DESAPARECER

–¿Jugamos a desaparecer?
–Sí. ¿Pero cómo?
–Cierra los ojos y cuenta hasta diez.

En una extraña película de Michelangelo Antonioni filmada en una no menos extraña Barcelona (Professione: Reporter, 1975) Jack Nicholson conseguía desaparecer usurpando la identidad de un individuo muerto al que había conocido por causalidad en un hotel de frontera, en algún país del norte de África. Pero como la usurpación no se limitaba a la identidad sino que incluía tener que seguir un trayecto prefijado de viajes y reservas de hotel que el muerto tenía establecido por distintas ciudades, Nicholson acababa por recalar en Barcelona donde fatalmente encontraba la muerte a manos de unos individuos que perseguían a su socías.

–¿Jugamos entonces?
–No. Yo no quiero desaparecer. Me bastaría con ser otro.

La fantasía de transformarse en otro se combina a menudo con la posibilidad de adoptar formas insólitas y pasar por vicisitudes inesperadas. ¿Cómo? Cambiar de sexo o de profesión, cambiar de nombre o de lugar de vida, cambiar de lengua o abrazar una religión diferente, otra nacionalidad. Los que desean ser otro emprenden cambios radicales que, en algún momento, les obligan a desaparecer y todas estas conductas alienadas, tan similares entre sí, conforman una misma pauta evasiva de alguien que por alguna razón decide huir de lo que ha sido, de lo que tiene o lo que debe o le está deparado: uno que no puede cumplir con su compromiso y deserta.

(Desertar es también una especie de desaparición.)

Cualquiera que sea la forma en que uno escoge para ser otro, siempre hay un fugitivo que quiere desaparecer. Nicholson se convierte en otro para desaparecer, pero no puede huir de su propia muerte.

(Has visto desaparecer a muchos. Uno que se cierra como un erizo y de pronto decide permanecer callado o ausente. Otro que piensa con todo cuidado sus itinerarios y los lugares que va a frecuentar para que los demás no lo vean. El que rechaza todas las invitaciones, el que no contesta al teléfono, el que te deja de saludar. Y luego está el que desaparece haciendo desaparecer a los demás: borra los números de teléfono de aquellos que no quiere ver ni escuchar, elimina sus direcciones electrónicas, cambia su propia cuenta de correo, se da de baja en el club, levanta un muro en torno a todo lo que hace y, al final, consigue tornarse casi invisible.)

La clave de la voluntad de desaparecer no está, sin embargo, en el borrado de las propias huellas o de las coordenadas vitales básicas –a toda huella borrada sucede necesariamente una huella nueva– sino en la huida. Para desaparecer hay que huir, escapar a una persecución o convertirse en inasible, inalcanzable, inaccesible; o devenir tan hermético como una runa.

–Pero no se puede vivir huyendo eternamente…
–¿Ah no? ¿Quién lo dice? En realidad, la nuestra es una sociedad formada por fugitivos.

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