MENSAJES

Por escueto o trivial que sea, un mensaje contiene una información que se comunica y algo que, fatalmente, se oculta. Eso que se sustrae a la comprensión del otro en el mensaje, nunca queda cubierto por la información compartida sino que más bien está presente todo el tiempo, como una sombra, sobre todo cuando por alguna razón el mensaje resulta crucial para nosotros. Por eso solemos volver una y otra vez sobre los mensajes recibidos con la intención de apresar y fijar algo que ha quedado sobrentendido en su sombra: lo que el otro quería decirnos pero no pudo, lo que se proponía ocultarnos y sin embargo nos mostró o la razón por la que un mensaje sigue resonando en nuestra memoria y no podamos desprendernos de él; pero, ay, el propósito es vano puesto que lo propio de las sombras es ser inasibles.

Por mucho que volvamos a leerlos, eso que se atisba en ellos no se puede ni apresar cabalmente ni se puede comprobar sino enviando otro mensaje como respuesta, lo que abre el espacio para una nueva sombra.

La vida contemporánea, que está plagada de permanentes mensajes emitidos y recibidos, acaba por parecerse al Hades, aquel mundo que estaba poblado solo por sombras; y uno mismo acaba por reconocerse entre esas sombras, uno más entre innumerables fantasmas, tan etéreo a inasible como el sentido oculto (y revelado) de esos mensajes propios que uno quisiera que fueran tan justos e inconfundibles como llamar al pan, pan, y al vino, vino.

Pero ni siquiera la banalidad de este refrán –cosa harto pedestre y vulgar es escribir con refranes– que invoca y alaba la llaneza y la ausencia de ambigüedad consigue evitar que, al releer estos tres párrafos, yo mismo vea aparecer una sombra en el mensaje que forman.

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