LA PENA

Sumido en una inconsolable pena por haber perdido a su mujer, C. S. Lewis escribe:

Si H., “no es”, entonces nunca ha sido. Me he confundido y he tomado a una nube de átomos por una persona. No hay, nunca ha habido nadie. La muerte tan sólo revela el vacío que siempre ha estado allí. Pasa que tenemos por seres vivos a aquellos que aún no han sido desenmascarados. Todo el mundo está en quiebra, solo que a algunos esa quiebra aún no les ha sido declarada. (Lewis, A Grief Observed, 23-4)

E inmediatamente, para tratar de escapar al atolladero en que se ha metido, Lewis intenta reflexionar:

Pero esto no puede tener sentido: ¿el vacío revelado a quiénes? ¿A los declarados en bancarrota? A otras cajas de fuegos artificiales, otras nubes de átomos. Nunca creeré –más estrictamente, no puedo creer– que un conjunto de acontecimientos físicos pueda ser –o hacer cometer– una equivocación acerca de otro conjunto de acontecimientos.

Es verdad: que el mundo sea una apariencia es verosímil. Que los sucesos del mundo sean ilusión también lo es. Pero entonces, ¿Qué propósito tiene caer en el error y la ilusión? Más aún, ¿para qué sirve darse cuenta del error? Gratuita consciencia que descubrimos en la desesperación. Cuando una pena es muy honda, nos sobreviene acompañada por la sensación de gratuidad y de una inmensa e irreparable injusticia que nos sume en lo que deberíamos llamar, pese a la grandilocuencia de la expresión: “desengaño existencial”. El nihilismo suele ser la vía de escape para este tipo de desengaño. Pero la trampa en que nos encontramos es mucho más terrible que cualquier argumento o argucia hecha de palabras. Si sólo hay alrededor de nosotros una nada insondable y opaca y nosotros mismos somos parte de ella: “¿cómo o por qué una realidad ha florecido (o se ha podrido) aquí o allá hasta convertirse en ese horrible fenómeno llamado consciencia?”, se pregunta el inconsolable Lewis (Ibid., 25).

La consciencia de mi pena desmiente a la nada. En efecto, puedo desmerecer mi propia desgracia transportándome a las estrellas para asumir el punto de vista de Sirio; siempre puedo –por así decirlo– ir con Dios

(Eso es la resignación.)

pero tarde o temprano retorna mi dolor, –ay, esa tristeza tan grande, mi pena, mi horrible desconsuelo–, Sirio se desvanece en ese tenebroso infinito que nada tiene que ver conmigo y el nihilismo, excusa de humano mal pagador, se revela como una inútil coartada desmantelada por mi también humana voluntad de sentido.

No hay escapatoria.

(Vuelve pues a tu pena, infeliz.)

Comments are closed.

Post Navigation