SER MIRADO

Hay una larga tradición que especula en torno al mirar y la mirada, iniciada en los mitos griegos –una mirada imprudente le valió la ceguera a Tiresias– y que continúa en los llamados estudios visuales, donde se estudian los modos y los estilos de la mirada, como si en el acto de mirar hubiese un plan de acción o un propósito más o menos encubierto; y de hecho, la mirada, por muy habitual y cotidiana que sea, nunca es del todo espontánea. Previamente a toda mirada hay una intención, eso que justamente falta en los ojos muy abiertos del muerto, que ya no miran; y una atención que se predispone en la mirada tanto como se revela cuando somos objeto de ella. El otro se deja ver (o se presume que lo hace) en la mirada que nos dedica.

Sentirse mirado es algo que uno siempre descubre con alguna expectación o curiosidad –¿y tú, por qué me miras?–, mientras que no ser mirado es casi lo mismo que dejar de existir. La nostalgia del otro se cifra en echar en falta su mirada y la soledad es the horror not to be surveyed (Dickinson).

La ocasión de ser objeto de miradas es lo que hace gratificantes los bailes y las ceremonias concurridas y la calle en las ciudades mediterráneas, donde se practica lo que Canetti llamó Augenspiel, “el juego de ojos”.

(¿Qué habrá sido de tus ojos que ya no me miran?)

En la mirada del otro se expresa a human concern to oneself que buscamos como reconocimiento sin que medie deuda alguna y que inevitablemente retribuimos porque solo se puede detectar la mirada del otro mirando a la vez a quien te mira. De tal modo que no ser mirado es algo más gravoso y triste que una coquetería fallida: si ya no me miras, ni soy ni estoy, porque –peor aún– ni siquiera me dejas devolverte la mirada.

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