DE DIOSES Y RATAS

¿Han visto como actúan las ratas? Se acercan a los lugares desangelados, maltrechos, atraídas no por la pobreza sino por la podredumbre, por las montañas de escombros, por los efluvios de la descomposición de los alimentos hacinados en bolsas de basura. Para estos animales, el hedor característico de los restos de comida podrida y agusanada es el indicativo de la cercanía de la civilización, y entre los restos de la pantagruélica cornucopia de lo habitado por el hombre, intentan dar con algún manjar exquisito olvidado por éste. Así, las ratas, al oler los desechos, hunden sus hocicos para dar con esos más o menos suculentos alimentos esparcidos por el territorio humano.

Los dioses, a diferencia de las ratas, prefieren deleitarse con los vapores que ascienden procedentes de las piras de sacrificio levantadas por sus fieles, así como por las ofrendas de cirios e incienso que colman de un extraño olor dulzón las iglesias. Desde la burla prometeica tolerada por Zeus, a partir del instante en que este escogió, a sabiendas, el monto ideal para llevar a cabo un castigo ejemplar contra el hombre, los manjares expuestos en los altares se descomponen para liberar sus esencias y elevarlas hasta las narices de los olímpicos. En ese instante, los dioses sempiternos, se yerguen delicadamente hasta adquirir la pose digna de su estirpe: toman aire y de manera pausada pero con fervor, inflan el pecho, ensanchan su envergadura de hombros y, con una ligera inclinación del rostro, dejan la barbilla casi alineada con uno de los hombros hasta que ésta queda elevada unos centímetros por encima de éste.

Cuando esto sucede, se produce el mismo estado de excitación que sienten las ratas ante la presencia de montañas de basura, dado que tanto los dioses como las ratas detectan la presencia del hombre y eso indica la proximidad del alimento. Mientras los roedores excavan hundiendo sus diminutos cuerpos para dar con los restos más sabrosos olvidados por el hombre, los dioses ventean como un perdiguero y se alegran al saber que el hombre sigue ahí, que sigue venerándolo pese a no ofrecerle las mejores viandas.

De modo que cuando el hedor nos hace bajar la cabeza buscamos aquello digno de ser aprovechado, mientras que cuando esos mismos efluvios nos hacen elevar la cabeza, entonces, únicamente podemos respirar lo que aquellos seres que consideramos inferiores han decidido ofrendarnos.

¿Quién es el animal?, ¿Quién es la deidad?

Ambos sienten cerca la presencia del hombre, para uno el peligro consiste en ser descubierto y aplastado, para el otro, en que alguien se percate de la vulnerabilidad de los dioses y deje de servirle ofrendas.

Si el hombre se va, las ratas le seguirán hasta dar de nuevo con su basura,

¿Sabrán los dioses agachar la cabeza como las ratas y al ser abandonados por el hombre intentarán dar de nuevo con sus restos?

¡Ay!, dignidad, qué cruel es con aquellos que la buscan, pero cuánto más con aquellos que dicen poseerla.

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