MAOÍSMO

Alguna vez, en un futuro quizá no muy lejano, cuando las urgencias y las frivolidades del presente se hayan disipado, alguien volverá sobre las ideas de Mao Zedong, hurgará en sus aforismos y sus escritos sobre la revolución y la guerra y descubrirá junto a un delirio mesiánico una inteligencia superior, tal como hoy yo mismo al recordar, desde el fondo de mi memoria juvenil, una frase de Mao fechada el 26 de mayo de 1939.

Ser atacado por el enemigo no es una cosa mala sino una cosa buena.

(¡Organicémonos!)

ZAPPA

Mientras aguanto estoicamente los insultos que me ha dedicado una legión de mentecatos y mentecatas a raíz de un artículo sobre el resentimiento femenino donde aparecía el significante “revanchismo”, me asalta el recuerdo de un disco de Frank Zappa titulado La revancha de Chunga. Allí figuraba una de las piezas breves de Zappa más complejas y memorables que recuerdo. Se titula “Twenty small cigars“.

También recuerdo que cuando la descubrí yo fumaba unos cigarrillos pequeños y anchos, sin filtro, con tabaco Caporal.

Con gusto me fumaría otro Caporal, para sustraerme de tanta estulticia…

HERMENÉUTICA

Los libros de Gadamer y sus discípulos, que son legión, se parecen en muchas cosas.

Por ejemplo, están hechos de pedazos de pensamientos que se mueven con velocidad entre muchos asuntos y temas. Se agitan como las alas del colibrí que lo mantienen quieto y estable en un solo punto y, de pronto, lo hacen cambiar de lugar para repetir lo mismo en otro lugar del espacio. No afirman nada, sólo conversan con la tradición. No discuten ni defienden posición alguna, por lo tanto, la mayor parte de las veces no se equivocan; pero, como es un pensamiento que nunca incurre en riesgos, una vez lo lees al poco rato descubres que lo has olvidado.

Sólo hay un asunto de la hermenéutica gadameriana que siempre me ha llamado la atención: la llamada “fusión de horizontes” que, en alemán pedante, se denomina Wirkung. Vagamente, este concepto alude a una especie de necesaria comunión o de amalgama entre el momento en que una obra se da al mundo y el momento en que es acogida por éste: la anticipación y la necesaria espera que acontecen en relación con una obra. Eso significa que, tras Hegel, necesariamente había de aparecer un Marx. Hegel contiene en sí a Marx y Marx es la recepción (Wirkung) de Hegel. Todo autor u obra tienen su factor desencadenante y su espera.

Dos horizontes que se fusionan… La filosofía no necesita de este concepto. No sirve para nada. En cambio sí sirve para comprender la extraña sensación que se produce cuando tras una tremenda decepción

(En inglés, como en latín, deception es engaño.)

sigue otra que se suma o se fusiona a la anterior y más tarde otra más… y otra. Hasta que todas ellas forman un solo horizonte decepcionante; y, al final, ya no sientes nada.

SADEANA (I)

En un libro redundante –otra vez acerca de las perversiones– de la siempre sugestiva Elizabeth Roudinesco doy con una observación muy pertinente. Roudinesco se refiere a los años de confinamiento del marqués de Sade y apunta:

[…] aprovechó su encierro para adquirir, en el secreto de una confrontación violenta consigo mismo, la mayor de las libertades, la única a la que pudo aspirar: la libertad de decirlo todo y, por lo tanto, de escribirlo todo (Roudinesco, Nuestro lado oscuro, 69).

Este “por lo tanto” chirría aquí, pero es muy posible que sea una torpeza de la traducción. ¿No será un “más aún”? Decirlo todo, escribirlo todo. La absoluta transparencia, sin mediación, sin regla de juego: sólo en la locura (la manía), que juega sin reglas. Nietzsche corre y abraza al caballo en una calle de Turín antes de sucumbir a ella.

(Yo quiero morir abrazado a la verdad.)

EL CUERPO NO ENGAÑA

¿Te abochornas y confías en que nadie se dé cuenta? Es inútil: notas cómo el rubor enciende tus mejillas. Crees que has apartado de ti toda angustia pero ya la tienes otra vez contigo: ese nudo que se cierra sobre tu garganta como una garra. El hambre, la lujuria o el coraje, que no se pueden encargar, que están fuera del alcance de tu voluntad, son temples del cuerpo. Ça arrive –dicen los pedantes–; en tu cuerpo están, por eso son verdaderos acontecimientos.

El cuerpo no engaña.

El bravo y el temerario sienten dispararse el corazón frente al peligro. Sus cuerpos tienen miedo: miran asombrados cómo les tiemblan las rodillas. A ése se le quiebra la voz en la alocución fúnebre y a este otro la boca se le pone seca en el momento de rendir cuentas. Y esa que miente balbucea y rompe a llorar. El cuerpo tiene su propio lenguaje de síntomas y siempre dice la verdad. Es la verdad misma, inexcusable, independiente, impertérrita, es el objeto en y para sí: una instancia que está más allá de toda conciencia de la experiencia propia, un testimonio irrebatible, sin lugar a dudas, de que estás en el mundo.

(Piensas –ay, platónica esperanza– que en ti habita un Auriga que lleva las riendas del cuerpo; pero no, esa es una pobre ilusión de señorito ateniense. El cuerpo es por su propia naturaleza desenfrenado.)

El cuerpo desenmascara a los cobardes, a las frígidas, a los pusilánimes, a los impotentes, a los castrados, que son incapaces de desear y, por esto mismo, enseña lo que en verdad sienten. Su mensaje no lo desmiente ninguna sublimación, ningún argumento. El cuerpo posee una razón terminal. Nunca la desatiendas: la Gran Razón del cuerpo, la llamaba Nietzsche, que los seres inferiores desprecian y los desleales intentan enmascarar. ¿Y sabes por qué? Porque en el fondo no son amigos de la verdad.

Escucha con atención lo que dice tu cuerpo, todo el tiempo emite señales, convive contigo: es Otro. Tú mismo, pero otro. Recuerda a los estoicos, ellos se ocupaban del cuerpo no para contenerlo o disuadirlo o torturarlo (no eran cristianos), se ocupaban del cuerpo porque iban en busca de su verdad. En efecto, el cuerpo no engaña.

En el cuerpo se representa en todo momento un drama gozoso (cuánto gozo, cuánta maravilla esconde el cuerpo cuando lo sabes interrogar) o terrible, una embriaguez vertiginosa o una sobria indiferencia… ¿No te ocupas de él, no quieres saber lo que expresa o representa? ¿No quieres saber la verdad? Mátalo entonces, destrúyelo, desembarázate de él, pero venga ya, no mientas más.

Tu cuerpo no engaña.

AMICUS PLATO

La sentencia de Ammonio completa es:

Amicus Plato sed magis amica veritas.

Este lema ha sido una máxima personal para mí desde el momento en que en mi adolescencia descubrí que el mundo a mi alrededor era una insondable e intrincada ficción. Esta sentencia resuena en mi cabeza casi a diario. Significa: “Amigo soy de Platón, pero más lo soy de la verdad.”

Pero ¿a qué alude la frase?

(Ah, amiga mía, a muchas, muchísimas cosas…)

Por una parte, admite que todos los humanos estamos constituidos por prejuicios y preferencias incontenibles que gobiernan los constantes devaneos de nuestro espíritu como hace el daimon socrático, pequeño demonio travieso que nos acompaña, pequeña y frágil alma mía. Y advierte que lo importante no es estar dominado por demonios incontrolables sino saber que es así. Que más allá de la inclinación o el amor por otro (o por uno mismo) está la verdad, que no admite ni matices ni excepciones. Nos dice que no se trata de oponerse a los propios prejuicios sino que lo sabio es aprender a reconocerlos en uno y en los demás.

Pero la frase de Ammonio también nos recuerda cada día que, por encima de cualquier construcción fabulosa, por encima de una reputación o de un deseo desviado o justo, está la verdad. Siempre está la verdad. Tú la conoces y yo también. La verdad tiene sus momentos y sus obligaciones, su disciplina y su sanción. Atente pues a ella.

(¿O sea que era así, no más?)

Amicus Plato... No pidas indulgencia. No la tendrás.

PÚBLICO

Un libro muy malo y muy viejo tiene la ligereza de afirmar que Dios existe, sin embargo no se queda ahí, pues sostiene además que el hombre fue hecho a su imagen y semejanza, y para rematar, dice que Dios es amor, afirmación ésta que se contradice con la segunda, pues si ello fuera cierto, hasta los perros serían más divinos que los hombres.

APUNTE SOBRE MOZART

Cada ocasión tiene su color y su música, su coordenada y su momento mágico

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(Nos acechan los momentos y los personajes mágicos.)

y desde ella se traza la sinuosa o alargada senda que lleva hasta un punto de reencuentro. Unas veces quien te conduce es un graffitto sobre una pared anónima, otras veces es un objeto que te sale al encuentro en un paseo, la frase que escuchas en el autobús o la memoria que te asalta inadvertidamente (“Ah, era éso…”).

Hoy ha sido Mozart (y mira que no eres mozartiano) quien te devuelve a la beatitud. La sonata se desenvuelve como una aclaración pese a que no dice nada, no representa –ninguna música lo hace–, pero te explica. Las notas suenan como las palabras que hubieras querido escuchar y que, por desgracia, no te han llegado.

Pero tienes la beatitud como recompensa. Ya es algo.

ÍMPETU

Según el diccionario, el ímpetu es el brío, la vehemencia o el ardor con que se actúa. Se puede ser impetuoso por naturaleza, por mala educación, por atolondramiento, por sentimiento de inferioridad (o por lo contrario), por estupidez o por inocencia.

(Para, no seas prolijo.)

Se es impetuoso en la juventud. La juventud se sostiene y se deja ver en el ímpetu propio.

(Ahora entiendes por qué cuando actúas impetuosamente no sientes ningún entusiasmo sino una pizca de tristeza.)

EL HORIZONTE

Se suele decir que la vida cerca del mar es más apacible o más grata, pero nunca he oído un argumento válido para sostener esta afirmación que, a la postre, parece tan sesgada y prejuiciosa como tantos otros gustos y opiniones. Sin embargo hoy, en un mediodía otoñal, me asomé al mar y encontré por primera vez una razón de peso para avalar esta preferencia. Vi, brillante y nítida, la línea del horizonte y experimenté la misma atracción que desde hace siglos sienten los navegantes.

El horizonte es el signo de la proximidad o de la distancia que marca nuestro lugar (o no lugar) en el mundo y sólo se percibe en toda su inmensidad delante del mar. Signo de lo abierto, de lo inacabable y, por lo tanto, consuelo de la finitud.

(Da gracias a los dioses, que te han dado el horizonte y el mar.)