LECCIONES DE AMOR (II)

Tiene sesenta años y evoca el momento en que su madre abandonó la casa familiar para reunirse con el padre exiliado: su madre se despide de ella como cualquier otro día, le dice que vuelve enseguida, va a hacer unas compras tan sólo, así que no hay muestras especiales de afecto, aunque ella sabe que no volverá, que se está marchando, que la deja… Y mientras describe la escena estalla a llorar y entre sollozos gime en presente, porque el recuerdo ha traido intacto el dolor de aquel episodio tan antiguo, como si no hubieran transcurrido cincuenta años, como si nunca después del abandono hubiera ocurrido nada, como si todo el tiempo y la experiencia que separan aquel momento del presente no hubieran tenido lugar: ahora vuelve a tener diez años, está anclada en ese dolor por más que hoy sepa que fue tan sólo una separación pasajera.

He aquí en qué consiste la llamada “educación sentimental”, porque aprendemos a amar en la infancia, muy pronto. Pero a diferencia de lo que nos ocurre después, las heridas que nos hacen de niños las personas a las que amamos, son irreparables. ¿Por qué? Tal vez porque sólo en la infancia estamos totalmente indefensos y, en consecuencia, amamos verdaderamente. Después, como decía Cernuda, somos erizos.

PARÍS

Las piedras son las mismas e iguales son el blanco roto de las fachadas y el sabor inconfundible del vino francés y el olor de la mantequilla caliente que asoma en las terrazas de los cafés, con sus sillas siempre vueltas hacia la calle. La luz es increíblemente diáfana, tanto más cuanto que en París casi siempre está nublado, todo cubierto de nubes.

(No importa.Yo estoy siempre en una nube.)

Me acuerdo del desdichado Walter Benjamin, de la fiesta de Hemingway y del mariscal Ney, que pasó toda su vida haciendo la guerra para defender a Francia y sólo le han retribuido con una solitaria estatua en un jardín perdido, de pie, como un ciudadano llano.

¿Ha cambiado algo? No, todo está igual y en su sitio. ¿Y por qué lo notas obsesivamente?
Porque no eres el mismo.

LECCIONES DE AMOR (I)

Si hay algo cambiante y caprichoso en la vida de las personas son los sentimientos. Y aunque a menudo intentemos justificarlos, reduciéndolos a una explicación consistente para exorcizarlos o redimirlos cuando nos resultan muy dolorosos, la verdad es que para el enamorado no existe ninguna razón de su amor: simplemente ama. Uno reconoce que esto es así porque cuando está enamorado no tiene alternativa: sólo le cabe cultivar su amor, y todo lo que hace, incluso a su pesar, lo sumerge irremisiblemente en él. En el infortunio amoroso, por ejemplo, el enamorado no consigue abandonar el objeto de su sufrimiento porque siente que hacerlo es traicionarlo (con independencia de si éste le ha traicionado antes). Y puesto que para el enamorado no hay nada más triste que traicionar el amor que siente por el otro, defraudarlo, cualquier cosa es admisible con tal de no oírse decir “Ya no te amo” . Sólo el enamorado puede saber el dolor que encierra esta frasecilla, y sólo él sabe que es mayor aún que el que le produce oir que ya no es amado. No hay distancia posible, no hay afuera del amor: el máximo ejercicio de distancia que cabe es la descripción, jamás la explicación.

Por eso los Fragmentos del discurso amoroso de Roland Barthes son tan elocuentes, pues no habla otro que el enamorado y en consecuencia no explica ni justifica su amor: tan sólo lo describe en toda la riqueza de sus matices, de sus múltiples vaivenes que, a pesar de la variedad, repiten incansablemente una sola cosa: te amo. Sólo los enamorados gozan con la lectura de ese libro. Para quien no ama es redundante, empalagoso, absurdo, banal, insignificante. Para quien ama, en cambio, esa insignificancia es precisamente la evidencia de que lo que le ocurre es simplemente real, aunque sea insondable… o porque lo es.

ALGO DE SCHOPENHAUER

Siempre me han desconcertado los individuos que se ilusionan pensando que pueden trazar su futuro o el programa de sus vidas como quien diseña un Plan Quinquenal de Economía o el lanzamiento de un producto o la gira mundial de un cantante pop. “Cuando cumpla los 25 ya estaré graduado y trabajando en mi profesión, a los treinta y tantos me casaré y tendré cuatro hijos que se educarán en el colegio tal y luego irán a la Universidad y se casarán y me darán un montón de nietos cuando yo, cumplidos los 60, me haya retirado en una casa frente al mar, .”etc. etc

La esperanza de felicidad expuesta así, en forma de organigrama, cualquiera que sea, es ingenua y enternecedora, pero también es bastante estúpida. La confianza y la seguridad con que algunos diseñan sus vidas me recuerda la incomprensible mansedumbre del ganado, cuando las reses son empujadas hacia la manga, donde las cargará el camión que las llevará al matadero.

Dice Schopenhauer:

En la vida ocurre lo que en el ajedrez. Trazamos un plan, pero ese plan está condicionado por lo que quiera hacer, en el ajedrez, el adversario, y en la vida, el destino. Las modificaciones que el plan sufre con ello son casi siempre tan grandes que en su ejecución apenas resulta ya reconocible en sus rasgos básicos.
(Parerga y paralipomena, I)

¿Por qué se trazan entonces los planes? Porque hay que tenerlos, colega, pero no necesariamente para cumplirlos.

TRAICIÓN

Lacan observa que solo puede ser traicionado quien sigue firmemente la vía de su propio deseo.

(Debo esta referencia a mi amiga Gloria Seddon)

Pero además, en un memorable pasaje del seminario VII (L’Éthique de la psychanalyse, París, 1986, p. 370) apunta que el héroe es aquél que puede ser impunemente traicionado.

Solo cabe concluir, pues, que la vía del deseo tiene algo de heroico.

EL ÁNGEL CAÍDO

Cuando los escritores llegan a la vejez, gran parte de su obra está dedicada a elaborar las sombras de la mortalidad –Alison Lurie dixit– que asoman en las penurias del cuerpo. La mayoría son hombres. No hace falta ser muy lúcido para entender que para todos ellos la muerte es, pura y simplemente, el final de la masculinidad, de tal modo que a menudo sus reflexiones sobre la vejez y la decrepitud son cantos elegíacos que lloran el final del deseo.

(¿Convertirme en un ángel…? Puede que sí, pero que sea un ángel caído.)

EL ERROR DE LOS ENAMORADOS

En Delitos y faltas –probablemente, la película de mayor calado moral que he visto– Woody Allen pone en boca de un filósofo judío que se suicida una lúcida descripción del amor. El filósofo afirma que cuando nos enamoramos tratamos de reencontrar todo o parte de aquellas personas a las que estuvimos apegados en la infancia; pero, al mismo tiempo, pedimos al ser amado que repare todo el daño que esos padres primeros nos causaron. Así pues, el amor contiene en sí una contradicción: el intento de volver al pasado y el intento de redimirlo, es decir: de conseguir que ya no influya en nosotros, que nunca más nos amenace.

(Debo esta sugestiva referencia a Mercedes Casanovas)

De modo, pues, que si Woody Allen (o su filósofo suicida) están en lo cierto, en el enamoramiento se traba una paradoja insoslayable: uno intenta recuperar algo que le ha sido muy querido pero sólo para acabar destruyéndolo. Por eso –y no por un capricho romántico– parece inevitable concluir que es cierto: “No hay (no puede haber) amor feliz”.

Y se entiende que haya quienes nunca se enamoran: no es que les falte sensibilidad o que no tengan corazón, lo que pasa es que no consiguen pensar su experiencia amorosa como es debido, o sea, paradójicamente.

ORAL O ESCRITO

Siempre he pensado que quienes se levantan temprano y se acuestan antes de la medianoche son en todo punto superiores a los que trasnochan. Cuando se les objeta que trasnochar inevitablemente supone perder la mañana siguiente, los noctámbulos suelen aducir que se pierde la mañana, pero se gana una noche. Desde luego, el argumento es bastante estúpido, pero nunca he hallado una réplica eficaz para rebatirlo que, a su vez, no incurra en alguna forma de mojigatería.

Lo mismo me sucede cuando escucho que el trabajo de los ágrafos es equiparable (o incluso mejor o más auténtico) que el de los que expresan sus ideas por escrito. La excusa de que “Fulano es tan sagaz y tan brillante que no soporta sus propios escritos y no escribe porque lo suyo es la conversación o la cátedra, bla, bla”, no tiene nada de convincente, aunque no tengo razones para rechazarla.

Así era hasta hoy, en que he dado con el argumento decisivo.

En un comentario hecho a Bioy Casares en 1974, Borges observa que la gracia o la inteligencia puramente oral del ágrafo se nutre necesariamente de una circunstancia que comparte con otros mientras que el escritor está por fuerza solo, en un contexto que él mismo ha de inventarse con la única ayuda de su imaginación, su tradición cultural o su memoria. Está claro que la tarea del segundo es mucho más ardua y difícil, porque lo que en uno es oral, efímero y colectivo, en el otro es escrito, individual y definitivo.

SOBRE LA LECTURA

Como si fuera a gastarme una fortuna cada vez que pasaba una página, leía el Orlando. Por eso vino la avaricia, para hacer del libro algo infinito. Unos pocos pasajes servían para meditar durante las horas antes del sueño. Así pues, cada día leía dos veces lo mismo: uno con los ojos de fuera y otro con los de dentro.

No obstante, a menudo no conseguía recordar cómo un pasaje había llegado a una situación determinada y por qué el cambio resultaba tan brusco, o no lograba averiguar cuál era la palabra sobre la que se había posado la autora, para definirla a la luz ¿de qué imagen? Ya fuera por temor a avanzar o por pereza de moverme de la cama, nunca me permitía volver al libro.
Los huecos de la memoria acababan por ser de mi invención, pero en comparación resultaba tan tosca, que crecía en mí la veleidad de narrármelo con el mismo estilo de Virginia Woolf, como cuando se reconstruye un castillo derruido como si el tiempo nunca hubiese pasado por él.

Contra la regla que rige la restauración de los castillos -que manda diferenciar visiblemente ambas partes- no estaba siendo justa con la historia porque deseaba mantenerme fiel a su belleza.

Al volver al libro no había duda: era mejor que el inventado. Nueva conciencia: en unas cuantas horas conseguía malbaratarlo todo con una lectura voraz. Ahora me interesaba la trama, perdía de vista los detalles y ojeaba unas líneas del final. Para colmo de males, me consolaba diciendo: recuerda que el libro es sólido y duradero, que puedes releerlo cuantas veces lo desees. Yo fingía no saber que nunca se puede volver a lo mismo, que la lectura, no el libro, es un arte efímero. Al fin y al cabo, ¿no era el Orlando una representación? Con sus movimientos rápidos y lentos, con diálogos que me llevaban de Orlando a mis actos y de sus errores a los míos y después al reino de la imaginación, que ensombrecía la realidad o la hacía más brillante. O si no, me hacía olvidar el pago de una multa. Es difícil vivir en dos castillos y más aún cuando no cumples las reglas de la restauración.

A esto lo llamo el placer de la lectura: no poder diferenciar entre quién es el que lee y quién es el leído.

DOS MUJERES PIADOSAS

En un panfleto dedicado a la defensa de las mujeres y titulado Lana Caprina, Giacomo Casanova da noticia al pasar de la existencia de nihilistas avant la lettre.

Conocí a dos mujeres piadosas que, tras leer ese librito [un opúsculo donde se pretende probar, basándose en cincuenta pasajes de la Biblia, que las mujeres no pertenecen a la misma especie que el hombre] quedaron persuadidas de que no gozaban de un alma inmortal como los hombres; pero ese considerable error produjo en cada una de estas mujeres efectos opuestos. Una de ellas, consciente de no estar destinada tras esta vida a una existencia eterna, en la que le serían infligidos castigos o asignadas recompensas, quedó aterrorizada, sombría, agobiada, por así decirlo, y humillada por su propia debilidad; pero la otra se volvió alegre, su corazón rebosaba júbilo pues pensaba que ya no debía imponerse ningún freno, ni había nada que temer, ni ningún motivo para moderar aquellas pasiones que antes la condenaban a la maldición.

Pero lo más curioso de este pasaje no es que anticipe algo que hoy reconocemos perfectamente, el nihilismo, sino que a su autor no le llamase la atención que una de las dos nihilistas ganara la felicidad al saber que era mortal. Según cuenta la leyenda el popular seductor italiano tenía un gran sentido del tacto, en especial para tratar con las mujeres de la corte, y el texto del que procede la cita así lo confirma. Pero a la luz de este pasaje –y considerando que además Casanova apenas vio que el mundo en el que se desvivía por medrar se estaba desmoronando– también parece bastante evidente que el sentido del olfato no era lo suyo: fue incapaz de oler los cambios que se avecinaban.