EL RITO NECESARIO

Con mi generación nace el rechazo generalizado hacia la institución matrimonial que hoy en día se expresa en forma de uniones indeterminadas, parejas o relaciones “líquidas”, cohabitaciones y toda clase de engendros (amistades más o menos erotizadas, parejas de hecho, etc.) que, a la postre, no han proporcionado mayor felicidad sino todo lo contrario.

Leo en un periódico que en Roma los enamorados han instituido un rito privado en el puente Milvio, donde se libró la batalla en que Constantino se impuso sobre Majencio. Los enamorados se reúnen allí, se juran fidelidad eterna, cuelgan del puente Milvio un candado y arrojan la llave al Tíber. La noticia me estimula: la ceremonia es tan bonita… Es un signo de recuperación. Restablece la autoridad del rito de la unión de una pareja fuera de la desgastada e insostenible institución matrimonial, pero además enseña mucho acerca de los verdaderos designios humanos y sobre todo enseña la importancia de la vida simbólica y el valor insustituible de los ritos para dar sentido a la existencia humana.

Es un signo de civilización.

EL ALMA Y EL SUEÑO

En un pasaje de Platón cuya referencia he olvidado y que me da pereza ponerme a buscar, Sócrates explica que en el sueño el alma sale momentáneamente del cuerpo y vaga y se interna por mundos posibles. Es posible que Platón atribuyera esta creencia a los egipcios, pueblo por el que –como es natural– sentía un gran respeto.

Representar los sueños como paseos extracorpóreos del alma es, desde el punto de vista moderno y contemporáneo, algo disparatado y, no obstante, ¡cuánto más sugestiva y plausible resulta cuando se la compara con los modelos actuales, como el freudiano, que habla del sueño como un agregado de restos diurnos y deseos inconscientes insatisfechos; o el de las llamadas “ciencias cognitivas” que representan el sueño como un proceso de desfragmentación y reorganización de la memoria como si se tratase de un disco duro!

Hace exactamente diez años anoté este sueño:

Viajábamos en un gran barco transatlántico. Formábamos parte de un grupo variopinto de turistas, algunos de ellos reconocidos, aunque ya no recuerdo sus caras [la memoria de los sueños es muy efímera]. Tú eras objeto de toda clase de lisonjas y coqueteos, lo cual te ponía de excelente humor: alegre y pizpireta [qué palabra, Dios] y cada vez más integrada al grupo; en cambio yo me hundía en el desánimo y acababa comiendo a solas, mientras oía tu voz, en la otra mesa, acompañada por un coro de risas cómplices.

Ay de mí… ¿Qué dolorosa penuria asolaba mi alma entonces? Es probable que fueran celos, pero el sueño no los tematiza sino que remite a su experiencia, no a su motivación. Expresa el sentimiento de ser escarnecido y lo dramatiza con imágenes y situaciones. Seguro que sí, puesto que mi comentario, que sigue a la transcripción, es muy claro. Anoté:

Se apoderan de mí las Furias. ¿Ves cómo el amor es siempre amor de uno mismo?

PONER EN RELACIÓN

En uno de esos textos medio místicos que producía Walter Benjamin (Benjamin, Ens. escog., 98) sugiere que todas las lenguas serían “traducciones” de la lengua originaria con la que Dios creó el mundo. Especula con que hay un lenguaje de las cosas que no se expresa en el habla y la lengua ordinaria, aunque éstas traducen ese lenguaje natural (reine Sprache) a las formas de lo comunicable.

(Este teclado unido a mis dedos por un vínculo muy íntimo que yo sólo puedo imaginar.)

La literatura –o lo poético– sería así un resabio, un destello del lenguaje de las cosas, aquella lengua sin nombres que de pronto aflora en el discurso cotidiano.

¿Cómo representar un lenguaje de las cosas entre ellas mismas si no está dirigido a mí? No está aquí lo más sugestivo de la observación sino en el hecho de que Benjamin imagina que las cosas entablan por ellas mismas relaciones, están en relación. Que esa relación sea o no discursiva es lo de menos. Toda puesta en relación es un milagro, porque la relación no está en el mundo sino en la sensibilidad que la establece; y, sin embargo, puede ser reconocida –incluso rota o sustituida– por otro.

EXTRAÑOS NÓMADAS

Hay muchos tipos de judíos. Algunos muy característicos e idiosincrásicos, Por ejemplo: el judío llorón, que siempre está quejándose de lo mal que lo trata la vida; el judío socarrón, que ha dado unos cuantos payasos ingeniosos; el judío prestamista y codicioso, que alimenta el odio y el rencor de los antisemitas; y el judío rijoso, categoría en la que son conspicuos Hugh Heffner, Helmut Newton, Roman Polanski y Philip Roth.

Roth es un escritor obsceno, impúdico, ramplón y muy prolífico, cuya mayor habilidad consiste en trasponer en el registro de la prosa el imaginario de sus lectores. Lo hace de forma casi literal, de tal modo que sus libros resultan muy fáciles de leer. Su literalidad puede ser irritante y, como por añadidura sólo habla de sí mismo –como Kundera, por ejemplo– acaba resultando antipático, por mucho que nos acostumbremos a su prosa autorreferente.

Sin embargo, cuando no está dedicado a enseñar lo lúbrico y lo rijoso que puede llegar a ser, Roth en ocasiones puede ser agudo observador de lo cotidiano. En una de sus últimas novelas (Sale el espectro. Traducción de Jordi Fibla. Barcelona: Mondadori, 2008.) anota:

Una de las notables satisfacciones de la vida urbana; desconocidos que alimentan la quimera de la concordia humana al comer juntos en un pequeño y buen restaurante. (p. 35)

En efecto, compartir la hora de comer en un restaurante es una significativa suspensión de la guerra que sólo se lleva a cabo –y no por casualidad– en un ambiente urbano. Roth descubre la analogía de la concordia en la comida en comunidad, entre urbanitas; recuerda a las hordas que acuden al jagüel a saciar la sed y, por una vez, dejan de combatir entre sí.

Los judíos, un pueblo trashumante y sin embargo urbano, conocen todos secretos de la vida civilizada. La vida de la ciudad. Los judíos son los nómadas más extraños.

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EL DIVORCIO

Hans Magnus Enzensberger es reconocido por algunas cualidades personales sobresalientes. Primero, tiene un nombre carismático. Segundo, siempre acierta en lo que escribe, cualquiera que sea el tema que aborde, porque es capaz de una independencia de criterio y una lucidez incomparables. Y, por último, parece como si escribiera para mí, para aleccionarme o para formarme. Siempre lo he tenido por mi maestro (aunque esto que escribo, por cierto, es un cliché).

Hace muchos años, en 1982, recorté de la London Review of Books este poema, traducido al inglés por Michael Hamburger, si titula “El divorcio”:

At first it was only an imperceptible quivering of the skin–
“As you wish”– where the flesh is darkest.
“What’s wrong with you?”– Nothing. Milky dreams
of embraces; next morning, though,
the other looks different, strangely bony.
Razor-sharp misunderstanding. “That time, in Rome–“
I never said that. A pause. And furious palpitations,
a sort of hatred, strange. “That’s not the point.”
Repetitions. Radiantly clear, this certainty:
From now on all is wrong. Odourless and sharp,
like a passport photo, this unknown person
with a glass of tea at table, with staring eyes.
It’s no good, no good, no good:
litany in the head, a slight nausea.
End of reproaches. Slowly the whole room
Fills with guilt right up to the ceiling.
This complaining voice is strange, only not
the shoes that drop with a bang, not the shoes.
Next time, in an empty restaurant,
slow motion, bread crumbs, money is discussed,
laughing – The dessert tastes of metal.
Two untouchables. Shrill reasonableness.
“Not so bad really.” But at night
the thoughts of vengeance, the silent fight, anonymous
like two bony barristers, two large crabs
in water. Then the exhaustion. Slowly
the scab peels off. A new tobacconist,
a new address. Pariahs, horribly relieved.
Shades growing paler. These are the documents.
This is the bunch of keys. This is the scar.

No es un texto bello, no tiene forma y es casi telegráfico, pero la secuencia amarga es implacable de tan reveladora. No puedes escapar a las coordenadas descritas aquí si alguna vez las has vivido, si has estado allí… Apunto los significantes más dolorosos:

“¿Qué te pasa?”
el otro se ve diferente, extrañamente huesudo
“Aquella vez en Roma”
una especie de odio
Repeticiones
La voz que se queja es extraña
Dos intocables
Parias, horriblemente aliviados
Estas son las llaves. Esta es la cicatriz.

(Por una vez, el maestro no te ha hecho bien. Este poema, que trae la imprevisible memoria, hubiese sido mejor no haberlo leído nunca.)

MUJERES (VII)

El revanchismo “de género”

(o sea, el resentimiento femenino)

es un mal que se extiende imparable por todas partes. En el cine, por ejemplo, hace tiempo que está implantado: ¿qué otra cosa si no explica el éxito de aquella parábola semipublicitaria –como el resto de la filmografía de Ridley Scott– que fue Thelma y Louise?
Pero donde ese carácter resentido es más claro y elocuente es en las letras actuales de las canciones populares. En este contexto el contraste con antiguos modelos “de género” es harto evidente. Antaño, ante una ruptura o un desengaño, los hombres solían –y aún lo hacen–llorar el amor fracasado, se emborrachaban para mitigar sus penas, se autocastigaban y se autodenigraban por sus faltas, su estupidez o su deslealtad y cantaban en tono elegiaco su lamento por la hembra perdida. Así en los tangos, en los boleros y las rancheras y en las conmovedoras canciones de Frank Sinatra o de Billie Holliday.

Sin embargo, ante circunstancias parecidas, las mujeres actuales, que tan a menudo se identifican con una masculinidad imaginaria, no asumen el rol de los hombres sino que se calzan unas botas de caña alta, se atizan un atuendo de perdularia al estilo Madonna o un traje de leopardo y se retratan basureando sin piedad a potenciales amantes o pretendientes. Ni lloran ni piden perdón. Se encuentran algunos ejemplos significativos en la frondosa discografía popular contemporánea: Shania Twain “You don’t impress me much en pose de femme fatale, toda ella leopardo. Shakira, en una canción titulada significativamente “La tortura” donde despacha a Alejandro Sanz con un “A otro perro con ese hueso”. Y una tonadilla pegadiza de Julieta Venegas, titulada “Me voy…” donde arroja a su ex enamorado al vacío mientras levanta vuelo en un globo y canta con tono de mosquita muerta:

“qué lástima pero adiós,
me despido de ti y me voy…”.

¿Tienes problemas con tu hombre? Tíralo por la ventana, escupe sobre él, maldice sus muertos, cámbialo ya mismo por otro, acaba con él, no te cortes.

(No, si alguna razón tienen esos bárbaros islámicos en temer lo que se les viene encima… )

EL SILENCIO

Pese a que paso la mayor parte del día solo y en silencio, todavía doy una enorme trascendencia a los silencios y a la falta de respuesta, cualquiera que sea, quizá porque yo soy muy lenguaraz y bocazas. Un tipo incapaz de quedarse callado.

Tratándose de silencios deliberados, los hay de muchas clases. Está el silencio administrativo, que suelen usar los poderosos y los canallas para negar un favor o una atención merecida; el silencio huraño, que se suele encontrar en individuos tímidos (y en muchos que se consideran a sí mismos tímidos pero que en realidad son unos maleducados); el silencio de los místicos, que nunca he entendido del todo porque es solemne (también se puede tener una experiencia mística cantando a voz en cuello); el silencio melancólico, que evita las ganas de llorar; el de la atención, que sirve al recogimiento y la concentración; el silencio circunspecto, que permite simular una inteligencia que no se posee; el del desprecio, que no necesita explicación; el del recato y el decoro, que son misercordes con el otro; el silencio del ofendido, que es una manera infantil de reprochar y está a un paso del resentimiento; y, naturalmente, el silencio desamorado.

Este último es inequívoco, inconfundible. De todos los silencios posibles, es el más elocuente y el más inexcusable porque no dice nada per se y, sin embargo, comunica algo a quien está dedicado. Parece responder a un código pero es la falta absoluta del código puesto que usa todos los demás modelos de silencio indistintamente. En realidad es como una fractura, una elisión mortal en el vínculo amoroso que, como sabemos, es un flujo permanente de palabras asociado a una atracción sexual. Amor –dice Lacan– es sólo “hablar de amor”.

(¿No dices nada? Entonces es que no me quieres…)

El silencio desamorado hace saber al otro que ya no es amado. Es un signo funesto, un signo de muerte.

PREPARATIVOS DE VIAJE

Lo más maravilloso de la condición humana es que todos nuestros actos tienen un sentido. Es inevitable que sea así. No hay nada gratuito (solemne tontería la de Camus), salvo los deslices y las torpezas, pero esos no cuentan como actos. Son faltas y, como ocurre con todas las faltas, no tienen propósito ni razón. No vale la pena explicarlas ni justificarlas. El resto de las acciones humanas siempre tienen sentido, por triviales o domésticas o íntimas que sean. Tienen sentido aunque sólo sea para el agente, porque muchas veces –casi siempre– los hombres están solos cuando actúan. Nadie los ve, nadie se fija en ellos, nadie dará cuenta de lo que hacen.

(Ordenas un espacio. Limpias el lugar y dispones todos los elementos que lo ocupan con cuidado y poniendo mucha atención. Lo haces en silencio y con parsimonia. Te pareces a Nick Adams cuando prepara el campamento donde va a pasar la noche después de la jornada de pesca. Recoges tus cosas, en soledad, como quien arma una maleta. Está claro: estás preparando un viaje. ¿A dónde? No se te ha ocurrido pensarlo: pero ahora lo ves. Pero ¿adónde te vas? Qué pregunta…)

Suena la puerta y acudo, pero ahora tampoco hay nadie.

MAMBRÚ SE VA A LA GUERRA (IV)

Esta es la mejor estampa de Caran d’Ache.

Todo es perfecto: la carga de caballería, el jinete que lleva la cabeza vendada, el que trastabilla sobre su caballo y el que cae…: el desdichado chevalier de Saint- Georges

Galopan suspendidos en una nube fantástica. Como en un sueño.

Carga_Marlborough

(Y tú caes del sueño, como el chevalier de Saint-Georges.)

MR HYDE

El célebre doble del desdichado Dr. Jekyll, en la afamadísima novelita de Robert Louis Stevenson, es el paradigma ejemplar de lo siniestro.

(Mira bien, presta atención a lo que digo. De te fabula narratur.)

La falta del Dr. Jekyll no está en poseer un doble, ni siquiera está en serlo, sino en mantenerlo oculto y, al mismo tiempo, darse a él. Es el error fatal de todos aquellos que guardan un lado oscuro, inconfesable, abominable u horrendo. A fin de cuentas resultan igual de siniestros que Mr. Hyde