EL ABANDONO

De todas las creaciones conceptuales de Heidegger la más afín a nuestra humana condición es la Geworfenheit, que nombra la condición de estar o sentirse arrojado en el mundo, es decir, la de sentirse abandonado, como clama el infeliz Áyax en la tragedia de Sófocles.

No hay nada más doloroso que ser abandonado, nada más irreparable.

(Pero…, por qué te vas, por qué me dejas…)

PRECISIÓN

A veces Walter Benjamin, que solía ser un escritor muy confuso, era capaz de una extraordinaria precisión. En una anotación del 7-8 de junio de 1930 (Cfr. Haschisch. Trad. Jesús Aguirre. Madrid: Taurus, 1980, p. 89) apunta:

Estoy tan triste que para vivir tengo que resignarme casi ininterrumpidamente.

(Debo esta referencia a mi compadre Carlos Feliú)

La lucidez del desdichado Benjamin es sólo comparable a la precisión musical de Beethoven.

(¿Quieres saber como me encuentro? Es muy simple, escucha el tercer movimiento del opus 132 de Beethoven. Se puede ser más locuaz, más recursivo o sintagmático y quizá algo más expresivo, pero nunca tan preciso como esta pieza.)

SIGNOS

Hay muchas maneras de estar en el mundo, pero hay dos que son características e inconfundibles Están los que van por ahí, distraídos, papando moscas, como Caperucita Roja; y, por otro lado, están los que viven atrapados en un bosque de signos, como el Lobo. Los primeros suelen ser un poco tontos y, en compensación algo más felices, porque nunca saben dónde o con quién se encuentran. Los segundos, en cambio, lo ven y lo entienden casi todo pero su exagerada atención por los signos solo les trae infelicidad.

Así es; y no hay tercera alternativa. No hay Lobo que encuentre a Caperucita por casualidad, ni Caperucita que se escabulla de ese encuentro por astucia. No, no nos engañemos, interpretemos bien los signos: son dos que no quieren saber nada el uno del otro.

MISERIA DEL REALISMO

En los cuadros de Sorolla –tan costumbristas y tan “reales” (¿o tan realistas?)– que en estos días se exponen en El Prado, el realismo pictórico del siglo XIX muestra su lado más trivial e irrelevante. ¿Qué es lo que pretende una pintura realista? ¿Cuál es su propósito en última instancia? ¿Hacer gala de su maestría en la representación mimética? Por supuesto que no. Si fuera así, con una sola pintura bastaría. ¿Pretende acaso estetizar lo que reproduce con tanta fidelidad como hace la fotografía? En parte sí. Cada vez que los pintores realistas recortan un pedazo de la realidad para inmortalizarla, parece que quisieran redimirla de su llaneza y, al final, sucumben a ella; e igual que los facticistas en epistemología, acaban siendo un tanto cursis y bobos.

(Nada tan manifiestamente bobo y cursi como el esteticismo.)

El exceso de confianza en algo, cualquiera que sea, está por otra parte a un paso de la tontería.

No, lo que en verdad celebra el realismo pictórico en sus obras y en el despliegue de sus recursos miméticos –cuando no ocurre que el pintor se ocupa simplemente de producir una obra con objeto de ganarse la vida como retratista o paisajista– es la pintura misma: “¡Señoras y señores, he aquí el Arte!”, esta es su consigna. Lo que sus obras actúan (o ponen en acto) es la supuesta capacidad demiúrgica del Artista. Tamaña cursilería que recuerda tantos otros modos semejantes: la exagerada gestualidad de Liszt o los excesos del Godard más previsible y manierista, por ejemplo, cuando en sus películas le da por rendir homenaje, una y otra vez, a la “magia” del cine. Así pues, los cuadros de Sorolla, que parecen tan fieles a lo que se da, sólo consiguen dar a ver la amanerada pintura que los ha producido, de modo tal que, a fin de cuentas, este fidelísimo realismo parece servir para obliterar la realidad misma que pretende representar.

OBSTINACIÓN

La obstinación en un escritor, como en la humanidad en general, es inversamente proporcional a su poder de fascinación. Se comprende entonces que los filósofos sean, tanto en el trato humano como en su escritura, la especie más obstinada.

CALATO

Así llaman en Lima a unos individuos que son tan pobres, pero que tan pobres, que no tienen para ponerse encima unos harapos. Circulan por la ciudad en pelota picada pero por alguna razón extraña los limeños sienten por ellos un respeto reverencial y los tratan como si fueran santones de la India. ¿Cómo categorizar la “desnudez” de los calatos por contraste con la de unos posmodernos exhibicionistas que también van por Barcelona en pelotas? A diferencia de estos últimos la desnudez de los calatos es signo de indigencia absoluta y quizás una especie de ascetismo, pero desde luego, no son nudistas.

(Tampoco lo son esos que andan desnudos por las calles de Barcelona. El de los nudistas es un conjunto vacío. )

El nudismo infringe el necesario (y civilizado) contraste entre lo público y lo privado al poner a la vista de los demás lo que sólo vemos en la intimidad: nuestro cuerpo desnudo. Su práctica, sobre todo si viene arropada de ideología, no es más que una versión distorsionada del naturalismo romántico y, las más de las veces, un atentado no al pudor sino a la vista, por lo que revela de la fealdad general. Y, en más de una ocasión, una torpe excusa para el exhibicionismo.

Sin embargo, la principal objeción contra la desnudez no debería ser estética sino ética (aunque no moral). El cuerpo ha de cubrirse o adornarse porque no es la prenda de una dialéctica entre lo que se oculta o lo que se deja ver, sino el soporte de unos signos que marcan nuestra diferencia o nuestra distancia respecto de la condición natural que, como la de los calatos, en el fondo es pura indigencia.

EL DESNUDO Y LA DESNUDEZ

Cuatro de la tarde de un caluroso sábado a finales de mayo en Barcelona. En la zona peatonal de la Diagonal, entre María Cristina y Francesc Macià, camina un individuo joven, de unos treinta y cinco años, delgado y bien formado, completamente desnudo. Va calzado, lleva calcetines oscuros, una gorra de un verde estridente y una especie de palo largo, al estilo de los caminantes.

Al parecer, en Barcelona no es delito ir desnudo por la calle.

De inmediato y sin entrar en la problemática propia del exhibicionista, la imagen sugiere el deseo de mostrar el cuerpo propio. Una ulterior reflexión hace pensar en el contraste que se advierte en el uso de nociones como “desnudo” y “desnudez”. El desnudo es objeto del arte y connota desinhibición, vigor… mientras que la desnudez es más bien objeto de la religión y connota vergüenza, vulnerabilidad. El cuerpo humano es objeto de culto en el caso del desnudo o bien es objeto ocultado en caso de la desnudez. En un caso se exhibe el esplendor del cuerpo y en el otro el fasto del espíritu.

LA LETRA DEL DESENGAÑO

Una canción habla de desengaños o de desencuentros amorosos. Parece razonable que, tras reconocerse en ella, quien la escucha caiga en profunda melancolía y piense que esa letra anónima describe su propio desengaño. Así, cuando la letra del tango de Discépolo “Esta noche me emborracho” termina:

Esta noche me emborracho bien,
me mamo, ¡bien mamao!,
pa’ no pensar.

adquiere, por efecto de una magia sin regla, una universalidad insólita que comunica entre sí la desdicha de innumerables individuos abandonados.

Pero también es razonable descubrir en virtud de esa misma letra que todos los desengaños se parecen y que lo que esa canción describe es rematadamente tópico, más o menos como son de tópicas casi todas las experiencias humanas. Peor aún –más decepcionante todavía– es escuchar ese tango memorable o cualquier otra canción semejante y sentir las dos cosas al mismo tiempo.

En efecto, ese es un desengaño muy distinto.

BESTIAS Y BELLAS

Las personas fascinantes espiritual o intelectualmente y no obstante muy feas son tan desconcertantes como las que son muy bellas y profundamente imbéciles. Pero ¿a qué debemos el desconcierto? Posiblemente al ideal de que la verdadera belleza sólo es posible como armonía entre lo que suele llamarse el cuerpo y el alma, de tal modo que la falta de esa armonía parece convertir a la persona en una especie de monstruo. Aunque la monstruosidad del que tiene un aspecto espantoso y un alma bellísima –es decir, la de la bestia– resulta más aparente o más ineludible, también quien tiene un aspecto adorable y carece de alma resulta aberrante al fin. De ahí que en el mito moderno sea posible el encuentro entre los dos personajes, la bella y la bestia: se reconocen porque los dos son igual de espantosos.

PSICÓPATA (II)

Cuando alguien consigue reducir la gama de los sentimientos que lo unen (o lo separan) de los demás a la hobbesiana antinomia apetito/aversión y actúa en consecuencia, se comporta como un psicópata. La alternativa amor/odio es el grado cero de la moralidad. Una vez que el psicópata ha optado por ella, ya no necesita tomar ninguna decisión en relación con una situación determinada. Y si la toma, se siente totalmente libre de responsabilidad por sus actos y puede permitirse cualquier cosa. Se disipa en él todo dilema de conciencia y en cambio el núcleo decisivo de su conducta, que siempre es un misterio, permanece intacto e inaccesible a la comprensión de los demás, que quedamos perplejos como cuando intentamos entender –en Othello– cuáles son las malignas motivaciones de Yago.

(Pero… ¿por qué me haces esto?)

Tanto da. Es una pregunta retórica que no tiene respuesta. El psicópata gana siempre. Lo que parece desafección en él –la supuesta “falta de empatía” que le atribuyen los manuales de psicopatología– es en realidad un cúmulo de sentimientos torpes, vulgares, reducidos a una pauta elemental y totalmente aleatoria: “te adoro”; y, de golpe y porrazo, “ya no te quiero más”. O viceversa. Sin embargo, lo que suscita desconcierto no es el cambio inopinado e imprevisible de su conducta sino comprobar que es él mismo cuando quiere y cuando odia, que es la misma persona: único practicante de una ley que sólo atañe y se aplica a sus propios actos. El psicópata no es como tú o como yo sino uno que ha sustituido el deseo por la voluntad; o sea: una versión deformada –la más abominable– del Übermensch de Nietzsche.

En cualquier caso, de poco sirve Nietzsche o la psicopatología en estos casos porque al psicópata le trae sin cuidado que le recuerdes que está enfermo. Una parte de su enfermedad es no saber qué le pasa; otra, no preocuparse por ello; y la otra es mera pulsión de muerte, que o bien dirige contra los demás, o bien se aplica a sí mismo, destruyéndolo todo a su alrededor.

La cultura de la no represión y de la llamada autonomía individual antiedípica, que se instaló en todos los ámbitos de la vida social desde los años sesenta del pasado siglo, ha producido varias generaciones de psicópatas y causado una ruina moral de consecuencias todavía imprevisibles. La envergadura de este descalabro y la anomia que resulta en las relaciones entre semejantes, en medio de la estupidez general, pasa a menudo desapercibida. Sólo se revela cuando, de vez en cuando, tenemos la desgracia de topar con alguno de estos monstruos.