRE EL AMOR

En un libro rasposo firmado por un judío francés con un apellido que suena a escupitajo (Krajzman), descubro –gracias por la referencia, Pepa– unas citas sorprendentes de Lacan acerca del amor:

“Hay personas que no habrían estado enamoradas jamás si no hubieran oído hablar de amor.”

“Cuando yo reclamo una mirada, lo esencialmente insatisfactorio y siempre fallido es que nunca me miras desde donde yo te veo. E inversamente, lo que yo miro no es jamás lo que quiero ver.”

“Yo te pido que me rehúses lo que te ofrezco porque no es eso.”

(Encontrarás muchas más porque Lacan es inagotable.)

La primera es la cita literal de una máxima de La Rochefoucauld en la que está contenida toda la doctrina lacaniana sobre el amor, según la cual, el amor es en esencia un habla (bla, bla) que suplanta (o sublima) lo tangible que está en el goce. El goce es fundamental para poder hablar de amor, pero el enamorado traspone su experiencia real por su dimensión discursiva. ¿Todos los enamorados? No, sólo las mujeres castradas y los hombres afeminados. Para unas y otros hablar de amor tiene algo de místico; pero –cuidado– el misticismo sin goce es un discurso tan hueco y fraguado como el karaoké.

Lo segundo es barroco: un trompe l’oeil, un nudo difícil de desanudar, tanto como resolver la pena del amor, que siempre es una tarea ardua y dolorosa. Uno, insatisfacción; dos, dialéctica de las miradas (la propia trampa es consustancial a lo barroco, la sustitución del objeto por el ojo que mira, de la imagen por el espejo, de lo verdadero por lo falso); y la inclusión de un deseo que se frustra, un fiasco constante. El amor es fiasco.

La tercera cita es la más críptica: se fija en que el amor hay algo inefable.

(Cosa extraña, ninguna de las tres citas te acompaña.)

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